La fuerza de una tradición

Sin duda alguna, si hay una época en la que esta bella localidad brilla con luz propia es durante la celebración de la Semana Santa.
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España

21.03.2009 - Agencia - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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“Era la misma procesión de antaño. El anciano cree ver la que vio de niño, y el niño, aún sin darse de ello cuenta, espera ver la misma cuando llegue a anciano, si llega... Y no ha pasado más; ni monarquía, ni dictadura, ni revuelta, ni república. Pasan los pasos. Y los llevan los mozos.”... Miguel de Unamuno.

Viajar a España puede ser una buena ocasión para que cualquier persona pueda visitar la vieja ciudad de Medina de Rioseco en el corazón del viejo reino de Castilla. Una localidad que fue cuna de los Almirantes de Castilla, a la que el rey Felipe IV le otorgó el título de ciudad, que albergó ferias y mercados donde mercaderes, cambistas y banqueros de toda Europa se dedicaban a la compra-venta de encajes, textiles, tapices, brocados, platería, joyería, muebles, aceites, pescados y ganado en un ir y venir del dinero, la banca y los tratos, un lugar donde la devoción levantó iglesias como catedrales en medio de calles con soportales y hasta donde llegaron las aguas de ese río artificial llamado Canal de Castilla que hoy recorre para el turismo el barco Antonio de Ulloa.

Sin duda alguna, si hay una época en la que esta bella localidad brilla con luz propia es durante la celebración de la Semana Santa.
ORGULLO ESPAÑOL. Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, es una de las que más y mejor conservan el espíritu tradicional de la celebración de la Pasión de Cristo, y sin duda es la que mejor expresa la manera castellana de sentirla.
Centenarias cofradías que mantienen desde el siglo XVI una profunda devoción a los pasos procesionales que cada año portan a hombros por las calles riosecanas. Esculturas de madera que a golpe de gubia tallaron grandes maestros de la imaginería castellana como Gregorio Fernández, Juan de Juni, Tomás de Sierra o Mateo Enríquez.

Describir las procesiones riosecanas es relatar la emoción de cientos momentos e instantes que quedan grabadas en la retina del espectador que uno de esos días se acerque hasta la vieja Ciudad de los Almirantes. La lentitud de los pasos saliendo de las puertas de las iglesias, el padre que se emociona al ver a su hijo esforzase bajo “el tablero”, la débil llama de los faroles que en hilera alumbran las imágenes de la Pasión, el baile de los pasos en la calle mayor, la sombra de un Nazareno reflejada en la colosal portada de la iglesia de Santa Cruz, la rodillada de los pasos frente a la Virgen de la Cruz en la antigua puerta gótica de la muralla conocida como Arco Ajújar.

LOS DÍAS MAYORES. En la procesión del Jueves Santo participan los pasos La Oración del Huerto, La Flagelación, Jesús atado a la Columna, Ecce-Homo, Jesús Nazareno de Santiago, La Santa Verónica, Jesús Nazareno de Santa Cruz, La Desnudez, Santo Cristo de la Pasión y La Dolorosa. Mención aparte merece el Viernes Santo con uno de los momentos más importante de la Semana Santa riosecana con la salida de los llamados pasos grandes. Dos colosales grupos escultóricos que representan los momentos de la Pasión de la Crucifixión y de El Descendimiento, popularmente conocidos como “El Longinos” y de “La Escalera”, y que a duras penas y con el esfuerzo y la pericia de los cofrades logran cada año traspasar el dintel de la puerta de la capilla en la que cada año esperan este instante mágico.

Además, ese día procesionan El Cristo de la Paz, el Cristo de los Afligidos, La Piedad, El Santo Sepulcro y la Soledad.

Estas procesiones se corresponden en su origen con las que tuvieron las cofradías históricas del siglo XVI de la Vera Cruz, La Pasión y la Quinta Angustia que en el siglo XIX por un proceso de transformaciones derivaron en las cofradías actuales, en su origen algunas relacionadas con hermandades gremiales.

Unos días en los que las tradiciones más enraizadas se unen a una profunda devoción. Una visita en la que tampoco podrá falta el poder degustar sabrosas viandas como el asado de lechazo o los pichones como emblemas de una tierra que una y otras vez invita a volver, porque siempre se vuelve a aquellos lugares que te tocan el corazón.

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El Cristo de la Paz desfilando en la centenaria calle Mayornonsenis. Desde los balcones, las personas intentan tocar las cruces de los pasos.
El Cristo de la Paz desfilando en la centenaria calle Mayornonsenis. Desde los balcones, las personas intentan tocar las cruces de los pasos.

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