Al igual que en el cuento de "Los tres cerditos", las aves cuentan entre sus filas con albañiles que han descubierto que una casa de ladrillo es más sólida que una de madera o paja.
El representante más conocido de este grupo es la golondrina, aunque nuestros cielos también se pueblan de otras aves llamadas aviones y vencejos, incluso en mayor número, que también recurren a esta técnica.
Existen multitud de especies relacionadas con estos nombres comunes, pertenecientes a varios géneros.
Estos pájaros alfareros recogen barro, bolita a bolita, de la orilla de charcos y arroyos, que mezclan con su saliva, y que pegan debajo de algún saliente, roca, alero o en grietas.
Poco a poco, el nido adquiere su característica forma de semiesfera, con una entrada superior por donde la hembra penetra. En el interior de este iglú de barro invertido la golondrina elabora un lecho de liquen, plumas o pelos, suave, donde se criará su nidada.
Lo normal es que estas aves aniden en colonias más o menos numerosas, que colaboran cuando algún otro pájaro despabilado intenta aprovecharse de la construcción para instalarse en tan cómoda y fresca casita de barro.
Se ha visto a veces que cuando un intruso, un gorrión, por ejemplo, penetra en el interior de un nido de vencejos, aviones o golondrinas, la colonia entera acude a castigar al invasor.
Pegote a pegote, estos pájaros ciegan la entrada, emparedando en el interior del nido al osado que, ilusamente, pensó en apoderarse de tan confortable y segura morada.
Algunos nidos de vencejos son tan pequeños que no permiten ni siquiera el peso del ave incubadora. En esos casos, el vencejo se hace a la pared o rama de donde pende el nido, con unas paredes casi del grosor de un papel.
Eso sí, los huevos son tan preciados que no corren riesgo de pérdidas. En casi todas estas situaciones utilizan su saliva para, literalmente, cementar los huevos al fondo del nido.
Un Nido de Lujo. No obstante, pese a la capacidad constructora de vencejos y golondrinas, hay un pájaro que los supera en calidad y cantidad de producción. Nos referimos al hornero (Furnarius rufus) de América del Sur.
El nido es construido en otoño, y ambos miembros de la pareja intervienen en su edificación. Durante esa época las glándulas salivales de estos pájaros se hipertrofian, funcionan más, utilizando esa saliva para cementar los materiales utilizados.
Acarrean con sus picos el barro, al que le agregan raíces y hierba seca. Así van dando forma al nido esférico, parecido al horno de un panadero, de donde toman su nombre común.
De unos 30 cm de diámetro, estas viviendas solo tienen una entrada, por la que se pasa a una especie de sala de espera. A continuación, y en espiral, el pasadizo se estrecha, para impedir accesos no deseados, y desemboca en la cámara de cría.
Para su emplazamiento eligen por lo general lugares visibles: ramas gruesas de árboles, postes y techos. Aunque se conservan durante dos o tres años, cada temporada construyen uno o dos nidos nuevos, a veces uno encima del otro, como un edificio.
Los nidos abandonados son disputados por ratones, jilgueros, golondrinas y gorriones, que, sin tan hábiles capacidades, saben apreciar lo bueno de la vida.
Expertos en energías alternativas. No hemos acabado con las aves, pero sí con los extraordinarios constructores de nidos. Y es que, además de conocimientos específicos de ingeniería, arquitectura, albañilería, aerodinámica, resistencia de materiales, química, adhesión y fraguado, hay aves que entienden de termorregulación, y sus nidos resultan dignos de mención no por su estructura, sino por sus propiedades termoquímicas.
Dentro del grupo de aves llamadas galliformes, existe una familia de los egapódidos, que son expertos en utilizar fuentes de calor alternativo para incubar sus huevos.
Distribuidos por Australia, Nueva Guinea, Indonesia y Polinesia, son aves de relativo gran tamaño, que rondan los 50 cm.
Todas se caracterizan por la construcción de nidos donde depositan sus huevos para ser incubados, no por el calor de los progenitores, sino por fermentación, por el calor del sol... e incluso aprovechan el calor residual de la actividad volcánica. Unos expertos extraordinarios en geotermia.
La especie mejor estudiada es el megapodio ocelado (Leipoa ocellata), ave que habita en el matorral árido de eucaliptos de Australia. Muy territoriales, los machos trabajan en el montículo hasta once meses al año, aunque la puesta se realice en primavera y verano.
El nido consiste en una depresión que se rellena con materia orgánica, sobre la que se deposita arena y grava. La capa de humus, al pudrirse, genera el calor que esta ave aprovecha.
Hacia julio, cuando la temperatura en el interior del montículo alcanza los 30° C, el megapodio retira la capa de arena y excava una cámara en la materia orgánica en fermentación.
Los huevos son depositados de septiembre a enero, cada varios días. Entonces la puesta se vuelve a recubrir con gravilla, y el macho monta guardia alrededor de su futura generación.
Es loable la fidelidad de estas aves hacia su nidada. No hay suceso que lo haga abandonar su vigilancia, nada ni nadie logra echarlos, y a intervalos regulares puede comprobarse cómo introduce en el interior del montículo su pico, experto termómetro que se encarga de detectar que la temperatura sea exactamente 35° C.
Si por lo que sea aumenta, el megapodio abre toberas de refrigeración desde la capa orgánica hacia el exterior.
Si, por el contrario, la temperatura idónea no se alcanza, nuestro pájaro añade materia vegetal al nido para que su putrefacción aporte los grados necesarios.
Al amor de la Lumbre. Los megapodios que viven en Nueva Bretaña y las islas Salomón ponen sus huevos en masa en suelos calentados por fenómenos volcánicos. Como el suelo apto para esta operación es escaso, la densidad de nidos es elevadísima: hasta de un nido por cada 20 m2.
Las corrientes térmicas subterráneas y los gases volcánicos proporcionan los 34° C necesarios para la incubación.
Es una lástima que el exquisito esmero que estas aves proporcionan a sus huevos no se extienda al cuidado de su prole. De hecho, nada más nacer, el polluelo de megapodio tiene que excavar la galería que, como a Edmundo Dantés (personaje central de "El conde de Monte Cristo"), le llevará al exterior del nido y al comienzo de su vida, completamente solo.
Son jóvenes extraordinarios precoces que se esconden rápidamente en el matorral que rodea el nido y que, caso verdaderamente insólito entre las aves, pueden volar a las pocas horas de edad.
Existen especies de aves, los tilonorrinco los artistas más notables, muy dedicadas en la construcción de su nido, buscan pequeños detalles: frutas, bayas, hongos, latón, trozos de plástico, flores, minerales... todo tiene cabida en esta parcela.
