Los aviones de combate surcan un cielo gris encima de un valle estéril. Tanques y soldados avanzan a paso firme por un terreno congelado. Formaciones perfectas de helicópteros sobrevuelan la zona y bombardean unas colinas. Los surcoreanos realizan rutinariamente ejercicios militares como éste del mes pasado que envían un mensaje claro a sus vecinos del norte: por más que Corea del Norte amenace con convertir Seúl en un "mar de fuego", los norcoreanos no están en condiciones de competir con Corea del Sur en el plano militar. Si hubiese una guerra, Corea del Sur ganaría por paliza, especialmente si se tiene en cuenta que es aliada de Estados Unidos.
El Norte, no obstante, compensa la debilidad de sus fuerzas armadas con efectivos numerosos y leales, dirigidos por líderes con reputación de implacables y propensos a ataques sorpresivos, meticulosamente planeados. Esos elementos no ganan guerras convencionales, pero le permiten al Norte plantarse firme a su más poderoso rival del Sur.
Es una situación que desconcierta tanto a Corea del Sur como a Estados Unidos y los hace aparecer impotentes ante los ataques de Corea del Norte, como el del 23 de noviembre pasado, en que los norcoreanos bombardearon una isla surcoreana y mataron a dos civiles y a dos miembros de la marina. Cómo responder a esos ataques fue seguramente uno de los principales temas de discusión cuando el secretario de defensa estadounidense Robert Gates visitó Seúl hace dos días.
APOYO DE EE UU.
Estados Unidos apoya a sus aliados surcoreanos con los aviones y barcos de combate más modernos del mundo y con un portaaviones nuclear basado en Japón. Seúl, por otro lado, está amparado por el compromiso de Estados Unidos de emplear armas nucleares de ser necesario.
A pesar de todo esto, Corea del Norte continuamente desafía a Seúl y Washington, apostando a que no responderán con medidas que desaten una guerra.
El año pasado los norcoreanos perpetraron dos ataques: en marzo habrían hundido un barco de guerra surcoreano, matando a 46 personas, y luego bombardearon la isla de Yeonpyeong, ubicada en aguas que Corea del Norte considera suyas.
Los ataques norcoreanos -operaciones osadas, a menudo sangrientas- buscan generar desasosiego político y económico y asustar a los ciudadanos surcoreanos. "Estos tipos no son suicidas, no están locos; pero saben cómo jugar bien con cartas malas", declaró Ralph Cossa, presidente del Pacific Forum CSIS, un centro de estudios basado en Hawái. "Tienen mucha práctica y se dedican a eso a tiempo completo".
El Norte trata de conseguir armas nucleares y Estados Unidos, Corea del Sur y Japón procuran impedírselo. Se cree que Pyongyang tiene suficiente plutonio como para fabricar media docena de bombas y Gates pronosticó que estará en condiciones de bombardear territorio estadounidense en cinco años.
"Los norcoreanos siguen desarrollando un programa de armas nucleares y de misiles balísticos intercontinentales, lo que los convierte en una amenaza directa a los Estados Unidos. Eso habrá que tenerlo en cuenta", dijo Gates durante una reciente visita a China.
La norcoreana es una sociedad militarizada. Hay quienes estiman que una tercera parte de su economía está orientada a las fuerzas armadas.
La armada norcoreana es anticuada y su fuerza aérea es bastante obsoleta, pero tiene ventaja de 2-1 sobre Surcorea en cuanto a tanques, artillería de largo alcance y transportes blindados de personal, según el Departamento de Estado estadounidense. Cuenta además con 200,000 comandos, según estimados sudcoreanos, listos para cruzar la frontera, realizar matanzas y causar caos en bases aéreas y puertos vitales para la defensa del Sur.
Si bien se tiende a exagerar el poderío militar del Norte, hay un factor que es ineludible: Seúl, la capital surcoreana de 10 millones de habitantes, se encuentra a escasos 50 kilómetros de la frontera y "no hace falta equipo avanzado" para bombardearla desde el norte, según Rodger Baker, analista de STRATFOR, empresa estadounidense de inteligencia global.
