La batalla de las Termópilas

Las tropas griegas en las Termópilas estaban formadas por unos siete mil hombres de diferentes ciudades, bajo el mando del rey Leónidas
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Honduras

19.02.2011 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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El nombre del lugar significa “puertas calientes”, y alude a las aguas termales que aún hoy día se encuentran en la zona. Según cuenta la tradición, hallándose el héroe mitológico Heracles (conocido también como Hércules) próximo a la muerte, y sintiendo en su piel el ardor que le causaba la túnica del centauro Neso, se arrojó a un río próximo a Tranquis (junto a las Termópilas), para extinguir el fuego que lo abrasaba; murió ahogado, pero las aguas del río conservaron su calor.

Por extraña coincidencia, los espartanos, que se consideraban a sí mismos descendientes de Heracles, o heráclidas, también murieron allí, como el héroe; y es significativo el nombre de su rey Leónidas, pues el león -símbolo de realeza- fue el animal que dominó Heracles en uno de sus trabajos.

El lugar era un paso estrecho entre las montañas y el mar; tenía una longitud de 2.5 km y en algunos puntos su anchura se reducía a tan solo 15 metros. Constituía la puerta de acceso a Grecia desde el Norte, y en el verano del año 480 a. de C. el rey persa Jerjes conducía hacia allí un numeroso ejército.

Diez años antes, Darío el Grande, rey de reyes, señor de Persia, había sido derrotado por los atenienses en Maratón. Darío estaba resuelto a vengar semejante humillación, pero una revuelta en Egipto le impidió dirigirse contra Grecia inmediatamente, y en el año 485 murió en Susa.

Jerjes, su sucesor, no tenía en principio intención de atacar Grecia; sin embargo pronto cambiaría de opinión. Sus consejos le hicieron ver la posibilidad de hacerse con las inmensas riquezas que había en la fértil Europa, en la cual, salvo las pequeñas ciudades griegas, no habría nadie capaz de ofrecer una resistencia organizada al inmenso poderío del gran rey.

Según Heródoto, el ejército persa lo componía más de dos millones de hombres, y para su avituallamiento dependía de la flota, por lo que ambas fuerzas -la de mar y la de tierra- debían avanzar coordinadamente, siguiendo la línea de la costa.

Al lado de Jerjes se encontraba el espartano Demarato, a quien preguntó si alguna ciudad griega se atrevería a hacerle frente. Demarato le respondió:

-No puedo hablar por los demás griegos, pero conozco a mi pueblo, y aun cuando estuvieran solos, lucharían contra ti; más aún, en el caso de que fueran solamente mil contra todo tu ejército, puedes estar seguro de que esos mil lucharían.

-¿Cómo es posible?, preguntó de nuevo Jerjes. Mil contra todo mi ejército… y aún en el caso de que fueran más… ¿Cómo iban a luchar ellos, si según dices son hombres libres, y no obedecen a un solo hombre como hacen mis tropas?

LOS TRESCIENTOS ESPARTANOS. Las tropas griegas en las Termópilas estaban formadas por unos siete mil hombres de diferentes ciudades, bajo el mando del rey Leónidas, que iba acompañado de los trescientos espartanos de su guardia real. Al despedirse de su esposa, la reina Gorgo, esta le preguntó:

-¿Qué he de hacer si no vuelves?

- Si muero, cásate con uno digno de mí y ten hijos fuertes para que sirvan a Esparta, respondió Leónidas.

Los persas acamparon en las proximidades de la entrada del paso, y Jerjes envió a un jinete en misión de espionaje para observar a los griegos. Cuando el jinete volvió, Jerjes se quedó atónito al escuchar el informe. Los espartanos hacían ejercicios atléticos, limpiaban y afilaban sus armas, y algunos se estaban peinando y arreglando el cabello. Demarato le explicó que eso solo significaba una cosa: que los espartanos iban a luchar, pues ése era el ritual que seguían antes de entrar en batalla, y que si sometía a ésos y a los mejores y más bravos guerreros de Grecia. Jerjes aún le preguntó por la táctica que tan pocos hombres utilizarían para intentar detenerle.

Demarato explicó a Jerjes que un hoplita (soldado griego) espartano es tan bueno como cualquier otro, pero unido a otros espartanos su valor es diez veces mayor. Para Jerjes era inconcebible que un ejército tan pequeño y con tan pocas probabilidades de victoria se atreviera a enfrentarse a él, así que durante tres días y tres noches esperó, en la creencia de que finalmente los griegos se convencerían de la futilidad de toda resistencia y se retirarían. Después de tres días de espera, viendo que los griegos no tenían intención de huir, Jerjes envió un heraldo a parlamentar con Leónidas.

Una vez ante él, el heraldo transmitió el mensaje de Jerjes, le habló al espartano de la fuerza del ejército persa, le informó de que al día siguiente atacarían y de que no se daría cuartel; por último le invitó a rendirse y le dijo que el gran rey, en su generosidad, les perdonaría la vida si entregaban sus armas.

-¿Qué respuesta debo llevar al rey?, preguntó el heraldo.

Leónidas respondió como buen laconio: -Ven a cogerlas.

Esa noche, junto a uno de los fuegos del campamento de los griegos, un desanimado hoplita de Tranquis comentó que al día siguiente, cuando los persas atacaran, sus flechas taparían el sol. A lo que un espartano llamado Dienekes respondió secamente: -Tanto mejor, así pelearemos a la sombra.

Leónidas formó a sus tropas en lo más estrecho del desfiladero. Decidió no mezclar los contingentes de las distintas ciudades, pues sabía que los hombres prefieren morir junto a sus amigos, y además que es siempre más difícil para un hombre retirarse y abandonar su posición en la falange cuando el hombre al que abandona, y cuyo flanco deja al descubierto, es un amigo. Situó a los espartanos a la cabeza de las tropas griegas, mientras los aliados esperaban a ser llamados.

Los persas comenzaron a avanzar y penetraron en el desfiladero. Quietos, formados en falange, los espartanos entonaron un peán (himno en honor a Apolo). Con gran griterío los persas se lanzaron a la carga; cuando ya estaban muy cerca, la falange espartana se puso en marcha.

El choque fue terrible, los persas se lanzaban a cientos sobre la muralla humana formada por los espartanos, en cuyas lanzas se ensartaban. Sentado en su trono, Jerjes se revolvía ante lo que estaba presenciando; los espartanos estaban destrozando a sus tropas; y cuando Leónidas ordenó a los otros aliados griegos entrar en acción la matanza no disminuyó.

Al caer la tarde los persas se replegaron dejando gran cantidad de muertos sobre el terreno. Sin pausa, para no dar respiro a los defensores, el general persa Hidarnes envió a la guardia real, los llamados Inmortales, convencido de que estas tropas escogidas aniquilarían fácilmente a los ya cansados griegos. Los Inmortales eran lo mejor del ejército persa, seleccionados entre lo más granado de la nobleza. Eran en total diez mil hombres y el nombre les venía de que cuando uno de ellos caía, su puesto era rápidamente ocupado por otro, por lo que su número nunca dejaba de ser diez mil.

Lo Inmortales atacaron valientemente, avanzaron sobre los cuerpos de sus camaradas caídos, pero morían por docenas atravesados por las lanzas de los espartanos, que habían vuelto a situarse a la vanguardia de los griegos. El valor y el ímpetu desplegado por los Inmortales fue digno de ser recordado. Los espartanos sufrieron algunas bajas, pero su falange no se deshizo. Los persas trataron de hallar cualquier resquicio para romper las líneas griegas, pero no lo había.

Así transcurrió el día y llegó la noche. Los persas, desanimados, se retiraron y los exhaustos defensores tuvieron unas horas de reposo. Con el amanecer se reanudó la batalla. Sabiendo que los griegos eran poco numerosos los persas atacaron con la esperanza de que, maltrechos y exhaustos tras la lucha del día anterior, sería fácil arrollar a los defensores. Se equivocaron. Los griegos, como habían hecho antes, formaron por ciudades y, relevándose en la primera línea, exterminaron a los persas, que, fustigados por los látigos de sus oficiales, iban como corderos al matadero.
Con el crepúsculo cesó la batalla.

LA GRAN BATALLA. El ejército persa no podía esperar indefinidamente en aquella región pobre y estéril, pronto los suministros escasearían y, lo que era peor, la moral estaba por los suelos. Entonces, como en toda historia épica, hizo su aparición la traición. Efialtes, un pastor natural de la región, solicitó audiencia ante Jerjes.

Una vez ante el gran rey, y tras asegurarse una suculenta recompensa, le informó de que existía un sendero que, rodeando el monte Kalidromos por el sur, salía al otro lado del paso. Inmediatamente Jerjes ordenó a Hidarnes que dispusiera a los diez mil Inmortales en orden de marcha y que, sin pérdida de tiempo, partiera guiado por Efialtes.

Cuando amanecía, y los vigías dieron aviso de la maniobra envolvente de los persas, Leónidas ordenó que todas las tropas griegas abandonaran el lugar de inmediato. Así se salvarían y podrían volver a luchar más adelante. Sin embargo, decidió quedarse él con los trescientos espartanos.

Según Herodoto, los setecientos hoplitas tespieos se negaron a obedecer la orden de retirada y abandonar a los espartanos. Así pues, este puñado de hombres, que constituía todo el ejército de Tespias, escribió la página más gloriosa en la historia de su pequeña ciudad.

Leónidas sabía que si los persas atravesaban el paso de las Termópilas, llegarían a Atenas rápidamente, lo que obligaría a la flota griega a retirarse para intentar la evacuación. Esto, muy probablemente hubiera conllevado dos resultados: o bien la flota griega era destruida por la persa en su precipitada retirada, o bien Atenas era destruida sin dar tiempo a la evacuación. En ambos casos Grecia hubiera estado perdida.

Además, Leónidas conocía y creía en el vaticinio del Oráculo de Delfos, según el cual Esparta sería devastada por los persas a menos de que uno de sus reyes muriera. Y por otra parte, la ley de Licurgo no les permitía huir del campo de batalla ante ningún contingente enemigo, sino que debían permanecer en sus puestos para vencer o morir. Es decir, que para los espartanos marcharse hubiera sido un deshonor.

Por tanto, la resistencia de Leónidas en las Termópilas permitió a la flota griega replegarse ordenadamente. Leónidas había enviado mensajeros para informar de su decisión e instar a que se retirara mientras hubiera tiempo, pues las Termópilas estaban a punto de caer.

Poco antes de la lucha final, mientras comían algo, Leónidas dijo a sus hombres: Ésta es nuestra última comida entre los vivos; preparaos bien, amigos, porque esta noche cenaremos en el Hades. Y con la serenidad de los que ya han decidido su destino, los griegos formaron la falange, todos juntos esta vez. Ante ellos estaba el ejército de Jerjes, y a su espalda, los diez mil Inmortales cerraban el otro extremo del paso.

Leónidas cayó después de haber atravesado muchos persa con su lanza. Entonces se desencadenó una brutal batalla por su cuerpo, pues los espartanos no querían que el cadáver de su rey quedara en manos del enemigo. Varias veces pareció que los persas iban a hacerse con él, y otras tantas los espartanos consiguieron rechazarlos.

Casi todos los hombres estaban ya gravemente heridos, sus lanzas se habían roto, muchos escudos estaban prácticamente inservibles. Pero la lucha no cesaba, era encarnizada y ni se daba ni se pedía cuartel; los espartanos y tespieos que conservaban la espada la utilizaban, los que no, luchaban con el escudo o con astas de lanza rota, algunos incluso usaban piedras o las propias manos y dientes para herir al enemigo.

Finalmente, ante la cantidad de bajas que les estaban causando, los persas retrocedieron. Acto seguido se adelantaron los arqueros, y una lluvia de flechas acabó con los pocos espartanos que quedaban. Las Termópilas habían caído, pero los persas habían sufrido una espantosa mortandad: más de veinte mil hombres.

Jerjes preguntó a Demarato: ¿Quedan más espartanos con los que luchar?, y éste le contestó: -Sí. Hay 8,000 más como estos, preparados para defender Esparta.

Jerjes se dio cuenta de que no iba a ser fácil seguir adelante.

El resto de la historia es conocido. Después de ser evacuada, Atenas fue saqueada y quemada por los persas. Pero en Salamina la flota persa fue derrotada por la griega. Y poco después, los griegos derrotaban a los persas en Platea. Grecia había vencido.
Siglo y medio más tarde, Alejandro Magno devolvería la visita a los persas, pero no con el fin de dominarles, sino intentando una fusión de culturas, que finalmente no se logró.

Hoy no es fácil ser consciente de ello, pero la victoria de las pequeñas polis griegas frente al gigante persa cambió definitivamente nuestra historia. Fue una auténtica lucha de civilizaciones. Toda Asia atacó a un pequeño grupo de ciudades donde los hombres valoraban la libertad y la ley por encima de todo. Si Grecia hubiera sido vencida, Europa y su cultura no existirían, porque no habrían tenido ni la oportunidad de nacer.

Enseñanza

Ejemplo. Los espartanos que murieron en las Termópilas fueron un ejemplo para todos los griegos, y su legado es perpetuo. Si bien es cierto que físicamente la batalla se perdió, pues los persas atravesaron las Termópilas, moralmente Jerjes fue derrotado. El heroísmo de los espartanos venció a su cuantioso ejército, que finalmente sucumbió.

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Leónidas en las Termópilas, obra de Jacques-Louis David (1814).
Leónidas en las Termópilas, obra de Jacques-Louis David (1814).

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