Con sangre en la manos

Varios años después, Carlos sigue preguntándose cómo lo descubrieron los detectives de la DNIC. Saldrá en libertad en el año 2066.
ElHeraldo.hn

Honduras

11.12.2010 - Carmila Wyler - siemprecarillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres

CRIMEN. A Roberto lo mataron un domingo nublado y húmedo, en una calle solitaria del barrio Medina de San Pedro Sula, a principios del 2006. Acababa de salir de una iglesia evangélica y buscaba la salida hacia el centro de la ciudad, cuando dos hombres en una motocicleta se le acercaron despacio sin que él supiera de dónde salieron. Varios testigos dijeron que los asesinos estuvieron dando vueltas en la moto alrededor de la cuadra donde estaba la iglesia, pero que nadie sospechó nada. Roberto estuvo en la iglesia toda la mañana, escuchó el mensaje, participó de la alabanza y, poco antes de terminar el servicio, tuvo su oportunidad para hablarles a los hermanos. El pastor lo presentó, haciéndole muchos elogios, y presentó también dos de los libros que promocionaba Roberto y los recomendó para que los hermanos los leyeran y se ayudaran más en su edificación cristiana. Luego habló Roberto y dos de los ayudantes que le facilitó el pastor llevaron los libros a quienes querían comprarlos. No le fue mal esa mañana y salió de la iglesia con tres mil lempiras, previo el pago del diezmo y de la ofrenda, porque había que dar al César lo que es del César y al pastor lo que es de Dios. Diez minutos después, Roberto estaba muerto, embrocado sobre el timón de su carro, un Toyota Corolla blanco, anciano pero fiel, en el que se ganaba la vida honradamente.

Dos testigos dicen que la motocicleta estaba encendida cuando los hermanos salían del culto y que los hombres esperaron a que Roberto saliera y se pusiera en marcha en su automóvil, luego lo siguieron y, a dos cuadras, en una calle polvorienta y solitaria, se le acercaron por la izquierda; Roberto manejaba despacio y tal vez tuvo tiempo de ver a los hombres que se pusieron a poco más de un metro de su ventana. Eran jóvenes, altos y delgados y llevaban los cascos en la cabeza, cubriéndose completamente el rostro. Tal vez Roberto les sonrió pero no tuvo tiempo para sospechar nada. El hombre que iba atrás sacó una pistola de .9 milímetros de debajo de la chaqueta negra que vestía y, sin decirle nada, le disparó cinco veces a la cabeza. La sangre saltó hacia el frente y se estrelló en el vidrio delantero mezclada con pedazos del cerebro, astillas de hueso y hebras de cabello. El motor de la moto rugió en medio del eco de los disparos, la llanta de atrás patinó sobre la arena, levantando una columna de polvo, y salió disparada hacia adelante, para perderse después en la siguiente cuadra. A pesar de las heridas, Roberto tardó en morir, pero no tuvo conciencia de nada; la sangre siguió saliendo de su cuerpo a borbollones hasta que su corazón se detuvo para siempre. La DNIC no tardó en llegar.

ASESINATO. A eso de las dos y quince minutos de la tarde, la Policía reconoció otro cadáver en San Pedro Sula, atrás de una escuela, en la colonia Rivera Hernández. Un hombre joven estaba tirado boca abajo, sobre la tierra, a una orilla de la calle; le habían disparado de cerca en la base de la nuca y la bala le salió por la coronilla de la cabeza, traspasando el casco y matándolo en el acto. Cerca de él, casi sobre su pierna derecha, estaba tirada una moto Yamaha, roja, con el motor encendido. Inspecciones Oculares encontró a menos de un metro de él un casquillo de bala de .9 milímetros, recién percutido.

LA VÍCTIMA. Se llamaba José, al menos eso dijo el dueño de la moto cuando lo localizó la DNIC. Dijo, además, que José llegó a su casa, en Chamelecón, antes de las seis de la mañana de ese domingo, con un muchacho al que no vio muy bien; quería que le prestara la moto para hacer varias diligencias en San Pedro Sula, prometiendo que se la entregaría antes de las tres de la tarde. No lo volvió a ver con vida.
Cuando el detective le preguntó que de dónde conocía a José, el hombre contestó que fueron compañeros de trabajo en una maquila de Villanueva por varios años y que tenían una bonita amistad, aunque no se veían muy seguido porque José vivía en Tegucigalpa desde hacía dos años, en la aldea Cerro Grande, en la salida de Olancho. No sabía exactamente la dirección y no sabía quién podía ser el hombre que acompañaba a su amigo y menos por qué lo habían matado. Estaba dispuesto a colaborar en todo lo que fuera con la Policía.

LOS DATOS. Según su esposa, Roberto era un hombre bueno, tacaño pero trabajador. Sin empleo fijo, se dedicaba a vender libros cristianos y a dar charlas en las iglesias y colegios, libros que él mismo producía, y no le iba tan mal. Hacía dos semanas que había salido de Tegucigalpa, y antes de llegar a San Pedro Sula, estuvo en Zambrano, en Comayagua, en Siguatepeque, en Taulabé, en Santa Bárbara, en Trinidad, en Cofradía, y cada día le enviaba el dinero a su esposa para que lo depositara en la cuenta que tenían en Banco de Occidente. En dos años de trabajar así, Roberto había ahorrado más de seiscientos mil lempiras y soñaba con llegar muy pronto a su primer millón. El problema era que no podía tener nada a su nombre, le debía casi cien mil lempiras a Banco Uno, de una tarjeta de crédito, y en la misma situación estaba su esposa, aunque su deuda era menor, y tenían miedo que el banco los embargara. Por eso el dinero estaba a nombre de su hijo mayor, de su primer matrimonio, un muchacho bueno y obediente, estudiante universitario, que, a pesar de todo, se había casado recientemente con una muchacha de la aldea Cerro Grande, sin la aprobación de Roberto. Pero el padre acabó aceptando el matrimonio y empezó a hacerse ilusiones con su nieto. Ahora el muchacho lloraba solitario en una esquina de la funeraria, sin decir palabra, viendo de vez en cuando el ataúd con los ojos rojos e hinchados, mientras su esposa trataba de consolar a la viuda. No volvió a ver con vida a su padre, aunque se habían citado para el lunes siguiente en el banco de Occidente de Miraflores para pasar la cuenta a nombre de su madrastra. A pesar de sus regaños y de sus exigencias continuas para que estudiara, Roberto era el mejor padre del mundo, y ahora lo había perdido, y ese era un dolor insoportable.

LA INVESTIGACIÓN. ¿Por qué asesinar a Roberto si no tenía enemigos ni le hacía mal a nadie? ¿Y el móvil? Estaba claro que no era el robo. La DNIC encontró entre sus cosas ocho mil seiscientos once lempiras, y su teléfono celular, un anillo de oro y un reloj de pulsera estaban en el asiento del pasajero, bañados en sangre, y los testigos dijeron que los hombres solo dispararon y se fueron, y que todo duró unos cinco segundos. Entonces, si el motivo no era el robo, ¿por qué quitarle la vida? ¿Quién tendría interés en asesinarlo?
Aunque el cadáver de Roberto iba a ser enterrado en Tegucigalpa, dos detectives de San Pedro Sula estaban a cargo del caso. El problema era que el tiempo pasaba y que no lograban encontrar ni una sola pista que los llevara a los asesinos de Roberto.

TESTIGOS. Una semana después del entierro, dos testigos dijeron que la motocicleta que estaba cerca de José era la misma en que viajaban los que mataron a Roberto; estaban seguros de reconocerla sin equivocarse. ¿Qué relación podría tener José con el crimen? Los detectives les mostraron a los testigos varias fotografías del cadáver de José, y estos estuvieron de acuerdo en que aquel hombre era el que manejaba la moto desde la que dispararon contra Roberto. Era la misma ropa, el mismo casco y los mismos guantes. No podían equivocarse. Los agentes recibieron una llamada. Debían investigar un poco más los movimientos de José, de la aldea Cerro Grande de Comayagüela.
No tardaron en saber que trabajaba como albañil y que asistía a una iglesia cristiana que dirigía su propio patrón, un hombre de sesenta años, trabajador y bondadoso que era, además, el suegro del hijo de Roberto. Cuando hablaron con su esposa, esta les dijo que José no le habló sobre su viaje a San Pedro y que para ella todo era tan raro. Dijo que José salió a las once de la noche de la casa y que no volvió a saber de él hasta que le dijeron que estaba muerto. José no tenía armas y no sabía si podía usarlas o no.

EL VIAJE. Los detectives seguían en cero cuando les llegó el informe de Balística. Los casquillos encontrados en la escena del crimen de Roberto y el casquillo que estaba a un metro de José, tenían marcas iguales, del percutor y del extractor, por lo que concluían que habían sido disparados por la misma pistola. Ahora había un elemento más que ubicaba a José en la escena del crimen de Roberto; cuando un empleado de la empresa transportes les dijo a los detectives que José viajó a San Pedro Sula en el bus de las dos de la mañana, y les mostró la copia del boleto a su nombre con dos números de asiento, los detectives empezaron a armar la primera hipótesis.
José salió de Tegucigalpa con el asesino de Roberto, estaban seguros; él compró los boletos a su nombre, llegó con él a Chamelecón para conseguir prestada la moto, pero se guardaron mucho de que reconocieran a su compañero. Iban con la intención de matar a Roberto, lo que significaba que sabían dónde encontrarlo, y esto debía saberlo solamente alguien cercano a él. En este momento, un detective dio un salto: ¡La esposa! Se trataba de un crimen pasional, no había duda. Nadie más sabía dónde estaría Roberto a la una de la tarde de ese domingo. Ahora todo empezaba a aclararse. Pero, ¿cómo ligar a la viuda con José? Y, ¿quién era su compañero, el que había disparado?
Estaba claro que ambos salieron juntos para San Pedro Sula, que mataron a José y que tal vez estaban listos para regresar a Tegucigalpa. No se sabía por qué razón estaban en la Rivera Hernández, pero era lógico suponer que en algún momento, el asesino le disparó a José por atrás, para no dejar testigos. Luego volvió solo a Tegucigalpa. Era hora de visitar las empresas de transportes que traen pasajeros a la capital pero, ¿a quién iban a buscar? ¿Qué nombre iban a decir?

ENREDO. Quince días después del crimen, el fiscal del Ministerio Público llamó a los detectives a San Pedro Sula. Esa misma tarde, cuando llegaron a Tegucigalpa, les entregó el vaciado del celular de Roberto, con el reporte de las llamadas hechas y recibidas en su última semana de vida. La empresa telefónica se había tardado en cumplir con la solicitud del juez. La última llamada que Roberto contestó fue una que le hicieron a las 9:19:32 de la mañana de ese domingo, cuando acababa de empezar el culto en la iglesia. Las demás eran llamadas perdidas. Los detectives empezaron a leer los nombres de los dueños de los celulares. Juntos, llegaron a una conclusión, y se quedaron mirando incrédulos. Aunque sus sospechas eran graves, debían confirmarlas con un dato más, y pidieron ayuda al fiscal. Los tres fueron a la casa de la viuda de Roberto y le pidieron el número de la cuenta del banco de Occidente. El fiscal hizo una llamada, pidió un favor y esperó. Aunque era ilegal lo que hacía, la información solo serviría para convencer al juez, si es que se aclaraban las sospechas.

ALLANAMIENTO. A las seis de la mañana de un viernes frío de enero, un equipo de detectives de la DNIC, acompañados por un fiscal y un juez ejecutor, llegó a la aldea Cerro Grande en varios vehículos. Era demasiado temprano todavía y los gallos aun cantaban en las ramas de los árboles. Pero en la casa de Carlos ya se oía ruido. Abrió la puerta su suegro, leyó la orden de cateo y dejó entrar a la Policía. Carlos todavía estaba dormido. Lo despertó el beso frío de un Galil que le rozó una mejilla. El fiscal le leyó la orden y él se puso de pie. Un detective empezó a hablar con él:

-Estamos aquí porque usted es el principal sospechoso de la muerte de su padre, Roberto Sauceda, que fue asesinado a balazos hace veinte días en el barrio Medina de San Pedro Sula, y de la muerte de José Paz, asesinado de un balazo en la nuca en la colonia Rivera Hernández, también en San Pedro Sula. ¿Tiene algo que decir a todo esto?

Carlos levantó la voz.

-¡Qué ustedes están locos! Él era mi padre, ¿por qué yo lo iba a asesinar?

-Por dinero –le dijo el detective-. Al principio sospechamos de su madrastra, pero poco a poco las evidencias nos llevaron hasta usted. Primero, usted y José Paz viajaron a San Pedro en el bus de las dos de la mañana de la empresa X, llegaron a Chamelecón donde les prestaron una moto y dos cascos, poco antes de las seis de la mañana; usted llamó a su papá a las 9:19 exactamente, para saber dónde estaba. Él le dio la dirección de la iglesia. Tal vez usted le dijo que andaba en San Pedro por asuntos de trabajo y que quería verlo. Llegaron antes de que terminara el culto y estuvieron dando vueltas en la cuadra de la iglesia, hasta que salió su papá y se alejó en el carro tratando de llegar al centro de la ciudad.
Hay testigos que reconocieron la moto y a José Paz como el hombre que la iba manejando, al menos su traje y el casco, porque nadie les vio la cara. Por supuesto, una llamada no prueba nada pero resulta que la llamada que le hiciste a tu papá la captó una de las antenas del centro de San Pedro Sula, lo que ubica tu celular en esa ciudad. Además, en la empresa X encontramos algo que te va a impresionar. La cámara de seguridad te grabó cuando comprabas el boleto de regreso a Tegucigalpa bajo el nombre de Aníbal Fuentes, justo a las tres y catorce minutos de la tarde; a las tres y diecisiete llamaste a tu esposa, tal vez para decirle que te ibas a tardar, porque ella no sabía que estabas fuera de la ciudad. Además, comprobamos que hace seis días sacaste quinientos mil lempiras de la cuenta de tu papá y que él tenía a tu nombre para que no lo embargara el Banco Uno, o Banco City, al que le debía mucho dinero, y los pusiste en una cuenta que abriste a tu nombre en el mismo banco hace tres semanas. Otro dato más: la pistola que mató a tu papá, mató también a José Paz, tu cómplice. Lo tenías todo bien pensado. Tu papá iba a pasar la cuenta a su nombre, y el día anterior lo mataste para quedarte con el dinero. Un crimen bien planificado. Mejor dicho, dos crímenes. Matar a José te dejaba libre de testigos. ¿Qué falta?
Carlos temblaba de pies a cabeza y, a pesar del frío, sudaba. En ese momento apareció uno de los técnicos de Inspecciones Oculares con una bolsita transparente en una mano enguantada y una chaqueta negra de cuero sintético en la otra. Adentro de la bolsita estaban varios pedazos de papel que el detective, con permiso del fiscal, unió sobre la cama. Era el recibo por mil lempiras a nombre de Carlos Sauceda, por el empeño de un arma Pietro Beretta, de .9 milímetros, fechado dieciséis días antes, o sea, dos después del entierro de Roberto. La esposa de Carlos se desmayó. El muchacho ya no estaba en este mundo. La fiscal le permitió que se vistiera, que se lavara la boca y luego, el juez ejecutor dio la orden de detenerlo. Cuando le leían sus derechos, empezó a llorar. Antes de las doce del día, Carlos lo había confesado todo, y en las manos del fiscal estaba el informe de Balística: la pistola era la misma que se usó en ambos crímenes. Carlos se la compró a un revendedor de cosas robadas en el puente Soberanía de Comayagüela. Fue trasladado a San Pedro Sula y, varios años después, sigue preguntándose cómo lo descubrieron los detectives de la DNIC. Saldrá en libertad en el año 2066.

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