TERESA. Yo estaba pequeña, muy pequeña; creo que no tenía más de cuatro años cuando empezó todo, y eso es ser demasiado pequeña para iniciarse en el miedo, el dolor y la angustia que producen el abuso constante, las amenazas y la represión. También estaba indefensa, me sentía sola y sé que desde entonces soy diferente, en comparación con las demás mujeres de mi edad, quiero decir. Crecí con miedo, con dolor y con desconfianza y no he podido superarlo; es más, creo que no lo superaré jamás. Eso marcó mi vida para siempre y, a pesar de que me esfuerzo, no soy una persona normal.
A veces como en exceso, a veces no como por días enteros, me deprimo, lloro a solas, actúo agresivamente o me vuelvo pasiva; a veces amo a los hombres y a veces los odio, veo a mis hijas y, por momentos, me siento culpable de haberlas traído al mundo, siento que no podré protegerlas como no pudieron protegerme a mí quienes estaban en la obligación de hacerlo, y temo que alguien les haga daño. Creo que amé a su padre pero temblaba cada vez que él las abrazaba y las besaba y temía que les hiciera lo mismo que me hicieron a mí. Mi psicólogo dice que por eso peleaba con él, que fui yo quien lo alejó de mí y que por eso se destruyó mi primer matrimonio. Tal vez sea así, y eso también me hace sufrir. Yo dejé a mis hijas sin padre y creo que al sobreprotegerlas de mis propios fantasmas les he ido marcando negativamente la vida. Y lo peor es que he tenido seis parejas más y no he podido conservarlos a mi lado.
Y no sé qué hacer; me desespero y, por momentos, pienso en el suicidio y termino dejando a un lado las pastillas para curar frijoles que he guardado desde hace unos cinco años; soy cobarde o creo que hay esperanza todavía y lamento no haber dicho nada cuando tuve la oportunidad; tal vez si lo hubieran castigado yo estaría más tranquila pero él siempre fue demasiado poderoso, era amigo de militares y de políticos "prestigiosos", era millonario y tenía un nombre, y mi madre era una pobre mujer sin personalidad, una "poca cosa" como él le decía, a la que había encontrado en la calle y, por tanto, tenía la obligación de someterse a él, a sus abusos, a sus pasiones aberradas y a sus instintos más bajos y destructivos. Y era mi padre, el hombre que me dio la vida, pero que me condenó a vivir en una agonía constante que no sé si llegará a terminarse con mi muerte. Él, que debía protegerme, cuidarme, quererme, darme seguridad y prepararme para la vida; él, que tenía el deber natural, moral y divino de hacer de mí una mujer de bien, hizo todo lo contrario, y me destruyó para siempre. Por desgracia, mi madre no me creyó y no me cree todavía. Sigue esperándolo a pesar de que desapareció hace algún tiempo. Unos dicen que lo hicieron desaparecer porque sabía ciertas cosas de gente poderosa, otros… bueno, ese no es el tema y, para mí, es mejor que ya no esté.
INICIO. Tenía cuatro años, lo sé porque cuando cumplí cinco él me hizo una fiesta, pero ya había empezado a abusar de mí. Yo era muy apegada a él, lo amaba y él siempre me consentía. Nadie tenía tantas muñecas como yo y nadie tenía el mejor padre del mundo como yo. Hasta entonces era feliz.
No recuerdo realmente cómo ni cuándo empezó a hacerlo, pero para cuando cumplí cinco años él llegaba todos los días a mi casa; mi madre tenía prohibido bañarme porque ese era un privilegio exclusivo de él, no importaba la hora que fuera y, quisiera yo o no quisiera, me tomaba de la mano y casi me arrastraba a mi cuarto, cerraba con llave y me desnudaba despacio, como si disfrutara hacerlo; bueno, sí lo disfrutaba mientras yo me moría de vergüenza. Una vez me dijo que no llorara, que a papito no le gustaba que su niñita llorara y que si seguía llorando se iba a enojar conmigo.
Yo sentía frío, a pesar de que San Pedro Sula siempre es caliente. Él se quitaba la ropa, para no mojarla, y se quedaba solo en calzoncillos, luego se metía a la bañera conmigo, me sentaba en sus piernas y, más que enjabonarme, empezaba a acariciarme. Yo sentía cómo se ponía y sentía vergüenza, angustia y desesperación, pero él podría enojarse y dejaba que me bañara.
Sus manos eran grandes, el jabón las hacía suaves pero yo sentía que me quemaban y, a veces, me figuraba que eran como las garras del dragón del cuento que él siempre me contaba. Yo había engordado mucho y a él le gustaba que tuviera piernas gruesas; dice el psicólogo que empecé a comer compulsivamente desde que inició el abuso y que eso me engordó; era una forma de calmar mi ansiedad. Tal vez tenga razón.
Era un maldito y ahora, esté donde esté, lo maldigo con todo mi corazón. Dios permite que esas alimañas prosperen en la vida y que gente que es noble y buena y digna viva en la pobreza, por eso perdí hace mucho la fe en Dios y estoy segura de que no la recuperaré jamás.
Era la rutina de todos los días. No me explico por qué me hacía eso. Yo era su hija, tenía que cuidarme y protegerme, amarme como aman los padres a sus hijos y él me hacía eso.
Me sacaba desnuda de la bañera, me llevaba en brazos hasta la cama y me paraba en el colchón, luego me secaba despacio y me sonreía, buscaba mis ojos pero yo no lo miraba, después me acostaba en la cama, desnuda, me decía que papito me quería y que los besos que me daba era porque me amaba mucho. Y lo hacía por casi una hora. Y yo no debía llorar.
ZOILA. Ahora entiendo la desesperación y el dolor de Zoila América Narváez. De ella también abusó un hombre poderoso, un hombre que estuvo siempre situado por encima de la ley y al que ni la justicia de Dios ha podido tocar. Así me pasó a mí. La compadezco porque siento lástima por mí misma y por quienes sufren abusos a diario; y son muchos y muchas, niños y niñas indefensos, inocentes que no pueden gritar su martirio porque tal vez nadie les crea, como me sucedió a mí y como le sucedió a Zoila América. Y he visto madres defendiendo a sus maridos abusadores, como la mujer de Comayagua que les dijo a los detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) que su marido era "un hombre completo", que el niño, su propio hijo, se le insinuaba y que su marido no tenía la culpa de haberlo violado. Y el niño murió en el hospital, con el ano desgarrado, los genitales desprendidos, gritando de dolor y suplicándoles a los doctores que no le dijeran a su mamá lo que le había pasado porque le iba a pegar.
Y en mi trabajo veo a diario casos de este tipo. Soy abogada, trabajo para el Ministerio Público, gracias a las "influencias" de mi padre, y actúo (porque lo que hago a diario es actuar) como una persona normal y una funcionaria dedicada a su trabajo.
DOLOR. ¿Cuándo empezó a violarme? Creo que desde el inicio. Sus dedos eran como garfios, su boca era como boca de serpiente y su lengua como hierro al rojo vivo. Era una tortura constante y, para cuando cumplí trece años, me llevó a pasear a las islas, sin mi madre, solo papito y yo. Allí lo hizo, en una isla privada de un hotel de uno de sus grandes amigos. Sabía lo que hacía porque me inyectó antes para evitar embarazos y después me ensució el alma para siempre. No dormí toda la noche, lloraba en silencio mientras él roncaba, apestoso a whisky y a su propia inmundicia. Y era mi padre, mi torturador, mi verdugo…
Estuvimos allí el fin de semana. Ahora ya no era solo su niñita, era ya su mujer. Varios años antes me decía que una niña buena complacía al papito porque el papito era bueno y Dios premiaba a las niñas que le obedecían al papito. Ya estaba en el colegio y me cuidaba y me celaba de forma enfermiza. Mis maestros notaban algo raro en su actitud pero él era don fulano, millonario, poderoso, prestigiado y peligroso. ¿Quién iba a oponerse a él? ¿Quién iba a enfrentársele?
NOVIO. Cuando tuve mi primer novio sentí mucho miedo. Lo veía a escondidas pero él lo supo. No volví a ver al muchacho. Hoy, tantos años después, supe que hizo que lo reclutaran y lo mandaran a La Mosquitia, y solo tenía dieciséis años. Lo he visto varias veces, vendiendo queso en el mercado San Isidro, y no sé si me odia por lo que le hizo mi papá o si tiene algún recuerdo agradable de mí. Él fue mi primer novio y me entregué a él con verdadera inocencia, a pesar de lo que mi padre hacía conmigo. Creo que es el único recuerdo bueno que tengo y tendré de los hombres.
TEGUCIGALPA. Cuando salí del colegio me mandó a estudiar a Tegucigalpa. Él venía a verme todas las semanas, me traía de todo y me daba mucho dinero. Estaba envejeciendo y me repugnaba más que cuando era niña, pero su poder sobre mí era tal que no podía rebelarme aunque pasara días y noches planificando cómo enfrentarme a él y hasta imaginando cómo iba a denunciarlo. Pero, ¿quién iba a creerme? Él me dominaba y, por desgracia, creo que su espíritu maldito sigue dominándome hasta hoy. Por eso es que no logro estabilidad con mis parejas, y a veces necesito sentirme querida, protegida, valorada; los hombres se me acercan y creo que solo quieren sexo, si me agrada alguno me dejo conquistar, a veces termino en la cama con él y luego lo aborrezco y no vuelvo a verlo.
Mi esposo era bueno, me amaba y quiso ayudarme. Cuando le conté mi historia me amó más, pero yo creí que me tenía lástima y que hasta le provocaba asco. Yo lo alejé de mí y, estúpidamente, alejé a mis hijas de él. ¿Cuántos años tengo? ¡Todos! Soy una anciana por dentro a pesar de que aun no cumplo treinta y cinco. No creo que haya esperanza para mí. Mis pesadillas son permanentes, no puedo olvidar y no puedo asimilar mi tragedia. Siempre sueño cuando estaba desnuda en la cama, muy niña, él a mi lado, desnudo también, manoseándome, llenándome con su saliva ponzoñosa, causándome dolor mientras él gritaba de placer, ese placer inmundo, aberrado y maldito que no puedo creer todavía que tuviera conmigo. Y por eso lo maldigo, lo maldigo y lo maldigo…
EL FIN. ¿Qué puedo hacer? Mi psicólogo dice que tal vez mi terapia dure muchos años más, quizás toda la vida, y a veces no quiero vivir. Quise que usted escribiera mi historia, tiene el testimonio de mi ex esposo, de mi propia madre y de mi psicólogo, pero no quiero que sea solo una historia que se lee un domingo, se guarda y se olvida, deseo que sea un llamado a las autoridades, a los padres, a los padrastros, a los sacerdotes y a los pastores, a los maestros y a los parientes de niños y niñas para que los vigilen de cerca, para que hablen con ellos, para que les crean cuando les digan que alguien les está causando daño, para que actúen antes de que los marque para siempre una tragedia como la de Zoila América y la mía, como la de miles y miles de inocentes que sufren este tipo de abusos a diario.
Y yo soy abogada, funcionaria del Ministerio Público, hija de un hombre que fue rico y poderoso, y fui víctima del abuso de menores. Esto es algo que se debe erradicar, los malditos deben morir en la cárcel; creo que no porque no hayamos vuelto a ver a mi padre, porque tal vez esté muerto, eso sea suficiente castigo. Yo quisiera que me dijera por qué me hacía eso, por qué si yo era su hija… Y a veces creo que no quisiera escuchar su respuesta.
Esto es lo que soy, una mujer que finge por fuera y que es un sepulcro blanqueado, nada más, porque a eso me condenó la aberración de mi propio padre. Por favor, no diga los detalles. Basta con que cuente la historia con el mismo profesionalismo. Gracias.
