Asesinato en la prisión verde

Un caso estremecedor, una confesión sincera y el castigo de un hombre que paga su crimen con su propio sufrimiento
ElHeraldo.hn

Honduras

13.06.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Hace algún tiempo entrevisté a un hombre que envejece poco a poco en una de las cárceles de Honduras.

Aunque es un hombre de pocas palabras, sabe expresarse y su conversación es agradable. Pero su historia es siniestra, producto de la subcultura del machismo que todavía prevalece en el espíritu de los hondureños y que es causa de tantos males que parecieran no tener fin.

Según Rogelio, el que ama cela, y es una especie de ley natural que, en la mayoría de las veces, domina al hombre, lo convierte en una bestia sedienta de sangre y de venganza y termina destruyendo su vida y la de los que supuestamente ama: eso fue lo que le pasó a él.

Bueno, hasta el propio Jehová dijo en una ocasión que Él es un Dios celoso, y que a ningún otro dará su gloria, y como estamos hechos a su imagen y semejanza… Esa era la forma "sabia" en que razonaba Rogelio y que lo llevó a matar a su propio hijo, el que fue en otro tiempo el centro de su corazón.

LA FINCA 13.

Para el abuelo y el padre de Rogelio, la finca bananera fue parte de la prisión verde que describe Ramón Amaya Amador como uno de los campos esclavistas más indignos de la historia moderna de América Latina.

Allí crecieron y formaron sus familias en medio de un ciclo de explotación humana que parecía no tener fin, y allí se formó Rogelio.

Era un niño retraído, solitario y triste; odiaba que su papá golpeara tanto a su mamá y, en medio de su impotencia, empezó a rechazar a su madre porque no sabía defenderse, hasta que terminó odiándola cuando llevó otro hombre al barracón menos de cuatro meses después del entierro de su padre, que fue asesinado no se sabe por quien en un lugar alejado y tranquilo de la finca una noche de viernes donde el "Yuscarán", el cigarro y las rancheras, alegraban la pobre vida de los jornaleros.

Hasta hoy, no sabe quien fue el asesino pero él siempre sospechó de su padrastro, y ahora está seguro de que su madre siempre se entendió con él, desde mucho antes de que muriera su padre.

Y esto le marcó la vida para siempre, y en su forma de pensar sencilla y desapasionada, siempre repite que es una desgracia que Dios ame tanto a los pobres, porque le da por crearlos a montones, con su carga de males y sufrimientos y con la promesa casi increíble de que hizo el cielo para ellos.

Aunque se arrepiente de lo que hizo, cree que vive su propio infierno en la tierra, un infierno que empezó a torturarlo desde la primera vez que vio borracho a su padre y desde el primer momento en que escuchó como sonaban sus puños al estrellarse en el cuerpo marchito de su madre. Cuando le pregunté ¿porqué mató a su propio hijo?, volvió a bajar la cabeza y sus ojos sin vida empezaron a llorar de nuevo…

EL CADÁVER. Lo encontraron debajo de unas hojas de plátano, a orilla del camino. Estaba boca abajo, sobre un charco de sangre, lleno de hormigas y moscas.

Según el detective que llegó a la escena del crimen, fue el crimen de un cobarde motivado por la cólera, la frustración y el odio. Eran los mejores años de la Dirección de Investigación Criminal (DIC) y los detectives de Homicidios estaban con la leche en los dientes.

La investigación criminal debía ser completamente científica y todos aplicaban sus conocimientos en la escena, sin dejar escapar detalle, aplicando la psicología y la lógica deductiva a cada detalle, analizándolo, comparándolo y caminando siempre hacia el criminal.

Fue una escuela efectiva en la que Wilfredo Alvarado, Saúl Bueso Mazariegos y Gonzalo Sánchez dejaron una huella que no se borrará jamás.

Y el detective era apenas un muchacho. Dijo que el asesino sentía por su víctima un sentimiento especial; esto se deducía porque dejó el cuerpo a la orilla del camino, donde lo encontrarían rápido, como una forma de asegurarse de que los depredadores no le hicieran daño.

Además, lo cubrió con varias hojas de plátano, demasiadas a su parecer, no para esconderlo de la vista de quien pasara por ahí, si no para protegerlo del sol y de las moscas.

Esto significaba que lo estimaba, o lo quería. Ahora, ¿por qué lo había matado?

Según el forense, tenía una sola herida, un machetazo profundo en la parte de atrás de la cabeza que, sin embargo, no lo mató de inmediato, a juzgar por la cantidad de sangre que había alrededor del cuerpo.

El golpe destruyó el cerebro, derramó la masa encefálica por la herida y rompió la caja craneana en varias partes. Aunque no fue una muerte inmediata, no fue una agonía dolorosa.

Ese era un detalle que reforzaba la hipótesis que el detective iba formándose en la cabeza y, aunque le sorprendía la imagen que iba apareciendo en el perfil psicológico del criminal, trataba de mantener al margen cualquier sentimiento de repugnancia que lo alejara de su principal objetivo: el asesino.

Y no quería comprobar que el asesino estuviera demasiado cerca de la víctima porque era algo que tal vez no se había visto nunca, desde que Iván el Terrible se dejó llevar por la ira.

Pero todos los caminos llevan a Roma. Cuando supo que el machete que estaba acomodado a un lado del cadáver, bajo las hojas, era el del muchacho muerto, la hipótesis cobró más fuerza y la investigación tomó otro rumbo.

DON ROGELIO.

"No sé cómo supieron que fui yo, ni me interesa saberlo. Era mi hijo y yo lo maté... A veces me pongo a pensar que no debí nacer jamás… Hubo un tiempo en que me consolaba creyendo que si Dios permitió que su propio hijo fuera asesinado, yo tenía una justificación, pero no, solo era el razonamiento absurdo de un hombre que es peor que un animal, porque los animales no le hacen daño a sus propios hijos. Y ese hombre soy yo".

LA ENTREVISTA.

La mujer lloraba en la cocina, sentada frente a la ventana que estaba sobre el lavatrastos, limpiándose las lágrimas con el delantal húmedo y descolorido.

Era una mujer joven, alta, delgada y elegante; de su cara bonita solo quedaba una máscara de tristeza profunda, bañada por el llanto y marcada por un dolor terrible.

No pasaba de los treinta años pero en aquel momento parecía una vieja, y eso llamó la atención del detective. Sentado afuera del jergón, en una silla de madera, estaba Rogelio, mal encarado, mudo y con mucha tristeza en los ojos.

Era un hombre que sufría. Dos niños estaban sentados en la orilla de un camastro de madera, sin saber qué pasaba a su alrededor.

"Fue casi como comprobar lo que imaginaba; era la escena perfecta. Él en la silla, malhumorado, quizás arrepentido, sabiendo lo que hizo y comprobando que las lágrimas de la mujer no eran las de una madre, eran lágrimas de mujer".

Porque la mujer era la madrastra del muerto y, puesto que lloraba demasiado, puesto que sufría tanto con la muerte del muchacho, era fácil suponer que lo quería más de lo que puede llegarse a querer a un hijastro.

Su marido tenía cincuenta y dos años, veintidós más que ella. En algún momento se entendió con el hijo, pero pasó el tiempo, él lo supo y no lo soportó.

Lo había matado por celos. Ahora empezaba a cerrar el círculo alrededor del asesino. Sin embargo, una cosa era formular una hipótesis a partir de los elementos de la escena del crimen, de las lágrimas de la mujer y del rostro alterado del hombre, y otra cosa era comprobarlo, convencer al fiscal y hacer que el criminal pague su delito.

Aunque esta es una de las virtudes de la psicología criminal, debe tenerse la suficiente capacidad para convertir las señales en evidencias irrefutables, y estas, en las pruebas que pongan al asesino tras las rejas. Hay quienes dicen que esto es un arte, hay quienes dicen que puede aprenderse con facilidad.

En el caso del asesinato en la prisión verde, el detective supo acorralar a don Rogelio y hacerlo confesar.

LA CÁRCEL. Don Rogelio ha llorado suficiente. La cárcel es una escuela donde puede perfeccionarse el crimen, pero también puede aplacar las pasiones desenfrenadas, hacer reflexionar al criminal empedernido y provocarle un arrepentimiento genuino.

Aunque sabe que no saldrá en libertad jamás, dice que se liberó del pasado que lo hizo un hombre celoso, un machista sin causa, un abusador de mujeres y, lo peor de todo, un asesino.

Sabe que no es un ejemplo para nadie, que el consuelo divino es casi una especie de hipocresía que solo ayuda a soportar las penas del encierro pero que, al final, solo oculta al hombre viejo en una máscara de buenas intenciones.

Por eso, dice, trata de no acercarse mucho a Dios, aunque lee la biblia constantemente y asiste a algunos servicios religiosos.

"Recuerdo que el detective se puso enfrente de mí -dice-, era un muchacho, casi como mi hijo, y lo miré con lágrimas en los ojos. En ese momento supe que estaba descubierto. Cuando miró a mi esposa se dio cuenta que no era la mamá del muerto y sé que allí conoció mi secreto, pero yo ya no estaba para sentir celos ni vergüenza ni dolor; las cosas estaban hechas y de nada servía arrepentirme. Cuando empezó a hablar, lo escuchaba como si yo estuviera cayendo en un abismo…"

EL CASO.

El muchacho fue asesinado con su propio machete. El asesino lo puso con cuidado al lado del cuerpo. Es sabido que el machete es algo tan personal del campesino que sin él es como que dejara de ser hombre.

Ese fue un detalle que le sirvió al detective para comprobar que el asesino tenía por él un sentimiento especial, tanto que, a pesar del odio, le puso el machete al lado para que no fuera encontrado sin aquel símbolo de hombría.

Además, el hombre muy hombre no presta ni su arma ni su mujer, y el muchacho le confió su machete a alguien de quien no tenía nada qué temer. Cuando el detective supo, por boca de la mujer, que el machete de su marido se quedó colgado de un clavo en la casa, se dio cuenta de que había planificado asesinar a su hijo.

Un hombre como él jamás olvidaría su machete, y esa vez, que fue la primera que recordaba la mujer, lo hizo a propósito.

Él sabía que su mujer se había enamorado del muchacho, que se entendían y que él, viejo y cansado, era casi como una pieza de desecho.

Era amor propio, celos terribles e impotencia; su mujer ya no lo amaba, él ya no servía para nada. Entonces decidió destruir al que le había quitado su amor. Y él sabía que era su propio hijo.

Esa mañana salieron juntos a la plantación, era sábado, hacía calor y él estaba de mal humor. El muchacho iba adelante, le decía algunas cosas y él le respondía con algunos gruñidos.

En un momento, en lo profundo de la finca, recordó que dejó olvidado su machete, le pidió prestado el suyo a su hijo y este se lo entregó, siguieron caminando y llegó el momento.

"El golpe fue seco, como si usted dejara caer un ayote. No olvido el silbido del machete, lo recuerdo cada noche como si fuera el silbido de una serpiente. Vi que mi hijo se detuvo, tiró la cabeza para atrás, se quedó parado un rato y después cayó al suelo, primero de rodillas, después lo demás.

Empezó a estremecerse y yo cerré los ojos. Cuando los abrí ya no se movía. Lo saqué del camino, lo puse a la orilla y lo tapé para que los zopilotes no lo descubrieran. Ya estaba hecho y no podía volverme atrás. Cuando llegué a la casa no podía hablar.

Mi mujer supo que lo habían matado cuando los vecinos trajeron la noticia; no me dijo nada pero sabía quién era el asesino. Ahora sé cuanto lo quería. Y era mi hijo.

Yo también lo quería. Usted me pregunta por qué lo maté… La respuesta es sencilla: porque pensé más en mí, porque estaba dolido y humillado, porque le tenía envidia… Creo que era más la envidia que sentía por su juventud que los mismos celos que tenía… Y aquí estoy, condenado de por vida, porque sé que no saldré de aquí jamás.

No me he matado porque quiero seguir pagando mi crimen, y no lo pago con cárcel, lo pago con el dolor permanente que llevo en el corazón y ese es mi peor infierno; sé que ella me odia, sé que todos me odian… Vivo solo para pagar mi culpa… Eso es peor que la prisión".

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