Aunque muchos en Bogotá, y fuera del país, piensen que el continuismo se afianzó tras la elección de Juan Manuel Santos como nuevo presidente de Colombia, que había sido ungido por el ex presidente Álvaro Uribe como su sucesor, son muchas las cosas que han cambiado en este país en estos tres meses.
En primer lugar, se acrecienta la fractura dentro del uribismo, el movimiento que logró dar a Santos más de nueve millones de votos, y se percibe esta división en los medios, donde arrecian las críticas contra algunos nombramientos del presidente y también por sus pactos y alianzas con la izquierda, especialmente con el liberalismo y otros sectores.
Luego, y en segundo lugar pero no menos importante, ha habido cambios en el manejo de algunas cuestiones, como en las relaciones con las Fuerzas Armadas y la Policía, a las que no se les va transigir ni a tolerar las arbitrariedades y violaciones de derechos humanos a las que este país se acostumbró en estos últimos años. Hubo notables avances en la seguridad, eso es innegable, pero también los excesos de las fuerzas de seguridad estuvieron al orden del día.
A pesar de que las amenazas contra la seguridad siguen presentes, pues el terrorismo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sigue golpeando con fuerza y matando, el nuevo presidente exhibe un talante diferente en sus relaciones con el establecimiento militar y ha demostrado, con palabras y hechos, que durante su mandato prevalecerá el estado de derecho frente a la impunidad, el escrupuloso respeto a los derechos humanos al todo vale en la lucha contra el terror. Pese a este cambio de rumbo, hubo avances: fue dado de baja el famoso, por sus crímenes, “Mono Jojoy”, uno de los hombres fuertes de las FARC.
En tercer lugar, y a diferencia del anterior mandato, la nueva administración ya ha comenzado a definir sus prioridades, que parecen más centradas en una concreción en las medidas sociales que en la seguridad. La política de “seguridad democrática” es un término que no se usa en los nuevos tiempos que vive Colombia, es pasado que se va y no vuelve.
Pese a estos avances, criticados por algunos desde el uribismo y minimizados por una izquierda cavernícola incapaz de avanzar en un proyecto común vertebrado y articulado para el país -el verdadero drama de Colombia-, hay que reseñar que la situación en lo que se refiere a los derechos humanos sigue lejos de ser idílica.
Según informaba el periódico El Espectador recientemente, cuando apenas habían transcurrido unas semanas de mandato de Santos ya se reportaban más de una veintena de asesinatos de activistas de derechos humanos, líderes comunales y personas ligadas a movimientos asociativos y de izquierda. Es una vergüenza que tiene que acabar y el presidente Santos lo sabe. Y la menor tensión existente entre los poderes Judicial y Ejecutivo, tras unos años de relación cuando menos tormentosa, ayudará con toda seguridad a una mayor implementación de la justicia en todas las esferas.
NUEVA POLÍTICA EXTERIOR. Luego, en lo que es el manejo de la política exterior, hay que destacar como cuarto elemento que caracteriza a esta presidencia la mejora en las relaciones con Venezuela, tras varios encuentros entre Santos y el controvertido presidente venezolano, Hugo Chávez, en los que se lograron importantes avances en los intercambios comerciales, la cooperación en materia de seguridad y narcotráfico y la búsqueda de un supuesto Tratado de Libre Comercio entre ambos países.
Aunque con Chávez todo es imprevisible, dado su carácter irascible e incontenible, es un primer paso hacia la normalidad, como también ha ocurrido con Ecuador, en vías de la plena normalización política y diplomática después de años de trifulcas y desencuentros.
También Santos pretende ir en sus relaciones exteriores más allá del fortalecimiento del vínculo especial con Estados Unidos, que fue el motor y objetivo monográfico del anterior presidente, intentando mirar más hacia sus vecinos del sur y otras latitudes, como Europa, que ya fue parte de un periplo del máximo mandatario colombiano.
El aislamiento de Colombia, tras haber roto relaciones con Ecuador y Venezuela y ser marginada por los demás países “bolivarianos”, fue casi total en los últimos meses de presidencia de Uribe, sobre todo debido al desprecio por la política exterior que exhibió durante su mandato y a la pésima elección de sus embajadores (llegó a nombrar a una embajadora para el Reino Unido que ni siquiera sabía inglés).
¿SE ACABARÁ ESCINDIENDO EL URIBISMO? En el plano interno, el giro operado por Santos, que ha establecido una alianza con antiguos liberales y ex uribistas, como el actual ministro del Interior Germán Vargas Lleras, ha sido visto con recelo y desconfianza por los sectores más cercanos a Uribe, que sigue estando muy presente en la política colombiana y cuyas declaraciones siempre acaparan la atención de todos los medios locales. También el rechazo, sobre todo en la izquierda y en los círculos liberales de los que se ha rodeado Santos, pues Uribe gozaba de una importante base social pero también de poderosos enemigos en la escena política colombiana.
Parece que la verdadera oposición al nuevo presidente, tras haber tejido una nueva coalición en la que no caben los sectores más significados con el uribismo, es el mismísimo presidente Uribe y los suyos. Las principales críticas lanzadas desde las filas de los partidarios del ex presidente son contra los ministros de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, y el ya citado de Interior, Vargas Lleras, las dos bestias negras del uribismo militante.
Así las cosas, y ya casi con las espaldas en alto cuando quedan unos largos meses para las elecciones locales y regionales colombianas, ya nadie descarta que el uribismo se acabe escindiendo y presente la batalla con un proyecto propio; bien haciéndose con las riendas del Partido de la U que catapultó a Santos y le sirvió como base electoral para los comicios presidenciales o formando otro partido político claramente ligado a la herencia y obra de Uribe. Cualquiera de esas dos opciones es posible.
Santos, que ha hecho de la unidad nacional y la cohesión social sus dos principales banderas, era visto inicialmente como el más seguro y fiel heredero del presidente Uribe, que le apoyó claramente en la primera vuelta de las elecciones tras perder uno de sus pupilos, Andrés Felipe Arias, las primarias en el Partido Conservador frente a la eternamente embajadora Noemí Sanín, quizá una de las figuras políticas más inconsistentes y flojas de Colombia.
La paradoja es que en apenas unas semanas para algunos connotados uribistas el presidente Santos ha pasado de ser adorado como el continuador del legado del anterior presidente a ser visto casi como un traidor. Santos, representante de la burguesía liberal e ilustrada bogotana, no tenía nada que ver ni social ni culturalmente con el ex presidente Uribe. Procedente de una de las grandes familias colombianas, dueña del diario El Tiempo y nieto de presidentes, la sólida formación y trayectoria profesional apuntaban a otro estilo de gobernar más sosegado, consensuado y menos conflictivo, como así está ocurriendo. Se veía venir.
En lo que respecta al futuro, los próximos meses serán decisivos y está por ver si Santos logra formar un bloque unitario y potente en las cámaras legislativas para sacar adelante sus leyes, tal como pretende hacer ahora forjando la alianza entre el liberalismo y los grupos afines a su proyecto. Si así fuera, los uribistas, que podrían quedar al margen de la gran alianza nacional, seguramente se lanzarían a la cancha política y estaríamos a las puertas de la campaña electoral más larga de la historia de Colombia: cuatro años eternos para poder lanzar a un candidato propio a las elecciones presidenciales que ponga fin al “santismo”, esa nueva forma de hacer política en Colombia que parece haber nacido en apenas unas semanas. ¿Sobrevivirá el proyecto? Veremos qué pasa, las próximas semanas pueden ser emocionantes.
