Terminó su recorrido vespertino como siempre, sin dar a entender que hubiese sucedido nada especial, con excepción de esa mancha de sangre en su uniforme y un corte en su labio. De regreso en la oficina de correos, escuchó que la gente decÃa, "¿escuchaste? Keith salvó otra vida hoy".
Asà es la vida de Keith McVey, el cartero de piel bronceada y ojos azules siempre alertas, que no puede caminar por la calle sin que la gente lo salude o haga sonar las bocinas de sus autos. O, darÃa la impresión, sin salvar una vida.
"Para nosotros, es como un astro del rock", comentó Tina, recepcionista del complejo King Apartments, donde hay un cartel que dice "Keith es nuestro héroe".
Las hazañas
McVey se siente un tanto incómodo mostrando los premios que le han dado y los recortes de periódicos en los que se habla de sus acciones de bien.
Esos episodios comienzan generalmente con alguien que grita pidiendo ayuda.
La semana pasada, el grito vino de un hombre en estado de pánico que trataba de revivir a un amigo en la parte trasera de una camioneta.
"DecÃa que su amigo no estaba respirando", relata McVey. "Me dije, ‘bueno, veamos qué pasa’. A veces hay que actuar, sin pensarlo demasiado".
McVey, quien habÃa tomado una clase de resucitación cardiopulmonar pero nunca habÃa realizado una de esas maniobras, comenzó a hacerle presión en el pecho mientras otra transeúnte le veÃa el pulso. Trabajaron durante varios minutos, durante los cuales se congregó una pequeña muchedumbre a su alrededor. Los segundos se hicieron minutos, pero habÃa que seguir bombeando hasta que llegase la ambulancia.
"De repente la mujer dice, ¡siento el pulso! ¡siento el pulso!", recuerda, sonriendo. "Poco después el hombre comenzó a respirar por sà mismo".
El individuo fue llevado a un hospital y se recuperó. Le pidió a la policÃa que no divulgase su nombre.
El episodio no hizo sino aumentar la leyenda en torno a McVey.
"Otro cartero vino y dijo como al pasar ‘Keith salvó otra vida’’’, cuenta una compañera de trabajo, Memory Valentine. "Salà y vi que tenÃa lo que parecÃa sangre en su camisa y un corte en el labio. Le pregunté, "¿Keith, qué pasó?".
La maniobra de resucitación fue algo sencillo comparado con lo que vivió McVey hace dos años.
Rescate
La niña se hundió y desapareció de su vista. "Le grité, ‘aguanta, que voy por ti’’’, recuerda. "QuerÃa alentarla a que se mantuviese a flote".
Se sacó sus botas, tiró a un costado su bolsa con correspondencia y se metió en el agua mientras la baby sister de la niña y una hermanita sollozaban.
McVey no nada particularmente bien, pero logró sacarla del agua, nadando de espaldas. La niña estaba muy asustada y por momentos tironeaba y lo hundÃa. Él salÃa nuevamente a la superficie y seguÃa avanzando, arrastrando a la muchacha, que se aferraba a él.
"No fue un rescate de manual, pero pude sacarla", expresó.
Luego de que los paramédicos se hicieron cargo de la menor, McVey estrujó el agua de sus calcetines, se puso los zapatos y se colgó nuevamente la bolsa con la correspondencia, todavÃa con la ropa mojada.
"Siguió con sus entregas, ¡empapado!", relata Starosto, asombrada.
McVey asegura que ni le pasó por la cabeza tomarse la tarde libre.
"Si no terminaba el recorrido, hubieran tenido que procesar la correspondencia de nuevo. No querÃa darle trabajo a los compañeros", explicó.
Los halagos lo hacen sentir incómodo, pero los entiende.
"Ya son tres casos y estoy empezando a pensar que puede haber alguna intervención divina", señaló. "Asusta pensarlo".
