María Curie, el amor por la ciencia

Pionera en el campo de la radiactividad, su legado hoy es la salvación de millones de enfermos
ElHeraldo.hn

Honduras

23.07.2011 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.ogr

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María Curie, uno de los personajes más fascinantes y admirables que nos regala la historia, se atrevió a vivir un sueño muy alto para una joven campesina de su Polonia natal, en donde los recursos eran pocos y el amor al estudio una necesidad. Fue admirable por sus infinitos esfuerzos, que nunca cesaron, y sobre todo por su entereza moral.

María Skladowska nació en una familia de escasos recursos el 7 de noviembre de 1867 en Varsovia. De espíritu inquieto, se interesó por esas "atrevidas ideas" y nuevas corrientes de pensamiento imperantes en el siglo XIX y, junto a su hermana mayor Bronia, fue admitida en unas sesiones llamadas "Universidad Volante", donde se daban clases de anatomía, historia y sociología. Estos cursos se hacían clandestinamente, en polaco, que estaba prohibido, en casa de una de las jóvenes, la señorita Piaseska.

La labor de la Universidad Volante no era únicamente completar la instrucción de los jóvenes, sino que ellos mismos, a la vez, hacían de educadores. A los 16 años es aquí donde María estaba: dando lecciones a las mujeres del pueblo, leyendo a las empleadas de un taller de confección y reuniendo libros en polaco para una pequeña biblioteca.

Sus sueños e ideales se ven frustrados. No hay medios para seguir una enseñanza superior en una ciudad cuya Universidad está cerrada a las mujeres. La joven, a su vez, se siente responsable de su padre y de sus hermanos, y sobre todo de su hermana Bronia, que ya había terminado sus estudios y que quería ser médico y estudiar en París. Para ayudarla, María decide trabajar como institutriz en una casa ajena, para que luego Bronia, trabajando como médico, pudiese ayudarla a ella a estudiar.

Y así pasaron los años hasta que finalmente llegó el día tan esperado: María viajó a París, donde Bronia le espera. Sus primero años fueron realmente duros. Las habitaciones donde se hospedó eran realmente pequeñas e incómodas, pero finalmente pudo alquilar una buhardilla iluminada por un tragaluz, sin calefacción ni luz ni agua.

Se entregó completamente al estudio y, feliz por sus progresos, sintió que podía aprender todo lo que los hombres habían descubierto hasta ese momento. Continuó sus cursos de matemáticas, física y química, y su profesor le pidió ayuda para unas investigaciones poco importantes que le permitieron trabajar en el laboratorio de física de la Sorbona. María estaba feliz en ese clima de laboratorio que hasta su último día prefirió a todo lo demás. Dentro del programa de su vida había borrado el amor y el matrimonio, su única pasión era la ciencia.

Así lo había decretado esta joven de 26 años que vivía sola en París y que frecuentaba diariamente la Sorbona y sus laboratorios junto a una infinidad de jóvenes.

Amor y ciencia.

El destino la llevó por caminos que no esperaba y en ese camino se encontró con un ser especial y único como ella: Pedro Curie, entregado de cuerpo y alma a las investigaciones científicas. Por supuesto ninguno había reparado en el otro hasta que coincidieron en una cena y la conversación se tornó inmediatamente en un diálogo científico. María le planteó cuestiones y escuchó atentamente las sugerencias de Pedro y éste a la vez le explicó sus proyectos. Hasta que finalmente se dio cuenta de que estaba hablando con una mujer de sus trabajos, empleando términos técnicos, fórmulas complicadas y que esta mujer, joven y encantadora, comprende y discute con él ciertos detalles con mucha claridad. De este modo comenzó un lazo de amor y admiración que jamás se rompió, ni siquiera con la muerte de Pedro.

Esta unión no fue casual, un ideal común atrajo a estas almas excepcionales: el amor a la ciencia. Los trabajos de María aumentan. Ahora es la señora de Pedro Curie, que estudia, trabaja, hace sus experimentos en el laboratorio, que atiende su casa, a su esposo y a sus hijas.

Llegamos al año 1897, María tenía 30 años y dos licenciaturas: una en física y otra en matemáticas, y en un pobre laboratorio de la Escuela de Física piensa en el doctorado. Buscaba un tema útil y original. Entonces, con ayuda de su esposo, investigaron los más recientes trabajos de física para encontrar el tema de su tesis. María buscó con la misma curiosidad y audacia de los exploradores, con el mismo instinto que la empujó a abandonar Varsovia para descubrir París y la Sorbona. Estudió con atención los últimos estudios experimentales y se detuvo en los trabajos del físico francés Becquerel publicados el año anterior.

Becquerel había estudiado las sales de un "metal raro", el uranio, y observó un fenómeno imprevisto e incomprensible: que las sales de uranio emitían espontáneamente, es decir sin acción previa de la luz, rayos de naturaleza desconocida. Este fenómeno es al que años más tarde María daría el nombre de radiactividad. El origen de esa radiación era un enigma que intrigaba y maravillaba al matrimonio Curie. Aquí estaba el enigma, el desafío, el tema de investigación, un tema cuyo campo de exploración se hallaba completamente virgen.

Con el tema de su doctorado ya decidido, solo faltaba encontrar un sitio en donde desarrollar los experimentos. Tras muchas gestiones por parte de Pedro, lograron que el director de la Escuela de Física le concediese a María un taller, cerrado con vidrieras, ubicado detrás de la escuela. Pero María no pierde la paciencia y, aunque no tenía una instalación eléctrica adecuada, se las ingenió para hacer funcionar sus aparatos. Pedro, que había seguido con un interés apasionado los progresos de las investigaciones de María, decidió abandonar momentáneamente sus estudios y unir sus esfuerzos a los de María.

Radio.Esto significaba un sobreesfuerzo para el matrimonio Curie. Necesitaban grandes cantidades de materia prima para obtener una mínima cantidad de radio, ¿cómo pagarían los gastos? ¿En qué local harían el trabajo?Y como muchas veces sucede, el ingenio suplió la fortuna. Como no podían comprar el mineral que esconde el radio, pensaron en que si el radio está en el mineral, también lo podrían encontrar en sus residuos, lo cual abarataría en gran escala su precio. Y así fue, con sus pocos ahorros compraron y pagaron el traslado hasta París de una tonelada de residuos de uranio. El matrimonio empezó el duro trabajo en el taller-laboratorio durante 3 largos años. María estudió kilo por kilo las toneladas de residuos que le fueron enviando. Poco a poco se iba acercando a su objetivo y 45 meses después de que hubiesen anunciado la probable existencia del radio, en 1902 María logra la victoria en esa lucha, que la llevó a obtener "un decigramo" de radio puro. Pudo comprobar el peso atómico de la nueva sustancia y los químicos, incrédulos, admitieron oficialmente la existencia del radio. Ideales. En una ocasión que le ofrecieron a Pedro una condecoración, éste respondió de buen grado: "Agradezco las buenas intenciones del señor Ministro, pero debo informarle que no siento la necesidad de ser condecorado, pero sí en cambio, tengo la necesidad de poseer un laboratorio". Pedro no concebía que a un hombre de ciencia se le negaran los medios para trabajar y que al mismo tiempo se lo estimulase con una pequeña cruz esmaltada colgada de una cinta de seda roja.El radio era un hecho, ahora había que comenzar a estudiar sus propiedades y utilidades. Y sucedió un último y conmovedor milagro: "el radio podía ser utilizado para el bienestar de los seres humanos y ayudar a combatir enfermedades" y Pedro Curie, indiferente al peligro, expuso inmediatamente su brazo a la acción del radio. Para su alegría tenía una lesión. La observó, siguió su evolución y apuntó los resultados. Al cabo de unos meses vieron que la piel destruida por la acción del radio volvió a estar sano.El mundo científico se revolucionó y empezaron a preparar una industria del radio. Querían fundar una fábrica que lo produjese para facilitárselo a los médicos.Y es aquí cuando los Curie estudiaron las opciones que les ofrecía el radio: por un lado se podía dar al mundo, sin restricción alguna, el procedimiento de la obtención del radio; por otro lado podían considerarse como propietarios del descubrimiento, patentarlo y asegurar los derechos sobre su fabricación en el mundo, lo cual les haría sumamente ricos.María inmediatamente renunció a un futuro de riqueza y con ello a la posibilidad de tener el tan ansiado y necesitado laboratorio: "¡Imposible! El radio es de la naturaleza y por lo tanto les pertenece a todos. Es injusto sacar beneficio de un elemento que servirá para curar a los enfermos". Y de este modo plasmó su ideal de ser útil. Puso su vida y su genio al servicio de la humanidad rechazando algo que hoy parece ser la finalidad de la vida de muchas personas, la riqueza material.En 1903, 5 años después que María eligiera el tema de su tesis, presentó su trabajo ante el tribunal de la Sorbona, en la "sala de los estudiantes", para mostrar su trabajo sobre sustancias radiactivas. Físicos, químicos y hombres de ciencia se apretujaban en la pequeña sala para poder ver y oír a esa tímida mujer que presentaba su tesis doctoral en la Universidad después de haber hecho uno de los descubrimientos más grandes del siglo.Enseguida llegaron los reconocimientos a su gran labor. Premios, medallas y el Premio Nobel de Física en 1903.María continuó trabajando, estudiando y dando clases. Pedro fue nombrado Profesor de la Sorbona y obtuvo, con mucho esfuerzo, un nuevo laboratorio con María a su cargo. En el año 1906 murió su esposo Pedro Curie. Fueron momentos difíciles para ella, pero siguió trabajando para ganar dinero para sus hijas y para ella misma, rechazando una pensión que le ofrecieron. Mientras tanto, en la Sorbona tenían el gran dilema de quién reemplazaría a Pedro Curie en su cátedra y, tras largas deliberaciones, decidieron que María era realmente la persona más adecuada para ese puesto. De este modo, saltándose normas y tradiciones por las que una mujer no "debía" tener semejante cargo, nombran a la Sra. Curie "Encargada de curso", siendo la primera vez que se concede a una mujer un puesto en la enseñanza superior francesa.En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y María quería ser útil. Aprovecha sus conocimientos de radiología para crear puestos de rayos X portátiles y ligeros para seguir a los ejércitos en sus desplazamientos. Se embarca en otro proyecto para ayudar a la infinidad de heridos que llegan de los frentes repartiendo información de la universidad a los hospitales de París y crea el primer "coche radiológico", un puesto móvil de rayos X que circula de hospital en hospital en agosto de 1914. Estos coches, conocidos en la zona de guerra con el nombre de "pequeños Curie", los va equipando María desde su laboratorio. Consigue, no sin esfuerzos, 20 coches que puso rápidamente en circulación. María se quedó con uno de estos coches, en cuyo exterior pintó una cruz roja y la bandera francesa, e inició esa vida de aventuras que tanto la caracteriza.Así llegó María al atardecer de su vida. Sus últimos días transcurrieron como no podía ser de otra manera, trabajando arduamente en el laboratorio. Un día del mes de julio de 1934, a los 67 años, murió debido a una anemia aplásica muy fuerte, causada en parte por los efectos de su sobreexposición a la radiación a lo largo de su vida.Ella sabía que sus esfuerzos servirían para que otros continuasen investigando y así formar esa cadena maravillosa que es la vida cuando se la entiende como un suceso de hechos, un conjunto de eslabones. Amaba la historia y quiso formar parte de ella, la consideraba un pedestal en donde poder construir un futuro. Se sintió parte de la historia y del presente, por eso no desperdició un minuto de su tiempo, que era algo muy valioso para ella, una hora de tiempo era una hora de vida que podía aprovechar para ser útil y decidió vivir una vida útil, decidió que su vida no sería en vano. Así como vivió, dejó huella en la historia, en la ciencia y en el futuro.Esa misma noche el matrimonio Curie, en vez de descansar, fue al hangar a ver nuevamente ese maravilloso elemento. Se dirigieron en silencio y, al entrar sin alumbrar, a oscuras descubrieron que el radio tiene más que un buen color, es luminoso. Y así pasaron días, meses y años trabajando en ese taller-laboratorio cargado de sueños, esfuerzos e incomodidades. Años en los cuales escribió: "La vida no es fácil para ninguno de nosotros, pero, ¡qué importa! Hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que creer que se está dotado para alguna cosa y ello hay que alcanzarlo cueste lo que cueste". María sabía que existía esa sustancia, a la que dieron el nombre de Radio. Sus teorías y razonamientos fueron comprendidos, pero la ciencia no podía aceptar definitivamente la existencia de este cuerpo nuevo hasta que no se pudiese ver, hasta que no se pudiese pesar y examinar. Hasta el momento nadie había visto el radio y los químicos le decían: "Si no hay peso atómico, no hay radio. Muéstrenos el radio y entonces le creeremos".

El destino la llevó por caminos que no esperaba y en ese camino se encontró con un ser especial y único como ella: Pedro Curie, entregado de cuerpo y alma a las investigaciones científicas. Por supuesto ninguno había reparado en el otro hasta que coincidieron en una cena y la conversación se tornó inmediatamente en un diálogo científico. María le planteó cuestiones y escuchó atentamente las sugerencias de Pedro y éste a la vez le explicó sus proyectos. Hasta que finalmente se dio cuenta de que estaba hablando con una mujer de sus trabajos, empleando términos técnicos, fórmulas complicadas y que esta mujer, joven y encantadora, comprende y discute con él ciertos detalles con mucha claridad. De este modo comenzó un lazo de amor y admiración que jamás se rompió, ni siquiera con la muerte de Pedro.

Esta unión no fue casual, un ideal común atrajo a estas almas excepcionales: el amor a la ciencia. Los trabajos de María aumentan. Ahora es la señora de Pedro Curie, que estudia, trabaja, hace sus experimentos en el laboratorio, que atiende su casa, a su esposo y a sus hijas.

Llegamos al año 1897, María tenía 30 años y dos licenciaturas: una en física y otra en matemáticas, y en un pobre laboratorio de la Escuela de Física piensa en el doctorado. Buscaba un tema útil y original. Entonces, con ayuda de su esposo, investigaron los más recientes trabajos de física para encontrar el tema de su tesis. María buscó con la misma curiosidad y audacia de los exploradores, con el mismo instinto que la empujó a abandonar Varsovia para descubrir París y la Sorbona. Estudió con atención los últimos estudios experimentales y se detuvo en los trabajos del físico francés Becquerel publicados el año anterior.

Becquerel había estudiado las sales de un "metal raro", el uranio, y observó un fenómeno imprevisto e incomprensible: que las sales de uranio emitían espontáneamente, es decir sin acción previa de la luz, rayos de naturaleza desconocida. Este fenómeno es al que años más tarde María daría el nombre de radiactividad. El origen de esa radiación era un enigma que intrigaba y maravillaba al matrimonio Curie. Aquí estaba el enigma, el desafío, el tema de investigación, un tema cuyo campo de exploración se hallaba completamente virgen.

Con el tema de su doctorado ya decidido, solo faltaba encontrar un sitio en donde desarrollar los experimentos. Tras muchas gestiones por parte de Pedro, lograron que el director de la Escuela de Física le concediese a María un taller, cerrado con vidrieras, ubicado detrás de la escuela. Pero María no pierde la paciencia y, aunque no tenía una instalación eléctrica adecuada, se las ingenió para hacer funcionar sus aparatos. Pedro, que había seguido con un interés apasionado los progresos de las investigaciones de María, decidió abandonar momentáneamente sus estudios y unir sus esfuerzos a los de María.

Radio. Y así pasaron días, meses y años trabajando en ese taller-laboratorio cargado de sueños, esfuerzos e incomodidades. Años en los cuales escribió: "La vida no es fácil para ninguno de nosotros, pero, ¡qué importa! Hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Hay que creer que se está dotado para alguna cosa y ello hay que alcanzarlo cueste lo que cueste". María sabía que existía esa sustancia, a la que dieron el nombre de Radio. Sus teorías y razonamientos fueron comprendidos, pero la ciencia no podía aceptar definitivamente la existencia de este cuerpo nuevo hasta que no se pudiese ver, hasta que no se pudiese pesar y examinar. Hasta el momento nadie había visto el radio y los químicos le decían: "Si no hay peso atómico, no hay radio. Muéstrenos el radio y entonces le creeremos".

Esto significaba un sobreesfuerzo para el matrimonio Curie. Necesitaban grandes cantidades de materia prima para obtener una mínima cantidad de radio, ¿cómo pagarían los gastos? ¿En qué local harían el trabajo?

Y como muchas veces sucede, el ingenio suplió la fortuna. Como no podían comprar el mineral que esconde el radio, pensaron en que si el radio está en el mineral, también lo podrían encontrar en sus residuos, lo cual abarataría en gran escala su precio. Y así fue, con sus pocos ahorros compraron y pagaron el traslado hasta París de una tonelada de residuos de uranio.

El matrimonio empezó el duro trabajo en el taller-laboratorio durante 3 largos años. María estudió kilo por kilo las toneladas de residuos que le fueron enviando. Poco a poco se iba acercando a su objetivo y 45 meses después de que hubiesen anunciado la probable existencia del radio, en 1902 María logra la victoria en esa lucha, que la llevó a obtener "un decigramo" de radio puro. Pudo comprobar el peso atómico de la nueva sustancia y los químicos, incrédulos, admitieron oficialmente la existencia del radio.

Ideales. Esa misma noche el matrimonio Curie, en vez de descansar, fue al hangar a ver nuevamente ese maravilloso elemento. Se dirigieron en silencio y, al entrar sin alumbrar, a oscuras descubrieron que el radio tiene más que un buen color, es luminoso.

En una ocasión que le ofrecieron a Pedro una condecoración, éste respondió de buen grado: "Agradezco las buenas intenciones del señor Ministro, pero debo informarle que no siento la necesidad de ser condecorado, pero sí en cambio, tengo la necesidad de poseer un laboratorio".

Pedro no concebía que a un hombre de ciencia se le negaran los medios para trabajar y que al mismo tiempo se lo estimulase con una pequeña cruz esmaltada colgada de una cinta de seda roja.

El radio era un hecho, ahora había que comenzar a estudiar sus propiedades y utilidades. Y sucedió un último y conmovedor milagro: "el radio podía ser utilizado para el bienestar de los seres humanos y ayudar a combatir enfermedades" y Pedro Curie, indiferente al peligro, expuso inmediatamente su brazo a la acción del radio.

Para su alegría tenía una lesión. La observó, siguió su evolución y apuntó los resultados. Al cabo de unos meses vieron que la piel destruida por la acción del radio volvió a estar sano.

El mundo científico se revolucionó y empezaron a preparar una industria del radio. Querían fundar una fábrica que lo produjese para facilitárselo a los médicos.

Y es aquí cuando los Curie estudiaron las opciones que les ofrecía el radio: por un lado se podía dar al mundo, sin restricción alguna, el procedimiento de la obtención del radio; por otro lado podían considerarse como propietarios del descubrimiento, patentarlo y asegurar los derechos sobre su fabricación en el mundo, lo cual les haría sumamente ricos.

María inmediatamente renunció a un futuro de riqueza y con ello a la posibilidad de tener el tan ansiado y necesitado laboratorio: "¡Imposible! El radio es de la naturaleza y por lo tanto les pertenece a todos. Es injusto sacar beneficio de un elemento que servirá para curar a los enfermos". Y de este modo plasmó su ideal de ser útil. Puso su vida y su genio al servicio de la humanidad rechazando algo que hoy parece ser la finalidad de la vida de muchas personas, la riqueza material.

En 1903, 5 años después que María eligiera el tema de su tesis, presentó su trabajo ante el tribunal de la Sorbona, en la "sala de los estudiantes", para mostrar su trabajo sobre sustancias radiactivas. Físicos, químicos y hombres de ciencia se apretujaban en la pequeña sala para poder ver y oír a esa tímida mujer que presentaba su tesis doctoral en la Universidad después de haber hecho uno de los descubrimientos más grandes del siglo.

Enseguida llegaron los reconocimientos a su gran labor. Premios, medallas y el Premio Nobel de Física en 1903.

María continuó trabajando, estudiando y dando clases. Pedro fue nombrado Profesor de la Sorbona y obtuvo, con mucho esfuerzo, un nuevo laboratorio con María a su cargo. En el año 1906 murió su esposo Pedro Curie. Fueron momentos difíciles para ella, pero siguió trabajando para ganar dinero para sus hijas y para ella misma, rechazando una pensión que le ofrecieron. Mientras tanto, en la Sorbona tenían el gran dilema de quién reemplazaría a Pedro Curie en su cátedra y, tras largas deliberaciones, decidieron que María era realmente la persona más adecuada para ese puesto. De este modo, saltándose normas y tradiciones por las que una mujer no "debía" tener semejante cargo, nombran a la Sra. Curie "Encargada de curso", siendo la primera vez que se concede a una mujer un puesto en la enseñanza superior francesa.

En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial y María quería ser útil. Aprovecha sus conocimientos de radiología para crear puestos de rayos X portátiles y ligeros para seguir a los ejércitos en sus desplazamientos. Se embarca en otro proyecto para ayudar a la infinidad de heridos que llegan de los frentes repartiendo información de la universidad a los hospitales de París y crea el primer "coche radiológico", un puesto móvil de rayos X que circula de hospital en hospital en agosto de 1914. Estos coches, conocidos en la zona de guerra con el nombre de "pequeños Curie", los va equipando María desde su laboratorio. Consigue, no sin esfuerzos, 20 coches que puso rápidamente en circulación. María se quedó con uno de estos coches, en cuyo exterior pintó una cruz roja y la bandera francesa, e inició esa vida de aventuras que tanto la caracteriza.

Así llegó María al atardecer de su vida. Sus últimos días transcurrieron como no podía ser de otra manera, trabajando arduamente en el laboratorio. Un día del mes de julio de 1934, a los 67 años, murió debido a una anemia aplásica muy fuerte, causada en parte por los efectos de su sobreexposición a la radiación a lo largo de su vida.

Ella sabía que sus esfuerzos servirían para que otros continuasen investigando y así formar esa cadena maravillosa que es la vida cuando se la entiende como un suceso de hechos, un conjunto de eslabones. Amaba la historia y quiso formar parte de ella, la consideraba un pedestal en donde poder construir un futuro. Se sintió parte de la historia y del presente, por eso no desperdició un minuto de su tiempo, que era algo muy valioso para ella, una hora de tiempo era una hora de vida que podía aprovechar para ser útil y decidió vivir una vida útil, decidió que su vida no sería en vano. Así como vivió, dejó huella en la historia, en la ciencia y en el futuro.

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