uando España entró en recesión, la gente se las ingenió para sobrellevar la crisis. En los últimos meses ha aumentado la venta de cabello.
Justino Delgado, la única empresa española que se dedica a la compra y venta de pelo natural al por mayor, ha visto cómo aumenta la cola de vendedores a sus puertas.
Son más ahora los dispuestos a vender su cabello.
"Compramos cabellos que tengan como mÃnimo 40 centÃmetros de largo. Los cortos no nos valen. Ya tenemos muchos. Tiene que ser cabello virgen, que no esté teñido y que no haya sido decolorado. Además, la persona tiene que traer el cabello cortado; aquà no lo cortamos", explica una empleada.
SALVADOS POR EL CABELLO."No me importarÃa vender un poco de cabello", señala la madrileña LucÃa Heras, de cabellera frondosa. "Aunque me da un poco de repelús, pero, mira, la crisis nos está espabilando a todos y mientras paguen pues hay que tenerlo en cuenta", agrega. Su novio, de entradas pronunciadas, sonrÃe. "Está claro que tengo que buscarme la vida de otra manera". Dependiendo de la calidad del cabello y de su peso, varÃa la tarifa. Por un kilo de pelo se puede pagar entre 200 y 500 dólares. "El cabello pasa por un proceso para darle más vitalidad y luego se vende para hacer pelucas, postizos, extensiones", agrega la empleada. Justino Delgado comenzó hace cincuenta años comprando las largas coletas de las mujeres de los pueblos de España. HabÃa acabado la Guerra Civil y comenzaba una de las crisis más profundas del paÃs. "Ahora exportamos cabello a todo el mundo", comenta la empleada. Ya no tienen que ir a los rincones de España en busca de cabello. Con la actual crisis lo tienen en la puerta. Hasta hace unos años, el promedio de personas interesadas en vender su cabello era de una al mes; de hecho la mayorÃa del cabello lo consiguen en el extranjero. No obstante, en las últimas semanas los españoles tocan a las puertas a un promedio de cinco a la semana.
SIN PELOS."Una amiga me dijo, ‘¿Por qué no te vas a América? Tú eres un hombre con suerte’. ¿A América?, ¿dónde está eso? Cogà el avión y me fui a Nueva York", cuenta con la tranquilidad de a quien le han ido bien las cosas. "Llegué a la oficina de la Cámara de Comercio Española y le dije a la chica que me atendió: Vengo a vender pelo. ¿Pelo?, me respondió sorprendida. Aquà la gente viene a vender zapatos pero ¿pelo? Vendà en un dÃa lo que no habÃa vendido en España en dos años. Me quedé sin nada. Un cliente de pelucas de Filadelfia -tenÃa la fábrica en la calle la fresa (Strawberry Street)- querÃa comprarme todo, pero yo ya habÃa dado mi palabra a otros, asà que me dio 10,000 dólares y me dijo: ‘Para que usted compre pelo en España y me lo traiga’", cuenta.Sigue teniendo la misma cara de buena persona que entonces. "No me conocÃa de nada y me dio 10,000 dólares", recuerda todavÃa agradecido, mientras explica que sigue conservando muchos de los clientes que hizo en Estados Unidos en aquella época.Para 1973 España se quedó sin pelo. Y Justino salió a buscarlo a Alemania, Rusia, Siberia, China, Pakistán, India... Y en eso sigue. Trayendo y llevando pelo por todo el planeta. ¿Su secreto? Como el de la Coca-cola. Una máquina inventada por él, que le fabrica y arregla un amigo en el mismo almacén. "Aquà no se pueden hacer fotografÃas", dice al llegar al ‘corazón’ del almacén. A principios de los setenta la fibra sintética revolucionó el mercado de las pelucas. "Fue mi ruina", puntualiza Justino. TenÃa 14 millones de pesetas en pelo en el almacén que no valÃan nada. Y era todo lo que tenÃa. Juré no volver a comprar más pelo en mi vida", describe Justino.
SALVADOS POR EL CABELLO.
"No me importarÃa vender un poco de cabello", señala la madrileña LucÃa Heras, de cabellera frondosa. "Aunque me da un poco de repelús, pero, mira, la crisis nos está espabilando a todos y mientras paguen pues hay que tenerlo en cuenta", agrega.
Su novio, de entradas pronunciadas, sonrÃe. "Está claro que tengo que buscarme la vida de otra manera".
Dependiendo de la calidad del cabello y de su peso, varÃa la tarifa. Por un kilo de pelo se puede pagar entre 200 y 500 dólares. "El cabello pasa por un proceso para darle más vitalidad y luego se vende para hacer pelucas, postizos, extensiones", agrega la empleada.
Justino Delgado comenzó hace cincuenta años comprando las largas coletas de las mujeres de los pueblos de España. HabÃa acabado la Guerra Civil y comenzaba una de las crisis más profundas del paÃs.
"Ahora exportamos cabello a todo el mundo", comenta la empleada.
Ya no tienen que ir a los rincones de España en busca de cabello. Con la actual crisis lo tienen en la puerta.
SIN PELOS.
A principios de los setenta la fibra sintética revolucionó el mercado de las pelucas. "Fue mi ruina", puntualiza Justino. TenÃa 14 millones de pesetas en pelo en el almacén que no valÃan nada. Y era todo lo que tenÃa. Juré no volver a comprar más pelo en mi vida", describe Justino.
"Una amiga me dijo, ‘¿Por qué no te vas a América? Tú eres un hombre con suerte’. ¿A América?, ¿dónde está eso? Cogà el avión y me fui a Nueva York", cuenta con la tranquilidad de a quien le han ido bien las cosas. "Llegué a la oficina de la Cámara de Comercio Española y le dije a la chica que me atendió: Vengo a vender pelo. ¿Pelo?, me respondió sorprendida. Aquà la gente viene a vender zapatos pero ¿pelo? Vendà en un dÃa lo que no habÃa vendido en España en dos años. Me quedé sin nada.
Un cliente de pelucas de Filadelfia -tenÃa la fábrica en la calle la fresa (Strawberry Street)- querÃa comprarme todo, pero yo ya habÃa dado mi palabra a otros, asà que me dio 10,000 dólares y me dijo: ‘Para que usted compre pelo en España y me lo traiga’", cuenta.
Sigue teniendo la misma cara de buena persona que entonces. "No me conocÃa de nada y me dio 10,000 dólares", recuerda todavÃa agradecido, mientras explica que sigue conservando muchos de los clientes que hizo en Estados Unidos en aquella época.
Para 1973 España se quedó sin pelo. Y Justino salió a buscarlo a Alemania, Rusia, Siberia, China, Pakistán, India... Y en eso sigue. Trayendo y llevando pelo por todo el planeta. ¿Su secreto? Como el de la Coca-cola. Una máquina inventada por él, que le fabrica y arregla un amigo en el mismo almacén. "Aquà no se pueden hacer fotografÃas", dice al llegar al ‘corazón’ del almacén.
