¡Qué solos se quedan los viejos!

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

24.09.2011 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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EL H-3. Cuando los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegaron a la escena, se encontraron con algo completamente diferente a lo que estaban acostumbrados y, por un momento, estuvieron seguros de que se les había molestado sin necesidad pero, acostumbrados también a hacer su trabajo sin murmurar mucho o en voz alta, se prepararon para realizar el levantamiento en el menor tiempo posible.

“¿Qué tenemos?” –preguntó en ese momento el H-3, que se había retrasado para terminar de fumarse la colilla del enésimo cigarro del día, y esto que el día era todavía muy joven.

“Esto nada tiene que ver con Homicidios -le respondió uno de sus compañeros-. Mire…”

El H-3 se abrió paso bajo el marco de la puerta de cedro antiguo, oloroso todavía, avanzó menos de un metro en la habitación, y se detuvo. Algo fugaz brilló en sus ojos, enarcó las cejas y miró a sus compañeros como haciéndoles una pregunta que no entendieron.

“Saquen a toda esta gente de aquí, pero que nadie salga de la casa”.
Las órdenes del H-3 se cumplían de inmediato.

UNA ESCENA. Aunque el H-3 les dio la razón a sus compañeros, él esperó un poco antes de tomar una decisión, acostumbrado como estaba a no tomar decisiones a partir de la primera impresión. Sabía bien que en cada escena siempre hay algo más de lo que se muestra a simple vista, y en aquel momento había algo raro en aquella habitación, aparte de grotesco y apestoso.

El cadáver estaba en la cama, cruzado justo en el centro, con las piernas flexionadas hacia adelante y descansando sobre el costado derecho; el edredón sucio y maloliente estaba recogido frente a su pecho y por él asomaba el brazo izquierdo momificado, terminado en una garra de huesos largos y piel oscura de los que se habían desprendido las uñas.

La boca estaba abierta, como si la mandíbula se hubiera soltado de sus articulaciones, y mostraba dos líneas de dientes de porcelana que algún artista de la odontología aseguró en el hueso con tornillos de platino hacía algún tiempo, pero el rostro era verdaderamente grotesco. Aunque no estaba descarnado, se veía la calavera en todas sus líneas. Le faltaba un pedazo de la nariz y tenía las cuencas de los ojos vacías, pero cubiertas con los párpados y las largas pestañas.

El H-3 avanzó despacio, mirándolo todo con un interés especial. Aquel cuerpo estaba momificado, la piel era un pergamino que se pegaba a los huesos y la posición en que se encontraba sobre la cama decía que quizás la víctima trató de moverse, bajarse tal vez y salir de allí. Sin embargo, ¿qué había pasado en aquella habitación espaciosa, adornada con el lujo y el gusto exquisito de los años cincuenta? ¿Cuándo había muerto aquella persona? ¿Por qué se le encontraba en aquellas condiciones?

El H-3 estaba nervioso. Su cerebro funcionaba a miles de revoluciones por segundo pero le hacía falta un poco de nicotina. Con mano temblorosa sacó un cigarro y se lo llevó a la boca, y empezó a morder el filtro. No fumaba jamás en la escena de un crimen.

UN NOMBRE. “Mujer anciana… ¿Cuántos años?”
Su voz rompió el silencio. Empezó a hablar como si estuviera dictando, pero se dirigió al hombre enorme que cubría la puerta de la habitación y que lo veía sin ninguna expresión especial en el rostro.

“Era mi madre -dijo, después de carraspear varias veces para aclarar la garganta-. Se llamaba María, María Zabra. Tenía ochenta y tres años”.
Los ojos inexpresivos del hombre se quedaron fijos en la mirada de fuego del H-3.

“Doctor, ¿cuánto tiempo cree usted que tiene de muerta doña María Zabra?”

“Así, es difícil decir una fecha exacta…”

“Más o menos, ¿cuánto?”

“Yo diría que unos quince o veinte días”.

“Y, ¿por qué se momificó de esa forma?”

“El clima ayudó mucho. Además, se ve que el dormitorio estaba cerrado casi herméticamente. Se ve que está limpio, y podría decirse que las moscas no entraron… Son muchos factores…”

“Bien -musitó el detective-. ¿Cuándo fue la última vez que vio con vida a su madre, señor…?
“Arturo Zabra. Yo soy el hijo mayor”.
“¡Ah! El hijo mayor…”

“No entiendo por qué hace tantas preguntas, señor…”

La mano huesuda y temblorosa del H-3 lo obligó a guardar silencio.

“Yo le hago las preguntas, usted las contesta. Este es el procedimiento. Dígame, ¿cuándo vio con vida a su madre por última vez?”

“No sé… No lo recuerdo”.

“¿Dónde vive usted?”
El hombre vaciló. Quitó su mirada de la mirada inquisitiva y dominante del detective y balbuceó:

“En el piso de abajo…”

El H-3 guardó silencio por unos segundos. Miró cómo el hombre empezaba a palidecer, y dijo:

“Entiendo”.

MÁS PREGUNTAS. “¿Quién cuidaba de su madre?”

“Nosotros”.

“¿A quienes se refiere cuando dice: Nosotros?”

“Todos nosotros, sus hijos”.

“¿Cuántos hijos son, señora?”

“Seis”.

“¿Están todos aquí?”
“Estamos tres. Dos viven en Canadá y uno en Jordania.”
“¿Usted dónde vive?”

“En el piso de abajo, junto a la casa de mi hermano mayor. Y mi otro hermano vive más al fondo, en el mismo edificio”.

“¡Ah!, qué bien. Viven juntos. Y su madre, ¿vivía sola?”

“Pues sí. Desde que murió mi papá, hace veinte y cinco años…”

“¿Estaba enferma su madre?”

“¿Qué pregunta es esa? Como todo adulto mayor…”

“Y usted la cuidaba…”
“Sí, pero como teníamos que atender el negocio, le contratamos una enfermera…”
“¡Qué bien! ¿Podría decirme el nombre de la enfermera?”
La mujer dudó un instante, miró a su hermano mayor y bajó los ojos. Dijo un nombre. El H-3 lo anotó en una libreta.

“Este es el tercer piso, ¿cierto?”

“Sí, así es”.

“Ustedes viven en el segundo…”

“Sí”.

“Y en el primero está el negocio…”

“Sí. Desde que lo fundaron con mi papá, el negocio ha estado ahí…”

“Bien”.

El H-3 suspiró, mordisqueó el filtro del cigarro, del que ya solo quedaban algunas tiras, y le preguntó a uno de sus compañeros:

“¿Ya vino el fiscal?”

“Sí. Acaba de llegar.”

“Bien. Saquen a toda esta gente. Que solo se quede el doctor forense, el fiscal y uno de ustedes. El fotógrafo puede esperar”.

REUNIÓN. El H-3 guardó el cigarro deshecho en la bolsa de su camisa y empezó a hablar.

“Creo que esta señora no murió de muerte natural -dijo-; creo que la dejaron morir de hambre, de sed y por falta de los cuidados médicos que necesitaba”.

El fiscal arrugó las cejas, el forense bostezó. El otro detective escribía en una libreta de notas.

“Si nos fijamos bien, las medicinas están en las mesitas de noche, a los lados de la cama. Los anteojos para leer están sobre la Biblia, que está cerrada, las pantuflas están sobre la alfombra, a un lado de la cama, y la señora está vestida con el camisón de dormir; su bata está colgada en ese perchero. Creo que se acostó su última noche, tal vez se sintió mal en algún momento, tomó un poco de agua, porque el vaso está medio vacío, y se recostó. No creo que haya muerto esa misma noche… Los hijos dicen que ella vivía sola y que la cuidaba una enfermera… Pero parece que una mañana nadie vino a ver a la señora, ni los hijos ni la enfermera… Si vemos las almohadas, están acomodadas contra el espaldar, pero en algún momento la señora se sintió mal y trató de bajarse de la cama… Pero la muerte la encontró justo en el centro del colchón… Pasaron semanas antes de que se acordaran de ella… Y eso es lo raro… ¿Y la enfermera? ¿Por qué no vino a trabajar al día siguiente? Si hubiera venido, no estaríamos aquí nosotros, aunque la hubiera encontrado muerta. ¿Qué pasó con la enfermera? ¿Y los hijos? ¿No la visitaban nunca o no les interesaba la salud de la viejita? O, ¿la señora valía más muerta que viva?”
El fiscal se rascó varias veces la cabeza, pensativo.

“¿Qué sospecha?”

“Creo que dejaron morir deliberadamente a la señora. ¿Ven el andador que está cerca de la cama? Pues está claro de que la señora necesitaba ayuda para levantarse, y quizás hasta para caminar. Ochenta y tres años no son una broma, y la señora estaba enferma. El doctor dice que hay en las mesitas de noche jeringas para inyectar insulina, pastillas para el corazón, para la presión, y ¡a saber qué más!... ¿Quién era doña María Zabra? Este edificio es enorme, el negocio es grande y el lujo de este cuarto y de la sala de enfrente no vale dos centavos…”

“¿Conclusión?” –preguntó el fiscal.

“Todavía no hay conclusiones… Pero creo que la señora valía mucho más muerta… Tal vez me equivoque… Creo que tenemos que hablar con la enfermera”.

EN LA DNIC. La enfermera era una mujer de cincuenta y dos años, baja, delgada, pelo gris y ojos brillantes. Se veía triste y se notaba que había llorado.

“¿Cuánto tiempo trabajó para doña María Zabra, señora?”

“Veinte años exactos, señor, desde que ella cumplió los sesenta y tres…”

“¿Por qué necesitaba ella una enfermera?”

“En la fiesta de su cumpleaños sesenta y tres se cayó y se rompió la cadera… Me contrataron en el hospital… No me separé de ella…”

El H-3 dejó que la señora llorara.
“¿Cuándo la vio por última vez?”

“Hace un mes…”

“¿Por qué se separó de ella?”

“Ellos me corrieron. Dijeron que ya no podían pagarme el salario y que ellos cuidarían a doña María…”

“Cuando dice ‘ellos’ se refiere usted a los hijos de la señora, ¿verdad?”
La enfermera movió la cabeza hacia adelante.

“¿Qué tan enferma estaba ella cuando usted la vio por última vez?”

“Enferma no, señor; grave era que estaba… No podía levantarse de la cama por sí sola… Dependía en todo de ayuda…”

“Una pregunta importante: ¿Tenía dinero doña María Zabra?”

La enfermera se limpió una lágrima, se sonó la nariz y miró al detective con ojos de fuego.

“¿Dinero? ¡Sí! ¡Claro! Mucho dinero…”

“¿Cuánto?”

“Eso no lo sé, pero sí era mucho, y muchas propiedades… Trabajó duro con el esposo y ella lo heredó cuando murió… Los hijos dependían en todo de ella, pero le robaban…”

“¿Por qué dice eso?”

“Ella me contaba, y yo los veía… La muchacha, seguro que usted habló con la muchacha, que ya no es tan joven, se llevó delante de ella el juego de cubiertos de oro, unas joyas y las escrituras de unas casas en la colonia Granada… Después la obligó a que le firmara unos papeles…”

“¿Qué más?”

“Ellos ni se acordaban de ella… Es más, si de ellos hubiera dependido mi sueldo nunca me hubieran pagado… Doña María era la que firmaba los cheques…”

“Entonces, ¿eran malos hijos?”
“Malísimos”.

EL FISCAL. “Creo que estamos ante un homicidio preterintencional -dijo el fiscal-; la autopsia dice que murió de un paro respiratorio, aunque tal vez podemos probar que si la señora hubiera tenido la asistencia necesaria, no hubiera muerto. Creo que la dejaron sola con la intención de que muriera pronto, le quitaron los cuidados de la enfermera y la abandonaron, seguros de que ella no podía depender de sí misma para tomar las medicinas o para ponerse de pie… Quizás si hubieran encontrado el cadáver uno o dos días después de la muerte, se hubiera visto todo muy natural, pero pasó mucho tiempo, el cadáver se momificó, y ahora serán acusados de homicidio… Negar la asistencia a los padres y abuelos que no se pueden valer por sí mismos es un delito que cometen los hijos, y es penado por la ley. Abandonarlos hasta que mueren, es un delito mayor, pero abandonarlos y dejar que mueran sabiendo que la muerte les beneficia, con una buena herencia como en este caso, entonces estamos ante un homicidio preterintencional, que se castiga con diez a quince años de prisión… Probarlo es difícil en la mayoría de los casos, pero tengo una idea: con el, testimonio de la enfermera, la forma en que encontramos el cadáver, el abandono manifiesto por parte de los hijos, la malicia al despedir a la enfermera, a pesar de que sí tienen dinero para pagar no una, sino diez y la frialdad con que se enfrentaron a la muerte de la anciana… ¿Alguien vio una lágrima en la escena?”

El H-3 sonrió, encendió un cigarro y se tragó el humo, tiró el espaldar del sillón hacia atrás y suspiró.

“¿Qué falta? –preguntó, con los ojos cerrados.

“Que los hijos se lancen sobre la herencia como buitres…”

La voz del fiscal sonó indignada. La enfermera tosió, luego dijo, con voz suave: “Ella hizo testamento a favor de la hija que vive en Canadá… Solo a favor de ella… Cuando los otros hijos se dieron cuenta casi la golpean, pero ella no se retractó… De esto hace cinco años… Pero su copia del testamento se perdió y no la encontramos… Y el abogado de la señora como que es peor que Judas…”

“Tenemos suficientes elementos para acusarlos –dijo el fiscal–, solo esperemos a que den un paso en falso… Empezaremos por la omisión al debido cuidado… Esto es un delito en contra de nuestros padres y abuelos que no pueden valerse por sí mismos…”

FINAL. Han pasado varios años y el expediente de este caso sigue cubierto de polvo en el Archivo de la DNIC. El fiscal se fue hace mucho del Ministerio Público. El H-3 no lo olvida, por lo cruel que fue el homicidio de la señora Zabra. El negocio sigue allí mismo. ¿Y usted qué piensa? ¿Qué tanto ama usted a sus padres ancianos? ¿Qué tanto los respeta? ¿Debemos realmente honrar a nuestro padre y a nuestra madre para que nos vaya bien en la vida y para que nuestros días se alarguen sobre la Tierra? Seguramente opinará que sí.
Una jueza a la que se le expuso el caso es de la opinión que los hijos deberían estar en la cárcel y que debió declarárseles indignos de la herencia, porque está convencida de que deliberadamente desatendieron a su madre hasta provocarle la muerte. Cuando tratamos de entrevistar a la enfermera, se negó a hablar, y hasta se le zafaron algunas alabanzas para los hijos de doña María Zabra…

Es triste, pero después de tantos sacrificios, de tanto amor por los hijos, de tantas penas y lágrimas, qué solos se quedan los viejos; aunque tal vez deberíamos decir: ¡Qué solos se mueren los viejos!

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