TRIBUNAL. Selvin Ruiz y Dinabel López, abogados de la Defensa Pública, vestidos con esa elegante sencillez que enaltece a los humildes de corazón, se pusieron de pie cuando el secretario del tribunal anunció con voz firme y sonora:
-¡Todos de pie! ¡Los honorables jueces del Tribunal de Sentencia entran a la sala!
Cubiertos con la toga negra que representa a la justicia en Honduras, la jueza Laura Casco entró primero; detrás de ella, los jueces Echenique y Díaz. Los rostros estaban expectantes, los alguaciles parecían de piedra y el silencio aumentó la solemnidad de aquel acto sublime, porque es sublime todo acto donde los jueces dejan de ser seres humanos y se convierten en apóstoles de la justicia, que es la base de la grandeza de las naciones.
A un lado de la sala estaban los acusados. Tres muchachos que vestían con sobria elegancia pero que tenían la desesperación marcada en los rostros. óscar Alfredo, Edgar Antolín y Henry. En la misma fila, Dinabel y Selvin, y al final, Gonzalo Sánchez, como consultor de la Defensa Pública.
Al otro lado, los fiscales del Ministerio Público, majestuosos en sus puestos, seguros de sí y convencidos de su papel en nombre del pueblo de Honduras; un poco más allá, el secretario y al frente, el público compuesto por caras ansiosas en un lado, y por caras amargas y sedientas de venganza en otro.
Todo estaba listo.
Cuando los jueces se sentaron, continuó el juicio. Era el viernes 3 de junio de 2011. Se estaba juzgando a tres criminales para los que el fiscal pedía de treinta años de cárcel a cadena perpetua. ¿Motivo? Robo seguido de asesinato.
HECHOS. Eran las cinco y cincuenta de la tarde del 10 de diciembre de 2008, una tarde gris y triste, húmeda y fría; el sol había desaparecido de pronto y las sombras de la noche cubrieron la ciudad con un manto tétrico, como una mortaja intangible.
Marlen Julissa se despidió con un beso de su amiga, luego se acomodó los lentes oscuros en la cabeza, como si fueran una diadema, y las letras Christian Dior, grabadas en las patas, brillaron con el reflejo de las candelas del techo, haciendo resaltar los dos corazones rojos grabados en la base. Se veía cansada y tenía prisa. Iba hasta la colonia Cerro Grande y eso era un gran trayecto desde la Universidad Metropolitana. Bella como era, tenía muchos admiradores y le sonrió a algunos en señal de despedida. Nadie la volvió a ver con vida.
CASO. Hacía frío, las luces de los carros le daban a la noche un acento sombrío y Marlen, acostumbrada a caminar, cruzó el parqueo de la universidad y empezó a subir el área verde que está detrás de Bamer, a unos sesenta metros de donde tomaba el autobús para su casa. Iba sola, como siempre, pensando quizás en el hermoso futuro que le decía su madre que tenía por delante. Los carros pasaban a unos diez metros de ella, por la calle pavimentada y llena de baches, que son el más indigno trofeo de los alcaldes, y apuró el paso cuando vio que las sombras en aquel sitio eran más profundas. Justo en ese momento alguien se acercó a ella casi a la carrera; era como una sombra, un fantasma sin rostro, cubierto por la oscuridad de la noche. Después no supo lo que pasó. La sombra cayó sobre ella, de su garganta salió un grito desesperado y quiso correr pero el cuchillo que entraba y salía de su cuerpo le arrancaba la vida con cada golpe, y se desvaneció. Cuando cayó sobre la grama húmeda ya estaba muerta. Eran las seis de la tarde, escasos diez minutos después de que se despidió de su amiga Mayra.
LA DNIC. A las seis y treinta de la noche, una llamada desde el hospital Escuela le informó a Lenar Sánchez, detective de turno en la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), que acababan de llevar el cadáver de una mujer joven que fue asesinada a cuchilladas entre Bamer y el edificio del Colegio Profesional Superación Magisterial de Honduras (Colprosumah) hacía apenas media hora, y que necesitaban a la DNIC para el reconocimiento de ley antes de enviarlo a la morgue. Lenar llegó casi de inmediato; dos horas y quince minutos después, estaba en la escena del crimen. Varios policías motorizados y dos patrullas protegían el lugar. Como siempre, los curiosos hacían bulto y se dedicaban a estorbar.
Lenar llevaba un foco de mano poderoso y había dispuesto varios vehículos con las luces altas encendidas para iluminar la escena; la sangre todavía estaba fresca, había manchas rojas en la hierba y una curita, empapada en sangre, estaba tirada a unos dos metros. No había nada más. Lenar revisó cada centímetro cuadrado del lugar, bajó hasta la calle, subió hasta la pared del banco, revisó las palmeras, los arbustos, las piedras, y nada, absolutamente nada que pudiera servir como evidencia en el caso. Dos horas después se retiró. No tenía nada más que hacer allí.
ASESINOS. El informante estaba en la glorieta comiéndose una pieza de pollo con un refresco. Se veía nervioso y cada mordisco era más bien una tarascada, miraba a los lados como si tuviera miedo de que alguien lo vigilara y pareció descansar cuando vio entrar a los dos hombres que le dedicaron una mirada como un saludo.
- Sé quienes mataron a la chava de la Metropolitana -les dijo, casi a quemarropa, tragando a la fuerza el bocado a medio masticar-. Yo los vi cuando le cayeron encima y la mera neta que no me engañé cuando los reconocí.
- ¿Estás seguro?
El muchacho esperó unos segundos antes de contestar, empinó la botella del refresco y se tragó más de la mitad de un solo tirón. Un temblor repentino sacudió sus manos y los detectives lo notaron.
- ¿Estás seguro de lo que nos estás diciendo?
La voz del policía era suave pero firme y sus ojos oscuros taladraron la mirada nerviosa del informante.
- ¿Les he fallado alguna vez?
- No… Creo que no.
- ¿Entonces?
Hubo un instante de silencio. El informante logró sostener la mirada serena pero escrutadora del detective.
- Yo los vi. Estoy seguro que eran ellos.
- ¿Quiénes son?
- óscar, Edgar y Henry, los reggaetoneros… Yo venía de abajo, como del Colprosumah, una muchacha iba como a veinticinco metros adelante.
- ¿Qué hora era? ¿Te acordás de la hora?
- ¡Claro! Eran las siete y media, exactamente las siete y media. Acababa de ver el reloj del celular porque tenía miedo de que ya no estuvieran corriendo buses para mi colonia.
Los detectives se miraron por un momento.
- En ese momento, cuando guardaba mi celular en la bolsa, vi que un taxi se paró casi enfrente de la muchacha.
- ¿Viste el número del taxi?
- ¡Claro, men! Lo vi clarito. Era el número 7172.
- Ajá.
- Se bajaron tres chavos. Los reconocí de inmediato y me escondí como pude. Eran óscar, Edgar y Henry, y se le fueron encima a la chava. Uno de ellos andaba una camiseta negra, con una pistola grande dibujada en el pecho, lo vi bien; al otro vi que le faltaban dos dientes de adelante.
Los detectives tomaban nota.
- ¿Qué más?
- Uno llevaba un cuchillo en la mano, se acercó a la chava y le dijo que le diera todo lo que andaba, pero el otro le quitó el cuchillo…
- ¿Y ella que hizo?
- Nada. Se quedó parada, a lo mejor por los nervios o el miedo. Ellos eran tres y la tenían rodeada. Uno le quitó el cuchillo al que le habló a la chava y se le fue encima. Yo oí gritar a la muchacha y vi cuando ese men la estaba acuchillando. En el forcejeo por defenderse del cuchillo, la muchacha perdió pie (el equilibrio) y se fue al suelo. Uno le arrebató los lentes, otro le quitó la cartera y el otro le quitó el celular. Después salieron corriendo, se subieron al taxi y se fueron.
Hubo un nuevo instante de silencio, esta vez más prolongado. El informante mordió el pollo, se lamió un dedo que se había untado de sal y sorbió un trago de Coca-Cola. Eran las dos de la tarde del 15 de diciembre de 2008. Marlen había sido enterrada cuatro días antes, la prensa alborotó a la opinión pública y aquel crimen horroroso y sin sentido contra una mujer indefensa conmovió a la sociedad. Por todas partes se escuchaban frases de repudio contra los criminales, la gente exigía que la DNIC resolviera el caso lo más pronto posible y se hicieron debates por radio y televisión condenando la ola de violencia y la incapacidad del Estado para dar seguridad a sus ciudadanos. Incluso algunos decían que si el Presidente de la República no servía entonces que lo quitaran y pusieran a otro que los tuviera bien puestos. Faltaba poco para que se cumpliera aquella especie de profecía.
Los detectives suspiraron. El informante terminó de comer, se enrolló los dos billetes que le pusieron en una mano y sonrió.
- ¿Dónde encontramos a los asesinos?
- ¡Yo los llevo! Están a unas dos cuadras de aquí.
- No. No es necesario que vayás con nosotros. Solo decinos la dirección.
El informante habló hasta por los codos.
- Vamos a hablar con el fiscal del caso. ¿Estás dispuesto a servirnos como testigo protegido?
- La mera neta, men.
Continuará la próxima semana...
