Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
LLEGADA. Poco antes de las ocho de la noche del jueves diecisiete de diciembre de 2009, Alexander Mart铆nez manejaba su Toyota Hilux sobre la carretera a Danl铆, en medio de la oscuridad y del fr铆o, que lanzaba sobre el asfalto blanquecinos copos de niebla; puso la v铆a para indicar que doblar铆a a la derecha, redujo la velocidad y avanz贸 despacio, hasta la entrada del motel Los Pinos. El reflejo de la luz de ne贸n del r贸tulo le dio en el rostro y con ojos cansados y ansiosos, busc贸 un parqueo disponible. Sin prisa aparente, avanz贸 hasta el estacionamiento de la habitaci贸n n煤mero diez, luego apag贸 el motor y se baj贸 para cerrar el port贸n. Poco despu茅s baj贸 su compa帽era, una mujer hermosa, de ojos grandes, bonitas formas y muy elegante. El encargado del motel tard贸 varios minutos en llegar a la habitaci贸n, cobr贸 el alquiler, entreg贸 al muchacho dos toallas, un rollo de papel higi茅nico y un jab贸n peque帽o y oloroso; seg煤n el encargado, 鈥渆ran casi las ocho y diez de la noche y ellos no pidieron nada de tomar鈥.
MOTEL. Por lo general, un motel es un lugar tranquilo, silencioso y supuestamente seguro, y el motel Los Pinos casi pasa desapercibido, a no ser por el r贸tulo luminoso y la sed de intimidad de los clientes.
Esa noche hac铆a fr铆o, la mayor铆a de los parqueos estaban vac铆os y el silencio era acogedor; arriba, sobre la carretera, se escuchaban de vez en cuando los roncos motores de los camiones y uno que otro grito que se llevaba el viento. Al fondo, se destacaba el bosque como una sombra larga que se perd铆a en la noche, una noche en que rondaba la muerte.
LAS 9:20. Ismael estaba sentado en la oficina, viendo televisi贸n y escap谩ndose del fr铆o. Su trabajo como guardia de seguridad era relativamente tranquilo y estaba satisfecho con 茅l, aunque el sueldo fuera de hambre. Pero como la Mar铆a no estaba para tafetanes, sab铆a que estaba mejor que otros, aunque tuviera que desvelarse cuatro noches a la semana. Por supuesto, cuando hay bocas que mantener, cualquier sacrificio es soportable, y no hay que buscarle tres pies al gato... Sus compa帽eros estaban con 茅l, no hab铆a mucho que hacer esa noche y el reloj avanzaba demasiado despacio. Pero a eso de las nueve y veinte, todo cambi贸 para ellos.
De pronto, la puerta de la oficina se abri贸 con violencia, y entraron cinco hombres envueltos en chumpas gruesas y con gorras que les cubr铆an medio rostro; varias pistolas apuntaron hacia ellos y una voz seca y amenazadora les orden贸 que levantaran las manos. Nadie se resisti贸. En cuesti贸n de minutos desarmaron a Ismael, le quitaron un cuchillo viejo que siempre llevaba debajo de la camisa y lo amontonaron con sus compa帽eros, amarrados de pies y manos y amordazados para que no gritaran. El que parec铆a el jefe dio una orden y uno de los asaltantes arranc贸 el aparato de video, lo meti贸 en una bolsa y sali贸 detr谩s de ellos. Antes que se cerrara la puerta, la misma voz dijo, con acento siniestro:
-Est谩n en la habitaci贸n diez. 隆Vamos!
-驴Qui茅n se queda vigilando a estos?
-Nadie. Est谩n bien amarrados.
-驴Y si alguien se suelta y llama a la Polic铆a?
-Mala suerte para ellos. Entonces los matamos a todos.
-Eso est谩 mejor鈥 Yo no quisiera dejar testigos.
N脷MERO 10. El port贸n se abri贸 sin dificultad, en la habitaci贸n se percib铆an movimientos y se o铆an algunas voces y una que otra risa. Los asaltantes avanzaron despacio hacia la puerta, y ya iban a botarla a patadas, cuando esta se abri贸. Justo en ese momento entraron gritando, golpearon a la mujer y amenazaron a Alexander con matarlo si se resist铆a. Todo sucedi贸 en menos de diez segundos. A punta de pistola regresaron a la pareja a la habitaci贸n. La mujer se resisti贸, tres hombres forcejearon con ella sobre la cama hasta que la inmovilizaron, luego la amarraron de pies y manos y la tiraron al suelo. Tres metros m谩s all谩, su compa帽ero estaba boca abajo, tratando de decir algo a pesar de la pistola que le apuntaba a la cabeza. La mujer trat贸 de gritar. Fue in煤til. El que parec铆a el jefe de los criminales se acerc贸 a ella, con una sonrisa cruel en los labios, los ojos encendidos y la pistola en una mano; en la otra llevaba una almohada que recogi贸 del suelo. Ella lo ve铆a entre aterrorizada y suplicante. Sin decir nada le cubri贸 la cara con la almohada, acomod贸 el ca帽贸n de la pistola a la altura de la frente y le dispar贸. El estallido del arma son贸 hueco, retumb贸 entre las paredes y sali贸 al espacio para ahogarse a lo lejos. Un nuevo disparo estremeci贸 la noche y de pronto vino el silencio. La sangre empez贸 a extenderse por el piso, ocre, caliente y aceitosa; poco despu茅s, los cuerpos dejaron de moverse. Los dos corazones se hab铆an detenido para siempre. En cinco segundos hab铆an muerto. Los asesinos salieron en fila de la habitaci贸n, con las pistolas en la mano, se subieron al Toyota de Alexander y salieron del motel sin mostrar ninguna prisa. Todo hab铆a terminado para la pareja de la habitaci贸n n煤mero 10.
LA DNIC. Cinco d铆as despu茅s, Mario Perdomo, viceministro de Seguridad, llam贸 a la Direcci贸n Nacional de Investigaci贸n Criminal (DNIC). La mujer asesinada en el motel era parte de la directiva de una asociaci贸n de ni帽os autistas y 茅l ten铆a un inter茅s especial en que se resolviera el caso. Hab铆a pasado casi una semana y el expediente solo ten铆a tres p谩ginas. Parec铆a que a nadie le interesaba el asunto. Entonces llamaron a Walter Castellanos. El viceministro le asign贸 el caso personalmente. Walter no sab铆a por d贸nde comenzar, pero ten铆a que empezar. Un viceministro no es un jefe cualquiera y sus 贸rdenes se cumplen m谩s r谩pido que las dem谩s.
WALTER. De veinticuatro a帽os, alto, delgado, trigue帽o, de ojos grandes, negros y vivos, labios gruesos, sonrisa f谩cil y pelo gelatinado, Walter es uno de esos detectives de nueva generaci贸n que creen que la DNIC tiene una gran responsabilidad con la poblaci贸n y que esa responsabilidad tambi茅n est谩 en sus manos. Por eso, cuando sali贸 de la oficina de Mario Suazo, empez贸 a elegir mentalmente su equipo de trabajo. Esa misma tarde estaba en la aldea El Macuelizo, Tatumbla, entrevistando casa por casa a cuantas personas conocieron a la pareja asesinada. Fue una tarde productiva.
LA T脥A. Ricardo Licona caminaba despacio por la calle de tierra, observ谩ndolo todo con esa atenci贸n de sabueso que hay en todo detective, y que en algunos es una obsesi贸n, tratando de conversar con cada persona que se encontraba a su paso.
De repente, a pocos pasos frente a 茅l, una mujer baja, agradable, algo entrada en carnes, con el pelo recogido en una trenza larga hacia atr谩s y con una sonrisa enorme en los labios, le grit贸 algo que lo hizo detenerse de pronto.
-隆Sobrino! 驴Qu茅 and谩s haciendo por aqu铆? 隆Hace siglos que no te miro!
Ricardo abri贸 los brazos, puso en sus labios una hip贸crita sonrisa y avanz贸 decidido hacia la mujer que se le acercaba con los brazos abiertos.
El abrazo dur贸 largos segundos. La mujer estaba feliz de ver de nuevo a su sobrino y se lo com铆a a besos. 驴Cu谩nto hac铆a que no lo ve铆a? 隆A帽os! Muchos a帽os. Pero siempre recordaba a aquel muchachito flaco, mocoso, lleno de piojos que la llamaba t铆a como si aquella palabra representara todo para 茅l en la vida. Y ella lo quer铆a como a un hijo. Pero como los hijos son ingratos, se van, olvidan el cari帽o que le deben a quien los cri贸 y ni siquiera pueden fingir sinceridad en sus abrazos鈥 Pero ella lo quer铆a y encontrarlo era como una bendici贸n. En menos de diez minutos lo llev贸 a su casa, lo sent贸 en su sill贸n favorito, puso caf茅 en el fuego y volvi贸 a demostrarle la alegr铆a que hab铆a en su coraz贸n por volverlo a ver. Ricardo estaba en su casa.
INFORMACI脫N. 驴Qu茅 and谩s haciendo por aqu铆, sobrino? Le pregunt贸 la mujer, sent谩ndose cerca de 茅l.
-Pues鈥, aqu铆 de visita, t铆a, para no separarme mucho de la familia.
-Eso est谩 mejor, hijo. 隆Cu谩nto me alegra verte!
-A mi tambi茅n, t铆a.
-Y, 驴siempre vas a la iglesia?
-Siempre, t铆a.
-隆Qu茅 bueno! Y 驴qu茅 pas贸 con aquel amigo marica que se te hab铆a pegado como chicle?
-Me apart茅 de 茅l, t铆a, cuando supe que era del otro lado.
-隆Ay!, mijo, si saber eso era f谩cil. A leguas se le notaba que estaba enamorado de vos. Pero qu茅 bueno que te alejaste de 茅l. Esas amistades solo sirven de piedra de tropiezo y el infierno est谩 lleno de pecadores as铆. 驴Ya o铆ste el CD que grab贸 un grupo de j贸venes que fueron al infierno por revelaci贸n y grabaron el sufrimiento de los condenados? 隆Es terrible!
Ricardo se acomod贸 en el sill贸n. Era hora de hacer su trabajo.
-Perdone, t铆a. 驴Usted conoci贸 a do帽a Virginia?, la se帽ora que鈥
-驴La que mataron en el motel Los Pinos? 驴C贸mo no iba a conocerla? Todos aqu铆 la conoc铆amos. Y al muchacho tambi茅n. 隆Pobres!
-Y, sabe usted qui茅n los mat贸鈥
-Mir谩, mijo, lo que se dice por aqu铆 es que do帽a Virgi ten铆a problemas con un marero, uno de esos tipos que ni trabajan ni dejan vivir en paz a la gente. Es lo 煤nico que se sabe porque la do帽ita no se met铆a con nadie. Y del muchacho no se le conoc铆an enemigos. Ahora, si hab铆a algo entre ellos, pues no s茅 decirte, pero ella era divorciada, ten铆a cuarenta y ocho a帽os y deja tres hijos鈥, y era una mujer guapa鈥
Ricardo hizo un esfuerzo para detener la verborrea de su t铆a.
-Y, 驴c贸mo se llama ese marero?
-Le dicen El P谩jaro, sobrino. Dicen que El P谩jaro le invadi贸 un terreno a la finada, que construy贸 una casa a la brava y que ella le dijo que lo iba a desalojar con la Polic铆a, pero 茅l la amenaz贸 con matarla, y ya ves lo que pas贸鈥
En ese momento entr贸 Yadira, hija de la se帽ora, y salud贸 con cierta frialdad. La mujer, alegre como estaba, le dijo que saludara a su primo, y en ese momento, Yadira le dijo, con voz que denotaba mucha desconfianza:
-隆Ay, mam谩! Este hombre no es su sobrino. Ni siquiera se parece.
Ricardo se puso de pie, sac贸 su placa y se la mostr贸 a la se帽ora.
-Estamos investigando la muerte de do帽a Virginia -le dijo-, y usted ha sido de gran ayuda. Se lo agradezco mucho. Perdone, por favor.
EL P脕JARO. Ahora, los detectives ten铆an un sospechoso, y un motivo. Era hora de ubicar al P谩jaro.
Sin embargo, Walter hab铆a elaborado una teor铆a a partir de la din谩mica del crimen. La llegada de los asesinos al motel, el asalto a la oficina de la administraci贸n, el robo del aparato de video, el hecho de que supieran donde estaba la pareja que buscaban, y todo esto, hora y media despu茅s de que ellos hab铆an ocupado la habitaci贸n. Era l贸gico suponer que alguien hab铆a planificado el asesinato, que ese alguien sab铆a que Alexander era cliente del motel, o que no era la primera vez que llegaba all铆, y que ese alguien avis贸 a los asesinos que el carro de Alexander estaba en la habitaci贸n n煤mero diez, y con quien estaba porque tal vez ya lo hab铆an visto llegar con la misma persona. Con esto conclu铆a en que los asesinos, o el P谩jaro, ten铆a un c贸mplice en el motel, y pidi贸 al fiscal que solicitara el vaciado del tel茅fono celular del sospechoso para saber qui茅n lo llam贸 entre las ocho de esa noche y las nueve y veinte, y de qu茅 celular. Era sencillo descubrir al c贸mplice, si es que exist铆a.
EQUIPOS. Walter form贸 tres equipos que llenaron la salida a Danl铆 con 贸rdenes de captura para el P谩jaro y cuatro sospechosos m谩s. El trabajo de inteligencia se hizo m谩s r谩pido de lo que imaginaban y el fiscal convenci贸 al juez de que los asesinos estaban identificados.
El P谩jaro es un hombre de apariencia sencilla, delgado, alto y de pocas palabras. La tarde del veintisiete, diez d铆as despu茅s del crimen, ven铆a bajando a la aldea Villanueva en su bicicleta. El primer equipo de la DNIC estaba esper谩ndolo en la gasolinera. De repente, las puertas del doble cabina se abrieron, los detectives cayeron sobre el P谩jaro, sin darle tiempo a reaccionar, y lo lanzaron a la paila, con las manos esposadas hacia atr谩s. En ese momento, Walter dio una se帽al a los otros dos equipos. Un minuto despu茅s, los cuatro amigos del P谩jaro estaban detenidos.
En el cateo, los detectives encontraron el cuchillo del guardia, una sudadera y una gorra que los empleados reconocieron como de uno de los asaltantes, y la confesi贸n no se hizo esperar. Los cinco guardan prisi贸n en la Penitenciar铆a de Varones de T谩mara, a la espera de juicio. Se cree que podr铆an ser condenados a treinta a帽os de c谩rcel, por doble asesinato. Cinco d铆as fueron suficientes para resolver el caso. Nadie le ha agradecido a Walter por lo que hizo, aunque no est谩 en la DNIC para que le agradezcan por hacer su trabajo. Es su deber y nada m谩s. Pero una palmadita en el hombro no estar铆a de m谩s.
