DENUNCIA. Los ejecutivos del banco se pusieron de pie para despedirse. La denuncia era seria. Les habían estafado cinco millones de lempiras y, aunque estaban seguros de que podían recuperar el dinero, más intereses de un año, les interesaba saber lo que había pasado para que el banco cayera tan ingenuamente y qué había detrás de semejante metida de patas.
Leiva, el detective asignado al caso, saludó tímidamente, no porque lo intimidaran las corbatas brillantes y las camisas con mancuernillas, sino porque su naturaleza tiende siempre al anonimato y le gusta trabajar en el misterio. Además, no era un solo caso.
Eran nueve. Cada uno por más de quinientos mil lempiras. El expediente era demasiado grande y puso manos a la obra cuanto antes porque los ejecutivos del banco estaban desesperados.
Análisis. La primera tarjeta de crédito Platinum estaba a nombre de Domitila Espinal Carías. Desde hacía un año y medio, Domitila había desaparecido, jamás había pagado una cuota del dinero que retiró en menos de treinta días, y ahora la buscaban por cielo, mar y tierra. Leiva buscó el expediente que le habían enviado del Registro Nacional de las Personas (RNP).
Domitila era un misterio. Su personalidad no era precisamente la de una comerciante de altos vuelos como para que le dieran una tarjeta de veinticinco mil dólares, y aunque de donde menos se espera salta la liebre, había otros detalles que hacían parecer imposible que Domitila fuera una estafadora profesional.
Aquella misma tarde, dos agentes de Localización y Capturas dieron con ella. Leiva quedó más intrigado todavía. Vivía en una casa de paredes de tabla en la colonia Cantarero López, sin agua potable, con una letrina, dos focos y un televisor antiguo. No estaba en su casa.
“¿Dónde podemos localizarla?”
“Está trabajando. Es aseadora en el hospital Escuela”.
“¿Usted sabe cuánto gana?”
“Ni el salario mínimo, señor. Esos patrones son unos pícaros que solo les gusta explotar a la gente humilde para ellos hacerse ricos”.
La muchacha se iba entusiasmando conforme hablaba. Era una mujer de unos veinte años, aunque aparentaba el doble, con los dientes negros, agujereados por las caries, el pelo hirsuto, como escoba, con un niño de meses en brazos, un vientre que anunciaba siete meses de embarazo y dos niños más, semi desnudos, que se agarraban a sus faldas, viendo curiosos a los detectives. Era la hija menor de Domitila.
ELLA. Domitila estaba en su trabajo, con un trapeador en las manos, la espalda encorvada, más por el peso de las penas que por el trabajo y los años, limpiando el piso de granito del lobby del hospital. Leiva quedó más intrigado. Consultó la fotografía que le envió el RNP, la fotografía que estaba en el expediente del caso, y supo que no estaba viendo a la persona equivocada. Ella era Domitila Espinal Carías.
“¿Qué hacemos?” –dijo uno de los detectives que acompañaban a Leiva.
“Nada todavía. Pero no la perdamos de vista”.
ROSALINA. Esta era una mujer agradable, de cuarenta y cuatro años, algo hermosa y de bonita figura.
Cuando Leiva la encontró, estaba vestida con el uniforme de doméstica en una casa enorme de El Hatillo. Tenía dientes de oro, pelo pintado de rojo y ojos grandes y vivos.
“¿En qué puedo servirles?” –dijo, con sencilla amabilidad, luego de que los detectives se identificaran.
“¿Usted es Rosalina Cáceres?”
“Si, señor. Ya le dije que sí”.
“Necesitamos hacerle unas preguntas”.
“Dígame, pero que sea pronto porque los niños no tardan en venir de la escuela y tenemos que estar pendientes del bus”.
“¿Usa usted tarjeta de crédito?”
“No, señor. Nunca he tenido tarjeta de crédito. O, ¿cree usted que con lo que gano en este trabajo los bancos me darían crédito?”
“Pero tenemos información de que hay una tarjeta de crédito a su nombre”.
“¿A mi nombre?”
“Sí; a su nombre. Rosalina María Cáceres Ruiz.”
“Si, esa soy yo”.
“La tarjeta se la dieron en el banco por su negocio de venta de abarrotería al por mayor. ¿Tiene usted un negocio de estos?”
La mujer abrió la boca, mostrando los dientes de adelante adornados con estrellas de oro. Más atrás, el espacio vacío en las encías demostraba que las muelas habían desaparecido hacía mucho tiempo.
“¿De dónde voy a poner un negocio yo? ¿Están seguros que no están buscando a otra persona?”
“¿Este es su número de identidad?”
La mujer miró la copia que Leiva le estaba mostrando.
“Si, ese es mi número, y esa es mi identidad”.
“Bueno –dijo Leiva, suspirando-, creo que estamos equivocados. Talvez nos dieron los documentos que no son. Muchas gracias por su ayuda.”
MICHELL. Treinta y seis años, delgada, trigueña, pelo largo, elegante pero de ojos tristes. Trabajaba en un motel, aseando cuartos, anotando números de placas y cobrándole a los clientes. Leiva retrocedió como en las dos ocasiones anteriores.
“Tampoco tiene negocio.
Esta es dueña, supuestamente, de dos yonkers en Comayagüela y de un autolote en San Pedro Sula. También tiene a su nombre una tarjeta de crédito por veinticinco mil dólares.”
Más. Tres meses después de la denuncia, Leiva había localizado a cuatro mujeres más. Todas con las mismas características que las tres anteriores. Sus negocios eran normales y florecientes. Una ferretería, un aserradero, dos floristerías y buses del transporte público. Pero la verdad, o lo que creyó entender el detective, era que aquellas mujeres no tenían ni en que caerse muertas. Sus salarios eran de hambre, su personalidad era parecida y su pobreza era común. ¿Entonces? ¿Qué había detrás de todo eso? El delito era real. Cinco millones estafados. Las tarjetas emitidas, el dinero retirado de los bancos y de los cajeros automáticos. Nueve nombres reales, de personas reales, pero que no encajaban en el perfil científico del estafador empedernido. Es más, ni siquiera parecían delincuentes. ¿Qué hacer?
EQUIPO. Dicen que trabajar en equipo es, en la mayoría de las veces, una garantía de éxito.
Cuando un periodista le preguntó a Andrew Carnegie, el magnate del acero estadounidense, que, en su opinión, ¿cuál era la base de su éxito?, el anciano sonrió, se acarició su barba blanca y respondió: “En haberme rodeado de hombres más inteligentes, más listos, más trabajadores y más sabios que yo”. De eso se trata el equipo.
LA DNIC. “Empecemos por el principio –dijo Leiva-. Cinco millones estafados, nueve mujeres, en apariencia, incapaces de cometer ese delito, por no tener las garantías que exigen el banco… Pero las tarjetas están a nombre de ellas, el dinero fue retirado y ellas no dan muestras de saber absolutamente nada de todo esto”.
“¿Robo de identidad?”
“No lo creo. Un detalle que me intriga es que las siete mujeres que hemos entrevistado aceptaron que las firmas que están en las solicitudes de las tarjetas son las suyas, o al menos se parecen mucho”.
“¿Falsificación?”
“Es posible, pero en tres de los siete casos, el perito calígrafo asegura que las firmas de las solicitudes y las que nos facilitaron las mujeres fueron escritas o hechas con la misma mano, pero las mujeres aseguran que nunca firmaron una solicitud de tarjeta de crédito, y, aunque tengo mis dudas, me parece que dicen la verdad”.
“¿Es todo lo que tenemos?”
“Es todo lo que nos dieron en el Banco. Lo demás es puro papel.”
“La estafa se hizo usando el nombre de las mujeres, ¿cierto?”
“Cierto”.
“Supuestamente, dueñas de buenos negocios.”
“Cierto”.
“Negocios prósperos, con libros, legales y con la antigüedad suficiente para que el Banco confiara en ellos”.
“Así es”.
“¿Con apoderado legal y contador?”
“Tal y como lo exige la ley.”
“Entonces, ¿dónde está el delito?”
IDEAS. Pasaron cinco meses. El caso estaba estancado. Los ejecutivos del banco seguían presionando. Ahora eran más de diez millones el dinero perdido porque los intereses seguían sumando. Leiva tuvo una idea. Fue de visita al banco.
“Necesito dos cosas –le dijo al gerente-, las grabaciones de las cámaras de seguridad según las fechas de cada retiro en los cajeros y en los bancos, y los vaucheres de todas las compras realizadas con las tarjetas”.
El gerente suspiró.
“¡Ah!, se me olvidaba; necesito también el nombre del apoderado legal de las empresas a las que se les emitieron las tarjetas. Es urgente, tengo muchos casos más que atender y desde hace cinco meses que ustedes presionan por el suyo pero se tardan en darnos la información que les hemos pedido”.
“Todo eso lo tendrá esta semana”.
“Bien. Se lo agradezco”.
“Una pregunta”.
“Dígame”.
“¿Cree usted que las mujeres, o sea las sospechosas, tengan algún cómplice al interior del banco”.
“Es posible, y estamos trabajando en eso. Le informaremos cuando estemos seguros”.
TIEMPO. La información que Leiva solicitó tardó un mes en llegar, un mes en que se la entregaran en su oficina, porque a veces a los empleados les da por guardar la correspondencia de otros, y un mes para que él volviera a ponerse a trabajar en el caso. En total, habían pasado ya ocho meses desde que los ejecutivos del banco pusieron la denuncia en la sección de Delitos Económicos de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).
VISITA. Cuando se cumplió el mes número nueve, siete mujeres, arregladas decentemente, con labios pintados, pelo arreglado y ojos nerviosos, estaban sentadas en la Sala de Recepción de la DNIC, esperando a que Leiva las llamara.
Entró la primera.
“¿Conoce usted a la abogada Alma María Ordóñez?”
“Sí, señor.”
“¿De dónde la conoce?”
“Hace casi dos años, señor. Trabajé como doméstica en la casa de ella”.
“Cuánto tiempo trabajó con ella”.
“Dos meses, señor; solo dos meses.”
“¿Por qué dejó de trabajar con ella?”
“No sé. Ella no estaba a gusto con mi trabajo. Me pagó, me dio un bono y me dijo que me fuera. Y uno no puede estar donde no lo quieren”.
“¿Firmó usted un contrato cuando entró a trabajar con ella?”
“¿Firmar un contrato?”
“Si. Algún papel. Algo que ella le dijo que tenía que firmar para trabajar con ella.”
“¡Ah, sí! Un contrato. Era para que yo estuviera segura de que me iba a respetar mis derechos…”
“Y, ¿usted leyó el papel antes de firmar?”
“Mire que no. Si con costo sé firmar. No mira que en mi aldea ni nos echaban a la escuela. Uno tenía que quedarse en la casa para hacer los oficios, para atender a los viejitos, y después para darle gusto al marido. Y ni agradecen los hombres viejos”.
Leiva reprimió una sonrisa. Le dio las gracias y llamó a la segunda mujer. Luego a la tercera, y así, hasta la séptima. Todas declararon lo mismo. Conocían a la abogada Alma, trabajaron con ella dos y hasta tres meses, las despidió pagándoles el sueldo y un bono, y no la volvieron a ver. Uno o dos días después de empezar a trabajar con ella les decía que firmaran un contrato para asegurarles sus derechos porque ella era cristiana y decía siempre que el obrero no solo es digno de su salario, sino también que el patrón debe ser bueno con el que le da el lomo. Era una mujer muy noble. Pero se desencantaba pronto de las trabajadoras y, como decían todas, las mandaba a echar pulgas a otro lado. Ahora sí, Leiva se permitió una sonrisa. Era hora de cerrar el caso, y de hablar con la fiscalía.
CASO. Un año tardó el detective en dar el caso por terminado. Cuando el fiscal vio las pruebas, se asombró de la capacidad que tiene alguna gente para usar la inteligencia al revés. A menos que no sea inteligencia.
En los videos que le entregó el banco aparecía siempre la figura agradable, rechoncha y emperifollada de la apoderada legal de las empresas. Los vaucheres estaban firmados por ellas en cada compra, y compraba joyas, carros y hasta una casa.
Cuando los detectives la requirieron, orden de captura en mano, la abogada estaba más pobre que sus empleadas domésticas. ¿O estaba fingiendo?
