... siguen a la espera

Los trabajadores a despedir son nombrados “disponibles” y a muchos se les ofrecerá un empleo alternativo en sectores esenciales como agricultura, construcción o la policía
ElHeraldo.hn

Cuba

26.02.2011 - AP - siempreSPAMFILTER@elheraldo.hn

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Yordan Rodríguez no se ha presentado a trabajar en cuatro meses pero aún tiene su empleo. Al menos por ahora.

Al herrero de 25 años de edad le dijeron que no se molestara en ir al trabajo porque la constructora estatal para la que trabaja no tiene hierro para procesar. Desde entonces ha hecho trabajos desde casa, con lo que gana algo de dinero, y aguarda lleno de ansiedad.

Rodríguez sabe que el gobierno planea despedir a medio millón de trabajadores que no necesita, y sólo espera no ser uno de ellos. Y podría tener suerte: la iniciativa para reducir enormemente la nómina del gobierno se ha estancado en medio de la resistencia a implementar los despidos, lo que ha derivado en que muchos cubanos sigan esperando que caiga el hacha.

“Me encanta mi trabajo”, dijo Rodríguez, un hombre robusto con una barba breve y cabello corto. “Quiero trabajar... y necesito trabajar”.

El caso de Rodríguez muestra todas las paradojas de la situación económica cubana. Pocos empleos son tan cruciales como los de la construcción calificada, en particular en un país donde sus hermosos edificios coloniales han estado desmoronándose por décadas.

Pero pagarle a un hombre para que se quede en casa por cuatro meses es emblemático del derroche que ha invadido a la economía de la isla por años y que el presidente Raúl Castro ha prometido eliminar.

LAS REFORMAS. Más de cinco meses después de que el gobierno anunció que una décima parte de la fuerza laboral de Cuba sería despedida para el 31 de marzo, es difícil hallar a un desempleado, o a una persona que conozca a alguien que haya perdido su empleo.

El rezago demuestra el dilema en el que se halla el gobierno mientras busca desesperadamente la manera de reducir costos al Estado sin causar un cisma social. Decenas de cubanos entrevistados en la capital y en otras partes dijeron que aún no pasa nada, y que la incertidumbre es insoportable.

Esta semana, el gobierno y líderes sindicales reconocieron por primera vez que el programa de despidos estaba lleno de problemas.

Criticaron a los empleados del Ministerio del Trabajo por no comunicarse entre ellos y censuraron la incompetencia de las comisiones formadas para decidir quién sería despedido.

Dijeron que algunos puestos fueron eliminados en las industrias de la salud, turismo y azucarera, pero no dieron cifras.

Lo que no se dijo tampoco fue el hecho de que despedir a tanta gente es potencialmente incendiario en un país que se ha mantenido a sí mismo desde la revolución de Fidel Castro de 1959 en la búsqueda de construir una utopía igualitaria.

A los cubanos nunca les prometieron riquezas, pero un empleo siempre se ha considerado un derecho de nacimiento.

El concepto de desempleo es ajeno para la mayoría de los cubanos, quienes se han presentado diligentemente durante décadas en fábricas en bancarrota, en oficinas con más empleados de los necesarios y en tiendas vacías, aun si no había mucho qué hacer ahí.

Raúl Castro ha tratado de cambiar la actitud laboral de los cubanos desde que reemplazó a su hermano Fidel en el 2006.

proyectos. De acuerdo con el plan anunciado en septiembre, una comisión de expertos definiría el número óptimo de personal para cada dependencia estatal. Las comisiones de trabajadores especialmente entrenados decidirían cuáles puestos eliminar.

Una integrante de una comisión de trabajadores de la capital dijo a la AP que los despidos fueron “paralizados” debido a la resistencia de los gerentes. “Este es un proceso muy, muy sensible”, dijo en condición de anonimato porque temía perder su empleo.

Los trabajadores a despedir son nombrados “disponibles” y a muchos se les ofrecerá un empleo alternativo en sectores esenciales como agricultura, construcción o la policía.

Las autoridades necesitan recortar la nómina mucho más si desean generar ahorros considerables, por lo que el gobierno ha permitido que decenas de miles obtengan licencias para trabajar en el sector privado, o puedan rentar habitaciones de sus casas, o abrir restaurantes e incluso contratar personal.

Castro ha advertido que el país se encamina a un “abismo” económico, y que no hay mucho tiempo para corregir las cosas, pero ha prometido que nadie va a ser abandonado, subrayando la cuerda floja que debe caminar el gobierno mientras trata de avanzar.
Economistas dicen que no es sorpresivo que el proceso se haya trabado, dada la enormidad de los cambios propuestos, y lo espinoso de cualquier plan para recortar empleos.

“Tiene sentido que no hayan hecho nada”, dijo Rafael Roméu, presidente de la Asociación para el Estudio de la Economía Cubana, una organización si fines de lucro con sede en Washington. “Despedir a medio millón de personas -es un ajuste difícil para tan poco tiempo.

Ellos están cambiando el acuerdo social en una forma en que no lo han hecho en 52 años”.

Otros observadores -la mayoría de los exiliados anticastristas en Miami- han mencionado el espectro de las sublevaciones populares en Egipto, Túnez y otros países del Oriente Medio, que han sido desatadas en parte por alto desempleo, un incremento de precios y la ausencia de oportunidades económicas para la población.

Aunque claros sobre los riesgos, líderes en la isla dicen que las comparaciones con el Oriente Medio son erróneas, porque en esta caso las autoridades son el motor del cambio, no la juventud, y que los desempleados continuarán recibiendo gratis vivienda y alimentos básicos, además de educación y atención médica.

“El principal problema es que el cambio que Cuba trata de hacer es un cambio total del sistema”, dijo Arturo López-Levy, un economista que dejó Cuba en el 2001 y que ahora ofrece conferencias en la Universidad de Denver. “Siempre va a haber resistencia y temor en casos así”.

Pese a la demora, los despidos propuestos han tenido un efecto escalofriante en trabajadores y sus familias. Una contadora de 48 años en una tienda de productos electrónicos en la capital dijo que la ansiedad ha sido alta desde que ella y sus compañeros de trabajo se enteraron que la compañía iba a eliminar de siete a 12 posiciones.

“Eso fue hace casi cinco meses, y desde entonces no han dicho nada”, dijo Ana, que pidió que no se mencionase su apellido, por temor a perder su trabajo. “Aún estamos esperando”.

Una mujer elegante con un modo acelerado de hablar, Ana dice que no está segura de qué haría si la despiden. No tiene interés en trabajar en una granja y no tiene el físico para el trabajo en la construcción. Y dijo que no quería una licencia para trabajar en el sector privado”. “No soy una empresaria”, dijo. “A mí me gusta lo que hago ahora”.

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