Era casi la medianoche, hacía frío y los escasos faroles que aún funcionaban en los postes no disipaban por completo la oscuridad, dándole a las cosas formas fantasmagóricas. Daniel temblaba en medio de una angustia que le oprimía el corazón, le ardían los ojos de tanto ver entre las sombras y en su cabeza daban vueltas mil pensamientos; esperaba desde las siete de la noche y, poco a poco, la estación de buses de la colonia Villa Nueva se fue vaciando, las voces se apagaron y, de vez en cuando, se detenía un taxi del que bajaba alguien sin prisa aparente, pero no era ella y él volvía a su angustiosa espera.
Ruth no era una mujer libertina, todo lo contrario; era una mujer de su casa, trabajadora, respetuosa de su marido y excelente madre. Acababa de cumplir treinta años y estaba segura de que antes de llegar a los cuarenta habría hecho fortuna, por eso trabajaba tanto y se sentía orgullosa de hacerlo, de apoyar a su esposo y de luchar sin descanso por sacar adelante a su familia. Pero ese sábado era demasiado tarde ya, y no había regresado a su casa, algo extraño porque jamás se tardaba tanto y Daniel no deseaba creer que algo malo le hubiera pasado. Tenía once años de vivir con ella y la amaba más cada día; estaba seguro de que no soportaría una tragedia. Ruth era todo para él.
A las doce y treinta se dio por vencido. Hizo la última llamada al celular de su esposa y, como las mil anteriores, no recibió respuesta. Los niños estaban solos en la casa, no querían dormirse hasta que llegara su madre y Daniel también se preocupaba por ellos. Dejó su puesto en la estación de taxis y regresó a la casa, rogando a Dios que nada malo le hubiera pasado a la mujer que tanto amaba.
DON LUIS. La camioneta Runner se estaba convirtiendo en un dolor de cabeza para don Luis, a pesar de que estaba de buen humor; la batería estaba descargada y, mientras esperaba a que su hijo le ayudara a encender el carro, se comió varios panes con frijoles que uno de sus empleados le acababa de llevar a la gasolinera. Hacía poco les había pagado el sueldo a sus empleados y, siempre que lo hacía se sentía satisfecho porque comulgaba con aquella máxima que dice que todo obrero es digno de su salario. Cuando su hijo le cambió la batería se sintió mejor y se despidió de él. No volvería a verlo jamás.
Don Luis era un hombre bueno y muy trabajador. Colombiano de nacimiento y hondureño de corazón, tenía una imprenta en el barrio El Guanacaste y había hecho algunas inversiones muy rentables en otros negocios; buen marido, buen padre y buen patrón, aunque con algunos defectos que hacían de su vida algo digno de ser vivida. Una filosofía práctica que, tarde o temprano, habría de tener consecuencias funestas.
LOS HIJOS. Don Luis jamás llegaba tarde a su casa. Si decía que estaría allí a las seis, era a las seis, ni un minuto más, por eso a su familia le extrañó que se tardara tanto en llegar a cenar. Eran las nueve de la noche del sábado 11 de noviembre de 2000 y la angustia empezaba a poner ideas terribles en la mente de sus hijos y de su esposa. No contestaba el celular, no estaba detenido en Tránsito, no estaba en los reportes de los accidentes de la noche y no había sido detenido por la Policía, tampoco los bomberos tenían su nombre en sus listas y no estaba en los hospitales ni en la morgue. Parecía que se lo había tragado la tierra. Y su familia empezaba a pensar en lo peor porque sus costumbres no cambiaban nunca y su ausencia era sumamente rara.
DANIEL. Era demasiado temprano para que los niños desayunaran, pero él estaba desesperado, no había dormido en toda la noche y quería que los niños comieran para salir a buscar a su esposa. Ahora sabía que algo malo le había pasado y él tenía que encontrarla. La amaba tanto que prefería que se acabara el mundo a que ella tuviera un tan solo sufrimiento. Por eso se acabó el mundo para él cuando supo que la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), acababa de descubrir el cadáver de su esposa en la cama del cuarto 25 del motel Montefresco, en la carretera a Valle de Ángeles. Era la peor tragedia que soportaría en su vida.
ELLA. Era una mujer hermosa y, aun muerta, se veía tan bonita como siempre. Era blanca y, para muchos fetichistas, la mujer blanca es la reina de las mujeres, su cuerpo tenía las formas elegantes que provocaban tantas miradas e inspiraban tantos piropos, y desnuda se veía mucho más bella.
Estaba en la mitad de la cama, acostada de lado, con el brazo derecho cubriéndole el rostro y completamente desnuda. Parecía dormir uno de esos sueños profundos que no pueden perturbarse con nada. Así la encontró el guardia del motel, el domingo 12 de noviembre de 2000, poco antes de las diez de la mañana. En la puerta del baño, tendido boca arriba, completamente desnudo y con la mitad del cuerpo en el baño, estaba don Luis, helado y rígido, con una masa espumosa entre los labios apretados y estirados en una mueca que parecía una sonrisa. Cerca de su cabeza había un charco viscoso de color rojizo, probablemente parte del último vómito antes de caer desmayado hacia atrás, tenía la piel teñida con un extraño color rojo cereza y no se veían señales de violencia en el cuerpo. Según en forense, tenían entre 14 y 20 horas de haber muerto.
Cuando giraron el cuerpo de Ruth, también le encontraron espuma en la boca, en el cubre colchón había restos de vómitos sanguinolentos y su piel, ahora pálida, tenía el mismo color rojo cereza de don Luis, y tampoco ella tenía señales de violencia en el cuerpo. La habitación olía a cerveza, a semen seco, a desinfectante de baños y a almendras amargas. Aquellas muertes empezaban a ser un misterio para los detectives y empezaron a levantar evidencias.
EL MOTEL. La pareja entró al cuarto número 25 a las tres y media de la tarde del sábado. Nada anormal sucedía en el cuarto y el silencio le decía al guardia que todo estaba bien. A eso de las diez de la noche, la encargada del motel llamó por teléfono a la habitación para avisarles que se les había acabado el tiempo y debían desocupar, pero nadie le contestó. Informó a la dueña y creyeron que la pareja estaba dormida. A las nueve de la mañana del domingo, la cortina del garaje seguía cerrada y la empleada informó que nadie había salido del cuarto en toda la noche. Intrigada, la dueña le ordenó al guardia que averiguara qué estaba pasando.
Por desgracia, la cortina del garaje se abría solamente desde adentro y la única forma de entrar a la habitación era por la ventanita por donde se cobra el alquiler al cliente. Esta ventana no tiene llave pero la intimidad de la habitación está guardada por una puerta que la aísla del corredorcito. El guardia entró por la ventana, desenllavó la puerta y llegó a la habitación. Él fue el primero en ver los cuerpos. Cuando llegó la DNIC, todavía estaba nervioso, porque creyó que estaban dormidos.
LOS DETECTIVES. César Ruiz y César Rosales sellaron la escena del crimen y empezaron a hacer su trabajo. Dado que los cadáveres no tenían señales de violencia, imaginaron que la pareja se había intoxicado, a juzgar por la cantidad de secreciones que había en el piso y sobre la cama, por el color rojizo que tenían en la piel y por la espuma que se les había secado en la boca. Uno de ellos sugirió que la intoxicación pudo ser producida por monóxido de carbono, por el color rojo cereza de la piel, pero pronto comprobaron que lo que podía producir aquel gas asesino estaba apagado. La camioneta estaba con el motor helado, el tanque estaba lleno de gasolina y las llaves estaban sobre una de las mesitas de noche de la cama; el calentador de agua del motel estaba retirado de la habitación y funcionaba perfectamente, los grifos del agua estaban cerrados y el aparato de aire acondicionado no estaba funcionando. Pronto descartaron esa teoría y acordaron esperar los resultados de la autopsia para afianzar una hipótesis lógica.
LA INVESTIGACIÓN. Los detectives sabían que la pareja llegó al motel la tarde anterior. Habían tomado vino Riunite, el favorito de la mujer, lo acompañaron con cervezas y papas fritas y fumaron algunos cigarrillos. Después de cierto tiempo pidieron dos sopas instantáneas y comieron, seguramente dispuestos a amarse otra vez. Después de que les llevaron las sopas, nadie volvió a saber de ellos hasta que el guardia los encontró sin vida, al día siguiente.
Los detectives sabían que estaban ante un crimen; descartaron el suicidio porque no se encontró ninguna sustancia letal en la habitación y sabían que don Luis amaba la vida y que la mujer soñaba con un futuro lleno de prosperidad y alegrías. Sin embargo, ¿quién tenía interés en ver muertos a los dos amantes? ¿Cómo pudieron matarlos en la intimidad y en la seguridad de aquella habitación del motel y con qué? Era un misterio que la DNIC tenía que resolver.
LA AUTOPSIA. En esta época, con los adelantos de la ciencia, se cree que la efectividad de una prueba en laboratorio es casi infalible, sin embargo, en este caso no fue así. Los detectives enviaron para su análisis restos del vómito, lo que había sobrado de las sopas instantáneas, latas y botellas de cerveza, los cigarrillos y lo que quedaba todavía en las botellas de vino. No se encontró nada que les dijera a los detectives la causa de muerte y en el informe, el médico autopsiante se limitó a escribir “muerte indeterminada” y “probable intoxicación”. Incluso los resultados del Laboratorio Criminalístico de San Salvador, El Salvador, donde se enviaron muestras para su estudio, dieron los mismos resultados. Los detectives estaban en un callejón sin salida y dieron un giro diferente a la investigación.
INTOXICADOS. Para los agentes estaba claro que la pareja murió intoxicada, envenenada, mejor dicho; descartado el monóxido de carbono, solo quedaba una forma de muerte que presentara las señales que encontraron en los cuerpos: el cianuro. Sabían que el cianuro es uno de los venenos más rápidos y letales que existe y que ataca de inmediato el sistema nervioso central, dejando a la víctima prácticamente indefensa y ante una muerte segura. Provoca dificultad respiratoria, coma, gran dilatación de las pupilas, taquicardia, vómitos, convulsiones y muerte en menos de diez minutos, le da a la piel un color rojo cereza, y el mismo color adquieren algunos órganos y vísceras, retrae los labios en una especie de sonrisa triste y los cubre de espuma blanquecina y deja un penetrante olor a almendras amargas. Todas estas características estaban presentes en los cadáveres y los agentes llegaron a la conclusión de que fueron envenenados con cianuro. Ahora debían saber quién era el asesino y empezaron a descartar sospechosos.
LA ESPOSA. La señora dijo que tenía muchos años de casada con don Luis, que sabía que su esposo tenía una aventura con otra mujer y que él le prometió dejarla. Sabía que a él le gustaba tomar, aunque era un mal borracho porque con poco se rendía; a pesar de esos problemas, era muy prudente y, si tenían que discutir, lo hacían en el cuarto, lejos de los hijos.
Daniel dijo que esperó a su esposa hasta la media noche del sábado, que se fue a trabajar temprano y que no supo nada de ella hasta que le avisaron que estaba muerta en un motel, con un hombre, al que él conocía de pasada. No podía agregar nada más. El caso se estancó, los detectives se resistían a archivarlo e hicieron un último esfuerzo. No podían acusar a nadie, aunque en un crimen de este tipo son muchos los sospechosos, sin embargo, no se darían por vencidos. Tenían una hipótesis y debían comprobarla.
EL MISTERIO. Don Luis no tenía enemigos, había cambiado de carro y, aunque era cliente del motel, nadie pudo reconocer el vehículo. ¿Cómo saber que era él quien estaba en la habitación? ¿Lo siguió alguien y lo vio entrar al motel? ¿Tenía este alguien suficientes motivos para desear su muerte? ¿Sabía que los sábados don Luis se encerraba en aquel lugar con su amiga? ¿Tenía este alguien alguna forma de poner el veneno en las sopas, en el vino o en las cervezas? ¿Cómo lo hizo y en qué momento? Estaba claro de que fueron envenenados. Las latas y las botellas de cerveza estaban vacías, ya se habían tomado dos botellas de vino y la mitad de la tercera, entonces el veneno no pudo estar en ninguno de los licores, por la alta toxicidad del cianuro, ¿dónde buscar entonces? En las sopas. Era la última opción. Pero en los dos laboratorios se dijo que la muestra era insuficiente para identificar algún agente tóxico y, aunque en la autopsia se confirmó que las vísceras tenían el color rojo cereza que produce la ingestión del veneno, se corroboró el mismo color en la piel y en el cerebro y se llegó a la conclusión oral de que los signos eran típicos de envenenamiento por cianuro, la causa de muerte siguió siendo indeterminada y solo se señaló una posible intoxicación, pero ¿con qué? El misterio sigue sin resolverse, casi nueve años después, y para el H-3, a cargo del caso, se trata de un asesinato, un crimen que se resolverá muy pronto porque se tienen evidencias que apuntan hacia varios sospechosos. Por ejemplo, se sabe que alguien que se mencionó entre los sospechosos del crimen compró cianuro en una tienda donde se venden productos químicos, la mañana del sábado.
A partir de este descubrimiento, el H-3 cree que está tras una buena pista y que muy pronto la DNIC podrá aclarar el misterio del motel Montefresco. ¿Usted tiene alguna conclusión? ¿Podría usted señalar a algún sospechoso? ¿Cree usted en la teoría del envenenamiento con cianuro? ¿Quién llevó el cianuro hasta el motel? ¿Quién puso el veneno en las sopas, si es que el cianuro iba en las sopas, como creen los detectives? ¿Quiénes están confabulados en este crimen? ¿Le gustaría colaborar con el H-3 en la solución de este caso?
