Operación cinchoneros

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

24.07.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Era una mañana cálida de febrero de 1982, la ciudad se despertaba temprano y el típico bullicio de un día de trabajo normal empezaba a llenar el espacio; el sol brillaba como una medalla de fuego sobre un cielo huérfano de nubes y San Pedro Sula parecía resucitar.

Por una avenida casi vacía avanzaba una camioneta sin prisa aparente; el chofer iba en silencio, el viejo señor Arak iba a su lado, mirando a través del vidrio delantero sin que nada lo inquietara, respondiendo de vez en cuando a las preguntas de su hijo Akob que iba sentado justo detrás de él.

Era un día como todos los demás. La salida de la casa, los negocios, el almuerzo, los amigos y la casa; nada cambiaba en su rutina de todos los días.

Sin embargo, aquel día sería diferente, y el chofer lo presintió cuando vio que el pick up Chevrolet que tenía varios minutos de seguirlos, se adelantó haciendo chirriar las ruedas, pasó a su lado casi tocando su puerta y se cruzó delante de él haciendo que se detuviera.

Del pick up bajaron tres hombres, con fusiles Ak-47 en las manos, y empezaron a disparar. El chofer respondió al fuego, don Arak disparó su pistola y, por largos segundos, los asaltantes se mantuvieron a raya.

Un minuto después empezaron a retroceder, subieron al Chevrolet y escaparon haciendo los últimos disparos. El chofer tenía un rasguño en la cabeza y sangraba, don Arak estaba ileso y se veía la desesperación y la cólera en sus ojos, pero su hijo estaba muerto, tirado sobre un charco de sangre en el asiento de atrás.

Los delincuentes querían secuestrarlo; al encontrar resistencia optaron por matarlo. La operación resultó un fracaso pero dejó un dolor incurable en el corazón del hombre noble y bueno que le había dado la vida.

Agosto

Poco después del mediodía el sol seguía calentando la tierra y haciendo hervir el aire; la canícula, o veranillo, como lo llaman los campesinos, era sofocante y por momentos hacía la atmósfera irrespirable.

Sin embargo, la vida seguía en la ciudad y el calor no era nada nuevo. A eso de la una de la tarde, una monja hizo sonar la campana del "María Auxiliadora", las alumnas se levantaron de sus asientos y empezaron a salir en fila.

Terminaba un día más. Afuera, pegado a la acera, esperaba un Buick oscuro, con una de las puertas de atrás abierta; Tití, la bella hija quinceañera de don Arak, entró al carro y el chofer cerró la puerta.

No tardaron en salir del embotellamiento que se formaba a aquella hora cerca del colegio y pronto llegaron al estadio Francisco Morazán.

El chofer iba a acelerar cuando un pick up Chevrolet se cruzó frente a él y, en menos de dos segundos, varios fusiles Ak-47 le apuntaron a la cabeza.

Dos hombres abrieron la puerta trasera del Buick y cuatro manos sacaron del carro a Tití. El chofer vio cuando la subieron a la paila del Chevrolet y no supo cuando se perdieron de vista.

Todo duró menos de cinco segundos. No se disparó ni un solo tiro. Acababan de secuestrar a Tití Arak.

El Din

El sub teniente Palma Rivera recibió la noticia de pie. El señor Arak estaba desesperado. Su hijo había muerto hacía ocho meses, asesinado por los secuestradores, y ahora le quitaban a su hija, la niña de sus ojos.

Era algo que no podría soportar. La Policía tenía que hacer algo. Palma Rivera era todo entusiasmo. Pequeño de estatura pero gigante en voluntad, organizó un equipo de detectives del Departamento de Investigación Nacional (DIN) y empezó a rastrear la ciudad.

Tenía veintitrés años, una hija, una mujer a la que adoraba y un millón de sueños en la cabeza. Recién salido de la Academia, creía que la vida del policía era color de rosa pero cuando se enfrentó con la realidad, se entusiasmó más y supo que aquel era su destino.

Decía que la delincuencia era un mal creado y sostenido por la misma sociedad y sus liderazgos viciados y viciosos, pero igual había que combatirla y para eso vestía el uniforme; ahora tenía en sus manos un caso difícil y no quería fracasar.

Un secuestro era algo realmente serio y así se lo hizo ver el Capitán Morán Morel, jefe del DIN en San Pedro Sula. Con sus hombres invadió la ciudad y no tardó en tener resultados.

El Chevrolet

El pick up estaba estacionado en una calle de la colonia Universidad, con los vidrios abajo y el motor apagado. Tenía una lona cubriendo la paila y Palma Rivera pronto supo que era el carro de los secuestradores.

Dos testigos dijeron que del Chevrolet se bajaron cuatro hombres y una muchacha, que se subieron a un pick up Datsun 1500, blanco, y que parecía que llevaban rumbo a Puerto Cortés.

Palma Rivera se acercó al Chevrolet, levantó la lona cuidadosamente y vio cuatro paquetes de dinamita conectados con un alambre; se acercó a la cabina y descubrió dos paquetes más. Eran bombas caza-bobos.

Si alguien hubiera abierto una puerta del carro hubieran explotado matándolos a todos. En ese momento, Palma Rivera supo que no se enfrentaba a un grupo de aficionados.

Los secuestradores eran profesionales, con entrenamiento y conocimientos militares, y el corazón le dio un vuelco porque tal vez no lograría identificarlos.

Unos minutos después de llegar a la colonia Universidad y mientras esperaban al Escuadrón Antibombas, lo llamaron por radio. Un Datsun 1500 blanco estaba abandonado en la salida a Puerto Cortés, con las puertas abiertas. Los testigos lo reconocieron en el plantel del DIN. Era el mismo carro que usaron los secuestradores para huir de la colonia Universidad.

Llamada

Palma Rivera estaba decepcionado. Había pasado una semana y no tenían pistas de los secuestradores. La familia recibió la primera llamada dos días después del secuestro, les pedían veinte millones de dólares por el rescate y ellos empezaron a negociar; trajeron de Inglaterra tres asesores especiales para que los guiaran, y esperaron a que todo terminara bien.

Mientras, Palma Rivera estaba más delgado, con enormes ojeras, la cara jalada y de mal humor. Los informantes decían bien poco y ninguna pista llegaba a sus manos. A los secuestradores se los había tragado la tierra.

Pero la tarde del décimo día, un oficial amigo suyo recibió una llamada. Alguien le dijo que tenía alguna información acerca del Datsun 1500 pero que no podía llegar al DIN, así que tenían que verse en otro lado. Palma Rivera voló.

El hombre elegante que estaba frente a él se veía nervioso. Le dijo que el Datsun había sido suyo, que lo reconocería en cualquier parte y entre mil carros iguales. Incluso le dijo que a los quince días de haberlo vendido lo vio cerca de una escuela y que estaba chocado. Recordó que le comentó a su esposa que lo acababan de comprar y ya lo habían golpeado. Y le dio un nombre al sub teniente.

Pistas

En esa época el DIN estaba en el mismo edificio de Tránsito. Palma Rivera ahora tenía un nombre y se fue a los Archivos. No tardó en encontrar al nuevo dueño del Datsun; se llamaba Efraín Javier Pérez López. Se fue a los Archivos del DIN. No tardó en saber que se enfrentaba a un hombre peligroso y decidido.

En los dos comunicados, o cartas, que le habían llegado a los familiares de Tití con las condiciones del rescate, decían que los secuestradores era luchadores de la libertad, que eran un Comando guerrillero del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) del Frente de Liberación Nacional Cinchoneros.

El Padre Antonio Quetglas, que servía como mediador en las negociaciones, llevaba las cartas que le dejaban en algún sitio de la Catedral de San Pedro Sula, pero nunca vio a los mensajeros.

Pero Palma Rivera tenía un nombre y seguía una pista segura. Efraín Pérez era un viejo conocido, revolucionario, con entrenamiento en guerra de guerrillas en Cuba y Nicaragua, comunista hasta la médula y asesino por convicción. Dar con él no parecía tan fácil.

En el expediente que tenía el DIN sobre él se leían maravillas. Se había tomado la Catedral de San Pedro Sula, asaltaba bancos y defendía la causa revolucionaria con su propia vida.

Pero ahora estaban detrás de él, sin embargo, a un mes del secuestro, Palma Rivera solo tenía pistas; nada concreto.

Sosa

Jorge Alberto Sosa era un indio enorme, valiente y enemigo a muerte de los delincuentes. Era jefe del DIN en Puerto Cortés y tenía buena fama. La gente confiaba en él. Una noche, llamó por teléfono a Palma Rivera a San Pedro Sula.

Le dijo que tenía un amigo que trabajaba en la Cervecería y que este había hospedado en su casa a un hermano, a un amigo del hermano y a su cuñada con un niño.

Que le dijeron que iban para Guatemala en la madrugada pero que él sintió curiosidad al ver que llevaban varias maletas demasiado pesadas. En un descuido de sus huéspedes miró adentro de una de ellas y casi se va de espaldas por la sorpresa.

Estaba llena de armas: pistolas, fusiles, granadas, municiones. Tuvo miedo y se lo dijo a José Sosa. Palma Rivera no perdió el tiempo. Le dijo que les diera seguimiento, que no los dejara escapar, que si solo tenía tres hombres más vistiera de civil a dos policías y que no dejaran que se fueran.

Él iba para Puerto Cortés en ese momento. Pero cuando salió de la oficina se dio cuenta que no tenía carro en qué irse y así se lo dijo al jefe de Tránsito, David Abraham Mendoza.

Este le dio su propia camioneta, Palma Rivera la llenó de hombres y armas y salió para Puerto Cortés. Cuando llegaron, Sosa y sus hombres se estaban agarrando a tiros con los sospechosos.

Cogidos a dos fuegos, se rindieron. Francisco Pérez López, hermano del Comandante Efraín, su mujer Suyapa Martínez y su hija estaban ilesos. Jorge Soler Casco tenía una herida de bala en el muslo derecho. Esa misma noche los llevaron para San Pedro Sula.

Morán

Eran las tres de la mañana cuando le dijo a Palma Rivera que no los fuera a tocar, que él llevaba dos interrogadores expertos y que iba saliendo para San Pedro Sula. Llegó a las cinco de la mañana. Los interrogadores eran Carlos Alfredo y Marquitos.

Empezaron su trabajo a las seis de la mañana. A las cuatro de la tarde no les habían sacado nada a los detenidos, y esto que la capucha era muy convincente, que los golpes eléctricos en los testículos aflojaban la lengua más terca y a pesar de que a Suyapa le habían cortado las venas a mitad del brazo.

Palma Rivera estaba indignado. Aquel método no los llevaba a ningún lado. Le dijo a Morán Morel que él conocía a Jorge Soler, que habían sido vecinos en Puerto Cortés, que conocía bien a sus padres y que le permitiera hablar con él.

Además, en una de las maletas habían encontrado mucha literatura comunista, manuales para hacer bombas y, algo muy importante, el tercer comunicado que iban a enviar a la familia de Tití Arak, manuscrito.

Lo habían analizado y era la secuencia de los dos anteriores. Aquellos hombres eran Cinchoneros y estaban involucrados en el secuestro.

Jorge

Pareció arrepentido cuando Palma Rivera le dijo que sus padres iban a sufrir mucho cuando supieran en qué andaba él; le había comprado arroz chino, Coca Cola, cigarros y había traído a un médico para que le curara la herida.

Jorge estaba más tranquilo. Dijo que iba a colaborar, que lo iba a llevar a una casa que había visitado con el Comandante Efraín y donde una vez le dijo que allí iba a suceder algo grande que iba a estremecer a Honduras y que le iba a dejar muchos millones de dólares a la causa de la revolución, pero no la recordaba muy bien.

Entonces pidió un traje elegante para llevarlos a identificar la casa. Palma Rivera le trajo un sastre. Mientras le tomaban las medidas a Jorge, Palma Rivera recordó que los instructores argentinos en contrainsurgencia decían que los guerrilleros, cuando decidían colaborar con la Policía pedían ropa elegante, que pasaban varias veces por la casa que prometían identificar y que eso les servía a los cómplices para entender que su compañero estaba preso y que era hora de escapar.

Era una señal. Palma Rivera no cayó en la trampa. Mientras le hacían la ropa, le pidió a Jorge que le diera más datos; una hora después este le dijo que la casa estaba en la colonia Bográn, que cerca de allí había un billar, y que era una casa nueva. Palma Rivera aisló al guerrillero y salió con sus hombres para la colonia Bográn. No tardó en ubicar la casa.

Vigilancia

Sesenta y dos días después del secuestro, Palma Rivera tenía toda la información que necesitaba. Supo que los secuestradores cambiaban turno en la mañana, que el taxi 28, un Isuzu Bellet, llegaba puntual cada día a recoger a su pasajero, que este salía de la casa a la carrera, se metía al taxi y se perdían en la calle.

Supo, además, que vivía allí una muchacha con un niño, que lo sacaba a pasear todas las tardes y que con ella vivían dos muchachos más.

Pasó la información a sus superiores y estos delegaron la responsabilidad del rescate al mayor Carbajal Molina. Este dijo que no metería a su gente a la casa si antes no sabía quiénes estaban allí, qué armas tenían y dónde tenían a la muchacha. Palma Rivera tenía que capturar al menos a uno de los que hacían turno. Era el día sesenta y tres del secuestro.

Fuerzas Especiales

Palma Rivera estaba vigilando la casa cuando vio que el taxi se detenía en el portón antes de la hora. Todavía era las cuatro de la mañana. El chofer abrió las cuatro puertas, sacó las alfombras y caminó por la calle sacudiéndolas, mientras miraba maliciosamente en todas direcciones.

Diez minutos después salió un hombre de la casa, cerraron las puertas del taxi y se fueron. Palma Rivera creyó que se escapaban y que los habían descubierto.

Diez cuadras más adelante los detenían, sin disparar un solo tiro. Le informó a Carbajal Molina que no le tenía un hombre, sino dos. Estos empezaron mintiendo.

Dijeron que estaban en la casa catorce hombres armados hasta los dientes y dispuestos a morir. Que la muchacha estaba en un clóset, que la mantenían sentada en un banco, en una esquina, que un guerrillero con una escopeta estaba cerca de ella, que a la altura de la cabeza de la secuestrada habían dibujada una diana, de esas de tiro al blanco, y que si llegaba la Policía, el compañero tenía órdenes de disparar al centro de la diana y matar a la muchacha.

Palma Rivera les preguntó por qué cambiaron de turno tan temprano y ellos le respondieron que es que el compañero tenía diarrea y lo llevaban al médico.

Y era cierto. El taxi estaba lleno de heces fecales y los pantalones del hombre apestaban. La operación de rescate estaba lista. Los detenidos dibujaron la casa, en la cancha de fútbol los hombres de las Fuerzas Especiales practicaron varias veces y el jefe de la operación, el capitán Pereira, dijo que todo debía durar al menos dieciocho segundos.

Rescate

Palma Rivera no debía participar en la operación, pero se subió al Ford 250 en el último minuto. El capitán le dijo que debía quedarse debajo del carro, si quería ir con ellos. Palma Rivera aceptó.

Los hombres estaban listos. Se identificaban por número. El Capitán era el número Uno, llevaba una pistola de .9 milímetros en la cintura y un mazo de cincuenta libras en las manos, para derrumbar la puerta; sus hombres tenían pistolas de .9 milímetros en las manos, listas para disparar.

El Uno derrumbaba la puerta, el Dos disparaba a lo que se moviera a la izquierda, el Tres a la derecha, el Cuatro a la izquierda, y así hasta el Ocho. El Ford entró a la calle de tierra.

De pronto aceleró, hizo un giro, derribó el portón de malla ciclón y madera, el Uno reventó el llavín de la puerta con el mazo, la puerta se deshizo y el Dos entró a la sala. En ese momento la muchacha, con el niño en la cintura, gritó: ¡Policía!

Y disparó con una ametralladora Uzi; el Dos le disparó en la frente. Efraín Pérez salió con un Ak-47, el Tres le pegó un tiro arriba de la nariz; un tercer guerrillero quiso contraatacar pero el Cuatro le deshizo la frente de un balazo.

En ese momento, el hombre de la escopeta apuntó a la diana y disparó. El Uno le pegó un tiro en la cabeza. La operación había fallado. Habían matado a la muchacha.

Pero el Uno entró al clóset y la encontró viva, agachada sobre sus rodillas, sentada todavía en la silla. La sacó en brazos y dio la orden de retirada. La muchacha estaba a salvo.

La operación duró apenas ocho segundos. Tití dijo que estaba leyendo la Biblia, sentada en la silla, que cuando escuchó que la mujer gritó "¡Policía!" se agachó y que solo sintió el escopetazo pasar por encima de ella.

Los capturados en Puerto Cortés y los dos hombres del taxi fueron condenados a veinte años de prisión.

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Era una mañana cálida de febrero de 1982, la ciudad se despertaba temprano y el típico bullicio de un día de trabajo normal empezaba a llenar el espacio; el sol brillaba como una medalla de fuego sobre un cielo huérfano de nubes y San Pedro Sula parecía resucitar.
Era una mañana cálida de febrero de 1982, la ciudad se despertaba temprano y el típico bullicio de un día de trabajo normal empezaba a llenar el espacio; el sol brillaba como una medalla de fuego sobre un cielo huérfano de nubes y San Pedro Sula parecía resucitar.

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