¿Quién mató a Gloria Díaz?

¿Qué tan sabio es el refrán que dice: Cría cuervos y te sacarán los ojos?
ElHeraldo.hn

Honduras

15.07.2011 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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A Gloria la mataron en la sexta avenida de Comayagüela, cerca de la segunda calle.
Por mucho tiempo, sus vecinos se preguntaron por qué, si Gloria era una mujer sencilla, que jamás tuvo un problema con nadie, que era muy servicial y bondadosa y que era, además, sierva fiel de la Iglesia del Cordero de Dios.
Aunque era joven, se mantuvo fiel a su esposo que se partía la espalda en Estados Unidos poniendo techos, pintando paredes y cortando grama para mandarles unos centavitos a sus hijos cada mes, y ella, en su afán por ahorrar para la casa y el negocio que siempre habían soñado con Armando, vendía tortillas, golosinas, charamuscas, chocobananos y hasta lavaba y planchaba ajeno. Y con el esfuerzo de los dos, los tres hijos iban por buen camino. Al menos es lo que ella creía.
ARMANDO. Eran las once de la mañana, una mañana fría de junio. La lluvia dejó las calles asquerosas y el cielo gris y triste. Gloria caminaba con dos costales llenos de chucherías en las manos, abriéndose paso entre la gente, los taxis y los buses que eternizaban en la sexta avenida.

Se veía cansada, tenía grandes ojeras pero su sufrimiento era solo suyo. Su hijo, su querido hijo mayor no llegaba a la casa desde hacía una semana. Aunque sabía que estaba bien, ella no quería que a sus escasos dieciséis años agarrara la calle.

Es cierto que era trabajador y que no le tenía miedo a las responsabilidades pero últimamente se había hecho de unos amigos de mala fama y hasta le habían dicho que los buscaba la Policía. Ella, como buena madre, se hacía la sorda y la ciega ante lo que le decían sus vecinas, y quería seguir creyendo que su niño era bueno. Es más, tenía la seguridad de que pronto saldría del colegio y su papá se lo llevaría para Pasadena, en California, donde lo iba a poner a estudiar para que fuera un hombre de bien. Pero Armandito ya no tenía rienda y hacía lo que quería. Sin embargo, la fe mueve montañas, y Gloria sabía que Dios haría la obra. Pero no tuvo tiempo para comprobarlo.
CRIMEN. Estaba delgada y el pantalón azul que vestía ya no entallaba tan provocativamente en su cuerpo como antes. Es más, la tristeza se le salía por los poros y sus vecinas notaban que se iba consumiendo poco a poco. Y es que dicen que no hay peor sufrimiento que ver fracasar a un hijo. Aunque ella ya no tendría esa oportunidad.

Varios testigos les dijeron a los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) que vieron cuando tres muchachos se le acercaron a la mujer por detrás, que caminaron cerca de ella varios pasos hasta que uno de ellos, el más joven, se adelantó, abriéndose paso entre la gente, se detuvo a unos dos metros frente de ella, se volteó, sacó de la cintura una pistola que llevaba escondida bajo la camisa y que, sin decir palabra, le apuntó a la mujer a la cara. Fue un solo disparo. Un hilo de sangre corrió entre las cejas de Gloria, se resbaló a un lado de la nariz y se metió en la boca que tenía exageradamente abierta.

Los costales se soltaron de las manos y la mujer cayó de rodillas. Cuando su cara dio con el suelo, ya estaba muerta. En la confusión, nadie se fijó más en el asesino. Solo dijeron que era muy joven, que vestía una camisa celeste y un pantalón caqui azul marino. Nadie supo por donde se fue.

LA DNIC. El Departamento de Muerte de Mujeres de la DNIC ha tenido mucho trabajo en los últimos tiempos. Las estadísticas de mujeres asesinadas son altas, y siguen creciendo en una sociedad violenta, que carece de todo y en la que está de moda el “sálvese quien pueda”, sin embargo, los detectives, como “La Española”, hacen un buen trabajo y lo arriesgan todo por dar una respuesta positiva a la población, y eso hay que reconocerlo.

A pesar de las pocas manzanas podridas, la Policía Nacional cumple con su deber, y merece el apoyo de todos, porque como dice Eduardo Maldonado, “si la seguridad nos beneficia a todos, entonces, la seguridad también es responsabilidad de todos”.

Cuando los detectives llegaron a la escena no había mucho que ver. Algún buen samaritano cubrió el cuerpo con una manta y los curiosos hacían rueda alrededor del cadáver, que estaba custodiado por dos policías de Tránsito.
LA INVESTIGACIÓN. Esa misma tarde, en la colonia donde Gloria vivió tantos años, la DNIC supo qué clase de persona era la víctima, y quedaron en un callejón sin salida. Si era tan digna y buena, tan querida y respetada, ¿por qué matarla? Además, ¿quién podría tener interés en verla muerta? ¿El esposo? ¿Por qué? Según el registro de su celular, a las seis de la mañana la llamó su esposo desde Estados Unidos, y conversaron por más de quince minutos. A sus treinta y ocho años, Gloria era muy guapa todavía pero nadie jamás le vio algo indebido. Era fiel a Dios, y era mujer de un solo hombre. Entonces los celos estaban descartados. ¿Algún enamorado despechado? Era una posibilidad pero nadie se le acercaba a Gloria con esas intenciones, al menos, nadie lo había notado, y esto que el en el barrio hasta el más inocente parpadeo es de dominio público. Entonces, ¿qué había sucedido?
TESTIGOS. Los testigos dijeron que el asesino era “demasiado joven”, que se le acercó por detrás, avanzó hasta ponerse a cierta distancia frente a ella y que le disparó sin más ni más. Luego desapareció. Por desgracia, nadie podía describirlo. Todo pasó tan rápido.
¿Qué tipo de crimen era aquel? ¿Selectivo? ¿Por encargo? ¿Una equivocación del asesino? Los detectives estaban confundidos.
LA VELA. Aunque el policía de investigación criminal debe ser frío y tragarse sus emociones, es realmente imposible que repriman su indignación ante un crimen como ese. Una mujer buena, trabajadora, sin enemigos y hasta cristiana fiel es asesinada a la vista de todo el mundo… Es imposible que los sentimientos no se rebelen… Y los detectives estaban indignados.

A las siete de la noche, dos patrullas de la DNIC y una de la Policía Preventiva estaban frente a la casa de Gloria. Acababan de llevar el ataúd con su cuerpo y los vecinos lloraban y se lamentaban. Otros oraban y el pastor leía algunos pasajes de la Biblia.

Las hermanas de Gloria consolaban a los niños, un varón de diez y una niña de doce. Sentado en una esquina estaba Armando, el hijo pródigo, el niño por el que tanto sufrió la mujer las últimas semanas. Estaba en silencio, con los ojos fijos en el suelo, las piernas estiradas y abiertas, la camiseta negra con la figura de “El Mago de Oz” por fuera, el pantalón azul a la cadera y la gorra calada hasta media frente. A su lado, tres amigos, acompañándolo en silencio.
LOS DETECTIVES. “Armando viene mañana -les dijo a los detectives una hermana de Gloria-; dice que viene a exigir que se capture a los asesinos de su mujer”.

“Está en su derecho”, respondió el detective.

“¿Tienen alguna pista?”

“Sí; creemos que sí”.

“¿Ya saben quién fue el perro que la mató?”

“Tenemos algunas pistas y las estamos siguiendo… Deben tener paciencia”.

Diez minutos hacía que los detectives habían llegado a la vela, cuando los amigos de Armandito se mostraron inquietos. Uno salió al patio, el otro se sentó en una silla en la cocina y el tercero se sentó en una esquina de la sala, alejado del ataúd.

Los dos detectives del Departamento de Pandillas que acompañaban a los investigadores notaron el movimiento, y uno de ellos dijo:

“Esos son pandilleros… Estemos alertas por si andan armados…”

“¿Cuántos somos nosotros?”

“Ocho y los cuatro preventivos”.

“Suficientes para hacerles una encerrona”.

“¿Qué querés decir?”

“Mirá, solo es una corazonada… La mujer no se metía con nadie, los vecinos y las hermanas dicen que estaba teniendo problemas con su hijo porque andaba en malas compañías, algunos vecinos dicen que el cipote se descarrió y que asaltaba a los vendedores de agua y a los camiones repartidores… Y si lo ves ahorita, me parece que estuviera escondiendo algo, como si no quisiera que nadie lo note o como si anduviera drogado… Es más, creo que anda armado.”

“¿Qué hacemos?”

“Esperemos un poco, pero llamemos a un fiscal; por cualquier cosa”.

ARMANDO. El muchacho se puso de pie. Era casi un niño, a pesar de su estatura, su pelo largo y su rostro mal encarado. Quizá por instinto se llevó la mano a la cintura, debajo de la camisa, justo en el momento en que un detective lo agarró del brazo y lo inmovilizó. Al ver aquello, sus compañeros quisieron salir de la casa pero los policías los detuvieron.

Sin embargo, cuando dos detectives salieron al patio, el tercer muchacho saltaba el muro de bloque, para desaparecer después entre las sombras. Los detectives se llevaron una sorpresa.

Armando estaba armado con una pistola de nueve milímetros Pietro Beretta, uno de sus compañeros tenía en la cintura un revólver .44 Magnum y el otro un cuchillo de cocina afilado y terminado en punta, envuelto en una vaina de cuero.

Cuando los llevaron a la luz del poste, los hicieron quitarse las camisas. Armando tenía la piel marcada por las líneas de un tatuaje fresco, que sangraba todavía. Un ataúd con el rostro de una mujer (que podría ser su madre) y una lágrima. Pero lo que más intrigó a los policías eran los magullones que tenía en el cuerpo, como si hubiera recibido una paliza apenas unas horas antes.

“Para empezar, los detenemos por portación ilegal de armas y asociación ilícita -les dijo un detective-; vamos a conversar en la DNIC”.
LA ENTREVISTA. El experto en pandillas estaba sentado frente a Armando. Aunque era menor de edad, quería conversar con él por algo que lo intrigaba y que a los investigadores de Homicidios les parecía imposible.

“Solo platiquemos un poco”, le dijo el experto.

“Yo no tengo nada que hablar con usted”.

“Solo son unas preguntas”.

“Soy menor de edad…”

“Ya sé… Pero aun así, creo que cometiste un crimen muy grave y vas a tener que pagarlo en la cárcel”.

Armando solo subió los hombros, arrugó la boca, y miró con ojos vidriosos y retadores al hombre que no le quitaba la vista de encima.

“¿Cuándo te iniciaste en la pandilla?”

“Eso no es asunto suyo”.

“¿Ayer? ¿Anteayer? Es algo que no vas a poder negar… Los golpes que tenés en el cuerpo los he visto miles de veces en muchachos como vos. Son los golpes que te dan tus compañeros al momento de iniciarte en la pandilla… Es el recibimiento, como quien dice, y que demuestra que sos fuerte y valiente… ¿Es así?”

Armando volvió a levantar los hombros.

“Si ya lo sabe para qué lo pregunta”.

“Pero hay algo más… ¿Por qué estabas armado? Si acabás de ingresar a la pandilla, no es común que se te permita estar armado, a menos que hayás demostrado que sí sos muy valiente y que la pandilla puede confiar plenamente en vos…”

Armando escupió con desprecio hacia un lado.

“Y si demostraste que sos de confiar, es porque hiciste algo grande, muy grande…”

Armando abrió los ojos como platos, miró inquisitivamente al hombre que le sonreía como estúpido y abrió la boca para decir algo, pero se contuvo y guardó la lengua.

“La pistola que andabas es la que le robaron a un policía que mataron hace un año… Mis compañeros quieren acusarte a vos del asesinato del policía…”

“Yo no lo maté. A mí me la dieron porque me la gané”.

“¿Te la dieron? ¡Qué bien! Y, ¿cómo te la ganaste? ¿Matando a alguien?”

Armando no contestó.

¿Matando a alguien especial?

Armando siguió en silencio.

“¿Sabés que en Balística, un laboratorio que tenemos aquí, podemos comprobar si con esa pistola se ha matado a alguien? ¿Sabés que las balas siempre quedan en el cuerpo de los muertos y que las pistolas dejan unas marcas especiales en cada bala…?”

“Ya, men; ya. ¿Qué me importa a mi eso?”

Hubo un momento de silencio. En eso, un detective entró a la sala, seguido de un fiscal. Le dijo algo al oído al interrogador y, cinco segundos después, salieron en silencio.

El hombre sonrió, miró hacia la mesa, movió un lápiz en círculos y después levantó la cabeza.

“¿Querés saber qué es lo que me acaban de decir mis compañeros?”

“No me importa”.

“Bueno, pero igual te lo voy a decir. Dicen que tus compañeros ya declararon y dicen que vos mataste a tu mamá en el mercado San Isidro…”

Armando dio un salto, quiso gritar pero la enorme mano del hombre lo puso de nuevo en la silla.

“Dicen que la mataste para demostrar que merecés la confianza de la pandilla y como mejor prueba de tu lealtad”.

El muchacho se desmoronó. Los restos de droga que tenía en la sangre se esfumaron, y empezó a llorar…
FINAL. ¿Qué está pasando en Honduras? ¿Quién está fallando en la formación de las nuevas generaciones? ¿Qué hacer para prevenir casos como este? ¿Está dispuesto usted a ayudarle a Óscar Álvarez a detener tanta barbarie? Como dijo Eduardo Maldonado, es responsabilidad de todos.
ADEMÁS. Armando escapó a las dos semanas de ser internado. Tres días después encontraron un cadáver amarrado con los cordones de sus tenis Nike, sin camisa, con un pantalón azul y en calcetines. Le cortaron las manos y lo torturaron antes de estrangularlo. Por la forma en que le deformaron el rostro no se podía reconocer pero tenía en el pecho el tatuaje de un ataúd, un rostro de mujer y una lágrima…

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