Indígenas aimaras al ritmo del ballet

El ballet echa raíces entre jóvenes y niños nativos de El Alto, Bolivia.
ElHeraldo.hn

Bolivia

21.05.2010 - AP - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Desde la calle llega el bullicio de un mercado popular en día de feria, pero nada distrae a un grupo de jóvenes y niños de rasgos indígenas que danzan ballet clásico al compás de una música de piano que llega de un pequeño equipo de sonido.

Los bailarines se deslizan en puntillas con zapatillas gastadas por un frío piso de madera y parecen flotar en el éxtasis de la música.

En esta ciudad, vecina de La Paz, la más indígena y una de las más pobres del país, echó raíces entre jóvenes y niños de origen aimara una escuela de ballet clásico.

SIN FRONTERAS

Aunque la escuela ya lleva algunos años, los alumnos practican en improvisadas aulas al lado de oficinas en la alcaldía de El Alto bajo la dirección de Mónica Camacho, una talentosa bailarina boliviana formada en la escuela del teatro Bolshoi de Moscú.

En aulas contiguas, alumnos también de rasgos indígenas, practican el chelo y el violín. Pertenecen a la orquesta sinfónica.

Desde los nevados vecinos sopla un viento invernal y la respiración se entrecorta en esta ciudad situada en la meseta altiplánica a casi 4,000 metros de altitud, pero nada detiene el ímpetu de los alumnos que mojan el piso de madera con agua para no resbalar.

“El ballet clásico nació en los palacios para alegrar a los reyes, pero es un lenguaje universal que no tiene fronteras sociales ni culturales”, dice Camacho.

“Bailar es algo mágico, me hace sentir bien, me lleva a pensar en cosas que no suceden en la realidad”, afirma Sandra Achu, de 20 años, la alumna más antigua y maestra de los más pequeños. Su padre no sabe que baila ballet.

“Él quisiera que me dedique a cosas que la sociedad considera serias”, acota.

Richard Arancibia, de 22 años, comenzó en la danza folclórica, pasó al ballet clásico para perfeccionar la técnica y quedó atrapado. “Mi vida es la danza clásica, voy a morir bailando”, dice.

Camacho dirige otra academia de ballet en un barrio acomodado de La Paz. “Allá los alumnos son más mimados, hay que rogarles para las prácticas, acá no es que sean más trabajadores pero le ponen más empeño”, asegura.

ADAPTACIÓN ANDINA

La ciudad, de unos 800,000 habitantes en su mayoría migrantes de los pueblos rurales del altiplano, tiene muchas necesidades, pero las autoridades fomentan la cultura. La escuela de ballet tiene 300 alumnos que estudian gratis.

Los vecinos son fanáticos de los bailes folclóricos, pero la danza clásica aunque un poco rara, les gusta. “Al principio había cierta resistencia porque el torso desnudo, la ropa ajustada al cuerpo no es parte de la cultura aymara”, recuerda Camacho.

Los alteños han disfrutado las Sylphides, un ballet breve con música de Federico Chopin, de la Suite de Cascanueces de Piotr Tchaikovsky, entre otros. Recientemente la escuela ha puesto en escena con buena acogida “Los aristogatos”, una obra basada en dibujos animados de Disney que funde lo clásico y lo contemporáneo.

Pero tanto a los alumnos como al público les encanta la “suite andina”, una coreografía creada por Camacho que funde la danza clásica con el folklore andino y que los bailarines interpretan con máscaras y vestuario inspirados en su cultura.

Y es con un fragmento de esa suite que cierran su práctica. Una música de vientos interpretada por quenas y zampoñas sobrecoge el aliento, mientras los danzarines se deslizan por la pista imitando el paso de las llamas y sus pastores por los riscos andinos en un día de nevada.

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Estudiantes de ballet clásico se preparan para una sesión de práctica en el estudio de El Alto, Bolivia.
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