S.o.s. Eran las ocho de la noche cuando el teléfono de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) sonó insistentemente para romper el sueño del detective de turno. Había sido un día difícil y el turno se hacía cada vez más pesado.
La voz, al otro lado de la línea, sonó agitada. Era la voz de un hombre mayor que tartamudeaba al escupir las palabras.
"¡Vengan rápido! -dijo-. Hay un hombre muerto en mi restaurante…"
"¿Dónde queda su restaurante?"
"En Comayagüela, subiendo al Mayoreo. Se llama ‘La hora feliz’. ¿Lo conoce?"
"Sí, sabemos dónde queda. ¿Qué fue lo que pasó?"
"No sabemos. Un hombre entró herido al restaurante, cuando ya íbamos a cerrar, agarrándose el estómago y gritando que le diéramos un poco de agua. No nos dio tiempo de nada. Cayó al suelo y cuando llegamos para auxiliarlo, ya estaba muerto".
"Bien. Ahorita avisamos a Homicidios."
"Gracias. Por favor, apúrense".
"Perdone una pregunta, ¿por qué se agarraba el estómago el hombre?"
"Porque venía herido y sangraba…"
"Bien."
LA ÉPOCA . Era el mes de marzo de mil novecientos noventa y cinco, la DNIC estaba en pañales, Wilfredo Alvarado tenía la leche en los dientes y los detectives derrochaban entusiasmo. Los instructores extranjeros estaban satisfechos por la forma rápida en que aprendían los investigadores y le auguraban un gran futuro a la DNIC.
El presidente Carlos Roberto Reina soñaba con una Policía Científica que dejara atrás el pasado y que le diera resultados, confianza y fe a la población. Como él mismo decía, "la nueva Policía de Investigación Criminal es herencia de Callejas, y hay que reconocerle esto. No se vería bien que fuéramos tan obscecados". Homus políticus, Sancho amigo.
GONZALO.
En medio de todo estaba Gonzalo Sánchez, con algunos años menos, con mayor entusiasmo y con la misma voluntad para combatir el crimen.
Cuando el teléfono de su casa sonó, sabía que su noche tranquila se había terminado. Lo dejó repiquetear varias veces y, al final, se levantó del sillón, se puso las pantuflas, dejó el control del televisor sobre el sillón, y estiró la mano. Al otro lado, la voz del detective de turno le quitó la modorra. Colgó diez segundos después y luego marcó un número:"Wilfredo -dijo-, quiero a todo el equipo en la oficina en media hora".
"Abogado, hoy estoy de descanso".
"Estabas, Wilfredo, estabas."
EN LA DNIC . A las ocho y media de la noche, el equipo de Inspecciones Oculares estaba adentro de las patrullas. Poco antes de las nueve, estaban frente a "La hora feliz".
"Protejan la escena -dijo Gonzalo-; alejen a los curiosos y cuiden la calle y las aceras".
Adentro todo estaba en silencio. El cadáver estaba boca abajo, en medio de un gran charco de sangre, con una mano debajo en el abdomen y la otra, empapada en sangre, a la altura de la cabeza.
Gonzalo se detuvo, paseó la mirada sobre la escena y movió la cabeza hacia adelante varias veces, luego avanzó unos pasos y se detuvo detrás del mostrador, donde un hombre enorme esperaba de pie, acompañado por cuatro mujeres jóvenes que vestían todavía el uniforme del restaurante.
LA ENTREVISTA. "¿Podría decirme qué fue lo que pasó, señor? -le dijo Gonzalo, luego de saludarlo y presentarse-. Imagino que fue usted quien avisó a la DIC…"
"Dígame, lo escucho".
El hombre esperó unos segundos antes de empezar a hablar. Tragó aire y sonrió.
"Estábamos ya para cerrar cuando escuchamos unos gritos en la calle… Antes de que saliéramos a ver que era lo que pasaba, este señor entró al restaurante, pidiendo agua a gritos, y con las manos en el estómago…"
Hizo una pausa.
"Por un momento no supimos que hacer pero él seguía gritando, pidiendo agua…"
"¿Vieron que venía herido?"
"Al inicio, no".
"¿En qué momento se da cuenta usted que el hombre estaba herido?"
"No sabría decirle…"
"¿Lo vio alguna de sus empleadas?"
"No lo sé. Tendría que preguntarles a ellas".
"Bien."
Gonzalo guardó silencio.
"El hombre entró gritando a su negocio, ¿cierto?"
"Sí. Así es."
"Usted tardó en fijarse que estaba herido".
"No mucho. Cuando le dije a una de las muchachas que trajera un vaso de agua, él cayó de rodillas y le vi la sangre. Pero cuando llegamos para ver si podíamos ayudarle, nos dimos cuenta que estaba muerto".
"Y, entonces, usted decidió llamar a la Policía".
"Así es".
"Bien. Gracias".
UNA . La muchacha más bien parecía una niña, delgada, trigueña, con grandes y vivos ojos café y manos nerviosas. Gonzalo le sonrió para tranquilizarla, y ella le dijo:
"¿Usted lo escuchó? ¿Usted escuchó los gritos?"
La mujer vaciló un poco. Era obvio que nunca había estado en una situación como aquella. Gonzalo entendió que la niña era fácilmente impresionable, y le tuvo paciencia.
"¿Dónde estaba usted cuando él entró al negocio?"
"En la cocina".
La mujer bajó los ojos y se miró las manos pálidas y heladas.
"¿Había música en ese momento en el restaurante?"
"No sé, señor".
La muchacha se estrujó las manos, levantó los ojos y miró a su patrón. Este le dedicó una sonrisa.
"No me acuerdo, señor".
"Bien".
DOS . Esta era una mujer madura, más hermosa que gorda, de ojos fríos y manos inquietas.
"Él entró gritando, señor -dijo-, el patrón me pidió que le trajera agua pero cuando vine, ya estaba en el suelo."
"¿Así como está ahorita?"
"Así exactamente".
"No lo movieron, ¿verdad?"
"No. desde que cayó al suelo está así…"
"¿Está segura?"
"Así es, señor. Estoy segura".
"¿Usted lo vio cuando entró?"
"Sí, señor. Yo lo vi."
"Y, ¿le vio la cara?"
"Sí, señor, le vi la cara".
"¿Cuándo él pidió el agua estaba frente a ustedes".
"Con todo respeto, señor, cuando uno entra a un lugar no entra de espaldas, ¿o sí?"
"No, por supuesto que no. Perdone. Muchas gracias".
TRES. "¿Dónde estaba usted?"
"¿Cuándo él entró?"
"Sí."
"En el patio, acomodando unas cajillas de frescos".
"Y, ¿escuchó los gritos?"
"Sí."
Este "Sí" tardó en salir de la boca reseca de la mujer.
"¿Puede repetirme qué decía?"
"Pedía agua a gritos".
"Y, ¿usted lo escuchó desde el patio?"
"Sí".
La mujer tardó otra vez en responder. Al final, miró a su patrón y este le sonrió también. Gonzalo le dio las gracias.
CUATRO. "Él entró pidiendo agua" -dijo la mujer-. Venía gritando y con las manos en la barriga."
"¿Usted vio si estaba herido?"
"Sí."
"Bien. No las molesto más. Muchas gracias por su ayuda, pero necesito pedirles solo una cosita más".
El patrón respondió por todas.
"Siéntense juntos en la mesa de la esquina, por favor. No les molesta, ¿verdad?"
En un abrir y cerrar de ojos los cinco estuvieron sentados en una esquina del salón. Gonzalo se los agradeció con una sonrisa.
INSTRUCCIONES. "Hagan que los motorizados nos ayuden a retirar a los curiosos. Tengo trabajo para ustedes. Escúchenme bien. No quiero errores".
Los muchachos estaban atentos.
"Vayan a la calle, usen las linternas y vean, miren, observen cada centímetro cuadrado… Luego miren la acera. Mírenla bien."
"¿Qué buscamos?"
"Dos cosas -dijo Gonzalo, lanzando una mirada de hielo al preguntón-: sangre, abundante sangre, o poca sangre, lo que sea, pero sangre; y un casquillo de bala… A este hombre le dispararon de cerca, la bala entró por el estómago y le salió por la espalda… El casquillo debe estar en alguna parte… Pero más me interesa la sangre… ¡Vamos!"
Los muchachos salieron casi corriendo. Gonzalo se volvió a dos detectives.
"Acérquense a la mesa y no dejen que nadie se levante de la silla. Nadie. ¿Entendido?"
"Sí, abogado. Entendido."
"Que los apoyen dos motorizados. Nadie se levanta de esa mesa sin mi permiso… Ni siquiera para ir al baño".
"Entendido, señor".
RESULTADOS . Gonzalo salió a la calle. La linterna que llevaba en la mano proyectaba un enorme halo de luz sobre el suelo.
Los minutos pasaron y observó cada centímetro cuadrado de la calle. Luego la acera. Nada. Ni una sola gota de sangre. El casquillo de la bala tampoco apareció. Sonriendo, con esa sonrisa maliciosa de siempre, entró al restaurante, justo en el momento en que el dueño discutía con dos detectives.
"Señor -le dijo, cuando lo vio entrar-; ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no puedo levantarme de la mesa?"
"Solo será un momento -respondió Gonzalo-; tenga paciencia, por favor. Si ustedes se movilizan por la escena, podrían contaminarla, o sea, dañar alguna pista…, algo que nos sirva para resolver el crimen… Siéntese."
Gonzalo se puso los guantes, luego se acercó al cadáver, lo levantó un poco y lo devolvió a su sitio.
"Un disparo en el estómago, seguramente de pistola de nueve milímetros. La víctima recibió el disparo de cerca, quizás unos dos o tres metros; la bala le salió por la espalda…"
Gonzalo guardó silencio. Se quedó pensando unos segundos, y luego dijo:
"Traigan las escobillas. Creo que estamos a pocos minutos de resolver el caso".
LA PARED. Gonzalo se colocó a dos pasos del mostrador, justo donde estaba la caja registradora, giró sobre sus talones y paseó la mirada hacia la salida. Luego sus ojos se movieron despacio, mirando las paredes de enfrente.
"¿Cuánto mide la víctima? De estatura, quiero decir."
"Un metro ochenta y seis centímetros, incluyendo los tacones de las botas".
"Bien".
Gonzalo avanzó unos pasos y se detuvo cerca del cadáver. Miró el orificio de salida de la bala, levantó los ojos, hizo algunos cálculos mentales y se puso de pie. Luego avanzó hacia la salida. Revisó la puerta. No encontró nada que le llamara la atención. Luego la pared de la derecha. Nada también. Después la pared de la izquierda. A poco más de un metro y medio del piso había un agujero, Gonzalo lo miró por largos segundos, miró luego hacia abajo, en línea recta y sonrió al descubrir un poco de tierra y polvillo blanco que estaba en el piso. Luego volvió al agujero, pidió las escobillas, una pinza, una lupa y guardó silencio. Un minuto después, la ojiva de bronce de una bala de nueve milímetros estaba en su mano enguantada. La miró con la lupa por largos segundos y dijo: "Tal vez me equivoqué, pero creo que tiene manchitas de sangre. Que venga el dueño".
EL DUEÑO. "Señor. No queremos molestar más. Creo que todo está claro. Sus empleadas repitieron la misma historia, a pesar de que no todas estaban en el salón al mismo tiempo. Todas dicen que la víctima entró gritando, pidiendo agua. Solo una dice que lo vio herido."
El hombre empezó a respirar con la boca. Era un hombre enorme, un poco más alto que el muerto, recio y fuerte. Gonzalo tenía que verlo de abajo hacia arriba.
"Ustedes dicen que el hombre venía de afuera. Sus empleadas lo vieron de frente, Estaba detrás del mostrador, según entendí. Entonces, es lógico que el hombre cayera muerto mirando hacia el mostrador. Si venía por agua y estaban ustedes a punto de darle un vaso… ¿No es cierto?"
Nadie contestó.
"Y si usted se fija bien, el cadáver tiene la cabeza hacia la salida… Esto significa que trataba de salir de aquí cuando cayó, y que no entraba pidiendo ayuda y agua, como ustedes dicen…"
"¿Qué quiere decir?"
"Que a este hombre le dispararon de cerca, quizás a unos tres metros de distancia, con una pistola de nueve milímetros, y le dispararon de frente. Creo que fue desde atrás del mostrador… Herido, trató de escapar, pero cayó al suelo y murió".
El hombre se tambaleó.
"Dígame -le dijo Gonzalo, mirándolo con ojos de hielo-, ¿por qué le disparó?"
"¡Yo no fui!"
"Mire hacia atrás".
El hombre se dio vuelta despacio.
"Esa es una pistola de nueve milímetros -le dijo Gonzalo-. Como ve, mis compañeros la encontraron debajo del mostrador, abajo de la caja registradora. Y si se fijó bien, encontramos una bala de nueve milímetros incrustada en la pared. El casquillo de la bala debe estar en algún lado. Por supuesto, usted o alguna de sus empleadas, lo recogió y se deshizo de él, pero ya lo encontraremos, y probaremos que esa pistola hizo el disparo… Además, tenemos la ojiva, y usted debe saber que cada pistola deja unas marcas en las balas que son únicas…"
El hombre se desvaneció. Un policía motorizado lo sostuvo.
"Deténganlo -dijo Gonzalo-, y léanle sus derechos. También deténganlas a ellas, por complicidad y encubrimiento de un homicidio…"
Las mujeres pusieron el grito en el cielo. Tres empezaron a llorar.
"A menos que colaboren con nosotros".
FINAL. Una discusión sin sentido, amenazas, una vieja enemistad y la cólera incontrolada de un hombre; eso fue suficiente para desgraciar varias vidas. Un motivo demasiado estúpido. El dueño del restaurante le disparó a su enemigo desde atrás de la caja registradora, el hombre, herido, quiso huir, y cayó al suelo en medio de un charco de sangre. Las muchachas, fieles a su patrón, repitieron demasiado exactamente la misma historia.
¡Ah, los tiempos pasados!
