Escuela de detectives

Varios casos criminales, la acción de los expertos y la muestra de que la DNIC puede darle mucho más a la sociedad.
ElHeraldo.hn

Honduras

14.01.2011 - carmilla wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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CIENCIA. Aunque algunos expertos no estén de acuerdo, la criminalística debe verse como una ciencia exacta, como las matemáticas, que sirve a las sociedades para la investigación de los delitos, sobre todos los delitos contra la vida, valiéndose de muchas ciencias auxiliares cuyos resultados no deben dar lugar al error.

Entre estas ciencias auxiliares están el arte, la balística y la antropología forense, la dactiloscopia, la caligrafía y la medicina forense y, entre muchas otras, la psicología, que, como ciencia del comportamiento humano, ayuda al investigador con la creación de los perfiles criminales que se elaboran a partir del análisis y del estudio de la escena del crimen y que son efectivos en un porcentaje muy alto. Por supuesto, y a pesar de la probada capacidad de los investigadores de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), Honduras está en pañales en aspectos tan esenciales como este para la investigación de los crímenes. Sin embargo, hubo una época en que la DNIC actuó como policía científica, tanto, que causó la admiración de muchos países como Francia, España, Chile y Estados Unidos, y que sirvió de ejemplo para algunos países de Centroamérica que estaban organizando su propia Policía de Investigación Criminal. Pero como dijo Tales de Mileto, todo pasa y todo cambia, y los expertos en psicología criminal, en criminalística, en técnicas psicológicas de interrogación y en elaboración de perfiles psicológicos del criminal ya no están en la institución, lo que ha afectado de una o de otra forma los resultados que la DNIC le entregan a la sociedad. Hombres como Saúl Bueso y Gonzalo Sánchez no debieron alejarse nunca de la Policía de Investigación, y es tarea de las autoridades de Seguridad devolverle a Honduras aquella DNIC científica, entusiasta y veloz de los tiempos de Wilfredo Alvarado, algo que perfectamente se puede lograr.

CASOS. De esta escuela quedan para la historia muchos casos, muestra clara del profesionalismo y la capacidad de los investigadores hondureños, casos que hoy resumimos como un homenaje a aquellos que se fueron y que con su sabiduría y su entusiasmo le sirvieron a Honduras como era su deber.

UNO. En los últimos días en que Gonzalo Sánchez capacitaba a un grupo de detectives de Homicidios de Guatemala, el director de la Policía le expuso un caso que estaba causándole graves problemas al gobierno porque la oposición lo manejaba como un crimen político y una escalada del Ejército en la persecución, secuestro y asesinato de activistas de izquierda. Aunque la Policía había identificado a un sospechoso y hasta le habían decomisado el arma con que suponían que se había cometido el crimen, era imposible ligarlo a la muerte, a pesar de que se sabía que había amenazado a la víctima por un asunto de faldas. Sin pruebas, el juez tuvo que liberar al sospechoso, y de esto pasaban ya tres años. El director de la Policía le dijo a Gonzalo:

-Tenemos indicios de que es un crimen pasional y que el sospechoso es el asesino, pero no lo podemos relacionar con el delito ni con el arma que le decomisamos. Si tan solo encontráramos uno de los proyectiles con que mataron al sindicalista, tendríamos resuelto el caso…

Gonzalo lo interrumpió:

-¿Dónde encontraron el cuerpo?

-En un solar baldío, afuera de la ciudad. Creemos que lo ejecutaron en ese lugar. El cuerpo estaba boca abajo, con las manos amarradas a la espalda con los cordones de sus propios zapatos; le dispararon tres veces en la cabeza.

-Bien -dijo Gonzalo, luego de una corta reflexión -; el asesino no fue un militar, sino un policía, o ex policía.

-¡El sospechoso fue policía! ¿Cómo lo supo?

-Los policías amarran a los detenidos con los cordones de sus propios zapatos. Un detalle elemental. El arma homicida es una pistola de .9 milímetros.

-Cierto.

-Este tipo de armas imprimen mucha velocidad a las ojivas, el asesino disparó de pie, tal vez a más de un metro de la víctima, lo que permitió que la ojiva tomara velocidad y traspasara la cabeza. Esto también nos dice que tiene instrucción militar o policial. ¿Podemos ir a la escena del crimen?

-Han pasado tres años.

-No importa. El solar sigue baldío.

-Sí, y enmontañado.

-Bien. Necesitamos saber el sitio exacto del lugar donde estaba el cuerpo, palas, cucharas de albañil pequeñas y un cedazo para colar tierra.

-No encontraremos nada.

-Al contrario. Encontraremos algo. ¿Había esquirlas o pedazos de las balas en el cerebro?

-No. Ahora que usted lo dice, el forense no las encontró.

A la mañana siguiente, Gonzalo estaba en la escena del crimen con una pala en las manos, las mangas de la camisa blanca dobladas hacia arriba y con una sonrisa extraña en los labios. Empezaron a escarbar cuidadosamente y a pasar la tierra por el cedazo. Una hora y media después algo que no era piedra se quedó a este lado de la malla. Era una ojiva de bronce, oscura y pesada. El director de la Policía dio un grito de alegría. Las otras dos ojivas estaban cerca, enterradas a varios centímetros del suelo. Dos días después, el Laboratorio de Balística confirmó que las tres ojivas fueron disparadas por la pistola que le habían decomisado al sospechoso. Aunque este se había llevado los casquillos, las balas lo incriminaban. Terminó negociando con la Fiscalía y todavía está preso por el asesinato del sindicalista que, supuestamente, amaba a la misma mujer que él.

DOS. El H-3 estaba sentado en una silla de madera, frente a Alma Cleotilde Grand Pérez, en la casa de la mujer, en El Porvenir. Varios hombres habían desaparecido y el detective sabía que se habían relacionado con ella de una u otra forma, y aunque sospechaba que algo malo les había pasado, no había razón para sospechar de aquella mujer hermosa, de presencia agradable y de voz suave y arrulladora.
Una de las características esenciales de la criminalística es la observación, algo que deben practicar los detectives permanentemente porque es en los pequeños detalles que se encuentran las pistas y los indicios más valiosos en la investigación criminal.
El H-3 fumaba, escuchaba a la mujer y paseaba los ojos decepcionados por la casa de una sola pieza, seguro de que su viaje había sido en vano. Pero algo lo inquietaba.

-Perdone -le dijo de pronto a la curandera negra-, ¿podría regalarme un poco de agua?

La mujer se levantó, enseñándole las hermosas piernas y los grandes senos sin brazier, y el detective arrugó las cejas. Sus ojos habían notado algo más interesante. Una mosca verde, una brillante y enorme mosca verde que se paseaba por la casa en una sola dirección. Se acercaba al fogón, zumbando y describiendo giros circulares, y luego se alejaba, ahuyentada por el calor y el humo. Alma Cleotilde estaba cociendo frijoles y la leña seca lanzaba al espacio chispas amarillas que desaparecían de pronto. A pesar de esto, la mosca insistía en acercarse al fogón. Una vez, dos veces, tres, diez, quince veces. El detective perdió la cuenta. Miró a su alrededor y vio que todo estaba sucio en la casa, menos el fogón que parecía recién repellado. Se levantó de repente, se enjuagó la boca con el agua y le devolvió el vaso a la mujer; luego se despidió. Afuera estaban sus compañeros, dormitando adentro del doble cabina Toyota. Cuando se alejaron de la casa, el H-3 hizo que el chofer se detuviera y habló por radio a Tegucigalpa.

-Necesito a Inspecciones Oculares en El Porvenir ahorita mismo. Que se vengan con todo, y que traigan un fiscal.

Dos horas después llegaron los técnicos de Inspecciones Oculares. Cuando Alma Cleotilde lo vio regresar con tanta gente, y más con aquellos marcianos vestidos de blanco, quiso oponer resistencia. El H-3 ya no era el hombre amable y seductor de la mañana. Solo era un policía “hdp”.

-Deshagan el fogón -dijo el detective-, y ustedes, acompañen a la señora como si fueran su sombra.

Diez minutos después, el cadáver putrefacto de un hombre salió a pedazos del fogón. El H-3 estaba ayudando y se quedó con una pierna en las manos cuando quiso jalar el cuerpo. Una hora después desenterraban el cadáver de otro hombre debajo de una hermosa, verde y frondosa mata de plátano. Alma Cleotilde estaba tranquila y serena, y dijo donde podían encontrar otros cadáveres más, incluido el de Manuel Sabino Rivera, el sesentón que se había enamorado de ella, y al que mató inyectándole ácido de baterías y clavándole un tenedor para asar carne en el estómago. Dice el H-3 que hay que condecorar a la mosca que buscaba el cadáver podrido para depositar sus larvas.

TRES. Esperaba Gonzalo Sánchez, a la puerta de la morgue, a que le entregaran el resultado de una autopsia, cuando tres detectives de la DNIC aparecieron ante él, empujando una camilla llena de sangre seca y con un cadáver encima. El muerto era un hombre joven, no mayor de treinta años, fornido y de buena figura. Lo encontraron muerto con un balazo en la frente. Los detectives saludaron a Gonzalo y ya seguían su camino, cuando Gonzalo los detuvo.

-Este muerto viene de Olancho, ¿verdad?

-Sí, abogado -respondió un detective-. Lo encontraron en una esquina oscura del parque de Juticalpa. Nadie sabe quien lo mató ni por qué. Su esposa dice que no se metía con nadie, que no fumaba ni bebía y que tenía pocos amigos.

Gonzalo sonrió.

-Tal vez no tenía amigos, pero sí muchas amigas.

El detective no entendió al inicio.

-¿Por qué lo dice? -preguntó otro, deteniendo otra vez la camilla-. Y, ¿cómo supo que venía de Olancho?

Gonzalo volvió a sonreír.

-Primero, porque el asesino lo mató de frente y con furia; se encontró con él en el parque, tal vez porque ya lo buscaba, le puso el revólver en la frente, seguramente uno del calibre 3.57, por lo grueso del agujero, se lo restregó con fuerza, lo que significa que el asesino estaba furioso con él; pueden ver el círculo que dejó el cañón del revólver en la piel, a la orilla del orificio de entrada de la bala, también pueden ver la corona negra que dejó la pólvora en la herida, lo que significa que le disparó a ras de la piel. Este hombre estaba celoso, tal vez porque el muerto le sonsacaba a su esposa; podría ser. Solo un hombre despechado mata de frente, de cerca, con furia y a ras de piel, porque tiene que decirle al otro por qué lo mata, verle el miedo en los ojos y demostrarle que él es más hombre y que no ha nacido nadie que se burle de él. Y lo que viene de Olancho, porque sé que a vos te asignaron a Juticalpa hace dos meses.

El detective sonrió. Parecía tan fácil. Gonzalo concluyó:

-Hablen con la viuda, averigüen con quien sospecha ella que su marido le pagaba mal, y entrevisten al esposo. Seguramente es un hombre mayor de cuarenta y cinco años, tal vez gordo, usa sombrero y botas altas, porque es chaparro, de bigote grueso y mal encarado. Siempre lleva encima la 3.57.

-¿Está adivinando abogado, o sabe usted algo más del caso?

Gonzalo sonrió y pensó para sus adentros:

-¡Ah!, la bendita ignorancia; hasta un burro que estudie entendería esto.

-No -contestó después-. El muerto es joven, era amante de una mujer tal vez diez o quince años mayor que él, seguramente blanca, baja, bonita y con negocios propios. ¿Por qué? Porque una mujer independiente toma decisiones de este tipo cuando el marido es un bueno para nada y ya no la satisface ni la entusiasma y, además, vive de ella. Como dicen, en casa de mujer rica, ella manda y ella grita. El hombre es un acomplejado, típico macho olanchano, que si no sabe mantener contenta a la mujer es por sus muchos defectos, y uno de estos es la panza o la gordura, su carácter violento, su corta estatura y su edad, tal vez mayor de cincuenta y cinco años, que es una edad difícil para quedarse solo en la vida. Pregúntense: ¿Por qué solo mató al muchacho? Porque la mujer es dominante y no se atreve a tanto con ella; además, debe tener dinero. Búsquenla y encuentren al marido. Ese es el asesino.
Dos días después, un hombre gordo, cachetón de bigote espeso, con sombrero sobre una cabeza calva, de baja estatura, manos pequeñas y cuadradas y con una 3.57 debajo de la camisa, era detenido en un negocio de Juticalpa. Su mujer, baja, gordita, blanca y de unos cuarenta y cinco años no movió un dedo para defenderlo. Fue condenado a diecisiete años de cárcel.

FIN. La investigación criminal en Honduras puede mejorar. Con el entusiasmo del General Palma Rivera y el apoyo de óscar álvarez, la DNIC puede hacer mucho más, sin que se le devuelva al Ministerio Público, capacitando y profesionalizando a los investigadores e invirtiendo más en la institución. Y hay que hacerlo por Honduras, sencillamente por eso.

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