El asesinato de Francisco Morazán

¡Soldados, todavía estoy vivo!, grito Morazán.
ElHeraldo.hn

Honduras

17.09.2010 - Carmilla Wyler - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Llovía. Era una lluvia gruesa, fría, sin viento, y caía contra el suelo como un diluvio. El cielo estaba oscuro, los rayos del sol lanzaban sus últimos reflejos sobre la multitud que gritaba enardecida en la plaza, afuera del cuartel donde habían llevado a los prisioneros que acababan de ser condenados a muerte.

El general Saravia había envejecido de repente. Caminaba con dificultad, arrastrando los pasos, apoyado en uno de sus carceleros. Lloraba y sus lágrimas se mezclaban a la lluvia fría que le azotaba el rostro. Valiente como era, aquella muerte era más una vergüenza que un ajusticiamiento y él hubiera preferido mil veces caer en el campo de batalla, al lado de sus hombres, aquellos guerreros que regaron con su sangre la tierra de Costa Rica a la que Morazán quiso darle la libertad.

Su tristeza era profunda y trató de sonreír cuando la mirada serena del general se posó en sus ojos.

-Amigo mío-, le dijo el general, con ese acento suave y cautivador que no lo abandonaba ni en los momentos más difíciles, mientras le ayudaba a sostenerse en pie-. El amor y la muerte son tan necios como una mosca; tanto y tanto insisten, que la mosca termina infectándonos, el amor rindiéndonos y la muerte acabándonos. Creo que es la maldición o, más bien, la venganza, de algún dios morboso y desquiciado, y contra eso nada podemos hacer. General, morir hoy o mañana es lo mismo…

Villaseñor levantó hacia él los ojos tristes, velados por el llanto, y trató de sostener su sonrisa. Los ojos intensamente azules del general estaban serenos, reflexivos, sin una pizca del miedo que a él le consumía el alma. Ahora, aquel hombre audaz y genial le parecía más alto, como uno de aquellos gigantes míticos que admiró desde niño, y su respeto y devoción por él se magnificaron de pronto. Iba a la muerte con la gallardía de un titán, y era la muerte la que debía temer de él.

Tenía el uniforme hecho jirones, manchado de sangre, pólvora y lodo, el pelo arreglado lo mejor posible y la herida de la mejilla sellada por una costra de sangre seca; los soldados del pelotón de fusilamiento eran casi unos niños y lo veían asustados, en silencio, con los largos fusiles temblando en sus manos inexpertas. El general se mostraba majestuoso, valiente, digno ante la muerte y digno ante la historia, lo habían vencido a traición y, aun rendido, sus verdugos le temían.

Morazán sonrió ante sus propias palabras y el eco de su voz estremeció los tímpanos de aquel soldado fiero y leal que era Villaseñor; este lo escuchó como en un sueño y tal vez pasaron por su mente mil preguntas. ¿A qué venían aquellas palabras en ese momento funesto? Ya nada tenía que ver el amor allí, la muerte era algo tan próximo y las moscas… Sí, después vendrían las moscas, pero ya nada importaba. Aunque, viéndolo bien, el amor también tenía mucho que ver en aquel momento, o al menos la lujuria, esa pasión desenfrenada que llevó al General a seducir a la esposa de Pedro Mayorga, uno de sus más indecisos partidarios de Costa Rica, provocando su furia y su traición.

El combate en la fortaleza de Guanacaste fue el principio de la tragedia; aquel hombre despechado se llevó en su corazón el odio y la vergüenza y terminó desertando de la causa de la unión, traicionando al general y vengando la afrenta… Sí, aunque parecía paradójico, también el amor tenía que ver en aquel momento funesto; él lo había presentido, desde que la señora de Mayorga sucumbiera ante los ojos azules y la voz de miel del general, y se rindiera a sus pasiones. Era hora de comprenderlo todo, aunque de nada servía ya, y debió recordar la hermosa desnudez de la dama, tendida sin fuerzas en el catre de campaña del general, en su tienda de Guanacaste, el rostro de don Pedro, convertido en una máscara enigmática, y el penetrante olor a Judas con que se infectaba el aire en su presencia…

Suspiró dolorosamente y bien pudo recordar lo que leyera una vez en alguna parte: que los traidores son tan repugnantes como la peste y que terminan ahorcándose, de una manera u otra, y debió parecerle una diabólica lección que el Presidente de Centroamérica dirigiera su propio pelotón de fusilamiento, como si aquello no representara más que un impulso suicida, una expiación por sus propias culpas, como cuando Judas se ahorcó, arrepentido de haber entregado sangre inocente… Sí, ahora estaba seguro de que traicionar a aquel partidario del federalismo fue un grave error por parte del general, quizá el peor, puesto que lo llevaba a la muerte. Su pasión por fin le había puesto el lazo al cuello, y él, Vicente Villaseñor, moría inocente de sus vicios, y del escaso recato y los insatisfechos apetitos de aquella mujer de Putifar. Recordó entonces las últimas palabras de doña Josefa Lastiri, la esposa del General, la tarde en que este juraba como Presidente de Costa Rica. Ella estaba majestuosa y triste, semiescondida detrás de un biombo de cedro tallado, en la sala de su casa, en San José, mirándose enamorada en el azul profundo de los ojos de acero de su esposo; mirándose por última vez.

"He perdonado a todas tus amantes", le dijo ella, en voz baja y con acento profético, limpiándose las lágrimas que corrían por sus mejillas con un pañuelo de seda que le había dado el General, "pero jamás perdonaré a esta última, porque esta te lleva de mi lado para siempre". Ahora comprendía que doña Josefa se refería a la muerte, la última amante del general Morazán. Como dijo el poeta: Misterio por misterio, y el del amor era el más grande.

-El amor es así- debió pensar, volviendo a esconder el rostro entre las manos, vuelto de espaldas ante sus verdugos, sentado en aquella silla de madera que le ofreció un teniente, y ya no dijo nada más. Cuando escuchó de nuevo la voz del general, fue para morir. ¡Preparen! ¡Apunten!

La lluvia seguía cayendo con fuerza. Desde lo alto de un balcón, los verdugos esperaban el último momento, como si quisieran comprobar por sí mismos que aquel hombre que amenazaba sus oscuros intereses desaparecía de una vez ante sus ojos.

Había redactado su testamento. Se había despedido de sus amigos, si es que aún le quedaba alguno, besó a su hijo, dio algunas instrucciones acerca de algunas deudas que tenía, se despidió de su esposa, y se preparó para morir.

En aquel momento, su vida debió desfilar ante sus ojos, desde que entró al servicio de su tío político Dionisio de Herrera, primer Jefe de Estado de Honduras. Luego vendría la gloria, la propia grandeza, después de la batalla de La Trinidad, cuando derrotó a las tropas de Justo José Milla y se hizo con la Presidencia de Honduras. Después vendría su gobierno de leyes, progresista, humano, al que sus enemigos trataron de derrocar hasta por medio del asesinato, como cuando quisieron matarlo en una emboscada en El Guapinol, donde murió Juan Milla, su secretario privado.

Moría con sentimiento, por dejar anarquizada a la Centroamérica que quiso ver grande y fortalecida. Tenía solo cincuenta años de edad y no se sentía viejo. Le faltaba vida para seguir luchando por la patria que soñaba grande y respetada, pero ahora todo terminaba. Afuera, mil gargantas lo insultaban y pedían su muerte, como cuando los judíos le pidieron a Pilatos la vida del Cristo. En realidad, nada quedaba ya, y él mismo se hundiría en unos momentos más en la noche eterna, en la eterna oscuridad de la que no despertaría hasta la resurrección.

La habían dicho que un destacamento venía desde Nicaragua, a marchas forzadas, dispuesto a incendiar San José con tal de liberarlo, pero sonrió al saber que ya todo estaba en su contra, había sido condenado y tenía que salir del mundo con la frente en alto. Pidió que se le permitiera dirigir el pelotón de fusilamiento y, como una dádiva morbosa al moribundo, sus verdugos cedieron.

Desde el balcón lo veían Antonio Pinto, recién nombrado Comandante General, el Padre Blanco, representante católico, cruel y vengativo, uno de sus principales detractores, incapaz de perdonarle que hubiera desnudado las perversiones de algunos sacerdotes de Guatemala, sus ambiciones y lujuria desenfrenada; a su lado estaba el doctor Castillo, infame, embustero, intrigante, amanerado y traidor, y los españoles Benavides y Farrufo, inversionistas políticos que soñaban con la Colonia y que veían en él a un enemigo de sus ambiciones.

Todo quedaba tan lejos. La Trinidad, Gualcho, la Presidencia de Centroamérica, el Perú, su mujer, devota y abnegada, sus hijos. Ahora reinaría la división y el despotismo en la América Central.

Llegó la hora. El general Villaseñor estaba sentado, con la cara entre las manos, empapado en sangre. Al frente, los soldados, con los fusiles en hombros, más allá, un capitán, serio como una estatua de piedra. Más arriba, una figura que lloraba en silencio, la cabeza envuelta en un manto doloroso, acompañada de una criada india que la consolaba. Sonrió, como si aquellos ojos verdes que tanto lo habían amado pudieran ver su sonrisa entre las prematuras sombras de la noche. A poco metros de allí, en un balcón húmedo, su esposa y su hijo Francisco, esperando el último momento.

El capitán se cuadró marcialmente, saludó y dijo, con voz que quiso parecer firme y altanera:

-¡General, es la hora!

Morazán levantó la cabeza.

-¡Pelotón, firmes!

Se escuchó un ruido mezclándose con el acento poderoso del general.

-¡Preparen!

Los soldados se estremecieron y del pecho del general Saravia se escapó un lamento triste.

-¡Apunten!

Los fusiles mostraron sus bocas frías al general. Esta dio un paso hacia adelante, se acercó a un soldado, casi un niño, que apuntaba nerviosamente en otra dirección y le corrigió la puntería.

-No tengas miedo, hijo- le dijo el general-, corrige la puntería y cumple con tu deber de soldado.

Retrocedió unos pasos, se acercó al general Saravia, le puso una mano en el hombro y le dijo, a manera de despedida:

-Valor, amigo mío, la posteridad nos hará justicia.

Luego se enfrentó al pelotón de fusilamiento, se abrió la levita y mostró el pecho desnudo. Suspiró y levantó la voz, como cuando mandaba a sus soldados en la batalla:

-¡Fuego!

El estallido de los fusiles ahogó su voz. Las balas le dieron en el pecho y cayó al suelo, bañado en sangre. A su lado, el general Saravia cayó sin vida, con la espalda perforada a balazos. Levantó la cabeza, reprimió el dolor, miró a los soldados y dijo, con la misma fuerza en su voz:

-¡Soldados, todavía estoy vivo!

Una nueva descarga estremeció el espacio y el general pasó a la historia en ese momento. Había muerto. Dicen que el capitán se negó a darle el tiro de gracia. Como él mismo dijo, su muerte fue un asesinato

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A su muerte, Francisco Morazán se convirtió en mártir de la unión de Centroamérica y en un símbolo reconocido que no ha perdido vigencia a lo largo del tiempo.
A su muerte, Francisco Morazán se convirtió en mártir de la unión de Centroamérica y en un símbolo reconocido que no ha perdido vigencia a lo largo del tiempo.

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