Rodion Romanovich Raskolnikov asesinó a Aliona Ivanovna en su propia casa. No la mató precisamente para robarle; la muerta era una usurera sin escrúpulos capaz de sacarle hasta el último centavo al más necesitado de sus clientes. Aunque era odiosa y repugnante, nadie tenía derecho a disponer de su vida, pero Raskolnikov la mató.
Estaba en la miseria, acababa de dejar sus estudios de derecho en la Universidad de San Petersburgo, su hermana Dunia estaba dispuesta a venderse, léase casarse, a un viejo lujurioso solo para que él pudiera seguir sus estudios, y él no podía soportarlo. Y cometió el crimen.
Desde ese momento su peor juez fue su propia conciencia al grado que terminó confesando su delito “porque no podía vivir más, perseguido de aquella forma por su arrepentimiento”. Fue condenado a ocho años de cárcel en Siberia.
Según un crítico literario, el criminal, consciente del mal que ha hecho, busca inconscientemente su castigo, y en muchas ocasiones su propia destrucción. Quizás sea cierto y este caso podría ser una prueba de ello.
MARCELO
Sus compañeros le dicen “Chimirri”, y él se siente a gusto con el apelativo. Es un hombre joven, un muchacho todavía, y está considerado como uno de los mejores investigadores de Homicidios de la nueva generación de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).
El propio general Murillo, uno de los directores más dinámicos que ha tenido la institución, le envió una carta personal en la que le agradecía y lo felicitaba “por su entrega a su trabajo, por su esfuerzo y su sacrificio en dar respuesta a los casos criminales que le ha tocado resolver y por sus aspiraciones de hacer de la sección de Homicidios de la DNIC una de las mejores de Centroamérica”.
Para la mayoría de sus compañeros, la carta es bien merecida. Marcelo es un buen detective, pero, como dice una de sus admiradoras, “lo malo es que parece un niño”.
CASO
Lepaterique, que en lengua lenca significa “Cerro del Tigre”, es el paraíso de las flores en Honduras; es un pueblo hermoso, sembrado entre montañas de pino, lleno de gente amable y trabajadora, pero donde la pobreza condena a centenares de familias a sobrevivir en medio de muchas necesidades que parecen no acabar nunca.
Una de las aldeas de Lepaterique es Regadillo Culguaque, un nombre raro que debe tener algún significado especial en el idioma indígena. Llegar hasta allí es una verdadera aventura, y a Marcelo le tocó vivirla el dos de junio de 2010.
Era temprano todavía, no había dormido y esperaba las ocho de la mañana para entregar su turno. La llamada cayó antes de las cinco.
Del teléfono de emergencia de la Policía Nacional le estaban avisando que en el solar de una casa de la aldea Regadillo, en Lepaterique, habían encontrado a un hombre muerto, que parecía que lo habían asesinado y que los policías del pueblo estaban custodiando la escena del crimen para que los curiosos no dañaran las posibles evidencias. Marcelo no perdió el tiempo.
Antes de las siete de la mañana estaba empujando el Toyota doble cabina para ayudarle a subir por el camino de herradura que parecía una cicatriz que llegaba hasta la cumbre de una montaña rocosa, llena de árboles y cubierta por las últimas nubes de la mañana. Tres horas duró aquel ejercicio, y para cuando llegaron a la aldea, Marcelo y sus compañeros iban con la lengua de fuera.
Un policía los llevó a la escena del crimen. Eran las diez de la mañana.
LA DNIC
Como dicen los criminólogos, el asesino siempre deja su huella en la escena y un buen analista descubre los motivos, elabora un perfil sicológico del criminal a partir de los detalles que destaquen, como el grado de violencia, la cantidad de golpes o heridas, la posición del cuerpo y el lugar donde se encuentre, y elabora una hipótesis que en la mayoría de las veces es la base para la solución de los crímenes. Y en Homicidios de la DNIC hay muchos detectives como estos.
Marcelo empezó por entrevistar a algunos vecinos. Supo que el muerto se llamaba Celio Fúnez, soltero, de treinta años, hermano del dueño de la casa donde habían encontrado su cadáver y que vivía con una hermana en una casa lejos de ahí. Nadie sabía cómo había muerto.
Los curiosos, a pesar de que formaban ya una multitud, se mantenían lejos de la escena y de la casa, presionados por los policías del pueblo, aunque hablaban hasta por los codos, nadie decía nada que pudiera orientar la investigación de los detectives.
CELIO
Estaba boca arriba, tendido entre varias matas de plátano. Tenía un golpe en la frente, en el que se había coagulado la sangre que ahora estaba llena de moscas, tenía varios hematomas en el rostro y su camisa estaba desgarrada por delante y su pantalón sucio y debajo de las caderas.
Cuando Marcelo se acercó más, vio en su cuello una línea roja que se prolongaba hasta la nuca, gruesa como un dedo pulgar, marcada profundamente en la piel.
Cuando consultó con el forense, confirmó que a Celio lo ahorcaron, probablemente con un lazo grueso, después de que lo golpearon para reducirlo a la impotencia. La hora de la muerte podría situarse entre las once de la noche y las dos de la madrugada. Ahora había que analizar la dinámica del crimen.
EVIDENCIAS
Marcelo pensó que alguien sabía más de lo que decían los testigos que había entrevistado, sobre todo la dueña de la casa. Se veía nerviosa, se mordía las uñas y lloraba en silencio.
Había dicho que su marido no estaba en la casa desde el día anterior, que ella estaba sola con sus hijos y que no había escuchado nada la noche del asesinato.
Agregó que no sabía quién y por qué pudo haber matado al muchacho, si nunca le conocieron enemigos. Y tampoco podía decir por qué lo mataron en la huerta de su casa, si él vivía lejos. Marcelo volvió a la escena, sin despegar los ojos del suelo.
Varias matas de plátano estaban quebradas, alrededor del cadáver había señales de lucha, más atrás, hacia el corredor trasero de la casa de bahareque, se veían huellas de sangre, de rodillas que se hubieran arrastrado sobre la tierra y, cerca de la casa, la tierra estaba removida, como si dos personas se hubieran revolcado en ella violentamente, o hubieran peleado.
Detrás de un limonero cercano, Marcelo encontró un leño de más de un metro de largo, rollizo y astillado, y un poco más grueso que un bate. Varias moscas volaban sobre él, compitiendo con una mancha de hormigas que iban y venían desde el leño al nido.
Marcelo sonrió con esa malicia típica del detective que sabe que está ante una pista importante.
“Varias personas nos están mintiendo -le dijo a uno de sus compañeros–; este leño está lleno de sangre, el muerto tiene un golpe grande en la frente, por el que sangró mucho. Estoy seguro de que ese golpe se lo dieron con este leño. Si ves bien, cerca de la casa hay sangre, una mancha grande en la tierra; creo que aquí fue donde lo golpearon, y si caminamos en línea recta hasta la huerta, vemos que hay varias gotas de sangre que terminan en la escena del crimen. Imagino que el golpe en la cabeza fue muy fuerte, aunque no necesariamente mortal. Es un solo golpe. Parece que la víctima peleó con alguien en este punto, que este alguien lo golpeó con el leño y tal vez se alejó de él; eso se deduce porque tiró el leño lejos, debajo del limonero, tal vez porque creyó que su rival no se levantaría más o quizás porque no quería hacerle más daño. Si vemos las huellas que van desde aquí (cerca de la casa) hasta la huerta, podríamos deducir que la víctima no se desmayó del golpe, aunque sangró bastante, que se arrastró unos metros, tal vez persiguiendo a su atacante, lo alcanzó, a pesar de estar golpeado, y pelearon de nuevo adentro de la huerta. Si analizamos un poco más, tal vez la otra persona no era muy ágil o quizás es mucho mayor que la víctima, aunque resultó más fuerte. Creo que tengo una teoría”.
LA CASA
Marcelo caminó hasta el frente de la casa, vio las ventanas, la puerta principal y volvió a sonreír. En la puerta había señales de golpes, como si alguien hubiera estrellado varias veces una piedra en las tablas. Uno de los detectives encontró una piedra sólida cerca del corredor. Marcelo llamó a la dueña de la casa.
“Usted me está mintiendo -le dijo–; dígame lo que sabe sobre la muerte de su cuñado. Uno de sus vecinos dice que vio a su esposo, José Marino, ayer en la tarde. Dígame, ¿por qué pelearon su esposo y su cuñado?”
LA NIÑA
Es una niña agradable, aunque de ojos tristes. Estaba cerca de su madre y se mordía las uñas nerviosamente, llorando, pálida y llena de miedo. Cuando Marcelo la miró, ella bajó los ojos y trató de esconderse detrás de su madre. El detective creyó entender aquella actitud y la sangre le empezó a hervir en las venas. “¿Su esposo José mató a su cuñado Celio?” La pregunta salió de su boca despacio, más como una acusación directa. La mujer tembló de pies a cabeza. “Tiene que ver con la niña, ¿verdad? ¿Es que Celio abusaba de ella?” La mujer dio un grito, luego bajó la cabeza.
“Hace quince días, José Marino salió de su casa a abrir otra que le estaba cuidando a un vecino. Eran como las dos de la tarde. La niña quedó sola en la casa. Cuando José regresó, la encontró nerviosa y llorando. Le preguntó qué le pasaba pero ella se negó a hablar. José insistió y la niña le dijo que su tío Celio acababa de llegar y que empezó a tocarla debajo del blúmer. Que eso lo hacía desde hacía tres años, cuando ella estaba en tercer grado. Que una vez, ella venía de la escuela con sus hermanos, que antes de llegar a la casa les salió al paso el tío Celio, que les dio dinero a sus hermanos y que a ella la llevó arriba del camino, entre unos pinos, que puso un costal en el suelo, la desnudó y “la hizo su mujer”. Le dijo que si decía algo la iba a matar a ella y a toda su familia. Ella, por miedo, no dijo nada, hasta ahora.” Cuando José Marino llamó a los niños, estos dijeron que el tío Celio les daba dinero y que les decía que no dijeran nada de lo que le hacía a su hermana”.
JOSÉ MARINO
Es un hombre fuerte, curtido por el sol y las penas. Tiene cuarenta y cinco años y hasta ese día fue un hombre feliz. Lleno de odio y cólera fue a buscar a su hermano; este lo recibió altanero. José le reclamó le dijo un millón de cosas y terminó prohibiéndole que se acercara a su casa y a sus hijos.
Celio no le dio importancia al berrinche de su hermano. Todo lo contrario, dijo que “lo mejor era que lo matara”. Quince días después, cayéndose de borracho, fue a la casa de José, dispuesto a cumplir su palabra. Nada importaba que fuera su hermano mayor. Nada importaba que la niña fuera su sobrina. Ahora era su mujer y nadie se la iba a quitar. Eran las once de la noche.
Empezó por llamar a gritos a su hermano. Este no se dejó provocar. Luego, Celio empezó a golpear la puerta, gritando que iba para matarlo, y que después se llevaría a la niña. José no soportó más. Abrió la puerta y su hermano lo atacó primero. Él se defendió pero no quería dañara a su hermano.
El daño ya estaba hecho y de nada servía lamentarse, y, además, Celio era hijo de sus padres. ¿Cómo hacerle daño a su propia sangre?
Tratando de calmarlo llegaron al patio trasero, Celio estaba furioso, lo atacó con intenciones de matarlo, José encontró un leño a la mano, golpeó a su hermano en la cabeza y salió corriendo, tratando de alejarse de la casa.
Celio lo alcanzó en la huerta. Entonces José no pudo más; con un lazo que encontró en el cerco rodeó el cuello de Celio y apretó hasta que su hermano dejó de moverse. Después volvió a su casa, arrepentido de lo que había hecho. Después de reflexionar un rato, decidió entregarse a la policía. Iba a confesar su crimen.
Había matado para defender su vida y la de su familia, y no por venganza, y lo mejor era entregarse a la policía de Lepaterique. Él no era un criminal y no huiría como un asesino. Pero una tía lo disuadió cuando supo la noticia. Le dijo que la cárcel era horrible, que tal vez lo condenarían para toda la vida y que era mejor que escapara.
Su mujer no estuvo de acuerdo pero él aceptó el consejo de su tía. Hoy tiene Orden de Captura, la DNIC lo busca y la Fiscalía quiere verlo tras las rejas; le pedirá al juez la pena máxima por homicidio. Dieciocho días después de la muerte de su hermano, José sigue prófugo.
Marcelo lamenta que no se haya entregado. Ahora las cosas se pondrán peor para él. La Fiscalía no tiene sentimientos, tampoco le gusta negociar con los pobres y le encanta ver descalzos tras las rejas. José debe buscar un buen abogado. A Celio su delito lo llevó a buscar su propia destrucción; tal vez buscaba inconscientemente su castigo, como Rodion Romanovich Raskolnikov.
