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Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos detalles a petición de las fuentes
EN LA DNIC. “Por qué está desnudo el cadáver?”
La voz del detective sonó hueca y pesada. “Vean bien las fotografías. En el pecho, abdomen, piernas y hombros tiene huellas de arañazos. ¿Qué nos indica esto?”
“Que es posible que le quitaran la ropa a la fuerza?”
“Correcto. ¿Y por qué no tenemos en el expediente detalles sobre la ropa o de pedazos de ropa encontrados en la escena?”
“Podría ser que el asesino cuidó muy bien ese detalle. Recogió la ropa y los pedazos desperdigados y se las llevó consigo”.
“Esto nos dice que la desnudaron a la fuerza y con extrema violencia. Los golpes en el rostro son una señal. ¿Por qué hizo esto el asesino?”
“Podría ser para demostrar su poder sobre ella”.
“Pero no la violó.”
“En el expediente se dice que no hubo violación y que tampoco hay señales de una relación sexual”.
“Entonces, ¿la mató vestida o desnuda?”
“Ese también es un detalle que olvidaron los investigadores en la escena. Creo que primero la golpeó, la desnudó y después la acuchilló. Si se fijan bien, en las fotografías ampliadas de las heridas no hay restos de tela, o al menos no aparecen ni ante la lupa, y en este tipo de heridas casi siempre quedan restos de hilo al traspasar el cuchillo la tela, y por muy pequeños que sean, siempre se encuentran y se identifican. Es posible que ya estuviera desnuda cuando empezó a herirla.”
Lógica. “¿Y los investigadores ni los de Inspecciones Oculares encontraron la ropa o restos de tela en la escena?”
“Al menos no lo mencionan en el expediente.”
“Entonces, ¿dónde está la ropa?”
“Ese es el misterio que resuelve otro misterio”.
“¿Cuál?”
“¿No lo han descubierto todavía?”
Los detectives no contestaron. Retuvieron la respiración mientras esperaban a que el coordinador del grupo continuara. Decir que esperaban con la boca abierta sería poco.
“¿Sabemos dónde está la ropa? No.
¿Por qué no está en la escena? ¿Estaba desnuda la mujer cuando fue atacada? ¿Estaba desnuda? No es posible. Estaba haciendo frío esa tarde, esperaba al marido, porque había comida preparada en la estufa, y caliente, y los arañazos y los golpes en el cuerpo nos dicen que la desnudaron con violencia. ¿Entonces?”
“¡El asesino se llevó la ropa!”
“¡Correcto!”
“¿Por qué?”
“Para despistar a la Policía”.
“Entonces, el misterio que resuelve la desaparición de la ropa es…”
Hubo un instante de silencio.
“La inocencia del marido”.
“¡Exactamente!”
“El asesino manipuló la escena. Recordemos que el marido dice que alguien lo golpeó en la cabeza cuando se agachó para ver lo que le pasaba a su esposa. Cuando se despertó no sabía nada. Entonces, ¿los aruñones?”
El coordinador sonrió.
“¿Ven estas fotografías ampliadas?”
Señaló con el dedo varias fotografías clavadas en un pizarrón de cartón comprimido. En varias de ellas se veían las uñas de las manos de la víctima. En otras, los surcos que habían en la piel del imputado.
“¿Qué notan?”
“Los aruñones que tiene el imputado parecen más anchos o más gruesos que las uñas de la mujer”.
“Buena observación. Me tomé la molestia de medirlos. Son dos milímetros y un poco más anchos. Lo que significa que no fue la mujer la que lo hirió con las uñas… Entonces ¿quién?”
“El más interesado: el asesino”.
“Correcto. El se llevó la ropa quizás para hacernos creer que el marido la encontró con un amante y por eso la mató. Lo que no midió fue la furia con que la atacó y que ella se defendería, y no reparó en que sus uñas dejarían marcas en el cuerpo. Ahora, fíjense bien en estas fotografías. Son aruñones en los muslos de la víctima. Los más anchos, estos dos, miden exactamente lo mismo que los aruñones de la mejilla del imputado”.
“Con lo que concluimos que el marido es inocente”.
“Exactamente”.
“¿Qué hacemos?”
“Primero, salvar de la cárcel a un inocente; segundo, darles una lección a los geniales investigadores de allá”.
“¿Tercero?”
“Encontrar al verdadero asesino?”
“¿Cómo?”
“Leyendo un poco más en la escena”.
Teoría. Había en el ambiente una especie de orgullo que casi podía palparse. Los detectives sonreían por dentro y se sentían satisfechos de retomar aquel caso y desenredar poco a poco la madeja. Los discípulos estaban a punto de darles una lección a sus antiguos maestros. Al menos es lo que decían entre bromas y expresiones ultranacionalistas.
“¿Qué tenemos nosotros?”
“¿Sobre la víctima?”
“Sí”.
“Bien. Glenda María estaba casada en Honduras. Diez años de matrimonio con un hombre doce años mayor que ella. Los entrevistados coinciden en que vivía bien, tenía un bonito hogar, solvente y tranquilo. Pero un día desapareció, dejó sus dos hijos en la casa de su mamá, mientras el marido estaba trabajando, y no se supo nada de ella en tres días. Al cuarto día, llamó diciendo que estaba lejos y que en cierto lugar había dejado una carta para su esposo…”
Hubo un momento de silencio. Todos estaban a la expectativa.
“¿Se sabe qué decía la carta?”
“El esposo la destruyó después de leerla. Pero dice que no la olvidará nunca. En la carta, su esposa le decía que la perdonara por lo que había hecho, que él era un hombre bueno, que no lo malquería pero que estaba enamorada de otro hombre y que se iba lejos con él, que trabajarían juntos, que no se preocupara por los niños y que rehiciera su vida porque ella no lo merecía. Eso, en resumen”.
“¿Qué hizo el esposo?”
“Bueno, es un hombre de cuarenta y cinco años. Hay quienes dicen que ya no es ni la sombra de lo que fue. Sufrió desde que supo la noticia, lloró, se encerró y adelgazó increíblemente… Después de un año, sigue enamorado de su esposa, está pobre y no parece que se reponga en los próximos diez siglos”.
“Bonita forma de expresarse. Un detective, un policía de investigación criminal formula teorías, crea hipótesis pero no proyecta opiniones personalistas que nada tienen que ver con el caso que investigan, y menos poéticamente. Necesitamos profesionalismo, frialdad para pensar, cerebros que piensen… Bien.”
Se hizo un silencio pesado. Las orejas del poeta se pusieron rojas y le brillaron los ojos. Era parte de la formación, como decían los españoles.
“¿Qué más sabemos del esposo?”
“Sigue trabajando en el mismo sitio, viviendo en la misma casa, ve a sus hijos casi todos los días… Hay que tomar en cuenta que el niño mayor no es su hijo biológico. Él lo ha criado desde los seis meses de nacido. Claro, el niño no lo sabe y él sigue actuando como un padre para él, es responsable de su manutención y está pendiente de los dos sin ninguna diferencia o discriminación. Esto lo confirman los vecinos, la suegra y las tías de los niños”.
“Un buen hombre”
“Podría decirse”
“¿Algo más?”
“Realmente, no”.
“Bien.”
Más. “Ahora veamos los videos de las cámaras de seguridad del edificio de apartamentos donde vivía Glenda María”.
Todos clavaron las miradas ansiosas en la pantalla de un televisor antiguo.
“Según los investigadores, las personas que aparecen entrando y saliendo del edificio viven allí o son familiares o amigos de los inquilinos; además, hay panaderos, despenseros, empleados de lavanderías, un plomero, gente del correo; lo común… Fueron reconocidos sin lugar a dudas por los inquilinos. Pero queda uno sin reconocer. Este hombre.”
El detective detuvo el video y quedó en la pantalla una figura alta, delgada, envuelta en un abrigo verde, cuadriculado, cubierta la cabeza con una gorra con orejeras, una bufanda rojo y negra alrededor del cuello y anteojos oscuros. Afuera, se veía lo gris de una brisa suave y la niebla de un intenso frío. El detective continuó.
“Este hombre entró al edificio con una maleta en las manos, y salió con la misma maleta. ¿Cuánto tardó en salir? Exactamente cincuenta y siete minutos. Según la cámara, entró a las doce y cuarenta y un minutos y salió a la una y treinta y ocho minutos, segundos más, segundos menos. La cámara registra la entrada del marido-sospechoso al edificio a la una y veintisiete, dos minutos para subir, siendo que iba tomado de cerveza y que su mujer lo esperaba para comer, ya que la comida aun está caliente, y siendo joven y vigoroso, sube rápido. Creo que se tarda mucho en esas condiciones. Encuentra a su mujer en el piso, trata de ver qué es lo que pasa, lo atacan y pierde la noción del tiempo. Si lo atacan a la una y veintinueve, quizás el atacante tardó entre cinco y siete minutos en arreglas la escena, le desgarró la camisa, lo aruñó, lo bañó de whisky (recuerden que el sospechoso dice que nunca ha tomado whisky y que no sabe de donde salió la botella ni el cuchillo). El golpe lo mantuvo inconsciente hasta más allá del momento en que llega la Policía, esto es, a las dos y diecinueve minutos. La cámara registra la salida de este hombre, el del abrigo y la bufanda, a la una y treinta y ocho, cincuenta y siete minutos después de haber entrado. La anciana que descubrió el crimen llamó a la Policía a la una y cuarenta y siete, y la cámara registra su entrada al edificio a la una y cuarenta y cuatro. Lógico que tarde más en subir las gradas al segundo piso por su edad: setenta y dos años. ¿Quién es este hombre del abrigo y la bufanda? ¿Será este el asesino? ¿Por qué tanto misterio en su indumentaria? A todos y todas se les ve el rostro claramente menos a él. ¿Quién es este hombre? ¿A dónde fue? ¿A quien visitó? Nadie lo reconoce. Nadie. Y hay un pequeño detalle que no debemos pasar por alto: Fíjense bien en el maletín. Aquí, cuando entra al edificio. Aquí, cuando sale. Se ve un poco más ancho, solamente un poco más ancho. No quiero especular pero es posible que aquí vaya la ropa de la víctima… Si es que este hombre es el asesino…”
“Pero, ¿quién es?”
INVESTIGACIONES. “¿Qué tanto quería usted a su esposa?”
El hombre se movió inquieto en su silla. Bajó los ojos, luego miró al techo, entrecruzó los dedos de las manos y quedó pensativo por un momento. Algo brilló en sus ojos.
“¿Quererla, señor? No, quererla es poco. La amaba y la amo.”
“¿La perdonó usted?”
“¿Perdonarla?” -La respuesta vino de inmediato-. ¿Quién soy yo para lanzar la primera piedra? Y el Señor me manda perdonar hasta setenta veces siete…”
“¿Se comunicaba usted con ella?”
“No, nunca supe dónde estaba… Hasta que me dijeron que la habían matado y que traerían su cuerpo a Honduras…”
“¿Qué significó eso para usted?”
Vino una pausa prolongada. El hombre puso las manos con los dedos cruzados sobre la mesa, miró hacia un lado y hacia otro, extendió las piernas hacia adelante y puso un pie sobre el otro, luego contestó, soltando un largo y doloroso suspiro:
“Imagínese usted…”
El detective le sonrió amigablemente, se puso de pie, le extendió la mano y él se la estrechó. Estaba helada, demasiado helada.
Exposición. El fiscal del Ministerio Público era todo oídos. La forma en que el detective le exponía el caso, a pesar de que ya estaba escrito hasta en el más mínimo detalle, lo entusiasmaba. Tres horas después de preguntar y repreguntar, de leer y releer, de dar opiniones y de rebatir algunas de los detectives, tomó una decisión. Habían pasado cuatro meses desde el asesinato. Dos detectives que trabajaron en la escena del crimen estaban como observadores. Habían venido de lejos y no se esforzaban por ocultar su admiración por sus colegas de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) y la vergüenza que sentían.
Los agregados que le habían hecho al expediente eran sustanciosos, como decían en la DNIC. La visita que hicieron nuevamente a la escena les había dejado un solo elemento nuevo, uno solo, pero demasiado significativo. Una uña del dedo del corazón derecho de una mano de hombre estaba escondida entre el marco de la puerta de salida y la esquina de la puerta misma. Había sangre seca en aquel sitio y los técnicos tomaron varias muestras. La uña tenía sangre y restos de piel, bien conservadas por el frío.
LA ORDEN. A las seis y tres minutos de la mañana, un equipo de detectives de la DNIC, apoyados por varios agentes de la Policía Preventiva, tocó a la puerta de una casa de clase media, elegante pero triste y casi solitaria. Tardaron en abrir.
El hombre que apareció en la puerta tenía grandes ojeras y en sus ojos se notaban el cansancio y la tristeza, mezclados con un brillo extraño que el detective si supo definir. Satisfacción a pesar de todo.
“¿Es usted el señor Sergio Domingo Canales Ruiz?”
“Sí, señor; yo soy”.
“Queda usted detenido…”
“¿Por qué? ¿Qué hice?”
“Se le supone responsable del asesinato de su esposa, la señora Glenda María Castro, ocurrido el…”
Sergio Domingo se puso blanco como la cera, miró con ojos desorbitados en todas direcciones y el tiempo se detuvo de repente a su alrededor.
ANTE LA JUSTICIA. El fiscal estaba de pie, mirando fijamente al detenido. Este estaba nervioso, con los dedos de las manos entrelazados, descansando sobre la mesa, la misma mesa de hacía varios meses.
“Yo no he hecho nada…”
Su voz, aunque fría, temblaba al salir por sus labios descoloridos.
“Mentir más no ayuda en nada, señor…”
“No miento…”
“Creemos que si miente; es más, supimos que mentía cuando lo entrevistamos hace unos meses. ¿Sabe usted lo que es la ciencia de la interrogación? Creemos que si lo sabe porque es un hombre inteligente, que planeó un crimen con paciencia, pensando en cada detalle…”
“Crimen. ¿Qué crimen?”
“El de su esposa…”
“A ella la mató su amante, el hombre con el que me engañaba aquí y con el que se fue supuestamente para mejorar económicamente cuando conmigo vivía más que bien”.
“Usted sabe que él no es el asesino. ¿Ve a estos dos señores? -El detective señaló a los dos investigadores extranjeros que observaban la escena-. Ellos son parte del equipo que investigó el crimen… Vinieron para asistirnos en la investigación…”
“No tienen nada contra mí…”
“Creemos que sí”.
Hubo una pausa muy larga. El hombre empezó a sudar.
“Dígame una cosa… ¿Cómo perdió la uña del dedo del corazón derecho? ¿Recuerda? Cuando lo entrevistamos vimos que le faltaba la uña entera y que empezaba a crecerle. Tenemos estas fotografías. Como puede ver, aquí están sus manos y le hace falta la uña. La fecha y la hora están claras en las fotografías. ¿Cómo la perdió?...”
Sergio guardó silencio. Puso un pie sobre el otro y empezó a mover los ojos en todas direcciones. Era signo de que estaba poniéndose más nervioso e indeciso.
“Yo voy a decirle cómo pasaron las cosas. Usted faltó a su trabajo cinco días. Tenemos este registro. Tomó esos días a cuenta de vacaciones. Viajó a El Salvador, compró boleto de ida y vuelta. Llegó al tercer día al apartamento de su esposa, vestido así (las fotografías del hombre del sobretodo y la bufanda quedó ante sus ojos), la atacó, la desnudó a la fuerza, la acuchilló hasta matarla, luego esperó a que llegara el marido, su rival, el amante, como usted le dice, lo atacó, lo golpeó en la frente, le desgarró la camisa, lo aruñó para hacernos creer que fue la mujer al defenderse de él, le puso el cuchillo en una mano, lo bañó de whisky, para hacernos creer que cometió el crimen alcoholizado, y había desnudado a la mujer para que se creyera que él la había encontrado con otro y que por eso la había matado, pero no contó con que la exagerada violencia con que la asesinó mostraba más deseos de venganza que ira por celos. Esto queda en la escena del crimen… Tenemos registros de las cámaras de los aeropuertos donde aterrizó, ¿se reconoce usted?”
Sergio cerró los ojos. Estaba blanco y su respiración era agitada. El video corría despacio. Su entrada y su salida. Actuó con inteligencia al salir de Honduras sin dejar registro, pero los controles en los aeropuertos son extremos y tenemos su rostro en tres aduanas… ¿Qué dice a esto? ¿Quiere colaborar con nosotros?”
“Quiero agua”.
Pasó un momento de silencio.
“Yo la quería… Es más, yo la amaba, y ella me traicionó…”
GONZALO. Consultado Gonzalo Sánchez nos habla sobre la Extraterritorialidad de la Ley Penal y aunque el crimen se cometió en otro país, el autor es juzgado de acuerdo a las Leyes de Honduras, en este caso, aunque el país donde se cometió el delito tiene el derecho a reclamar al imputado para juzgarlo de acuerdo a sus leyes.
La pena en este caso es de veinte a treinta años, si coincide con la pena que le sería impuesta al asesino en el país donde se cometió el delito. Aunque Honduras no extradita, legalmente, a sus ciudadanos.
