LA VISITA. Era una casa modesta, en la colonia X, pero cómoda y bien ordenada. A pesar de que tenía tres hermanas más, y su madre y una abuela, Carmen vivía sola en la casa que su esposo estaba pagando desde Estados Unidos. Una enorme fotografía de la boda le daba la bienvenida al recién llegado, más allá, un paisaje primitivista, una copia de la Mona Lisa y dos títulos; en el comedor había una copia de “La última cena” y un bodegón.
El dormitorio principal parecía un santuario, nítido, ordenado, con un gran espejo en la pared izquierda, una cómoda de varias gavetas, un sillón y una cama King Size, llena de almohadas blancas y peluches de todos colores. Los detectives empezaron por abrir las gavetas de la cómoda.
En una de ellas encontraron una cajita de madera llena de tarjetas de varias floristerías, varios poemas manuscritos y la fotografía de un muchacho que sonreía, una rosa seca y una cinta amarilla con una medalla de la Virgen de Suyapa. En la parte de atrás de la fotografía estaba escrito en tinta roja: “Carmen María, la amo. Siempre seré suyo. Heber”, seguido por una fecha y varios corazones pequeños en línea. Los detectives se miraron como preguntándose qué significaba aquello.
- ¿Creés que era un novio o un admirador?
- Más parece un novio.
- ¿Ves la fecha?
- Sí. Hace tres meses y días.
- ¿El esposo?
- Es posible.
- Creo que he visto a este muchacho en alguna parte.
- Es posible. A mi también se me hace conocido.
PISTAS. Las hermanas de Carmen dijeron que el muchacho se llamaba Heber, que era conocido de Carmen y que no sabían por qué tenía guardadas aquellas cosas firmadas por él cuando ella era casada. Un guardia de seguridad les dijo a los detectives que conoció bien al muchacho, que sabía que visitaba con frecuencia a Carmencita y que no sabía por qué, pero el muchacho desapareció de la noche a la mañana y no volvió a verlo en la colonia.
- ¿Hace cuánto no lo ve?
El guardia reflexionó y, tras una pausa, dijo:
- Creo que unos dos meses.
El otro detective dio un grito.
- ¡Ya sé donde lo he visto!, dijo, mirando a su compañero ¡Es el chavo que se suicidó hace un mes y medio en la colonia...!
- ¿Estás seguro?
- ¡Claro! Yo estuve en el levantamiento. Se puso una escopeta en la boca, del calibre 12, y se disparó. El cerebro quedó regado por todo el cuarto, y la parte de atrás de la cabeza desapareció… Creo que tenía solo diecisiete años.
- Y, era muy amigo de Carmencita…
- Aquí hay algo más… Pidámosle al fiscal que selle la casa por mientras desenredamos la madeja.
DATOS. Un mes y medio antes, en un cuarto cómodo de una casa de clase media, un muchacho de diecisiete años estaba tendido boca arriba, sobre un charco de sangre en su propia cama. Una escopeta niquelada estaba tirada en el piso, había sangre, astillas de hueso, pedazos de piel y sesos por todos lados. Un hombre ya entrado en años y cinco muchachas lloraban en la sala, abrazándose y tratando de encontrar una explicación a semejante tragedia.
Eran las once de la mañana, la trabajadora estaba afanada en la cocina cuando escuchó el disparo, un estallido seco que salió del cuarto del muchacho e hizo estremecer toda la casa. La puerta estaba con llave, pero logró abrirla con una de reserva y estuvo a punto de desmayarse al ver lo que estaba sobre la cama. Llamó a su patrón y este a sus cinco hijas. La Policía no tardó en llegar.
Los detectives estaban sentados, uno frente al otro, analizando el caso.
- Por lo que encontramos en la casa de Carmen, creo que este muchacho era su amante.
- Así lo confirman dos vecinas y hasta el sacristán de la iglesia.
- ¿Qué pudo pasar entre ellos para que el muchacho se matara?
- Tal vez ella lo rechazó, quizá porque el esposo podía darse cuenta de sus relaciones y dejarla en la calle.
- Ahora descartemos al esposo como sospechoso del crimen. Creo que él no sabía nada de la aventura de su mujer, si es que tenía una aventura.
- Vamos a hablar con los guardias de la colonia. Por lo general, estos saben más de lo que se imagina la misma gente a la que cuidan.
- Algo que me parece raro es que el muchacho no haya dejado ninguna nota o carta aclarando su suicidio. Nada. Ni siquiera dos líneas pidiendo perdón por lo que hacía.
- Creo que sí escribió algo, siendo tan romántico como era. Recordemos que le mandaba chocolates, flores, poemas, peluches, tarjetas, etcétera. Por lo visto, estaba bien enamorado.
- ¿Y si se mató porque ella ya no quería estar con él…?
- Eso ya lo dijimos… Tal vez tuvo miedo que el esposo se diera cuenta…
- No, no, no. No me refiero a eso. Tal vez la mujer no solo estaba con el muchacho…
- Bueno, una mujer así como era ella, debía tener muchos conocidos.
- Bueno. Nada adelantamos inventando cosas. Vamos a hablar con los guardias.
ENTREVISTAS. El jefe de la vigilancia dijo que conoció bien a Carmencita, que a pesar de estar casada tenía algunos amigos con derechos y que los llevaba sin ninguna prudencia a su propia casa.
- ¿Uno de esos amigos con derechos era Heber Vallecillo?
- ¿El chavo que se mató? ¡Sí, lo conocí muy bien! Venía siempre a esperarla. Le traía de todo, y se quedaba hasta la madrugada con ella.
- Pero solo tenía diecisiete años.
- Pero parecía de veinticinco. Era enorme y bien parecido. Ella le llevaba diez o doce años. Él me contaba que estaba enamorado.
- Y ella, ¿le correspondía?
- Perdóneme, porque no está bien hablar de las mujeres, y menos si están muertas, pero ¿la verdad? ¿La verdad? Ella le correspondía a varios. Y una noche Heber, el muchacho, la encontró con otro en la casa, y creo que ella lo humilló…
- ¿Volvió él a buscarla?
- ¡Uh!, sí. Trajo mariachis, flores, se quedaba a esperarla en el carro… ¿Qué no hizo para reconquistarla? Pero ella ya no le hizo caso.
- Una pregunta.
- ¿Quién más sabe todo esto?
- No le entiendo.
- Quiero decir, ¿el papá del muchacho sabe esto?
- ¡Claro! ¡Aquí todo el mundo se lo contó!
- Bueno. Muchas gracias. Si lo necesitamos volveremos a buscarlo.
EL PADRE. El hombre se acomodó en el sillón, rodeado de sus cinco hijas, en la sala de su casa. Estaba delgado, su mirada era de hierro y nada en sus facciones decía que los detectives podrían esperar amabilidad de su parte. Accedió a hablar con ellos porque no tenía salida. Uno de los detectives empezó:
- Sabemos que usted vengó el suicidio de su hijo asesinando con sus propias manos a Carmen María. Hizo que la secuestraran y que se la llevaran hasta La Montañita, donde la torturó y la estranguló. El muchacho encontró a Carmen con otro, no sabemos en qué circunstancias, se decepcionó de ella, ella lo rechazó, a pesar de que él insistió en reconquistarla, y al ver que era imposible, se quitó la vida.
- Qué fácil salen las palabras de su boca -dijo, de repente, el hombre, casi sin mover un solo músculo-. Si no los tuviera bien puestos, creería que usted quiere torturarme emocionalmente.
- Solo queremos que usted sepa que ya sabemos que usted mató a Carmen María…
Algo parecido a una sonrisa desplegó los labios de hielo del hombre y un rayo brilló en sus pupilas.
- ¿Pueden probarlo?
La pregunta era directa, casi retadora.
- Todavía no…
- Entonces, cuando puedan probarlo, vengan por mí. Aquí estaré…
- ¿Mató usted a la muchacha?
La sonrisa se hizo más amplia y en los ojos brilló una satisfacción infinita. La cara de piedra se suavizó.
- Él era mi único varón. Nos llenamos de niñas con mi esposa hasta que conseguimos tener un varoncito, pero ella murió en el parto, y me quedé solo…, tratando de darles lo mejor, y soñando con ver a mi varón convertido en todo un hombre. ¿Van entendiendo?
- Él se enamoró de la mujer equivocada -dijo el detective-.
- Creo que van entendiendo…
- ¿Usted la mató?
El hombre hizo una pausa larga, cerró los ojos, levantó la barbilla y arrugó los labios. A pesar de esto, las lágrimas saltaron de sus ojos y un quejido angustiado salió de su garganta. Los detectives respetaron aquel momento terrible. Un minuto después, ya recompuesto, el hombre dijo, refiriéndose a un detective:
- Acérquese.
El detective se puso de pie. El hombre le hizo señal de que se acercara. Iba a decirle algo al oído. Quince segundos después, el detective se retiró dos pasos, miró al hombre profundamente y dijo:
- Entonces volveremos, cuando se lo podamos probar.
- Cuando haya justicia. Nada más.
Tal vez tardemos mucho en saber qué es lo que el sospechoso le dijo al oído al detective. Es algo que todavía no puede divulgar. Por mientras, el crimen de Carmen María sigue en la impunidad, como miles de casos más en Honduras.
