Cerca de la ciudad de Weimar, en la colina Ettersberg donde Goethe gustaba pasear allá por el siglo XVIII, se encuentra el tercer campo de concentración más grande de la Alemania nazi.
Aquí, decía el poeta, el hombre se siente un ser humano libre.
Casi dos siglos después, prisioneros del régimen nazi construyeron en julio de 1937 el campo de concentración de Buchenwald, escenario de inimaginables violaciones a los derechos humanos que cegaron la vida de 56 mil personas durante los ocho años que estuvo al servicio del nacionalsocialismo.
La barbarie nazi ocurría a 10 kilómetros de Weimar, entonces cuna de la élite cultural alemana, y cuyos pobladores negaron después estar enterados de los crímenes que se cometían.
No apto para menores
Por razones obvias, las visitas al campo de concentración de Buchenwald están prohibidas a menores de 15 años. Aunque no fue ideado como un centro de exterminio masivo, como Chelmno o Auschwitz, con el tiempo se fue integrando al aparato de exterminación del nacionalsocialismo.
Entre 1937 y 1945, 250 mil seres humanos pasaron por este lugar donde el promedio de vida para los prisioneros era de tres meses.
Opositores del régimen nazi, adversarios políticos, homosexuales, testigos de Jehová, gitanos y, por último, judíos que empezaron a llegar tras la “Noche de los cristales rotos”, el 9 de noviembre de 1938, fueron empleados en agotadoras jornadas de trabajo y experimentos médicos carentes de toda ética.
Se estima que al menos 1,700 presos fueron utilizados como conejillos de indias. Entre ellos, homosexuales a quienes les inyectaban hormonas para su “curación”. Si vivos no merecían ninguna consideración, muertos tampoco. Los cadáveres de muchos prisioneros eran utilizados como materiales “pedagógicos”. Incluso se llegaron a elaborar artículos de regalo, como lámparas y cubiertas de libros, con piel tatuada.
Los prisioneros debían producir ganancias al régimen nazi y generar el mínimo costo. Al ingresar a Buchenwald eran despojados de todas sus pertenencias y debían usar zapatos de madera llenos de astillas que les ocasionaban severas heridas en los pies. A veces era necesaria una amputación y cuando ya no podían trabajar debido a la gravedad de las lesiones se les asesinaba con una inyección.
La falta de todo tipo de higiene desató en 1939 una epidemia de disentería que dejó miles de muertos.
Cuando los prisioneros le pidieron al comandante del campo de concentración Karl Otto Koch atención médica para los enfermos, su respuesta por el altavoz fue: “En mi campo no hay enfermos, solo muertos o vivos”.
Campo de torturas
En Buchenwald, los prisioneros subsistían con una dieta diaria de 160 gramos de pan (peso aproximado de una manzana) elaborado con harina y aserrín, y tres cuartos de litro de sopa hecha con desperdicios y cáscaras de verduras.
Uno de los capítulos más penosos del campo de concentración era la prostitución de niños y adolescentes, quienes vendían su cuerpo a los otros prisioneros a cambio de un bocado o una prenda de vestir.
Además del hambre, de 16 horas diarias de trabajo y los experimentos biológicos y químicos, los prisioneros sufrían las torturas de las SS (fuerzas especiales del Tercer Reich) por las causas más absurdas, entre ellas la osadía de mirarlos a los ojos.
Entre los castigos infligidos estaba el de permanecer parados con los pies juntos durante horas. Moverse significaba una golpiza hasta la muerte. En verano, eran alimentados con agua salada y pepinillos, y encerrados en grupos de hasta 16 personas en espacios creados para dos.
Los bunker, ubicados en la entrada del campo de concentración, eran el peor lugar de tortura. Estas pequeñas celdas estuvieron llenas de presos desde febrero de 1938 hasta 1945. Algunos de ellos permanecieron durante meses en el reducido espacio donde la tortura terminó con la muerte para muchos de ellos. La celda número uno era donde los presos pasaban la última noche antes de su ejecución en el crematorio.
El campo de concentración de 190 hectáreas estaba rodeado por un cerco eléctrico con una descarga de 380 voltios. Escapar era un sueño.
Camino de la muerte
El tramo conocido como el Camino del Carajo servía de acceso directo entre la estación que venía de Weimar y la puerta del campo de concentración. Durante su recorrido, los deportados eran objeto de humillaciones y golpes. Había que aniquilar de entrada la más elemental dignidad.
Uno de los episodios más terribles que se cuentan en Buchenwald ocurrió en el Camino del Carajo. Los oficiales de la SS ordenaron a un grupo de niños de entre 8 y 14 años correr por este trayecto y les soltaron los perros adiestrados para atacar. Cuando se dieron cuenta que seguían vivos, les dieron un tiro en la nuca.
El zoológico de enfrente
Cerca del campo de concentración estaban instaladas las lujosas villas para los oficiales de la SS y sus familias. Para entretener a los hijos de los nazis, se mandó construir en 1938 frente al campo un zoológico que era cuidado por presos “privilegiados” que colaboraban con la SS.
Entre las especies había dos osos, pavos reales, jabalíes y monos, que vivían en un recinto climatizado, con atención médica y una alimentación que hubiera sido un manjar para cualquier prisionero.
En cierta ocasión, unos soldados de la SS ataron los cuernos de un animal al enrejado del zoológico. Profundamente dolido por ese hecho, el comandante envió un memorando que decía: “Yo, Karl Koch, exijo raciocinio, respeto y amor a estos animales”.
Un pueblo cómplice. Durante varios años, los habitantes de Weimar vieron llegar a miles de prisioneros con rumbo a Buchenwald. Incluso, centenares de cadáveres fueron incinerados en el crematorio de la ciudad, que protestó finalmente porque los hornos se podían echar a perder.
Amenazó con aumentar la cuota por las cremaciones y fue ahí cuando la SS decidió mandar a construir su propio crematorio en 1940. Los cuerpos de las víctimas eran incinerados en grupos, y cuando los familiares llegaban a reclamar los restos de sus parientes, recibían las cenizas mezcladas de varios prisioneros.
Cada cierto tiempo, las SS seleccionaban a los prisioneros que ya no podían trabajar para enviarlos a los campos de exterminio. A principios de 1945, Buchenwald se convirtió en una estación terminal para los prisioneros evacuados de Auschwitz y Gross Rosen.
En abril, al ver la cercanía de los aliados, las SS enviaron a 28 mil presos a los transportes de muerte. El 11 de abril, día de la liberación, se encontraban en el campo cerca de 21 mil personas, entre ellas 900 niños y adolescentes famélicos y extenuados.
Desde 1945 a 1950, el campo fue ocupado por los soviéticos, que mantenían entre los detenidos a miembros del antiguo régimen, así como a oponentes del nacionalsocialismo, por colaborar, supuestamente, con los aliados. Siete mil personas murieron durante ese segundo período de horror en Buchenwald.
En 1958 fue inaugurado el Monumento Conmemorativo y Memorial Nacional de Buchenwald. En la actualidad, el memorial trabaja en la rehabilitación de jóvenes de extrema derecha que ven a Adolf Hitler como un héroe. Cuenta asimismo con un taller de reparación donde grupos de estudiantes llegan a reparar objetos arqueológicos, que a la fecha se siguen descubriendo en el campo de concentración y sus alrededores.
La visita concluye, pero queda una sensación que no se olvida jamás. “Aquí hablamos del quiebre de la civilización humana por completo”, resumió una pedagoga chilena con la que hicimos este recorrido a lo inimaginable.
