Hay un libro que tal vez no sea publicado jamás, una especie de diario secreto que fue redactado con la destreza de un verdadero escritor pero que su autor dejó inconcluso. Se titula “Memorias de un bandido. Las confesiones de El Gato Negro”. Está firmado por Juan Portillo y su estilo es único.
En él, el autor habla de su niñez llena de privaciones en el sur, de su deseo de superación, de su vida en Estados Unidos y del “destino implacable que lo convirtió en un hombre temible, malo, aunque no perverso, poderoso, pero al margen de la ley”, y en el que reflexiona sobre su vida y sobre su futuro, sobre la delincuencia como una “equivocada actividad humana de la que quisiera salirme para vivir mis últimos días en paz, pero a la que estoy encadenado como si hubiera firmado un pacto con el diablo”.
Dice que de la existencia de su diario solo saben dos personas, incluido él mismo. Asegura que “escribe para dejar constancia de su paso por el mundo, no para mostrarse como un ejemplo a seguir por los demás, especialmente por la juventud, y no para escribir un libro que pueda publicarse, sino para descargar un poco la presión que no lo deja vivir en paz, sencillamente, porque el delito no paga, y aunque se tenga poder y dinero, aunque se pueda decidir la vida y muerte de rivales y enemigos, una persona como yo no cabe en la sociedad, y si se le respeta es por temor, si se le ama es por dinero y si se le adula es porque puede hacer grandes favores”. Agrega que “no lo escribe todo, y como no soy ‘sapo’, jamás he de decir nombres. Mi grandeza es falsa y solo yo me la creo; tengo mis fieles pero sé que siempre hay un Judas; no quiero decepcionar a nadie y le pido perdón a Dios y a mi madre, a la sociedad no porque soy producto de esta sociedad corrompida, y aunque no soy malo por ser malvado, hago lo que me obligó a hacer el destino. Amo a mis hijos, llevo en mi corazón a la mujer que me entregó su amor y su vida, quiero a mis fieles y me entristecen los pobres; no odio a nadie; mis enemigos son los que invaden mi territorio o quieren sacarme del camino; Óscar Álvarez no es mi enemigo, él solo es el ministro de Seguridad y cumple con su deber. Yo hago la parte mala, él hace la parte buena, y aunque parezca absurdo, los dos nos necesitamos, o al menos nos compensamos; por desgracia para mí, hay hombres que no tienen precio, que no se pueden comprar, y yo saldré perdiendo al final. Para que la gente me recuerde ahí están mis corridos. Soy un ‘Toro pesado’ pero escogí el camino equivocado. Repito: el delito no paga, y al final solo me espera la tumba porque a la cárcel no iré jamás; tengo suficiente poder, agallas y dinero, y al fiscal o al juez que se me ponga por delante le va a temblar la mano antes de hacer algo contra mí. Tengo ‘amigos’ políticos, algunos de ellos diputados; no les tengo miedo a los gringos porque no me meto con ellos. Los gringos no perdonan. Esos son capaces de levantarme de aquí y enterrarme vivo en una celda, como a Ramón Matta. Lo que hago, lo hago en Honduras, y aquí voy a morir, mejor dicho, aquí me van a matar, y van a ser los mismos a los que les tendí la mano, a los que les llené la boca de dinero, a los que llamo mis socios pero que en el fondo son como Judas. Lo que más me duele de todo esto es que no volveré a ver a mis hijos, a los seres que amo tanto y que me hacen feliz. Sé que no se avergonzarán jamás de mí. Soy lo que soy porque es lo que me tocó ser en la vida. Soy el malo de la película y como todo malo, tarde o temprano terminaré mal”.
Estos son extractos de las “Memorias de un bandido”, más de quinientas páginas manuscritas que son como un mea culpa, la confesión de un hombre que estaba seguro que “solo me espera la muerte y aquí es donde me doy cuenta que los refranes son sabios porque el que a hierro mata a hierro muere, y yo estoy condenado desde hace tiempo. Si volviera a nacer no haría esto de nuevo, por nada del mundo; es horrible vivir perseguido, señalado, temido y repudiado, pero es peor ser utilizado, adulado porque das dinero y engañado”. Es la vida atormentada de El Gato Negro, sus memorias, sus confesiones y sus miedos, “porque también tengo miedo, como ser humano que soy”.
TESTIGO FIEL
Estimada Carmilla, mi nombre no importa, abrí este correo solo para escribirle porque quiero contarle lo que vi con mis propios ojos la noche de San Pedro, cuando estaba de turno en mi trabajo. ¿Se acuerda de la abogada que encontraron muerta en el asiento de atrás de su carro, una camioneta Mitsubishi? Yo vi cuando la sacaron; todavía se movía pero los dos hombres la llevaban casi chineada, la metieron al carro, en el asiento de atrás, uno de ellos la acomodó, el otro manejó y se fueron; después solo regresó uno. Yo leo sus casos, casi los tengo todos, y le escribo porque tal vez le interese.
LA ÚLTIMA CARTA
Carmilla, es la última vez que le escribo. Ya no trabajo allá, me vine para Tegus. Tengo miedo. Hay fiscales buenos y hay corruptos, y es que me ofrecieron dinero para poner una pulpería si me quedaba callado, pero mejor creo que me voy mojado para la USA. Me dijeron que la familia de la abogada solo quería sacar las cosas de ella, pero no creo, por lo que usted me escribió. Yo se que usted no tiene la culpa. Gracias por todo. Ya no le escriba a mi suegro. Adiós, Carmilla.
MALA PRAXIS
Josecito estaba jugando fútbol con sus amigos; era un niño de diez años, dinámico, buen alumno y muy educado. Hoy es un vegetal.
Esa tarde se subió a un árbol y se cayó, se quebró un brazo y se golpeó la cabeza en el suelo; estuvo inconsciente por largos minutos. Sus padres, deseosos de darle la mejor atención, lo llevaron a un hospital privado. Llevaba un hueso de fuera y, después de ser evaluado por el médico residente, se hizo lo que sugirió el ortopeda: cirugía. Por supuesto, a los doctores les dijeron lo que había pasado y el tiempo que el niño estuvo inconsciente. Nadie dijo nada y en el quirófano le pusieron anestesia general. ¡Terrible error! Cinco minutos antes de que la anestesia hiciera efecto, Josecito ya estaba muerto en vida. La anestesia le produjo hipoxia cerebral, lo que significa que su cerebro dejó de recibir oxígeno, y se paralizó… para siempre.
Después de cuatro años, la familia lleva a juicio oral y público al hospital, que no se hace responsable de los gastos de cuidado de lo que podría llamarse su víctima. En opinión del doctor Denis Castro Bobadilla, al caer y golpearse la cabeza, el niño se produjo un edema en el cerebro, por lo que perdió el conocimiento; la anestesia inflamó más el edema y destruyó la vida del niño para siempre. Los médicos tenían que saber que si estuvo inconsciente, lo que debían hacer era una tomografía, jamás aplicar anestesia general, sino local, y actuar con verdadero profesionalismo. Hoy van a juicio pero en Honduras la mala praxis es un error involuntario y no un delito.
UNO MÁS
La Escuela de Medicina de La Habana, Cuba, es el destino deseado por miles de jóvenes de escasos recursos que desean estudiar medicina, graduarse rápido y desarrollarse profesionalmente. Muchos hondureños han estudiado allá y ahora ejercen su profesión en el país. Un muchacho, recién llegado de Cuba, asistía un parto en el hospital Materno Infantil, en Tegucigalpa; el gineco obstetra atendió a la mujer, entregó en recién nacido a la enfermera, revisó por última vez el área vulvar de la parturienta y suspiró cansado, se aflojó la mascarilla, se quitó los guantes ensangrentados y le dijo al médico recién graduado en Cuba que la costurara. Este obedeció al instante, masticando una enorme bola de chicle. Empezó costurando el periné, desgarrado por el niño al salir, pero no se detuvo, siguió cosiendo los labios vaginales, recogiéndolos y haciendo puntadas maestras, selló la abertura vaginal, cubrió la uretra y siguió hasta cubrir el clítoris; la última puntada la hizo al inicio del Monte de Venus. Satisfecho, llamó al ginecólogo. Este puso el grito en el cielo. Ahora, juzgue usted.
LIBERTAD
En 1990, Héctor era un teniente recién salido de la Academia de Policía. Lo habían asignado a Yoro y pasaba los días en el cuartel, a un costado del edificio de la Penitenciaría, tratando de cumplir con su deber como mejor podía.
Una noche calurosa en la que estaba turnando con un agente del Departamento de Investigación Nacional (DIN) se sentía más aburrido que de costumbre y aceptó la invitación de su compañero de ir a escuchar historias de los presos. Don Joaquín, un hombre de sesenta y tres años, bajo de estatura, lleno de canas y arrugas y de pocas palabras, no podía dormir y accedió a platicar con ellos.
Dijo que estaba preso porque mató a un hombre; de eso ya habían pasado tres años y todavía no lo habían condenado. Dijo que él le compró una escopeta a un amigo, que fue con el amigo a un lugar, afuera de la aldea, para probar que la escopeta disparaba bien, que ya era un poco tarde y que el amigo le dijo que disparara hacia un montarral que tenían enfrente. Él apuntó y apretó el gatillo. Su amigo pegó un grito. En esa dirección estaba un hombre haciendo sus necesidades detrás del monte y, ¡qué desgracia!, el escopetazo lo había matado. Por supuesto, aquello era una contingencia, pero la verdad era que el hombre estaba muerto. Don Joaquín, recto y correcto, como deben ser todos los hombres, se entregó a la Policía. Lo metieron al presidio desde hacía tres años y esperaba a que le dijeran cuál sería su condena. Esa era su triste historia y la contaba resignado.
El detective lo escuchaba atentamente; cuando terminó la narración, arrugó la cara, llamó a un lado a Héctor y le dijo: “Mirá, yo creo que este viejito es inocente. Estoy seguro que el que mató al hombre es el que le vendió la escopeta, que lo llevó al monte para que la probara y lo hizo disparar en la dirección en que sabía que estaba el cadáver, después lo preparó todo como para que se creyera que el hombre estaba haciendo sus necesidades y que el viejito lo mató sin querer. Voy a buscar el expediente y vamos a ir a visitar al que vendió la escopeta”.
A las diez de la mañana del día siguiente, el hombre estaba en las oficinas del DIN, desnudo, colgando del techo de los pulgares de las manos, con los ojos morados, los labios llenos de sangre y con un ladrillo colgando de un cáñamo que tenía amarrado a los testículos. Ya tenía cerrada la garganta de tanto gritar. Cuando lo bajaron, empezó a confesar. Dijo que él y el muerto eran enemigos, que cuando venía para la aldea a entregarle la escopeta a don Joaquín, que se la había comprado, lo vio pero se le escondió, estaban solos en el monte y lo siguió, le disparó con la escopeta una sola vez y después preparó el cuerpo para culpar a don Joaquín. No se imaginó que iba a estar tanto tiempo preso si se trataba de una contingencia. Una semana después don Joaquín salió en libertad, solo para morir tres días más tarde de un paro cardíaco, en la hamaca que colgaba en el corredor para ver pasar sus vacas. Héctor no sabe si el asesino fue condenado. Tres meses después lo trasladaron a Olancho.
