Asesinato en la “San Genaro”

Un crimen siniestro y sin sentido que no podía quedar en la impunidad
ElHeraldo.hn

Honduras

25.12.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.hn

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CONDENA

Genaro estaba condenado a muerte. Desde el accidente, hacía poco más de dos años, lo único que los médicos pudieron hacer por él fue conservarle la vida, pero nada más, y Genaro quedó postrado para siempre, paralizado desde el cuello hasta la planta de los pies, arrepentido de haberse subido a la cuatrimoto que acababa de comprar y con la que cayó en un barranco lleno de piedras y troncos secos. Por desgracia para él, su cerebro no sufrió ningún daño y hablaba, oía y veía sin ningún problema, pero más grave aún, sentía, y su dolor se manifestaba con lágrimas que tardó mucho en contener.

A los seis meses de su tragedia quiso retomar su vida. Aunque no era fácil, tenía al apoyo de su esposa y de su hermano menor, su hacienda seguía en pie y dinero no le faltaba. Además, allí estaba su tía, la hermana de su madre que los había criado desde pequeños, después que sus padres murieron en el accidente del avión de Sahsa, el 21 de octubre de 1989. Y su tía los amaba como si fueran sus propios hijos.

Pero la muerte vendría más temprano que tarde. Ya lo habían dicho los especialistas. Los órganos empezarían a fallar, dejarían de funcionar los riñones, aumentarían la presión sanguínea y terminarían dañando el corazón o, tal vez, causando una hemorragia cerebral. Al enfermo había que decirle la verdad, y Genaro estaba consciente de ello. Lo peor es que solo tenía treinta y dos años de edad, y la muerte iba hacia él, despacio pero segura, y, a pesar de su situación, tenía miedo de morir.

ELLA.

Era hermosa. Cuando la conoció sintió que ya no se separaría de ella jamás y, tras dos años de noviazgo, se casaron. Fue la mejor época de su vida, pero no podían tener hijos. Ella era perfecta; él era estéril. No producía ni siquiera un tan solo espermatozoide como para fecundar in vitro un óvulo de su mujer, y aquella sombra nubló su felicidad, le amargó el carácter y lo hundió en la bebida. Cuando los celos le mordieron el corazón, empezó el martirio para María, a pesar de que ella lo amaba y se lo demostraba a cada momento de su vida. Y ahora era peor. Desconfiaba más de ella y ya no tenía paz. Un día ella dijo que ya no aguantaba más y que mejor se iba para donde sus padres, pero se quedó. Lo quería, y al lado de su amor, había crecido la compasión. Pero tanto va el cántaro a la fuente...

LA MUERTE.

Rubén Darío escribió, en uno de sus poemas más hermosos, una gran verdad. Él dijo: “Y, no obstante, la vida es bella/por poseer:/la perla, la rosa, la estrella/y la mujer”. Para Genaro ya nada de eso quedaba; solo esperaba la muerte.

Sin embargo, esta no llegó como la esperaba. A Genaro Castro lo asesinaron en su propia cama, de un balazo en el pecho. Según el Forense, le dispararon entre las diez y las doce de la noche, y supone que estuvo consciente hasta que salió de sus venas la última gota de sangre, cuando se desvaneció y su corazón se detuvo para siempre. Así lo encontró su enfermera, extrañada porque su esposa no había salido del cuarto todavía. Eran las ocho de la mañana y las moscas volaban sobre la sangre coagulada que se había derramado por las orillas del colchón, formando dos enormes charcos en el suelo. Su grito se escuchó en toda la casa.

LA DNIC.

La tía Eugenia lloraba sobre el cadáver duro y helado cuando llegaron los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC). Casi a la fuerza la sacaron de la habitación. Los detectives tenían que hacer su trabajo.
Empezaron por preguntarse: ¿Quién podría tener interés en asesinar a Genaro? ¿A quién beneficiaba su muerte? ¿Cuáles podrían ser los motivos del crimen?

Para empezar, se suponía que Genaro no tenía enemigos, a pesar de que su hacienda era de las más grandes y ricas, de que cosechaba casi tanto maíz, sorgo y frijoles como su correligionario “Pepe” Lobo, de que era uno de los mayores vendedores de ganado en pie para los mataderos y de que era uno de los principales productores de leche. Y esto, porque a veces la competencia acarrea enemistades. Pero Genaro se llevaba bien con todo el mundo.

La única dificultad que se le conocía fue la que tuvo con el padre Andrés Tamayo, cuando quiso vender los bosques que crecían en una de sus propiedades a orillas del río Guayape, pero eso había quedado en el olvido, y el padre terminó dándole la bendición cuando supo que Genaro esperaría cinco años más para explotar el bosque. Después de eso, solo se le conocían los pleitos que a veces tenía con su esposa. Nada más.

MARíA.

En este punto, los detectives preguntaron por la mujer. Nadie sabía dónde estaba. En realidad, hasta ese momento se dieron cuenta que no estaba en la casa. La buscaron por todas partes y no pudieron encontrarla. Un detective llamó a Juticalpa para que sus compañeros fueran a buscarla a la casa de sus padres, pero tampoco estaba allí. Los señores dijeron que tenían dos meses de no verla. Entonces, empezaron a sospechar de ella. Cuando terminaron las entrevistas a la gente de la casa, tenían varias respuestas para sus preguntas. Primero, María había matado a su esposo porque no soportaba más sus celos ni aquella vida esclavizada que llevaba; segundo, era la más beneficiada con la muerte de Genaro porque desde hacía un año él había hecho testamento a su nombre, dejándole el setenta por ciento de sus bienes y el restante treinta por ciento a su único hermano. Y el motivo del crimen estaba claro: la ambición. Ahora solo era cosa de encontrar a la mujer y corroborar aquella teoría. El caso estaba casi cerrado.

El hermano de Genaro la escuchó en silencio, con la cabeza baja y jugando con los dedos de sus manos. Su tía estaba a su lado, abrazada a él, viendo con sus ojos rojos, pero sin lágrimas, los rostros de piedra de los detectives. Al otro lado estaba su esposa, una mujer trigueña, alta, delgada y guapa. Ninguno de los tres parecía conmovido con las sospechas de los policías, es más, era como si nada de aquello les importara. Genaro estaba muerto, ya no sufría, y encontrar al criminal no parecía ser algo que les preocupara. Así lo entendió el H-3, mirando al grupo a través del humo espeso de su décimo cigarro.

Entonces una sonrisa apareció en su rostro, por lo general inexpresivo, deformando su bigote y mostrando los dientes cargados de nicotina. Y su sonrisa tuvo efecto. Los ojos rojos de tía Eugenia se fijaron en él como si el corazón le hubiera dado un vuelco en el pecho y el H-3 la miró con malicia, la mujer se estremeció y el detective mantuvo la sonrisa, esta vez insinuante y provocadora. La anciana bajó los ojos. El H-3 tiró el cigarro al piso (cosa rara porque los fumaba hasta que la colilla le quemaba los dedos) y levantó la voz.

La mujer volvió a verlo, y esta vez su temblor fue más perceptible, una palidez repentina se pintó en su rostro lleno de venerables arrugas, y se dilató su pupila. Nada de esto pasó desapercibido para el H-3. Cuando la señora se puso de pie, tuvo que agarrarla de un brazo para que no cayera, y caminando despacio junto a ella, cruzaron el salón.

LA TíA EUGENIA

. –No tengo nada más que decirle, señor–, murmuró la anciana, retorciéndose los dedos de las manos y mirando hacia abajo, con los ojos humedecidos.

–Yo creo que sí –la contradijo el H-3–, y mucho.

La mujer lo miró por un momento, pero en esa mirada había dolor y desesperación, y el H-3 sintió que no estaba cometiendo un error.

–Usted duerme cerca del cuarto de Genaro, ¿verdad?

La mujer movió la cabeza hacia adelante.

–Según me dijo usted, la última vez que lo vio con vida fue a las nueve, cuando fue a ver si le habían dado las medicinas.

–Sí.

–Y allí estaba la esposa de Genaro, en camisón de dormir y lista para acostarse a su lado, como lo hacía todas las noches.

Nuevo movimiento de cabeza.

–Bien. Una sirvienta dice que la señora María estaba deprimida desde hacía unos meses pero que no tenía valor para alejarse de su marido, que ayer en la noche ella la vio tomarse la pastilla para dormir que estaba usando desde hacía unas semanas, tal y como se las recetó el médico en Tegucigalpa. Según el forense, esas pastillas son poderosas, o efectivas, y hacen que una persona duerma entre seis y ocho horas normalmente. Usted fue maestra y entiende bien lo que le digo. Entonces, usted y yo sabemos que María no mató a Genaro.

La anciana levantó la cabeza de repente, asustada.

–Pero usted dijo…

–Yo sé lo que dije, no se preocupe usted por eso. Pero usted y yo sabemos que María no es la asesina.

–Entonces, ¿por qué no está en la casa?

El H-3 sonrió una vez más. La mujer bajó la mirada.

–Creo que eso usted lo sabe mejor que yo –dijo el detective–, y me gustaría que me lo dijera.

La tía Eugenia lloraba en silencio.

–Permítame hacerle una pregunta personal –continuó el H-3–. ¿A cuál de sus sobrinos quiere usted más?

La tía siguió en silencio.

–A Mario, ¿verdad? Él es menor, es un poco alocado y es al que más hay que proteger, como lo hizo usted desde que su hermana murió en el accidente del avión…

La mujer siguió callada.

–Dígame algo, ¿desde cuándo sabía usted que Mario estaba enamorado de su cuñada?
La tía Eugenia levantó la cabeza, apretó con fuerza las placas de porcelana y frunció los labios descoloridos mientras un rayo de ira salía de sus ojos.

–¿Quién le dijo eso? –gritó.

–La Policía no es estúpida, señora.

El H-3 hizo un gesto para que se acercara uno de sus compañeros, le dijo algo en el oído y el detective se fue. La mujer veía con ansiedad sus movimientos. Cuando el detective se acercó a Mario, junto a dos policías más, miró desesperada al H-3.

–Es hora de que nos ayude –le dijo el detective–. Protegerlo más no le servirá de nada. Voy a contarle por qué: Cuando les dije que sospechaba de María, a ustedes no les importó, lo que me indicó que estaban satisfechos de que las sospechas cayeran sobre otra persona a la que sabían que no encontraríamos nunca. ¿Ha visto las uñas de Mario? Tiene tierra en ellas, tierra fresca, como si hubiera estado escarbando hace muy poco. ¿Vio los arañazos que tiene en el cuello? Aunque trate de esconderlos, se le notan bien; son marcas de uñas. También las tiene en los brazos. Creo que una mujer se defendió de él cuando trató de violarla. Y esa mujer estaba en el mismo cuarto de Genaro. ¿Qué por qué lo digo? Porque al lado en que duerme María encontramos una envoltura de condón que suponemos que alguien rompió con los dientes. Esto lo vamos a comprobar en el laboratorio, y yo creo que el que lo rompió está aquí. Y creo que usted también lo sabe.

–¿Qué quiere decir?

–Que usted dice que no escuchó el disparo en el cuarto de Genaro, aunque duerme en el cuarto del lado, y, usted misma dijo que casi no duerme porque desde el accidente ha estado pendiente de Genaro; y usted sí escuchó el disparo, mejor dicho, los dos disparos.

El detective se detuvo por un momento, la señora estaba a punto de desmayarse.

–Encontramos dos casquillos de .9 milímetros en el cuarto, uno a cada lado de la cama. Le voy a decir qué fue lo que pasó: Mario deseaba a su cuñada; si usted lo ve bien, está de goma, lo que significa que tomó mucho licor anoche. Después de las nueve entró al cuarto, y digo después de las nueve, porque a esa hora usted iba siempre a ver si Genaro había tomado las medicinas. María estaba lista para dormir, en camisón y ya se había tomado su pastilla para el sueño. Mario se confió, entró al cuarto, se puso el condón, seguramente se subió en su cuñada, intentando violarla, ella no estaba bien dormida todavía y se defendió, arañando en el cuello y en los brazos a su atacante, en ese momento se despertó Genaro, vio lo que pasaba, amenazó a su hermano y este, borracho, lujurioso y enfermo de envidia porque tal vez ya sabía que no heredaba toda la hacienda San Genaro, se enfureció y le disparó en el pecho, luego le disparó a María. Usted entró al cuarto, vio lo que había pasado y le ayudó a su sobrino consentido a deshacerse del cadáver. Ahora me va a decir dónde lo enterraron. O me lo dice usted, o nos lo dice Mario.

La mujer se desmoronó.

–¿Qué le van a hacer? –preguntó en voz baja, y como si su voz saliera de una caverna.

–Nosotros nada. El fiscal y el juez sabrán qué hacer con él. ¿Está lista para confesar?

–Y ¿qué más le puedo decir? Usted ya lo dijo todo, como si hubiera visto cómo pasaron las cosas…

Mario fue condenado a veintitrés años y siete meses de cárcel por doble asesinato. La tentativa de violación no fue tomada en cuenta por el juez. El cadáver de María fue desenterrado del establo; tenía un orificio de bala en la frente. La tía Eugenia murió tres meses después. Dicen que fue de tristeza.

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