El hombre se bajó de la enorme camioneta Ford-350 justo enfrente de la puerta principal del banco, mantuvo por unos segundos la puerta abierta para arreglarse la camisa y acomodarse el sombrero, un caro sombrero Stetson que daba sombra a su cara ancha, blanca, casi rosada, y risueña.
Saludó con una sonrisa a los guardias que parecÃan muñecos de uniforme a ambos lados de la puerta de vidrio, con sus fusiles entre las manos, y se volteó por un instante para decirle algo a su chofer.
El motor diésel rugió ahogando las palabras y el hombre cerró la puerta, luego avanzó hacia los guardias con elegancia, enseñando los dientes en una sonrisa agradable que correspondÃa con el brillo entusiasta en sus ojos.
Se sacó de la cintura un revólver 3.57, de cañón largo, brillante como plata bruñida, y se lo dio a un guardia, que le devolvió la sonrisa, francamente impresionado.
En ese momento levantó las manos y de su camisa se desprendió un aroma agradable que llenó el ambiente por largos segundos; un guardia comprobó que no llevaba más armas encima y le dijo luego que era bienvenido, recomendándole que apagara su teléfono celular y que se quitara el sombrero.
El hombre obedeció, sin apagar aquella sonrisa atrayente, y cruzó la puerta que le abrió un tercer guardia, pasó después por la puerta giratoria y entró, poniendo sus costosas botas de piel de cocodrilo y punta forrada de oro en la alfombra anciana del banco.
El hombre
Lo llamaremos Mario o, mejor, don Mario, puesto que era todo un señor, o al menos asà se conducÃa.
No muy alto, con varias libras de más, un abdomen en crecimiento, piel blanca, manos pequeñas y cuadradas, de uñas cortas y bien cuidadas, vestido con la mayor elegancia y pulcritud vaqueras, con un jean Wrangler, una camisa Chaps, manga corta y a cuadros, faja Gucci, con una hebilla enorme en la que lucÃan dos caballos de oro con lazos de plata, una esclava en la muñeca derecha, un anillo grueso en el anular izquierdo y un Rolex de acero ciñendo los vellos castaños y largos en el nacimiento de la mano izquierda.
Se anunció con una muchacha que lo atendió con una gran sonrisa, y poco después se acercó a él un hombre de unos cincuenta años, metido en un traje azul marino casi nuevo, peinado hacia atrás con exceso de gelatina, una sonrisa servil y una mirada de envidia que no podÃa ocultar en sus ojillos claros de limpiamundo (esto es: zopilote).
Juntos fueron a una oficina, le sirvieron té helado, le hicieron dos o tres bromas agradables y él rió con decencia. Estaba en viaje de negocios y tenÃa poco tiempo.
El negocio
El ejecutivo del banco estaba entusiasmado. La personalidad de su cliente lo impresionaba y se deshacÃa en atenciones para servirle.
Don Mario habló francamente. "Cómo usted podrá comprobar -dijo, con un acento cantarÃn, convincente y cautivador- mis cuentas en su banco están casi en cero.
Lo he invertido casi todo. También podrá comprobar que hablamos de varios millones de lempiras, los que han entrado y salido en un año, más o menos. Las inversiones que he hecho están aseguradas y pronto darán excelentes frutos".
El ejecutivo sonrió, abrió una carpeta azul que tenÃa sobre el escritorio y le dio una ojeada a las columnas de números que tenÃa impresos en varias páginas, luego levantó los ojos y dijo, satisfecho: "SÃ, don Mario. Aquà tenemos su historial. Ha sido un excelente cliente del banco por mucho tiempo y el Concejo nos autorizó para seguir los trámites de su solicitud; como comprenderá, el primer paso es comprobar la existencia de la garantÃa que nos propone, de ahÃ, todo lo demás será más fácil".
Don Mario se movió nerviosamente en su silla pero el ejecutivo no lo notó. Por un momento no supo qué decir.
El funcionario agregó: "Pasado mañana llegará a su beneficio una comisión del banco, trámite de rutina, nada más. Necesitamos comprobar algunos datos que usted nos da en la solicitud y, después de eso, creo que en una semana, a más tardar, tendrá su préstamo aprobado. Cómo comprenderá, veinticinco millones es bastante dinero y debemos llenar algunos requisitos".
El banquero
Dice el ejecutivo del banco que si él hubiera sido un poco más listo se hubiera dado cuenta que don Mario sudaba, a pesar del frÃo del aire acondicionado, que se mostró nervioso de repente, que jugaba con el ala del sombrero y que se movÃa en la silla como si de pronto se sintiera incómodo.
También dejó de sonreÃr y le pareció que se ponÃa tenso y que el brillo de sus ojos desaparecÃa bajo la sombra de las cejas espesas y oscuras.
Pero él estaba allà para atender a los clientes especiales no para jugar al detective; don Mario era especial y él trataba de hacerlo sentir bien, tal como eran las polÃticas del banco. ¿De qué se le podrÃa culpar?
La garantÃa
Era una mañana lluviosa, las montañas estaban cubiertas por nubes blancas y bajas y el verde con que el invierno habÃa vestido los campos destellaba bajo los primeros rayos de sol. Era una mañana agradable, realmente deliciosa.
El busito del banco entró a la finca por un enorme portón de lámina de hierro troquelado, guardado por dos guardias armados de fusiles, y se detuvo frente a un enorme patio rectangular de cemento fundido, bajo las ramas de varios eucaliptos.
La camioneta Ford-350 de don Mario se detuvo detrás y los hombres bajaron, luciendo sus mejores sonrisas y la satisfacción que les producÃa el paisaje. En realidad, Honduras es un paÃs bello y habÃa que salir del banco para conocerlo y disfrutarlo.
Desayunaron en la casa que don Mario tenÃa en el pueblo, una casa antigua, de paredes altas, techo de teja, amplios corredores y frondosos jardines, una casa que, según decÃa su dueño, era un patrimonio cultural del paÃs y que él heredarÃa al Estado el dÃa de su muerte, para que fundaran allà un museo, un teatro y una biblioteca.
No, la casa no era parte de la garantÃa que aceptaba el banco. Era un tesoro que su mujer heredó de sus padres y estos de sus abuelos, y estos a su vez de sus antepasados. TenÃan sus raÃces en la Colonia y descendÃan de españoles, al menos era lo que decÃan. Y, en verdad, don Mario parecÃa todo un aristócrata.
La carne asada, los frijoles refritos, los huevos estrellados, las tortillas tostadas, la cuajada y el plátano frito, bañado en mantequilla rala, fueron un banquete que acompañaron con café de palo, fuerte, humeante y oloroso. Iban repletos cuando abrieron las puertas del beneficio y se enfrentaron a las montañas de sacos de café que se apilaban hasta el cielo.
¿Cómo contar todos los sacos? ¡TardarÃan todo un año! La bodega era inmensa, realmente inmensa, alta, y estaba llena de sacos de café. Uno de los funcionarios del banco hizo una propuesta. Estaban allà para confirmar la garantÃa y la garantÃa estaba ante sus ojos. ¿Qué opinaban si abrÃan sacos al azar? Todos estuvieron de acuerdo. No tardaron ni dos horas.
El café
HabÃa tanto café en aquella bodega que al precio actual sumaban más de cuarenta millones de lempiras los costales que esperaban a que el precio internacional mejorara.
Aunque no era un productor, don Mario era un comerciante visionario, y osado. Compró durante la crisis y esperaba vender con una utilidad de usurero. Era la verdad pero negocios son negocios.
Sin embargo, mientras las cosas mejoraban, don Mario deseaba hacer nuevas inversiones, y el tabaco subÃa de precio, también la madera de color y la carne de res de exportación.
El café estaba seguro en sus bodegas, las proyecciones no eran desalentadoras y la helada de Brasil traerÃa mejores oportunidades para los cafetaleros de Centroamérica, esto si Vietnam no sacaba su cosecha antes de que Brasil se recuperara, lo que parecÃa imposible. Y don Mario era un jugador osado, valiente y con suerte.
Los empleados del banco abrieron saco tras saco. Uno del frente, otro de la segunda lÃnea de arriba para abajo, otro de la esquina, dos del fondo de la bodega, uno más, otro, cinco más; café por todos lados, y café del bueno.
A ojo de buen cubero, la ganancia de don Mario andarÃa arriba de los siete millones de lempiras, quizás un poco más. El banco no podÃa dejar ir a semejante cliente.
El almuerzo
El novillo estaba tierno, la carne tronaba en los asadores, la música entonaba los nervios y las cervezas, el ron y el whisky eran jugo de dioses.
El almuerzo duró hasta después de las tres de la tarde, la fiesta era inolvidable; don Mario era el mejor anfitrión del mundo. A las cinco salieron para Tegucigalpa, llovÃa y el chofer venÃa despacio.
A eso de las diez de la noche entraron a la ciudad. Más que un viaje de trabajo fue una aventura emocionante, bien merecida. Los empleados venÃan felices.
El préstamo
Siete dÃas después, don Mario tenÃa a su disposición el dinero: veinticinco millones de lempiras. Al principio actuó con cautela. Hizo inversiones, pagó deudas, realizó retiros, hizo giros y, en menos de un mes, la cuenta estaba vacÃa.
Aquel hombre era un gran inversionista. Sin embargo, algo debió pasar porque el primer mes no depositó la cuota. En realidad solo se habÃa retrasado una semana pero era obligación de su oficial de servicio recordarle que los intereses eran altos y que cualquier retraso, por muy pequeño que fuera, podrÃa afectar su récord en el banco.
La llamada la hicieron antes de las tres de la tarde. Contestón un don Mario agradable, conversador y convincente. Dijo que sabÃa que se habÃa atrasado, que no era su culpa pero que el depósito estarÃa en el banco a primera hora de la mañana siguiente.
Ni modo, los errores se pagan caro y estaba obligado a pagar los intereses. Lo harÃa a primera hora. No volverÃa a suceder jamás.
La verdad
A las doce del dÃa, el oficial consultó la cuenta de don Mario, solo por curiosidad; dijo que pagarÃa a primera hora y era un hombre cumplido. El dinero estarÃa allÃ. No habÃa nada de qué preocuparse. Pero a esa hora no se habÃa hecho ningún pago.
El oficial decidió esperar hasta la tarde. Nada a las dos. Llamó a don Mario a las tres. Los teléfonos estaban apagados. Se enviaron notas a sus oficinas. Pero el tiempo pasó. Tres meses después, el banco decidió enviar a sus abogados. Iban con instrucciones de ejecutar la garantÃa. Lo sentÃan mucho pero negocios son negocios.
Llegaron en el mismo busito, un guardia anciano les abrió el enorme portón, luego abrió el portón de las bodegas y se retiró en silencio. Allà estaban los sacos de café, intactos, llenando la bodega casi hasta reventar. El embargo serÃa todo un éxito. Pero habÃa algo raro, algo que nadie notó la primera vez.
Algunos sacos estaban húmedos, y aquello era mala señal. PodrÃa podrirse el café. El jefe pidió que bajaran uno de los costales húmedos.
Dos hombres lo pusieron a sus pies. Ahora notaron algo más raro todavÃa. La bodega no tenÃa aquel olor agradable y caracterÃstico del café en grano. El jefe decidió abrir el costal. Casi se va de espaldas. Estaba lleno de arena, húmeda todavÃa. Abrió otro. Arena también. Y otro más. Arena seca. Y mil sacos más. Arena también.
¿Y don Mario? ¿Quién era don Mario? Un hombre habÃa alquilado las bodegas por seis meses, alquiló una casona en el pueblo, vivió trabajando, sabe Dios en qué, por un año, y de pronto desapareció. Nadie lo habÃa visto en los últimos cincuenta dÃas.
El anciano dijo que a él lo contrató el dueño legÃtimo del terreno, que vio cuando varios camiones salÃan del beneficio llenos de sacos de café y que creÃa que iban para Nicaragua. No se imaginaba que lo que estaba cuidando era arena, además, a él lo que le importaba era que su patrón le pagara.
TodavÃa hoy nadie sabe quién era don Mario, de dónde era, de dónde vino y a dónde se fue. Cuando quisieron saber si habÃa dinero en las cuentas a las que giró dinero don Mario, supieron que el dinero era retirado el mismo dÃa en que fue depositado. No recuperaron más que doce mil lempiras. Don Mario está feliz en algún lugar, disfrutando de los millones del banco, y tal vez preparando otro golpe como este.
