El detective de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) se sentó despacio, pálido, con los ojos lejanos y la ansiedad pintada en el rostro. Esperó un momento antes de empezar a hablar, y dijo, casi en un murmullo: "Mire, Carmilla, lo que le voy a contar es uno de los casos más horribles que he visto en toda mi carrera, no solo por lo grotesco, sino también por los motivos del crimen, y por lo que me ha afectado todo este tiempo, por la decisión que tuve que tomar y por el peso que eso cargó en mi conciencia. No es que sea un santo pero creo que no tenía derecho a hacer lo que hice; mi trabajo es poner al criminal a la orden de la Fiscalía y mis sentimientos u opiniones personales deben quedar a un lado. Pero lo hice, dejé escapar al asesino y eso me hace sentirme mal, a veces, aunque el secreto solo lo sabemos dos personas. En la DNIC las cosas están cambiando, en Homicidios pusieron a César Ruiz que, aunque es un buen detective, honrado y capaz, es duro y no tolera ciertas faltas, y no quiero que eso me traiga resultados…, usted me entiende. Pero no podía hacer otra cosa; creo que fue un acto de justicia, de desesperación, de castigo divino, tal vez, y dejé que se fuera… No sé si fue un momento de debilidad de mi parte; quizás me haya convertido en cómplice de ese crimen, y no me he arrepentido, pero que me juzgue Dios. Y la condición para contárselo es que no diga mi nombre ni donde estoy asignado ni las fechas ni el lugar del crimen… Solo cuente la historia. El expediente va a servirle por los datos que quiera confirmar… ¿Está de acuerdo?"
EL CASO. La llamada llegó temprano en la mañana. El juez auxiliar llamaba desde su celular para decir que habían encontrado a un hombre muerto, a unos metros de la quebrada de la aldea, por el camino que llevaba al pueblo. Dijo que estaba lleno de hormigas y moscas y que los perros y los zopilotes habían empezado a comérselo, aunque parecía que lo habían matado hacía poco, por la gran cantidad de sangre que había alrededor. Los detectives tardaron un poco en salir.
Llegar a la aldea fue toda una aventura. El camino de herradura, las montañas, el polvo y el calor fueron una tortura. Llegaron a eso de las tres de la tarde. La escena estaba rodeada de curiosos, venidos de las aldeas vecinas.
El muerto se llamaba Roger, tenía cincuenta y siete años, era un campesino que había vivido siempre en la aldea, se le conocía por trabajador, violento, de pocas palabras y con pocos amigos. Casado desde hacía quince años con una mujer veinte años menor, con la que tenía dos hijos, de doce y diez años y cultivaba su propia tierra. Ahora estaba muerto, asesinado de la forma más grotesca; su cuerpo desnudo y rígido, estaba tirado boca abajo, sobre un charco de sangre seca, con las manos amarradas a la espalda y los pies atados con un mecate grueso. Lo mataron a puñaladas. El detective contó treinta siete heridas casi iguales en la espalda y el torso, varios rasguños en el pecho, hechos con la punta del cuchillo, y muchas heridas profundas en el rostro, que dejaban ver los huesos sanguinolentos. Tenía heridas en el abdomen, dos de ellas profundas y seguramente mortales, como las de la espalda, una herida en el cuello y varias cortadas en los genitales y en la parte delantera de los muslos. En total eran sesenta y ocho heridas.
EL DETECTIVE. La escena era grotesca en sí misma. Alguien debía odiar demasiado a Roger para matarlo de aquella forma. ¿Quién podría ser? ¿Un marido celoso? Era una posibilidad puesto que lo encontraron desnudo y desnudo lo habían matado. Además, el lugar del crimen no era la escena donde dejaron su cadáver. Alrededor no había ropa ni señales de violencia y la sangre que se había secado alrededor de su cuerpo, aunque era mucha, no era toda la que había brotado de las heridas, al menos era lo que al detective le parecía; además, si había tanta sangre en la escena era posible que Roger estuviera con vida todavía cuando lo dejaron ahí, a la orilla del camino que llevaba al pueblo y cerca de la quebrada cubierta de árboles. ¿Dónde lo habían matado? En alguna casa, probablemente. Pero, ¿en cuál? La aldea era pequeña, las casas estaban lejos unas de otras, no había luz eléctrica y la gente se encerraba temprano; nadie escuchó gritos y nadie imaginaba quien pudo quitarle la vida.
LA ESPOSA. Era una mujer sencilla, delgada, de piel marchita, pelo largo y sin color, pómulos salidos, ya casi sin dientes y de ojos grandes, saltones y asustadizos. Estaba sentada en una silla de madera, sobándole la cabeza a un niño de unos diez años, desnutrido, lloroso y asustadizo también, que se aferró a la cintura de su madre cuando vio que llegaban extraños a su casa. La casa era un cajón de cuatro paredes de bajareque y techo de tejas antiguas, silenciosa y solitaria, con la cocina, el dormitorio y la sala en un mismo lugar, con el piso de tierra y un largo corredor de techo bajo al frente. El detective se presentó en voz baja, como si el silencio que rodeaba a la mujer fuera a romperse con sus palabras; ella levantó la cabeza, miró con profunda tristeza al detective y devolvió el saludo casi inaudiblemente. El hombre se estremeció. ¿Qué había en aquella escena que le causaba una sensación de horrible tristeza? ¿Era la pobreza una maldición? ¿Por qué reducía a las personas a aquel estado lamentable? Cuando Jesucristo dijo que siempre tendríamos pobres entre nosotros, ¿se refería a la miseria y a la piltrafa humana en que se convertían millones de seres? ¿Era ese el plan de Dios? Entonces sintió lástima y su fe se quebró en mil pedazos. ¿Cómo era posible que en un país tan rico la gente sufriera tanto? ¿Cómo era posible que si Dios amaba tanto a los pobres, estos vivieran de aquella manera? ¿Eran los pobres solo un eslogan para los políticos desvergonzados? Estaba conmovido y abrió la boca con miedo, como si se estuviera dirigiendo a una persona irreal, a un fantasma, a un no muerto.
"¿Sabe lo que le pasó a su marido, señora?", le preguntó el detective. La mujer contestó de inmediato moviendo la cabeza hacia adelante, sin quitar sus ojos vacíos y vidriosos del rostro pálido del policía. "¿Sabe usted quien pudo haberlo matado?" La pregunta flotó en el aire pesadamente. La mujer agachó la cabeza y las lágrimas mojaron el brazo que rodeaba a su hijo. "¿Sabe si su esposo tenía enemigos?" Esta vez la mujer abrió la boca. "No, señor; no tenía enemigos, y no sé quien lo mató". El detective dejó que pasara un rato de silencio. "¿Puedo ver adentro de su casa, señora?" Ella volvió a mover la cabeza hacia adelante. En ese momento se levantó de una cama de pitas, forrada con un petate, una niña de unos doce años, desgreñada, vestida con un harapo antiguo como las tejas, delgada, no muy alta y descalza. El detective entró mientras ella salía al corredor.
Hipótesis. Adentro era frío, el fogón estaba apagado, los leños estaban a medio consumir y tenía bastantes cenizas. En el aire flotaba un olor extraño que el detective creyó reconocer, aunque no estaba seguro. Se acercó a las camas. Una, dos, tres, exactamente iguales. Por colchón tenían un petate, encima de este, una cobija de colores, y en una esquina, varios bultos que parecían almohadas. Una cama era la de la niña, la segunda la del varón que adormecía la madre en el corredor, y la tercera, ubicada cerca de la ventana, era la del matrimonio, de espaldar alto, de madera, con huecos a los lados para poner las candelas, una mesita sin gavetas a un lado, donde descansaba una imagen de la Virgen de Suyapa, adornada con flores marchitas y con un rosario de plástico al centro. En una pared colgaban varias calabazas, dos machetes en sus fundas, un cuadro con la foto de la boda de la pareja a blanco y negro y un Corazón de Jesús al lado. En lo que debía ser la sala estaban dos sillas de madera y tres taburetes, una mesa en una esquina y más allá, el chinero, un cajón de madera sin puertas donde la señora guardaba ollas y platos. A un lado, estaba una enorme tinaja de barro en la que guardaban el agua para beber. El detective volvió a pensar en que la pobreza era la peor de las maldiciones que podía padecer una sociedad. Pero él nada podía hacer. Volvió a las camas. El olor extraño que aún no reconocía era aquí más intenso. Era algo penetrante, herrumbroso, medio podrido y salado. Levantó la primera cobija, levantó el petate y vio las pitas, tensas y sucias. Un perro tan flaco como sus dueños lo miró con ojos enrojecidos y asustados. Levantó la segunda cobija. En la tercera cama no había petate, solo la cobija cubría las pitas que olían profundamente a aquel aroma que ahora se le hacía asqueroso. Quitó la cobija y miró las pitas con detenimiento, se agachó para oler mejor y vio que algunas estaban más limpias que otras, como si las hubieran cambiado recientemente o las hubieran lavado hacía poco. Entonces se puso de rodillas y miró debajo de la cama. La tierra estaba húmeda todavía, alguien había pasado un trapo por ella y se veían las líneas delgadas en los círculos que se superponían unos sobre otros. El detective tardó unos segundos antes de levantarse. Mil ideas se agolpaban en su cabeza y una hipótesis iba formándose en ella poco a poco. Cuando se levantó, ya tenía una idea más clara del caso. Fue a la cocina. Revisó el cuchillo más grande, un cuchillo de cocina viejo, delgado y largo, ancho hacia la cacha, y lo miró detalladamente. La cacha era de madera, se había separado un poco al aflojarse los remaches y el detective metió allí la punta de una navaja que siempre llevaba en la cintura. Lo que sacó parecía sangre coagulada. Era una muestra pequeña, pequeñísima a decir verdad, pero había visto tanta a lo largo de su carrera que no podía equivocarse. ¿Sería posible?
LA MUJER. "¿Podemos hablar un momento, señora?" –le dijo el detective a la mujer, siempre con voz suave y delicada. Ella levantó los ojos, algo brillaba en ellos y la mueca de una sonrisa apareció en sus labios resecos y quebradizos. Movió despacio al niño y se levantó. En realidad era más alta de lo que había calculado el detective pero debajo de aquel vestido enorme había más huesos que carne. Cruzó la puerta con la misma facilidad que hubiera cruzado las paredes y se sentó en una de las sillas de madera; el detective se sentó cerca de ella.
Pasaron unos segundos antes de que el policía empezara a hablar. "No sé lo que pasó aquí anoche, señora –le dijo, con voz que inspiraba confianza– pero creo que usted sí lo sabe. También creo que sí sabe quién mató a su marido y por qué". La mujer no se movió. Se limitó a mirar al policía. "Yo sé que aquí no entraba ningún hombre, nadie que no fuera de confianza de su marido. No veo que las puertas hayan sido forzadas, o que alguien haya entrado a la fuerza a la casa; dicen varios testigos que vieron cuando su marido venía para la casa a eso de las cuatro de la tarde de ayer, y según dicen, desde que entraba a la casa, no salía, hasta la mañana siguiente. ¿Es cierto eso?" La mujer sonrió otra vez. El detective siguió. "Este cuchillo tiene sangre en la cacha; bien puede ser sangre de pollo, de gallina o de algún pedazo de carne que usted haya cocinado, pero también puede ser la sangre de su esposo. Las heridas que tiene el cadáver bien pudieron ser hechas con este cuchillo, por la forma y otros detalles que después le voy a explicar. Dos de las camas tienen petate, las de los niños, pero la suya no. Veo que alguien lavó el suelo debajo de su cama y que también lavó las pitas; veo que hay cenizas en el fogón, muchas cenizas, y creo que no todas son de madera. Más bien, creo que son del petate y de ropa, tal vez la de su marido. ¿Puede enseñarme sus manos?" La mujer extendió las manos cadavéricas hacia él. El detective contó tres heridas recientes, luego la miró. "¿Va a decirme por qué lo mató?" La mujer sonrió una vez más.
LA Razón. "¿Qué hubiera hecho usted, señor? Era un hombre malo. Me casé enamorada, tonta, y le tuve dos hijos. Me golpeaba por cualquier cosa y no me dejaba salir de la casa. Ni siquiera fui al entierro de mi madre porque él dijo que me iban a ver otros hombres. Y todo lo aguanté. Hasta soporté que violara a mi hija, su propia hija, cuando la niña cumplió seis años. Hoy tiene doce y la tenía como su mujer. Yo no dije nada nunca porque me iba a matar. Pero hace dos noches quiso violar al niño, y eso ya era demasiado. Estaba desnudo y tenía dominado al niño. Yo le pegué con un leño en la cabeza y se desmayó, lo subía a la cama como pude y lo amarré; estaba furiosa, él se despertó, porque era muy fuerte, y me dijo que me iba a matar, que nos iba a matar a todos, Yo tuve miedo. Fui a la cocina, agarre ese cuchillo que tiene en su mano y lo ataqué. No sé cuántas veces lo herí ni recuerdo bien lo que hice. Lo maté y no me arrepiento. Debí haberlo hecho hace mucho. Después lo cargué yo sola y lo llevé hasta la quebrada. Usted ve que está bien largo de la casa. Pero nadie me vio. Solo los perros iban conmigo. Y allí lo dejé. Yo lo quise en otro tiempo. Me puse loquita por él, pero miré lo que le hizo a mis hijos".
La mujer guardó silencio, era un silencio sepulcral. El detective no sabía qué decir. Se levantó despacio y sintió en sus ojos los ojos llorosos de la mujer. Ella le preguntó, poniéndose de pie también: "¿Qué va a hacer conmigo? ¿Me va a llevar presa?"
El detective no contestó. Le entregó el cuchillo, salió de la casa y le dijo a sus compañeros que nada tenían qué hacer allí. Medicina Forense había levantado el cuerpo y los curiosos se habían ido a sus casas. A lo lejos, detrás de una nube de polvo que se levantaba de los cerros desérticos, se ocultaba el sol, un sol rojizo, cubierto de nubes sanguinolentas, pero sin olor, aquel olor que quedaba en la casa de bajareque, cerca de la imagen de la Virgen de Suyapa. Dice el detective que no sabe qué pasó con la mujer ni sabe si reclamaron el cadáver de Roger. Lo más seguro es que no. Hace tres años que lleva esta historia escondida y ahora tuvo oportunidad de contarla. Pero seguirá siendo su secreto.
