¿Qué es la felicidad?

No podemos esperar que el alma experimente otra cosa que placer o dolor si la dejamos librada a situaciones que no dependen de nosotros y que solamente podemos soportar pasivamente
ElHeraldo.hn

Honduras

26.02.2011 - Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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Una vez más, entre tantas cosas y probablemente en primer lugar, deseamos ser felices, no sufrir, disfrutar de una existencia apacible y plena de satisfacciones.

Sin embargo, si nos formulásemos seriamente la pregunta sobre qué es la felicidad, nadie respondería de la misma manera, algo natural y aun serían muchos los que se quedarían sin saber qué responder. La felicidad es un estado perfecto que se desea pero que no se puede definir, pues afecta a todos los planos de nuestra expresión humana y al conjunto en su totalidad.

La mayoría de las personas entiende la felicidad de una manera muy abstracta, colocándola desde el principio tan lejos y tan alto que todo esfuerzo por alcanzarla se vuelve estéril. El objetivo no es claro, su situación es indefinida y los medios para alcanzarlo son inadecuados. Veamos un poco lo que queremos decir.

El objetivo no es claro. No sabemos en qué consiste la felicidad, pues cada vez que creemos lograrla advertimos que no llegamos al estado de plenitud que nos habíamos propuesto. O lo que conseguimos nos parece poco, o nos parece opaco, o carente del atractivo que tenía cuando vivía en el plano de la imaginación.

Su situación es indefinida: ¿en dónde radica la felicidad? ¿En las satisfacciones materiales y sensibles? ¿En los sentimientos? ¿En la tranquilidad psicológica? ¿En una buena suma de conocimientos? ¿En una respetable certeza espiritual? ¿Cuál de los niveles de conciencia humanos es el depositario de la felicidad? ¿Está en uno solo de ellos o en todos a la vez? Y en este último caso, ¿cómo satisfacer a todos al mismo tiempo cuando sus necesidades suelen resultar contradictorias?

Los medios para alcanzar la felicidad son inadecuados. Este es el resultado de tener poco claro el objetivo, y no saber situarlo correctamente; así, los medios empleados no solo son inadecuados, sino que muchas veces ni siquiera empleamos medio alguno; simplemente, esperamos que la vida nos lo proporcione todo hecho y a nuestra medida.

Se impone, pues, revisar nuestras ideas y las consiguientes actitudes.

Debemos aclarar nuestros objetivos. ¿Qué es la felicidad para cada uno de nosotros? Resulta mucho más útil empezar por cosas sencillas, al alcance de nuestras posibilidades y bien concretas, ya sea en el plano material o en el espiritual.

Es bueno saber de manera concreta si nos gusta pasear, leer, meditar o rezar. En estos u otros ejemplos, cada uno puede encontrar fácilmente una dosis inmediata de felicidad.

¿Dónde está la felicidad? Analice cada cual su esquema personal y sabrá descubrir su nivel de felicidad. El cuerpo tiene sus satisfacciones y, al contrario de lo que supone tanta gente, no siempre se hallan en la saturación de los sentidos.

La psiquis requiere su propia dicha y, al contrario de lo que supone tanta gente, esta no deriva de sentirse amado y comprendido, sino de saber amar y comprender, incluyéndose a uno mismo sin caer en el egoísmo ciego.

La mente no es feliz acumulando conocimientos sino borrando dudas: valen más unas pocas ideas bien asentadas que mil conceptos sin relacionar entre sí y sin practicidad para la vida diaria.

Es bien cierto que debemos contar con los mínimos medios indispensables para vivir, pero un espíritu sereno y abierto a la evolución ayuda más que ninguna otra cosa a conseguir la felicidad intelectual, emocional y material.

Descubrir que somos auténticos seres humanos y no simples accidentes existenciales; descubrir que podemos vivir más allá de nuestras apetencias sensibles; descubrir que podemos dirigir nuestros sentimientos para no herir a los demás y no herirnos a nosotros mismos; descubrir que el mundo está lleno de belleza y armonía aunque no siempre se muestren claramente; todo ello hace brotar una sana alegría interior que podríamos definir con bastante acierto como felicidad.

Sabremos que somos felices cuando empecemos a disfrutar con las cosas sencillas, cuando la sonrisa surja fácilmente en nuestros labios, cuando estemos atentos a aprender algo nuevo todos los días y avanzar sin prisa y sin pausa hacia las metas que nos hemos trazado.

Imaginar sin fantasía, soñar con sentido práctico, lanzarse a la aventura con riesgos calculados, amar sin desconfianza son los exponentes de una felicidad bien asentada.

¿DE QUIÉN DEPENDE? Por lo general, esperamos que la vida nos dé cuanto anhelamos, que los problemas se resuelvan solos y que los acontecimientos nos produzcan alegría, la suficiente como para sentirnos felices.

Buscamos siempre afuera; afuera queremos encontrar las cosas que nos traigan satisfacción o, al contrario, las cosas a las que echar la culpa de nuestros errores y sufrimientos.

Y así calificamos las cosas, las personas, los hechos en general, como alegres o tristes, según se adapten o no a nuestro entendimiento y a nuestra manera de ver el mundo.

Sin embargo, lo que a unos les provoca tristeza a otros les da placer. Preguntemos a quienes nos rodean qué es lo que sienten en un día de lluvia: están los que responderán que les parece maravilloso e inspirador, mientras que otros nos confesarán que la lluvia les pone tristes. La misma prueba podemos realizarla preguntando por una obra musical, por un poema, por una flor o por el cielo nocturno.
Es evidente que la tristeza y la alegría no están en las cosas. Están en nosotros mismos.

La alegría es un estado del alma, o como solemos decir con igual significado, un estado de ánimo. Pero “estado de ánimo” es una expresión mucho más ambigua que parece referirse a una condición psicológica variable, mientras que “estado del alma” incluye no solo la psiquis, sino también la mente. Cuando un “estado” abarca estos dos principios humanos -psiquis y mente- se refiere a aquello que nos “anima”, precisamente al “alma”. El alma es lo que nos da vida interior, y es también lo que nosotros animamos y revitalizamos de continuo, en la medida en que le proporcionamos alimentos adecuados.

No podemos esperar que el alma experimente otra cosa que placer o dolor si la dejamos librada a situaciones que no dependen de nosotros y que solamente podemos soportar pasivamente. Debemos hacernos dueños del alma, que de todos modos nos pertenece, y propiciar sus estados interiores y sus expresiones exteriores con nuestra voluntad. La alegría es, pues, algo que puede y debe estar en nosotros.

Filósofos y felicidad

Epícteto. Para este filósofo, quien vivió gran parte de su vida como esclavo, enseñó que hay cosas que dependen de uno, como la veracidad, el honor, la dignidad, el respeto, el amor, la justicia, entre otros, pues el cultivar estas virtudes solo es posible por voluntad propia y no por imposiciones. La verdadera felicidad -enseñaba Epícteto- se alcanza por la vivencia y el desarrollo de las virtudes, que solo dependen de la fuerza de voluntad del hombre.
Aristóteles. “La parte mejor del hombre es la razón o como quiera que llamemos a aquella parte de nosotros que por naturaleza parece ser la más excelente y principal, y poseer la intelección de las cosas bellas y divinas; pues la razón es o algo divino o, ciertamente, lo más divino que hay en nosotros. Por tanto, su actividad -según la capacidad que le es propia- será la felicidad completa”.
Amado Nervo. “El agricultor no siembra cualquier semilla; la escoge cuidadosamente, pues por experiencia sabe que la cosecha será de la misma naturaleza de la siembra. El hombre sabio observa las leyes de la vida y vive de acuerdo con ellas. Así pues, siembra en el surco de la vida: procedimientos generosos y beneficiosos para todos que, de acuerdo con la ley, tu cosecha siendo buena, hará tu vida mejor”.

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“El hombre que hace que todo lo que lleve a la felicidad dependa de él mismo, ya no de los demás, ha adoptado el mejor plan para vivir feliz”: Platón
“El hombre que hace que todo lo que lleve a la felicidad dependa de él mismo, ya no de los demás, ha adoptado el mejor plan para vivir feliz”: Platón

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