LITO. Estaba sentado en una piedra, cerca de la casa de su mamá, a unos metros de la farmacia Cosmos, esperando que le trajeran el carro para irse a su casa.
Desde hacía un año era otro hombre, cuando descubrió que su esposa lo traicionaba. La tierra se abrió a sus pies y, desde entonces, no volvió a ser el mismo, aunque reía por fuera, trabajaba con la misma devoción y seguía siendo el padre perfecto, el buen hermano y el hijo amoroso que fue desde siempre.
Ese fue un día terrible. Algo sospechaba y se regresó a su casa, seguro de que su esposa no lo esperaba. Entró sin hacer ruido y la encontró desnuda, debajo de aquel muchacho que bien podría ser su hijo, gritando como jamás la escuchó en tantos años de casada. Lo cegó la furia y el despecho y golpeó al muchacho hasta que lo sacó de la casa como Dios lo echó al mundo, luego corrió a aquella mujer de Putifar que acababa de destruir todas sus ilusiones. Pero como Dios da la llaga y también la medicina, los hijos prefirieron quedarse con él, pero su padre solo les duraría un año más.
CRIMEN. Esa noche, dos amigos y un hermano le dijeron que se fuera con ellos para la casa, en El Pedregal, pero él insistió en que mejor esperaba su carro para no molestar a nadie.
Estaba oscuro, hacía calor y él esperaba, solo esperaba.
Hacia las ocho de la noche, se escucharon varios disparos y cuando los vecinos salieron a ver qué pasaba, encontraron a Lito tirado en el suelo, muerto sobre un charco de su propia sangre. Tres hombres acababan de asesinarlo, amparados en las sombras de la calle. Cuando los técnicos de Inspecciones Oculares llegaron a la escena, encontraron varios tipos de casquillos de bala y en la autopsia confirmaron que los asesinos usaron varios tipos de pistolas.
En el trabajo de campo, los detectives encontraron a un panadero que estaba descansando en una esquina cuando los hombres huían con las armas en las manos, y él creyó reconocer a uno de ellos, les dio una descripción detallada del hombre y esto sirvió para que el dibujante hiciera un retrato muy parecido al asesino.
Era un hombre de veintiocho años, aunque aparentaba menos, no muy alto, delgado, pelo cortado al estilo militar y que tenía un largo historial como asaltabancos en la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC). Cuando los detectives de Localización y Capturas dieron con él, presentó una buena coartada, sin embargo, los policías estaban seguros de que con el testimonio del panadero no dejar escapar al sospechoso. Era cosa de encontrar al panadero y llevarlo para el reconocimiento. Tardaron tres días en localizarlo. Estaba cerca de la aldea El Lolo, debajo de un árbol de guanacaste, con varias heridas de cuchillo en el pecho y el abdomen, desangrado y lleno de moscas. En esas condiciones era lógico que no pudiera hablar. Hasta hoy no se sabe quien lo asesinó. Tres días después, el sospechoso de matar a Lito salió en libertad, a pesar de que se le consideraba un peligroso asaltabancos y ladrón de vehículos. Por supuesto, los detectives no se quedaron tranquilos.
NOVIO. Cuando los familiares de Lito lo identificaron como el amante de su esposa, le siguieron la pista, y atando cabos, llegaron a una hipótesis.
Una cooperativa acababa de darle a Lito un préstamo para remodelar su casa, y la mañana del día de su muerte, su ex esposa llegó a visitar a sus hijos. Lito estaba midiendo el terreno con un ingeniero y no le dio importancia a la presencia de la mujer. Seguros de que Laura tenía algo que ver con la muerte de su ex marido, los detectives trataron de saber algo más sobre ella. No tardaron en encontrar a una de sus amigas de las riberas del río Choluteca que tuviera la hermosa virtud de la lengua suelta.
Esta les dijo a los detectives que Laura le comentó que su marido estaba vendiendo la casa de El Pedregal y que ya le habían dado el dinero, y que ella tenía derecho a una parte por todos los años de vida que le había dado a aquel mal agradecido. Les dijo, también, que ella sospechaba que Laura y su novio planificaron la muerte de Lito porque esa tarde los oyó hablar sobre el seguro de vida del hombre, al que Laura tenía derecho porque todavía no se habían divorciado.
Los detectives le enseñaron una fotografía a la vecina y esta reconoció al novio de su amiga. Sin embargo, aquello no era suficiente para incriminar a la mujer en el asesinato, y decidieron esperar. Pero tendrían que esperar la eternidad.
LA JOYERÍA. En la sexta avenida de Comayagüela, casi enfrente del viejo cine Centenario, ha funcionado por años una joyería. Un día, en la mañana y uno por uno, cuatro hombres entraron al negocio preguntando por baterías para reloj y por aritos de patacón para niñas recién nacidas. La dependienta estaba atendiendo a dos clientes más cuando vio que los hombres sacaban de debajo de sus camisas enormes pistolas, y antes de que pudiera gritar, uno de ellos le apuntó a la cabeza y le dijo que era una salto y que les entregara todo el dinero que tenía. La mujer tardó en reaccionar pero de pronto se escucharon varios disparos, dos delincuentes cayeron al suelo y uno de los clientes se recostó contra la pared, herido en el pecho. La pistola que tenía en una mano y con la que hacía frente a los ladrones colgaba de su dedo índice.
Todo pasó en cuestión de segundos. Uno de los ladrones agonizaba en el suelo mientras veía con ojos vidriosos que uno de sus compañeros ayudaba al otro herido. Como pudo, le dijo que lo ayudara a él también y, según los testigos, el hombre se detuvo por un momento, soltó al herido y se acercó a él, luego le dijo: “¿Querés ayuda, planchero hdp?” Y sin decir más le apuntó a la cabeza y le disparó dos veces. Luego desaparecieron en medio del terror de la gente. Cuando la DNIC llegó a la escena, los curiosos cubrían toda la calle, el cliente había sido llevado al hospital por un taxista y, lo supieron esa misma tarde, había salvado la vida.
Cadáver. Antes del anochecer encontraron al segundo delincuente que había sido herido. Su cadáver estaba cerca de la colonia Divanna, en un recodo del río Guacerique, atrás del campo de golf del Country Club. Cuando los detectives confirmaron su identidad, se dieron cuenta de que era uno de los amigos Javier, el principal sospechoso de la muerte de Lito. Al día siguiente, los empleados de la joyería confirmaron que Javier iba al frente de los asaltantes. Dos días después los capturaron en las vegas del río Choluteca. Los condenaron a doce años de cárcel.
FUGA. Un año más tarde, desde uno de los torreones de la vieja Penitenciaría Central, en una mañana cálida, cayó una lluvia de balas contra dos hombres que habían saltado el muro y corrían desesperados por el cauce casi seco de la quebrada. Los guardias tenían buena puntería y detuvieron a balazos la fuga. Javier y su cómplice se rindieron. Estaban heridos y gritaban pidiendo ayuda. Javier vio morir a su amigo antes de que llegara la Cruz Roja y él mismo se desmayó, custodiado por aquellos guardias mal encarados. Una hora tardaron en llevarlo al hospital. El diagnóstico fue terrible. Una bala le destruyó los intestinos, un riñón y parte del hígado. Los médicos le salvaron la vida pero no pudieron reconstruirle su aparato excretor. Terminaron desviando el intestino a una herida en un costado del abdomen y le recomendaron que ocultara bien la bolsa donde se depositarían sus heces fecales por el resto de sus días, solo para evitar que la gente se alejara de él. Después de esto lo devolvieron a la Penitenciaría. Varios años después salió en libertad, y todavía oculta la bolsa con heces debajo de su camisa. Ya no es el hombre peligroso, cruel y despiadado de aquellos años.
ELLA. Laura vio pasar los últimos quince años en la soledad, haciendo tortillas para vender en una casuchita a orillas del río Choluteca, abajo del bulevar Kuwait. Aunque nunca se pudo comprobar su participación en el asesinato de Lito, para la DNIC no hay dudas. Su novio se lo confesó a un reo de la Penitenciaría Nacional de Támara y este se lo contó a un detective, pero no es tan fácil comprobarlo.
Laura tiene ahora por qué llorar. Si no le importó que sus hijos la despreciaran, ahora le importaría mucho que se acuerden de ella, y más porque el cáncer que se la está comiendo viva por dentro podría ser un castigo divino. Pero parece que morirá sola porque el delito nunca paga, o al menos, lo que deja son cosas como esta.
