CASO. Hace algunos años, cuando la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) estaba en pañales, sucedió un caso que, como la mayoría, indignó a quienes lo conocieron, y mucho más a quienes lo investigaron.
Un caso grotesco, no solo por la forma en que se le arrebató la vida a la víctima, sino también por la absurda creencia del victimario de que era capaz de burlarse de la ley, del dolor de los familiares y de la Policía de Investigación, pero también por la irresponsabilidad y la ambición de un agente de Tránsito que, si hubiese cumplido con su deber, y si no hubiese aceptado los trece lempiras de la mordida, hubiera evitado una tragedia. Aunque tal vez tengan razón quienes creen que en la vida de los seres humanos todo está escrito y que de una u otra forma la muerte mueve sus hilos en una especie de opereta trágica que no divierte a nadie más que a ella. Solo Dios lo sabe.
NOCHE. Eran las once y quince minutos de la noche cuando Gonzalo Sánchez, que acababa de poner la cabeza en la almohada, se sobresaltó al escuchar el timbre del teléfono. Ahorrativo como siempre, Gonzalo no había cambiado de su cuarto el teléfono de disco ya que le prestaba dos beneficios, el primero, económico, el segundo, le servía de alarma. El timbre, por si solo, era suficiente para despertar hasta a las paredes del cuarto.
Dejó que el teléfono sonara varias veces, por si aún no se había despertado del todo y, reprimiendo un bostezo, tomó el auricular. Al otro lado de la línea sonó una voz, somnolienta también:
“Abogado, buenas noches, perdone que lo moleste, hay un muerto en el bulevar Morazán y el doctor Alvarado ordenó que fuera usted con el equipo de Inspecciones Oculares”.
“¿Ya están listos?”
“Sí. Solo lo esperamos a usted”.
“¿En qué parte del bulevar?”
“Cerca de los cines Maya”.
“Allá nos vemos… En veinte minutos”.
HECHOS. El cadáver, o lo que quedaba de él, estaba tirado a una orilla de la calle. Veinte metros atrás, el rastro de sangre, ropa y piel mostraba la dolorosa muerte de aquel hombre aparentemente joven, y que iba a ser reconocido solamente por sus huellas digitales y su tarjeta de identidad.
“¿Hay testigos?” -Gonzalo hizo la pregunta casi rechinando los dientes.
“Un vigilante, pero no está seguro…”
“Tráiganlo”.
El hombre, con los ojos rojos y rodeados de ojeras oscuras, se acercó a Gonzalo Sánchez con la impresión marcada todavía en el rostro.
“Buenas noches -lo saludó el abogado, estrechándole la mano-; ¿usted vio lo que pasó aquí?”
“No estoy seguro, señor. Yo estaba sentado en la parte más oscura, haciendo mi trabajo, cuando vi que un carro venía despupusado (a toda velocidad) por esta trocha del bulevar. Como eso es común a esta hora, no me importó mucho, pero en eso vi que ese hombre iba pasando la calle… El carro ni siquiera frenó… Se lo llevó de encuentro y lo arrastró hasta aquí… Yo le avisé a los policías que están en el operativo, allá arriba”.
“¿Recuerda qué tipo de carro era?”
“Uno con paila, señor”
“¿Recuerda el color?”
“De eso es que no estoy seguro. Pero creo que era blanco. De esos carros altos.”
“¿Cuatro por cuatro?”
“Sí.”
“Y, dice usted que venía a toda velocidad.”
“Sí”.
“¿De dónde venía?”
“Eso no lo sé, señor, pero venía por esa trocha; yo estaba haciendo mi vigilancia entre el edificio Jarros y el restaurante chino. No me puedo dormir porque también cuido carros de los que vienen al nigth club Noa Noa, y así me gano unos centavitos más… Eso de tener siete bocas que alimentar no es cosa fácil…” -Gonzalo sonrió-.
LA Investigación. Gonzalo se acercó al oficial de la Policía Nacional que estaba al mando del operativo.
“Creo que ustedes pueden ayudarnos -le dijo-. Tal vez el carro que atropelló a ese hombre pasó por aquí y quizás ustedes lo requirieron”.
“Es posible –dijo el oficial-. ¿Qué desea saber?”
“Por la velocidad que llevaba el vehículo, creemos que el conductor estaba borracho, o drogado o ambas cosas; creemos, además, que iba solo y que, en esas condiciones, andaba en el bulevar buscando más diversión. Es posible que viniera del nigth club que está cerca… Por las huellas de las ruedas que quedaron marcadas con la sangre de la víctima en el pavimento, parece que trae llantas nuevas, para montaña o caminos de tierra, por lo que creemos que se trata de un hombre con recursos o adinerado, lo que nos dice que el carro es relativamente nuevo y, según el testigo, es uno cuatro por cuatro; podría ser soltero, tal vez ingeniero y vivir en una zona exclusiva o de clase media alta. Hay otros elementos que no vienen al caso por ahora pero le digo esto porque si uno de sus policías lo requirió, tal vez se portó educado con él, muy fino y, lamento suponerlo, quizás el policía recibió alguna ‘dádiva’ para dejarlo ir, dado el estado de ebriedad en que andaba. Es una suposición. Además, creemos que el conductor iba a toda velocidad por uno de esos impulsos inconscientes del sociópata que después de salirse con la suya ante la ley, o ante los representantes de la ley, actúan desafiantes, y la velocidad, después de salir bien del operativo, si es que pasó por aquí, era una forma de desafiar a la autoridad. Y las consecuencias son estas…”
“Muy lógico todo, abogado -dijo el oficial-. ¿Y si no pasó por aquí?”
“Entonces estoy hablando galón, pero no creo equivocarme…”
El oficial sonrió. “Espere un momento -dijo-, vamos a revisar las licencias decomisadas hasta esa hora, o sea, la hora del accidente”.
“Muchas gracias. Iba a pedirle ese favor”.
El oficial se retiró unos pasos, dio una orden y, varios minutos después, estaba de regreso con Gonzalo Sánchez.
Una esquela, escrita con garabatos de segundo grado, llamó la atención de Gonzalo. “Tipo de vehículo: Pick up; Color: blanco; Placas…”. Había escrito un nombre, la zona de la infracción y la hora de extendida la esquela.
“Esta es la licencia, señor”.
Gonzalo sonrió satisfecho. El policía que estaba al lado del oficial miraba hacia el suelo, avergonzado.
“¿Le dijo dónde vivía?”
La voz de Gonzalo era suave pero firme. El agente levantó la cabeza.
“Sí”.
“¿Dónde?”
“En la colonia Mayangle.”
“¿Por qué lo dejó ir, si estaba borracho y usted sabía que era un peligro para cualquiera?”
“Es que… él me dio trece lempiras y me dijo que llegara mañana a su casa, en la colonia Mayangle, y que me iba a dar veinticinco más…”
“Y que le llevara la licencia…”
“Sí”.
“¿Le dio la dirección?”
“No, señor. No se la pregunté…”
“Bueno. Muchas gracias. Tenemos trabajo que hacer”.
Búsqueda. La voz de Gonzalo era toda decepción.
Apretó los labios para no gritar su indignación y, como en el poema ‘Los motivos del lobo’, “miró al policía y no le dijo nada. Lo miró con una profunda mirada, y se fue, con tristezas y con desconsuelos, y le habló al Dios eterno con su corazón. El viento de la noche llevó su oración, que era: «Padre nuestro, que estás en los cielos... líbranos de los corruptos y deja solo policías buenos»”.
Media hora después, su equipo estaba en la colonia Mayangle. Acostumbrado a no perder el tiempo, los dividió en parejas y les ordenó ir de casa en casa, hasta encontrar el carro asesino.
“¿Y con las casas que tienen muros o portones sellados?”
“Despiertan a la gente, les dicen que son policías, y si no está ahí el carro, les piden disculpas por haberlos despertado y les desean felices sueños. Debemos encontrar el carro antes de que borren las evidencias”.
TIEMPO. Las horas pasaron lentamente. La madrugada era fría, oscura y silenciosa. Algunos vecinos, molestos, sacaron a bailar a algunas de las madres de los policías, otros a las abuelas y algunos los invitaron a desayunar lo impronunciable. Pero ellos seguían de casa en casa. Aunque a algunos les parecía absurdo y hasta inútil aquel procedimiento, contradecirle a Gonzalo Sánchez era lo último que podría ocurrírseles. Él sabía lo que hacía y, además, si se equivocaba, para eso era el jefe. Y como en esto solo hay disciplina, no democracia, seguían tocando timbres, revisando portones y maldiciendo perros.
A las tres de la mañana estaban cansados. El carro asesino brillaba por su ausencia. A las tres y media, alguien llamó por radio.
“¡Lo tenemos! ¡El carro blanco está enfrente de nosotros! Es un garaje con portón de maya ciclón. Regresen a la escuela de música, como que van para la quebrada, luego bajen al Renacimiento y…”
LA VISITA. “Perdone, señora -dijo Gonzalo a la mujer que apareció en la puerta vestida con bata de dormir, con el pelo revuelto y de mal humor-, somos de la Dirección de Investigación Criminal, queremos hablar con el dueño de este vehículo”.
“Él está dormido, señor…”
“Sí, lo imaginamos… Pero necesitamos hablar con él”.
“Mire, señor, no sé para qué quieren a mi hijo… él está enfermo, se acostó desde las seis de la tarde y este carro no ha salido de aquí en toda la noche. ¿Verdad muchachas?”
Las muchachas, dos señoritas que usaban pijamas casi como las de la madre Eva, y que al parecer les gustaba mucho lucirlas, contestaron afirmativamente. La señora se les quedó viendo, abrió los ojos como platos y gritó:
“Y ustedes ¿por qué no se visten? Es que no ven que a estos se les cae la baba…”
Las muchachas dieron un salto y, sonriendo, entraron a la casa.
“Perdone, señora -dijo Gonzalo-, usted dice que su hijo, o sea el dueño de este vehículo, se acostó desde las seis de la tarde porque está enfermo, ¿cierto?”
“Así es”.
“Bien. Entonces, ¿puede usted decirme por qué, si está acostado desde las seis de la tarde, le quitaron la licencia de conducir a las once de la noche en el bulevar Morazán?”
La señora guardó silencio.
“Ustedes -agregó Gonzalo, señalando a dos de sus compañeros-, toquen el tonó y el radiador del carro para ver si está caliente…”
En ese momento, un hombre de elevada estatura, de unos treinta y dos años, blanco y fornido, salió al garaje por la puerta de la sala. Se iba cayendo de borracho.
“¡Oigan ustedes, policías -dijo, con tono aguardentoso-; yo no sé que andan haciendo ustedes aquí, ¡yo no he atropellado a nadie!”
“¿Y cómo sabe usted que estamos buscando el carro que atropelló a una persona?”
El hombre se mordió la lengua.
“¡Deténganlo! Señora, es mejor que colabore con nosotros. Entréguenos las llaves del vehículo. Puede acompañar a su hijo a la DNIC si gusta… él manejaba a toda velocidad, borracho como está, atropelló a un hombre, lo arrastró más de veinte metros, lo mató, mejor dicho, lo deshizo, y se dio a la fuga… ¿Quiere saber más? ¡Le aconsejo que llame a su abogado! ¡Vamos! ¡Llévenselo! ¡Quiero el carro en el parqueo de la DIC en quince minutos! ¡Que alguien averigüe si ya levantaron el cadáver! Necesito la ropa… Y que alguien llame al Laboratorio”.
“Toda la gente está dormida, abogado”.
“Pues que se levanten…”
PRUEBAS. Antes de las seis de la mañana, los técnicos del Laboratorio tenían muestras de sangre, de piel, de pelo, huesos y pedazos de tela que encontraron debajo del carro del ingeniero. Gonzalo pidió uno de los pedazos de tela y lo comparó con los restos de la camisa de la víctima, la extendió en una mesa y lo puso en su sitio, como si fuera la pieza de un rompecabezas. Encajó exactamente. No había nada más qué decir.
El hombre dormía como un recién nacido, a pesar de las cadenas y las esposas de acero. Gonzalo se lo dejó al fiscal, dio un enorme bostezo y sintió que el sueño empezaba a embotarle los sentidos. Se merecía un buen descanso.
“Abogado, el doctor Alvarado dice que lo espere… Ya viene para acá. Encontraron una mujer muerta en un carro Suzuki en una bajada de las Lomas del Guijarro… Unos dicen que se suicidó, otros que la suicidaron…”
Gonzalo sintió envidia del ingeniero quien, a pesar de que le esperaban algunos años en la cárcel, dormía a pierna suelta.
Lo condenaron a siete años de prisión por homicidio culposo, agravado por andar en estado de ebriedad y por haber huido de la escena. El misterio de la mujer muerta en el Suzuki es para otro domingo.
