Así mataron a José Santos Guardiola

El capitán general y presidente de Honduras fue asesinado a cuchilladas una fría mañana de enero de 1862, en su propia cama. Los motivos del crimen siguen en el misterio.
ElHeraldo.hn

Honduras

25.09.2010 - Carmila Wyller - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Eran las ocho de la mañana del 12 de septiembre de 1860. Era una mañana tibia, llena de viento que venía del mar, cargado con un agradable sabor a sal. La gente estaba de pie desde muy temprano, llenando la calle que rodeaba la fortaleza de Trujillo, y asistía a uno de los espectáculos más conmovedores de los últimos tiempos.

Desde hacía una semana, William Walker, el inquilino más famoso de la fortaleza, llamaba la atención de los habitantes; se había reforzado la guardia, muchos soldados habían venido del interior del país y la ciudad parecía estar preparándose para una nueva guerra.

Los treinta y un filibusteros que habían capturado los ingleses en la desembocadura del Río Tinto estaban enfermos, heridos y hambrientos, y no podían combatir más. Las tropas hondureñas dirigidas por el general Mariano álvarez los hostigaron hasta desbaratarle su ejército de sesenta y cinco hombres y, ante la posibilidad de que el Presidente José Santos Guardiola lo condenara a muerte, Walker prefirió rendirse al coronel Norvell Salmon, que dirigía la corbeta "Icarus" de la Marina de Guerra británica.

La aventura de William Walker llegaba a su fin. Moría como Presidente de Nicaragua, como aventurero y como digno hijo de la Doctrina del Destino Manifiesto que quería conquistar América para los estadounidenses. Lejos estaba el día en que el Padre Agustín Vijil lo nombró "ángel protector de la paz, libertador y salvador de Nicaragua" y ahora se arrepentía de no haber ayudado al general José Trinidad Cabañas, cuando este lo visitó en su casa presidencial de Granada para pedirle ayuda para derrocar a José Santos Guardiola, "porque el Capitán General le había quitado la presidencia de Honduras en 1855". Y ahora miraba para atrás, cuando desembarcó en la bahía de Trujillo, la noche del 5 de septiembre, con casi cien hombres decididos a todo y con la esperanza de que el General Cabañas cumpliera su compromiso de apoyarlo para "liberar a Honduras de la tiranía de Guardiola".

Pero Cabañas no atendió a su llamado, no contestó sus cartas y terminó negándolo tres veces antes de que cantara el gallo.

Y esta mañana del 12 de septiembre de 1860 sonreía, y su sonrisa era como una burla, mientras avanzaba firme y despacio hacia el paredón de fusilamiento, entre dos sacerdotes que trataban de confortarlo, la cabeza levantada, la frente despejada, libre ya de las fiebres que lo atacaron en su desesperada carrera hacia el interior de Honduras en busca del General Cabañas, fieros los ojos grises, serenos y valientes ante la muerte.

EL PADRE MIGUEL

La palidez de su rostro cadavérico contrastaba con el oscuro profundo de la sotana, de cuyas mangas demasiado anchas salían dos manos nerviosas, extremadamente blancas, huesudas como garras y cruzadas por muchas venas verdes y azules. De sus ojillos brillantes salían chispas pero se mordía la lengua para no confrontar más con aquel hombre terco y poco amigable que tenía enfrente.

En realidad lo odiaba, aunque un sacerdote estaba obligado a amar a sus semejantes, sin embargo, José Santos Guardiola no era su semejante. En su muy sabia y personal opinión, aquel hombre lleno de pelos, como un mono, era un engendro de Satanás que había llegado al poder en Honduras para quitarle a la Santa Madre Iglesia todos sus privilegios, privilegios que Dios le había concedido desde el inicio de los tiempos. Por eso creía, como Agustín Vijil, que William Walker era un enviado del cielo para libertar a Honduras y devolverle a la Iglesia lo que le habían quitado esos engendros del diablo llamados Morazán y Guardiola. Pero Walker había sido traicionado por el coronel Salmon, entregado a las autoridades hondureñas y puesto en prisión, a la espera del perdón o la condena del Presidente Guardiola. Y el Padre Miguel del Cid, Vicario de Comayagua, representante de Su Santidad Pio IX, estaba allí para pedirle la libertad del libertador de Centroamérica, el Presidente de Nicaragua, el "ángel protector de la paz", el excelentísimo don William Walker. El general Guardiola lo escuchó sin decir nada, como quien escucha el silbido de una serpiente, y le contestó, al final de su petición:

-Excelencia -le dijo, sin preocuparse por ocultar lo mucho que le molestaba su presencia-, lamento decirle que ha venido usted demasiado tarde, ya he firmado la condena de muerte del invasor y, si mis cálculos no fallan, a más tardar mañana, 12 de septiembre de 1860, a las ocho de la mañana, el filibustero será pasado por las armas. Su ejecución servirá de ejemplo a los enemigos de Honduras y del gobierno, y mostrará una vez más que la libertad de los pueblos se defiende con las armas en la mano.

El Padre Miguel se retorció las manos hasta darles el color de la sangre, la cólera hervía en su pecho y tuvo que apretar los dientes para no echar fuera el infierno que ardía en sus venas. Creyó ver en los ojos oscuros del Presidente Guardiola una sonrisa maligna y se estremeció por dentro. Saludó, inclinando levemente la cabeza, agarró con una mano el enorme crucifijo que le colgaba en el pecho, como si quisiera estrangularlo, y dio media vuelta. Si el general hubiera podido leer en los ojos de serpiente del Vicario de Cristo, se habría dado cuenta de que sus días estaban contados. El Padre Miguel del Cid era un enemigo mucho más peligroso que el propio Satán.

1861. Humillación tras humillación, y el Padre no sabía cuál era la peor.

Su amigo William Walker fue fusilado por un batallón de soldados fieles al general Guardiola, tal y como le dijo este, a las ocho de la mañana del 12 de septiembre de 1860. Esta era solo una más de las causas por las que odiaba a aquel "político engreído". Si le sumaba su obsesión por quitarle a la Iglesia sus viejos privilegios y supeditarla al Estado, ya habían motivos suficientes para condenar al infierno a semejante sacrílego, y el primer paso era excomulgarlo. Pero Guardiola acudió a Su Santidad, y Pío IX anuló la excomulgión, separó de su puesto al Padre del Cid y nombró como Obispo de Honduras a Fray de Jesús Zepeda, más moderado que el efervescente Padre Miguel. Esto ya era demasiado. Aquel renegado, aquel hijo de Lucifer, aquel enemigo de la Iglesia debía morir. Sin embargo, él no podía matar. Aunque, pensándolo bien, sí podía hacerlo, por mano ajena, por supuesto. Y si no podía justificarlo, ahí estaban las Cruzadas, doscientos años de guerra santa contra los infieles, encabezadas por los Papas de la Iglesia Católica. Sí, ahí estaba la justificación para conspirar contra aquel enemigo de Dios.

El Padre Miguel reunió a sus amigos, como buen orador los convenció de las malas intenciones del general Guardiola, los hizo comprender que era hora de salvar a la Iglesia, reunió un ejército dirigido por sacerdotes, los ricos le dieron armas, el pueblo creyente se unió a él y se inició la Guerra de los Padres. El general Guardiola se enfrentó a ellos con su ejército y los derrotó batalla tras batalla.

Ahora era Presidente de Honduras, el primero de la Historia en ser elegido por el voto popular, y no sería fácil quitarlo del poder. Además, era joven, sagaz y ambicioso, y estaba seguro de que si reformaba la Constitución podría reelegirse más allá de su segundo período de gobierno, que terminaba en 1864. Apenas tenía cuarenta y cinco años de edad, era Capitán General, había sorteado muchos obstáculos, era un Presidente progresista y los más de veintidós mil votos con que lo eligió el pueblo eran muestra de que podía llegar mucho más lejos, tal vez más allá de 1868, o un poco después de 1872; después de todo, aquello de que el poder embriaga y pide más, era muy cierto, y él tenía sed de poder. Gobernar era bonito. Y la rebelión de los Padres estaba condenada al fracaso. La Iglesia no tendría más poder político en Honduras. No mientras él gobernara hasta fin de siglo, si era posible.

EL MAYOR PABLO

Sin embargo, cuando Maquiavelo le aconsejó a César Borgia que más le convenía al Príncipe ser temido que amado, dijo algo que muchos adoradores del poder llegarían a creer a pie juntillas, y don José Santos no fue la excepción.

La alta sociedad de Comayagua era católica ferviente, practicante y celosa de las tradiciones de la Iglesia. Aunque no hablaban abiertamente del "mal que el Presidente le hacía a la Iglesia", se mostraban partidarios del Padre Miguel, aunque estuviera derrotado y humillado, y en silencio conspiraban contra el general.

Pablo Agurcia era un católico fiel, un soldado disciplinado y un ciudadano respetuoso de la institucionalidad y las leyes. Era jefe de la plaza de Comayagua y, por tanto, subordinado del Presidente Guardiola, obediente y no deliberante, pero se debía más a Cristo y en su pecho lleno de religiosidad y santidad, hervía el odio que inspiraba el señor Presidente.

Desde hacía un mes se había comprometido a buscar a un agente especial que sacara al Presidente de en medio, y al fin lo había conseguido. El hombre era un indio fornido, de baja estatura, bigote de hebras, ojos achinados, nariz afilada y pelo hirsuto, hablaba poco, rezaba cien veces al día y besaba la mano santa del Padre Miguel con verdadera devoción. Como soldado debía obediencia al Presidente, pero como hijo de Dios debía obediencia a la Santa Madre Iglesia, y el Padre Miguel era el representante de Cristo en la Tierra. Y, aunque no pudiera entenderlo, el Padre juraba que el Presidente era un hijo súcubo de Satanás, y él sabía lo que Satanás era capaz de hacer; le bastaba recordar al pobre Job para juzgar la maldad del señor de los infiernos.

Cuente conmigo, mi mayor -dijo el hombrecillo, mirando con firmeza a Pablo Agurcia-; solo dígame cuándo debo hacerlo y delo por hecho.

El Padre Miguel sonrió, bendijo al soldado, le puso su enorme crucifijo en el cuello y lo besó en la frente, luego sonrió con esa risa de hiena que tan bien le queda a los Judas y Caínes. La suerte del general Guardiola estaba echada.

EL FINAL

Hacía frío, soplaba un viento fresco y una brisa suave humedecía la tierra. Cerca, las campanas de la vieja catedral de Comayagua llamaban a los fieles a la primera misa. Las sombras de la noche empezaban a disiparse y un sol rojo asomaba a lo lejos, lanzando suaves reflejos sobre el inmenso valle. Eran las seis de la mañana del 11 de enero de 1862.

José Santos Guardiola dormía, aunque no tenía el sueño muy pesado, estaba en pijama y se revolvía entre las sábanas con esa modorra deliciosa que invita a seguir durmiendo. Aún así, escuchó los ruidos en el pasillo que llevaba a su cuarto. Eran pisadas fuertes, de botas militares, pero no les dio importancia. Su guardia personal estaba ahí, siempre fiel, dispuesta a dar la vida por él, cuidándolo, velando su sueño y guardando sus pasos. Pero cuando la puerta se abrió de golpe supo que algo no estaba bien afuera; aquel hombrecillo de bigote ralo, ojos chinos, de baja estatura y rasgos indígenas apareció de repente en el cuarto y él levantó la cabeza. Dejó escapar un suspiro de alivio. Aquel hombre era uno de sus guardaespaldas más fieros y más fieles, aunque era un católico fanático.

-¿Qué sucede? -le preguntó, viéndolo avanzar decididamente hacia él. ¿Qué ruidos son esos?

El hombre no contestó. El Presidente se enderezó en la cama. En ese momento, un grito desesperado salió de su garganta.

-¡Guardias, a mí! ¡Guardias! ¡Al asesino!

El cuchillo brilló en la mano del hombrecito y el general lo vio ir contra él sin poder hacer nada para impedirlo. La hoja le entró en el pecho, rasgó la piel, cruzó entre las costillas y le perforó un pulmón. Sus gritos se apagaron. Sin embargo, saltó de la cama y se enfrentó a su asesino, pero este volvió a herirlo, tres veces, cuatro, diez. El Presidente cayó al suelo y el asesino se retiró unos pasos. Los ojos del general vieron el rostro agitado de su guardaespaldas, del Bruto que lo mataba, y se llevó la mano al abdomen, como para detener la sangre que brotaba revuelta con heces fecales de las heridas. Se acomodó lo mejor que pudo, apoyando la cabeza en una pared, respirando con dificultad. Quiso decir algo pero las palabras se ahogaron en la sangre que le subía por la garganta. Su asesino se agitó de repente, levantó el cuchillo ensangrentado y avanzó un paso hacia él. Entonces, el general Guardiola levantó una mano cansada y pálida y dijo, haciendo un último esfuerzo:

-Ya basta; ya es suficiente. Ya estoy muerto.

Un minuto después cerraba los ojos para siempre, en medio de un charco de su propia sangre y en su propio dormitorio. Tal vez antes de morir recordó el rostro huesudo del Padre Miguel, envuelto en su sotana negra, como en una mortaja. Las últimas campanadas sonaron en la iglesia cercana.

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