El Napoleón de Centroamérica

Los últimos días del general Francisco Morazán.
ElHeraldo.hn

Honduras

11.09.2010 - Carmilla Wyler - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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El 15 de septiembre de 1842 fue un día gris y triste. Desde temprano, las nubes cubrían la ciudad como una mortaja blanquecina que lanzaba sobre el suelo húmedo y manchado de sangre de patriotas, millones de gotas de agua, tan frías y finas como agujas. Cuatro días antes, el capitán portugués, Antonio Pinto Soares, al frente de cuatrocientos hombres, se había levantado en armas contra el General Francisco Morazán, atacando su guardia personal compuesta por cuarenta salvadoreños, tan fieles como aguerridos que, a pesar de su escaso número, le causaron muchas bajas.

Fue una batalla desigual. El General estaba en el centro de la lucha, dando órdenes, arengando a sus hombres y repeliendo el ataque con la misma valentía y arrojo de siempre. Su espada estaba tinta en sangre, tenía la guerrera rota por varios sablazos, la cara manchada por la pólvora y las manos entumecidas por lo largo de la lucha. Sin embargo, seguía al frente, hiriendo, matando y gritando sin dejar que el enemigo avanzara un solo paso.

Sus hombres lo rodeaban combatiendo con la misma fiereza, pero resistir más tiempo era imposible. Poco a poco empezaron a retroceder, dejando en el camino muchos rebeldes muertos, y cargando a sus propios heridos. Para cuando se refugiaron en el cuartel general, los rebeldes habían aumentado en número. Ahora eran más de mil y estaban mejor armados. Pero Morazán no se rendía y sus hombres estaban dispuestos a combatir hasta el último cartucho.

Al atardecer, el General José Trinidad Cabañas llegó con refuerzos frescos para Morazán. Eran solo treinta hombres pero juntos valían por todo un ejército. Atacaron el centro de la columna rebelde y se abrieron paso hacia el cuartel. Los muertos caían a ambos lados y, por un momento, la furia del ataque cesó. Ahora Morazán tenía casi cien hombres bajo su mando y alabó la valentía de Cabañas por ir en su ayuda.

-Señor Presidente -le dijo el General-, no creo que podamos seguir sosteniendo la plaza; todo el país se ha levantado en armas contra su gobierno y es mejor dejar la capital para que nos reunamos con los refuerzos que vienen de Nicaragua y El Salvador. Son más de mil quinientos hombres bien armados y con ellos podremos tomar la ofensiva. Seguir en el cuartel será un suicidio.

Morazán escuchó al General Cabañas y no dijo nada. Respetaba la opinión de aquel valiente que combatía a su lado con lealtad y disciplina y tomó en cuenta sus palabras. Era hora de dejar San José, a dónde había llegado el 13 de abril de 1842 para derrocar al dictador Braulio Carrillo y darle un gobierno de leyes a Costa Rica. Pero ahora, todo había terminado, los costarricenses, temerosos de la furia de Rafael Carrera, el más grande enemigo de Morazán, que gobernaba en Guatemala, y seguros de que su país no tenía la fuerza ni el coraje suficiente para enfrentarse al antiguo criador de cerdos, asaltante de caminos y analfabeta, se habían rebelado y ahora expulsaban al hombre al que la Asamblea Nacional Constituyente había nombrado Jefe Supremo del Estado de Costa Rica.

A CARTAGO. La retirada se hizo bajo una lluvia de sangre y fuego, ochenta y ocho horas después de iniciada la rebelión. Los salvadoreños, curtidos en las guerras morazánicas, valían por dos y hasta por tres rebeldes y sus espadas, sus sables y sus cuchillos no se cansaban de herir para abrirle paso a su líder.

El General iba a la retaguardia, cubriendo la espalda de sus hombres, valiente, gigantesco, sembrando de cadáveres enemigos la fuga.

A media noche llegaron a Cartago. De los cuarenta hombres que formaban su guardia personal, solo quedaban treinta y dos; de los valientes del General Cabañas habían muerto seis; muchos hondureños que cuidaban el cuartel habían desertado y solo le quedaban veintitrés nicaragüenses fieles, varios de ellos malheridos. Pero Cabañas le había dicho que los refuerzos ya estaban en Guanacaste y que pronto estarían a sus órdenes mil quinientos hombres frescos y bien armados. Con ese ejército Morazán era capaz de conquistar el mundo. Solo era cuestión de esperar.

Sin embargo, Morazán olvidaba que Cabañas le había dicho también que todo el país se había rebelado contra su gobierno, y en Cartago había muchos opositores armados esperando a las cansadas tropas del General. Aún así, estaba dispuesto a combatir. En Cartago tenía un buen amigo, un partidario de la unión centroamericana, un morazanista leal: Pedro Mayorga, y Morazán le pidió su ayuda para sostenerse mientras llegaba su ejército. Este le abrió las puertas de su casa, haciendo honor a su vieja amistad.

ATENOR. Fue una noche larga. Llovía y hacía mucho frío. Los heridos eran atendidos sobre camas de paja en los graneros y los oficiales tomaban café caliente en el corredor de la casa, iluminada con antorchas de ocote y velas. Pedro Mayorga se mostraba complaciente con Morazán. Acababa de ordenar que le ensillasen su mejor caballo para ir él mismo a reclutar hombres para la causa de la República y dejaba a al General como amo y señor de su casa. Morazán le sonrió, agradecido. Estaba cansado, no se veía tan optimista como siempre y tenía sueño, sin embargo, se negaba a dormir mientras sus hombres sufrían. Se despidió de Mayorga con un apretón de manos, y se dispuso a esperar.

A las dos de la madrugada, una criada india lo tocó en el hombro. Morazán no dormía. Se levantó despacio y no dijo ni una palabra cuando vio que la mujer se ponía un índice en los labios para indicarle que guardara silencio. La siguió a través del corredor, por la enorme sala oscura y más allá, hasta un saloncito cálido en el que ardía una vela aromática. Una sombra se destacó en la pared y Morazán vio que se acercaba a él, casi a la carrera. Era una mujer y pronto estuvo entre sus brazos, el General levantó aquello rostro pálido y delicadamente bello, bañado en llanto, y le dijo, con su acento dulce y suave:

-¿Por qué lloras, querida? ¡No son necesarias las lágrimas en este momento!

-¡Silencio! -exclamó la mujer, poniendo su mano suave y fría en la boca del General- ¿Qué por qué lloro, me dices? -prosiguió, levantando un poco la voz quejumbrosa- ¡Insensato! ¿Es que no sientes en el aire un olor a Judas? ¿Es que no ves que Pedro te va a traicionar? ¿Crees que ha ido por ayuda? ¡No! Ha ido a buscar a tus enemigos para entregarte…

El General quitó suavemente la mano que le cubría la boca, miró los ojos verdes, profundamente tristes de la mujer, y sonrió, con esa sonrisa confiada y seductora que hacía vibrar los corazones.

Así, a media luz, Atenor de Mayorga se veía tan hermosa; era como un fantasma lleno de romance y poesía, que le hacía recordar bellos momentos al General. Aquella piel blanca y suave quemaba la suya, recia y curtida por mil batallas, manchada por la sangre de los enemigos de Centroamérica, pero su contacto le hacía temblar el corazón.

Su aliento lo quemaba por dentro y su garganta reseca se quedaba en silencio para no romper ni por un segundo aquella visión maravillosa. ¿Cuándo la había amado? No lo recordaba. Además, los caballeros no tenían memoria. ¿Cuánto lo amaba ella? Mucho, más de lo que él merecía. Y se lo demostraba siempre. ¿Cuántas veces había sido suya? Tampoco lo recordaba pero ya iba a refrescarse su memoria. Y allí estaba ella, alarmada, hablando de la traición de su marido, deseando salvar la vida del hombre que la había trastornado como a una quinceañera, que la había enloquecido y que la había hecho sentirse mujer por primera vez en su vida, en aquel catre de campaña tan estrecho, en la tienda de mando del General, donde dos ojos de fuego la vieron desnuda y sintió que se clavaban en su pecho como dos dagas de hielo. Mucho tiempo después reconoció aquellos ojos y ahora, en esta noche tan triste y fría, los recordaba de nuevo, mientras miraban con odio a Morazán, al tiempo que su dueño le prometía ayuda para recuperar San José.

Pedro Mayorga lo odiaba porque no era tan hombre como él, y ella estaba segura de que iba a traicionarlo. Por eso lo mandó a llamar, por eso le pedía que huyera. Morazán sonrió una vez más, se miró en aquellos ojos tristes y enamorados y acercó su rostro al suyo, despacio, ardiendo, separó levemente los labios rosados y ella levantó la cabeza. Cuando la besó, se estremeció su cuerpo y se dejó llevar. Era un beso de fuego y le incendió la sangre. Era el último beso del General Morazán.

JUDAS. La lluvia era ahora una brisa fina pero insistente, fría y tupida que calaba los huesos con su frío intenso. A lo lejos, sobre las montañas, se veían los primeros reflejos del sol y, poco a poco, el día iba tomando forma. Morazán estaba de pie, en el corredor, viendo a lo lejos, extrañamente sereno. A su lado, el General Cabañas tomaba café en una taza de barro, el General José Miguel Saravia bostezaba inquieto y Vicente Villaseñor mordisqueaba una tortilla con cuajada que acababan de servirle. Morazán pensaba. Atenor de Mayorga lo veía desde la sala, con los ojos enrojecidos por el llanto y la falta de sueño, y él sentía sus ojos en su espalda, clavados como dardos, gritándole que huyera, que salvara su vida, que todavía lo amaba.

En ese momento escuchó ruidos a su alrededor. Eran pasos que se movían entre las sombras de la mañana, sigilosos. Varios caballos se detuvieron frente al corredor, cien hombres rodearon la casa y una voz, con marcado acento portugués, gritó a todo pulmón:

-¡General Morazán, está rodeado! ¡Ríndase!

El General puso la mano en el pomo de su espada pero la mano fría y suave de la mujer lo detuvo.

-¡No! -le gritó- ¡Es inútil resistir! ¡Van a matarte y yo no podría soportarlo!

Varios fusiles apuntaron al pecho del General y en ese momento, otro grito salió de entre la tropa.

-¡No lo maten! ¡Es el Presidente de Costa Rica!

La voz era la de un niño, un niño de catorce años que corría por el corredor para abrazarse a las piernas de su padre. Su nombre: Francisco Morazán, hijo del General.

-¡No temas, hijo! -murmuró Morazán, abrazando al muchacho- No me matarán, no en este momento. Son rebeldes, no asesinos. Y yo soy el Presidente de Costa Rica. Yo soy Francisco Morazán.

Lo que siguió fue un drama que no podrá olvidarse jamás. José Miguel Saravia se tomó un veneno que traía guardado en un anillo y cayó al suelo convulsionando y echando espuma por la boca; Vicente Villaseñor sacó su puñal del cinto y se lo hundió en el pecho, pero las costillas desviaron la hoja y solo hirieron la carne, derramando abundante sangre. Varios oficiales de Morazán intentaron resistirse, los soldados salvadoreños tomaron las armas pero estaban rodeados y el General dio la orden de alto al fuego. Solicitó a sus captores que dejaran marchar a sus hombres y se entregó sin resistencia.

La gesta de Morazán había terminado. Detrás del capitán portugués, los ojos de fuego de Pedro Mayorga veían el rostro sereno del General, y más atrás, los ojos tristes de su esposa lloraban, mientras su mano blanca y suave tapaba sus labios para que sus gritos no interrumpieran aquel momento memorable. Solo el General Morazán no percibió en el aire el olor a Judas, y ahora era demasiado tarde.

Cuando entregó su espada miró hacia atrás y se encontró con el rostro doloroso de la señora de Mayorga, trató de sonreírle pero el portugués lo urgió para que subiera a su propio caballo. En San José lo esperaba el Tribunal que iba a condenarlo a muerte.

Era la madrugada gris y triste del 15 de septiembre de 1842. Había caído el Napoleón de Centroamérica.

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