Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
Una de las peores críticas que recientemente se ha hecho contra Honduras son las tristes palabras de un representante de Transparencia Internacional que dijo, en un hotel de Tegucigalpa, que “en Honduras es tan fácil comprar un juez como encontrar un pobre -y agregó- tiene razón el poeta al decir que la casa de justicia de su país es un nido de serpientes, donde los encantadores de víboras son corruptores poderosos, capaces de comprar voluntades y conciencias, de pervertir con sus dineros, mal habidos la mayoría de las veces, el noble camino de la justicia, haciendo realidad aquella famosa frase de que en Honduras la justicia es una serpiente que solo muerde a los descalzos. -Y concluyó- Duele saber que, después de burlar a la justicia, seres indignos se convierten en honestos, nobles y decentes por acción jurídica, aunque los jueces queden marcados para siempre con el estigma del dólar en la frente, y algunos hasta se queden sin visa”.
Un comentario lamentable porque, aunque hay de todo en la viña del Señor, también existen honorables y numerosas excepciones en el sistema judicial hondureño.
Hay policías honestos, dignos de portar el uniforme y que hacen realidad con sus acciones el lema “Servir y proteger”; hay fiscales duros, fieles a la ley, como Ricardo Castro, y hay jueces ejemplares como Roxana Morales, de quien dijo don Adolfo León Gómez: “esa mujer es el Baltasar Garzón de Honduras; me consta que es valiente e incorruptible, aunque su carácter a veces desespera a los ‘pide favores’; pero solo Dios es perfecto”.
La justicia es un derecho natural de una nación, y quienes tienen en sus manos el deber y el alto honor de aplicar la ley deben saber que las treinta monedas de Judas son una marca infame y vergonzosa que incluso se notará sobre la frente de sus descendientes por muchas generaciones.
EL CASO. Jorge estaba enamorado. Aunque siempre fue retraído y solitario, ahora sentía arder en su pecho el fuego del amor y estaba dispuesto a dejarse devorar por esa llama maravillosa. Pero Mayra no lo quería, y no iba a quererlo jamás. Para empezar, ella era casada y vivía feliz con su marido. Estar con otro hombre era algo que no se le había cruzado por la cabeza todavía, y menos con Jorge. Su mala fama iba delante de él a donde fuera. Pero él no se daba por vencido. Nada importaba que aquella hembra fuera de otro. Él la amaba y era suficiente. Y sería suya a como diera lugar. Se lo había prometido a sí mismo y él era un hombre que cumplía promesas.
Hacía un año que Mayra le quitaba el sueño y un año hacía también que buscaba la oportunidad de acercarse a ella; y esa oportunidad llegó la noche en que el marido estaba de viaje y ella quedó sola en su casa. Jorge llegó, tocó la puerta y le dijo que quería hablar con ella; Mayra se negó, asustada. Él insistió. Ella volvió a negarse y él se enfureció. Se fue a su casa y no tardó en regresar. Traía una barra de hierro y empezó a forzar la puerta. Mayra empezó a gritar. Como aquellas escenas eran comunes en el barrio, la gente tardó en darle importancia a los gritos de la mujer. Poco antes de que la puerta cediera, sus hermanos aparecieron en calzoncillos y con cuchillos y machetes en las manos. Jorge tuvo que escapar, hirviendo de cólera y ebrio de lujuria.
-¡Malditos -les gritó desde una esquina-; si esa mujer no es mía voy a matar a uno de ustedes!
Desde esa noche, Jorge se perdió del barrio.
LA DENUNCIA. Dos semanas antes, Julio llegó a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), a denunciar a José, un viejo conocido, por tentativa de homicidio. Dijo que tuvo una discusión con él y que José se encolerizó, lo insultó, lo amenazó y luego le hizo varios disparos. Por gracia de Dios estaba vivo. Quería que capturaran a José porque no se sentía seguro y estaba convencido de que ese hombre lo iba a matar.
Le asignaron el caso a un detective y este no tardó en encontrar al homicida frustrado. Un día después lo llevó a los tribunales. José quedó preso a la espera de juicio. Julio nombró a sus testigos. José pasaría al menos quince años en la cárcel.
EL CRIMEN. Julio era un hombre común, buen padre, buen marido, trabajador y buen vecino. No entendía por qué José trató de matarlo si hasta entonces habían sido buenos amigos. Aunque sus hermanos a veces le recriminaban por ciertas amistades, él no se atrevía a tirar la primera piedra.
Jorge era su amigo y aunque desaprobaba el hecho de que quiso violar a su cuñada la noche que el marido no estaba, tampoco lo juzgaba porque el hombre no escoge de quien se va a enamorar y porque en el corazón no se manda; además, Jorge le hizo muchos favores y ahora era su principal testigo contra José en el caso de la tentativa de homicidio. Él no era quien para juzgar a su amigo. Además, uno no sabía si su cuñada le dio alguna vez un motivo para que él se enamorara de ella. Como las mujeres son tan misteriosas. ¿Y la amenaza de Jorge? Él dijo que mataría a uno de ellos si Mayra no era suya. ¡Tonterías de hombre despechado!
Aunque Jorge tenía mala fama no lo creía capaz de matar a nadie. En realidad, no había de qué preocuparse; además, desde esa noche se había ido del barrio y nadie sabía dónde estaba.
A nadie convencieron estas razones y Julio siguió su vida, hasta que lo asesinaron en plena calle, de tres balazos en la cabeza.
LOS HECHOS. “Era viernes en la mañana -dice su esposa- íbamos a comprar verduras, aquí cerca, en El Carrizal, cuando lo mataron. Lo atacaron por la espalda pero él corrió hasta una cuartería, se escondió detrás de la verja y sacó su pistola. Yo corrí hasta una pulpería pero vi que mi marido se defendía. Alcanzó a hacer dos disparos pero la pistola se le trabó y el asesino lo hirió en el pecho.
Mi marido cayó al suelo y él se le acercó con la pistola en la mano. Yo corrí hasta él y le pedí que no lo matara pero él me pegó con la pistola en la cara y yo caí al suelo; en ese momento escuché que mi esposo le pedía que no lo matara, que eran buenos amigos y que él no le había hecho nada. Pero él le disparó en la cabeza tres veces y mi marido murió allí mismo, con la cara deshecha. Después, el asesino recogió la pistola de Julio, cruzó la calle y se subió al taxi en que había venido y donde lo estaba esperando otro hombre, con el motor del carro encendido”.
Doblado escuchó la declaración de la mujer mientras los técnicos de Inspecciones Oculares recogían los casquillos de .9 milímetros. En las rejas de la verja de la cuartería contó cinco agujeros de bala y tres más en una pared. Los empleados de Medicina Forense metieron el cadáver en una bolsa amarilla y el detective Doblado se hizo cargo del caso. Era algo sencillo. Abundaban los testigos y confiaba en tener el nombre del asesino. Pero nadie le dijo nada.
Nadie pudo reconocer al criminal, ni siquiera la viuda. Y el taxi, ¿qué número era? Nadie se fijó en ese detalle.
EL DETECTIVE. El trabajo del investigador de homicidios es agotador. Desde el momento en que saben que van a la escena del crimen, la tensión se ve en todos los rostros, se crispan los nervios y la adrenalina inunda la sangre. Nadie habla más que del caso, no se bromea y se trabaja como una máquina. Doblado es de esos y no queda satisfecho hasta que tiene el caso resuelto. Por eso le pareció extraño que entre tantos testigos, más de diez, nadie reconociera al criminal.
Era lógico que el asesino reconoció a su víctima cuando lo vio caminar de espaldas por la calle, en compañía de su mujer; lo vio desde el taxi, sin pensarlo le disparó, seguro de que no se equivocaba de persona, y era lógico también suponer que si la víctima le pidió que no lo matara y le dijo que eran buenos amigos, es porque se conocían bien y era muy posible que el asesino era alguien del barrio o al menos un visitador constante.
Entonces, ¿por qué nadie lo había reconocido? Porque le temían; eso era lo más seguro. Si era así, lo conocían y era solo cuestión de tiempo para que alguien se atreviera a decir el nombre.
EL MIEDO. Seis horas tardó el detective para ablandar a los testigos. Uno de los hermanos de Mayra, más valiente que los demás, habló con Doblado y le dijo que en una ocasión, un hombre quiso violar a su hermana, aprovechando que el marido no estaba, que este hombre era un tipo solitario, vicioso y temible, y que juró que mataría a uno de los familiares de la muchacha ya que esta no accedía a ser su mujer.
-¿Cómo se llama ese hombre?
-Jorge.
-¿Dónde lo podemos encontrar?
-No sabemos. Nadie lo había vuelto a ver desde aquella noche, hasta hoy que vino a matar a Julio. Estoy seguro de que varios testigos más lo reconocieron pero tienen miedo de hablar. Ese hombre es peligroso. Ya vio usted lo que hizo, y esto que eran amigos con el muerto.
Cuando la viuda aceptó haber reconocido al asesino de su esposo, a Doblado no le cupo duda y presentó el caso a la Fiscalía, el juez libró la orden de captura y los detectives empezaron a buscar al criminal.
Algunos informantes dijeron que lo habían visto en el mercado San Isidro, otros lo ubicaron en el Guanacaste y unos más dijeron que se escondía en una casa de Los Pinos. Uno más dijo que podían ubicarlo en unos billares que estaban en una esquina de la séptima avenida de Comayagüela, que se llevaba allí con otro compinche esperando que alguien los contratara como asesinos a sueldo, que se movilizaba en una moto vieja o en un taxi y que siempre iba armado y bajo el efecto de las drogas.
EL TESTIGO. Doblado tomaba café mientras redactaba un informe para la Fiscalía. Era temprano en la mañana y, extrañamente, tenía muy poco que hacer.
Cuando su compañero le pidió que lo acompañara a buscar unos testigos para un juicio que iba a celebrarse en tres días, Doblado se puso de pie y salió con él.
Llegaron a El Carrizal, preguntaron por dos personas y nadie les dio respuesta. Los testigos debían estar listos para cuando el juez entrara en la sala y, por un descuido, el detective había olvidado ponerlos sobre aviso.Doblado andaba mil cosas en la cabeza y no fue sino hasta dos horas después cuando uno de los nombres le recordó algo reciente.
-¿Cómo se llaman los testigos que buscamos? ?le preguntó a su compañero.
-Jorge Cáceres y Julio Ruiz.
Doblado sonrió y movió la cabeza hacia los lados.
-¿En qué juicio son testigos? -preguntó, sonriendo, mientras su compañero lo miraba extrañado-.
-Es un juicio sobre una tentativa de homicidio. El imputado se llama José Paz; después de discutir con un hombre, trató de matarlo a tiros. El denunciante se llama Julio Ruiz y su principal testigo es Jorge Cáceres.
Doblado dejó de reírse. Aquello le parecía cómico. Jamás le había pasado algo parecido.
-Esos dos hombres son los dos del caso de asesinato en El Carrizal -le dijo- tengo testigos que aseguran que Jorge mató a balazos a Julio Ruiz, hace más o menos un mes. Ya no busquemos a Jorge como testigo sino como asesino probado de Julio Ruiz.
EL FUGITIVO. La sección de localización y capturas de la DNIC ha estado a punto de capturar al criminal. En dos ocasiones ha escapado del cerco de los policías. Uno de los informantes dice que el asesino está desesperado, que ya no tiene donde esconderse y que consume más drogas cada día. Dice, además, que ha jurado que los de la DNIC no lo agarraran vivo, pero que antes de que lo maten, Mayra tiene que ser su mujer.
O suya o de los gusanos.
Esas son sus palabras.
