A Don Diego Ochoa le conocen en San Vicente como el "enterrador" del cementerio municipal, una tarea que ahora duele en particular porque en estos días se amontonan los cadávares de las víctimas de las torrenciales lluvias que han dejado al menos 160 muertos en el país.
Pala en mano y la ropa llena de barro, Don Diego, de 49 años, ha cavado en los últimos días muchas tumbas y un par de fosas comunes; prefiere no llevar la cuenta de las personas que ha tenido que enterrar, todas víctimas de las lluvias.
"Tengo diez años de trabajar como sepulturero. En ese tiempo he tenido mucho trabajo haciendo hoyos para no se cuántas gentes, debería estar acostumbrado a enterrar gente, pero no, ahora me duele, me siento mal de tener que enterrar a gente de mi pueblo muerta porque Dios así lo quiso", dice a la AFP.
Mientras habla, el enterrador observa detenidamente y con rostro triste cómo miembros de una familia introducían lentamente un pequeño féretro con los restos de Gabriela González, una niña de apenas 3 años y medio, quien murió soterrada en un cantón cercano a la ciudad de San Vicente.
Los llantos de los familiares de la pequeña afectaron aún más a Don Diego, quien con los ojos llenos de lágrimas recordó que "mucha gente ha muerto, algunos han sido reconocidos, otros los hemos sepultado como desconocidos. ¡Nunca pensé ver algo así!", exclama.
Diego esperaba pacientemente a que en cualquier momento llegaran personeros de la oficina de Medicina Legal de San Vicente para darle, posiblemente, la orden de enterrar a otras víctimas, algo que "ya no quisiera que sucediera".
DESAPARECIDOS. "Escuché (la voz de) un hombre que me dijo que le diera la mano. Después llegaron otros y me sacaron", declaró a la AP Tania Jovel, una niña de 10 años arrastrada antes de la medianoche del sábado tras el desbordamiento del río Huilapa, que inundó la pequeña localidad de Apulo.
Apulo es un centro turístico en las riberas del lago de Ilopango, en la periferia este de la capital salvadoreña.
La niña fue encontrada al menos unas cuatro horas después a la orilla del lago y en medio de varios vehículos que formaban una especie de muro y que habían sido arrastrados por una correntada de lodo y piedra. "Me dio mucho miedo, es como un sueño feo", agregó la menor que tenía rasguños y moretones en brazos y piernas.
"El agua me llegó hasta el pecho y ella se me desprendió. Le grité a todos que me la buscaran y de milagro de Dios la encontramos", agregó su madre Ada Jovel, de 32 años, que limpiaba escombros en su vivienda a la orilla del que fuera río y quedó cubierto por unos dos metros de lodo, piedras y pedazos de frondosos árboles.
La correntada se extendió por toda la localidad, donde residen unas 3,000 personas, arrancando casas y otras sepultándolas por completo con lodo. Una anciana fue reportada como la única fallecida en la zona, según los lugareños.
Las calles de Apulo están cubiertas por montañas de escombros, inundadas o llenas de basura.
"Lo que nos queda ahora es limpiar y seguir adelante. No tenemos otro camino", agregó Walter Ramos, de 38 años, dueño del restaurante The Lake Beer (La cerveza del lago), mientras sacaba arena y piedras de su local frente a la orilla del lago.
"Va a costar levantar esto de nuevo, pero no perdemos la esperanza de hacerlo lo más rápido posible", agregó.
A unas pocas metros del lugar, Medarda Romero, de 43 años, cocinaba arroz, frijoles, huevos y tortillas para unas 1,000 personas de la zona. "No hemos parado de cocinar desde el fin de semana, pero sabemos que todos unidos vamos a salir adelante", señaló junto a un grupo de mujeres que cocinaban y atendían a damnificados.
"La lluvia destruyó las casas y las pertenencias de todos. Viene la ayuda de comida, pero no nos alcanza porque son muchas personas e, incluso se llevan comida para otros cantones cercanos también afectados. Necesitamos comida, platos desechables y agua sobre todo", apuntó Romero.
La casa comunal de la localidad es uno de los albergues improvisados de la zona, donde los damnificados eran también atendidos por médicos del Instituto salvadoreño de Seguro Social.
La administradora de Medicina Legal de San Vicente, una de los pueblos más afectados, Marta Paredes, explicó a la AFP que se temía que se registraran "muchas más víctimas mortales" en la ciudad pues había "muchos desaparecidos", aunque no avanzó una cifra.
Quien sí lo ha hecho ha sido el alcalde de San Vicente, Medardo Hernández Lara, quien calcula que los desaparecidos por las lluvias en la periferia de la ciudad ascienden a unos 500, aunque Protección Civil no lo confirma porque se trata de una "especulación".
"Yo lo único que le pido a Dios es que ya no haya más muertes, que mi pueblo ha sufrido mucho ya, ver niños, mujeres, ancianos muertos en correntadas o soterrados duele", concluyó Don Diego, el sepulturero, mientras se disponía a cavar otra tumba "para tenerla lista para cualquier otra persona".
