El repunte en la criminalidad, sobre todo en Caracas, que se ha convertido en una ciudad sin ley dominada por el hampa; el último gran apagón que afectó a casi todo el país; el creciente aislamiento internacional de un régimen que se convirtió en casi el único apoyo al régimen de Gadafi; las protestas de los enfermeros, los estudiantes universitarios y los presos por el estado de cosas en sus respectivos sectores y el aumento de la inflación, que ya superó el 28% en los primeros tres meses, hacen prever un año difícil y plagado de desafíos para el peculiar e infuncional sistema del socialismo del siglo XXI, diseñado por el presidente Hugo Chávez.
A este panorama ya de por sí adverso para el máximo líder de la causa bolivariana, que últimamente se ha mostrado más moderado y menos abrupto con sus adversarios políticos, se le viene a unir ahora que la oposición, vertebrada y articulada en la Mesa Unitaria Democrática (MUD), comienza a actuar unida y muestra capacidad para disputarle la presidencia a Chávez. Tan solo le falta un candidato carismático y creíble, tiene tan solo unos meses para conseguirlo. ¿Será capaz?
No olvidemos que, en las últimas elecciones parlamentarias, la oposición al chavismo obtuvo más del 52% de los votos, aunque a merced de la alteración del sistema electoral a favor del régimen consiguió menos asientos que el oficialismo en el legislativo. La mayoría absoluta obtenida por el chavismo cuando menos fue una broma de mal gusto, la guinda que faltaba en la "tarta" autoritaria que representa este peculiar régimen. Su credibilidad volvió a quedar por los suelos y mostró el talante escasamente democrático del máximo líder, capaz de jugar con todas las armas a su alcance para ganar las elecciones y torcer la voluntad popular.
LOS GRANDES DESAFÍOS DEL CHAVISMO. Según los datos oficiales de las autoridades municipales de Caracas, en el primer trimestre de este año ha habido unos 435 homicidios registrados oficialmente, una cifra que rebaten la oposición y organizaciones independientes, toda vez que muchos de los crímenes nunca son reportados y contabilizados como víctimas de la plaga de violencia que acecha a todo el país.
Las páginas de los medios de comunicación se han convertido en una crónica negra de lo que ocurre a lo largo y ancho de la nación; decenas de secuestros exprés, robos, asaltos, asesinatos en la calle por encargo y miles de hurtos menores. La impunidad es total y se calcula que más del 90% de los delitos queda impunes, algunos incluso son perpetrados por funcionarios de los cuerpos de seguridad, tal como ha ocurrido muchas veces. El Observatorio de la Violencia de Venezuela asegura que el año pasado hubo unos 18,000 homicidios en todo el país, aunque otras fuentes elevan esa cifra hasta los 20,000.
Los apagones energéticos tampoco son un fenómeno nuevo en la sociedad venezolana y el más reciente acaecido duró casi dos horas y provocó escenas de pánico en la capital ante el temor de sus habitantes en convertirse en víctimas de los delincuentes y los asaltantes. Que uno de los países con mayor producción petrolera del mundo sufra periódicamente este tipo de problemas se debe, esencialmente, a la escasa inversión que hubo en infraestructuras por parte de la administración en los últimos años, a la obsolescencia del sistema energético y a un alto consumo que no corrió parejo al desarrollo de las infraestructruras durante la era Chávez.
En lo que respecta a la política exterior, la soledad del régimen de Chávez se ha constatado con creces durante la crisis libia, en la que ni siquiera sus amigos iraníes, la Liga Árabe y sus socios bolivarianos -a excepción de la marioneta nicaragüense, el siempre dependiente económicamente de Venezuela, Daniel Ortega- se han embarcado en la dudosa cruzada de apoyar los bombardeos del dictador Muammar Al Gadafi contra su pueblo.
Luego las protestas se suceden y reproducen por todo el país, siendo las más populares las que efectúan en las últimas semanas los enfermeros, los estudiantes en defensa de una universidad libre e incluso los presos. Especialmente dramática resulta esta última protesta porque las cárceles de la Venezuela bolivariana se han convertido en unos silenciosos y desconocidos corredores de la muerte donde se hacinan miles de presos en unas condiciones infrahumanas más propias de la Edad Media que del siglo XXI; en las ergástulas chavistas han muerto el pasado año unos 2,500 presos sobre una población carcelaria de 45,000 internos. La capacidad del sistema es de 15,000 presos, pero la alta inseguridad y el aumento generalizado de la delincuencia desbordó los recintos penintenciarios y no se ha previsto la construcción de otros nuevos.
A este cuadro tampoco alentador para el régimen chavista, hay que añadirle la crítica situación económica general, pese a que el alza en los precios del petróleo, por encima ya de los cien dólares, le ha dotado a Chávez de importantes remesas de dinero inesperadas para poder dar continuidad a sus planes sociales que sirvieron para cimentar en estos años las redes clientelares que le sustentan electoralmente.
Sin embargo, como señala el presidente de la asociación de empresarios Conindustria, Carlos Larrázabal, la economía venezolana, a pesar del buen momento internacional por el aumento del crudo, sigue estancada. "El sector manufacturero continúa tras ocho trimestres en caída", señala.
Y las causas por las cuales la actividad no se recupera siguen siendo las mismas que se indicaron en anteriores estudios, es decir, la incertidumbre política, la conflictividad, la escasa seguridad juridical y el ataque permanente a la propiedad privada.
Le resultará muy difícil a Chávez hacer frente a todos estos auténticos retos que amenazan con minar su proyecto político sin un cambio en la orientación estratégica y política, asumiendo los problemas objetivos del país y buscando soluciones realistas a una sociedad en plena descomposición social, política y económica. De continuar en esta huida hacia adelante, jaleado por sus fanáticos partidarios y por unos medios de comunicación puestos ya al servicio de la causa sin ninguna capacidad crítica o de disenso, la situación se puede tornar en realmente peligrosa y amenaza la estabilidad de todo el sistema.
Así las cosas, y cuando hasta enfermedades desconocidas hasta ahora en un Venezuela, como el virus A H1N1, se reproducen sin control ni acción de la administración, la oposición democrática tiene ante sí desafíos no menores que el régimen. Ofrecer un liderazgo sólido, un programa creíble y, sobre todo, ser capaz de cimentar en los meses que quedan hasta las elecciones presidenciales del año 2012 una gran alianza de fuerzas sociales y políticas, incluyendo aquí a una buena de los chavistas desencantados, con la energía suficiente para derrotar al régimen y convertirse en un alternativa digna de confianza.
El esfuerzo merecerá la pena, pues las perspectivas para el país no son nada halagüeñas; una nueva victoria de Chávez sería una catástrofe de impredecibles consecuencias y abriría las puertas a un colapso total de la maltrecha economía venezolana. Sería el peor de los escenarios, pero no se debe descartar.
Chávez utilizará todos los medios para ganar la batalla final.
