En medio de un desinterés creciente, que se materializó en una alta abstención, los colombianos fueron a votar en una segunda vuelta presidencial aburrida, ininteresante y absolutamente previsible, dada la abultada mayoría que había obtenido el candidato oficialista y uribista, Juan Manuel Santos, con el 46.6% de los votos emitidos, y el paupérrimo resultado cosechado por el verde Antanas Mockus, con apenas algo más del 21%, en la primera vuelta.
En estas circunstancias, y una vez que Santos concitó la adhesión de numerosos sectores sociales y políticos, entre los que destacaban los partidos tradicionales del país, liberales y conservadores, e incluso alguno de los candidatos que había competido con él en la primera vuelta, como Germán Vargas Lleras, que logró un sorprendente y no desdeñable 10% de los sufragios, el camino hacia la victoria, tal como ha ocurrido, estaba despejado y exento de sorpresas.
Las consecuencias de esta victoria, aunque todavía es prematuro extraer lecturas políticas, toda vez que quedan casi dos meses de mandato al presidente saliente, Álvaro Uribe, apuntan, en primer lugar, a la constatada y gravísima crisis de los partidos tradicionales, que no fueron capaces en la primera vuelta de arañar más allá del diez por ciento de los votos y que han tenido que sumarse a las huestes de Santos para posicionarse de cara al futuro y, sobre todo, obtener réditos políticos (cargos, sobre todo) en la nueva época que se inició el pasado 20 de junio.
POLITICA TRADICIONAL
Muchos analistas y periodistas en Bogotá ya auguran el pronto “sepelio” de los caducos y atrasados partidos liberal y conservador. Tampoco servían para mucho, ¿no?
También estas elecciones han mostrado a las claras la alta popularidad del máximo mandatario colombiano; Uribe tenía una aceptación a su gestión por encima del 70% y dejó bien claro desde el principio que su sucesor natural era Santos, que se benefició de ese tirón electoral del saliente y de un legado que, aunque con sombras, estaba caracterizado por el desarrollo de la denominada política de seguridad democrática.
Dicha política consistía, básicamente, en la total ausencia de diálogo político con la organización terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y en el empleo de “mano dura”, es decir, solo medios militares, frente a la guerrilla.
También se materializó en los rescates militares de los rehenes, que tantos réditos le han dado Uribe tras coronar exitosamente varias de estas operaciones, descartando cualquier acuerdo humanitario y la posibilidad de liberar guerrilleros a cambio de los oficiales y soldados que siguen cautivos en condiciones infrahumanas y encadenados desde hace años por las FARC.
Ese voto de rechazo al terrorismo se “trasvasó, literalmente, al candidato Santos, que casi milimétricamente obtuvo el apoyo social de Uribe: el 69% de los votos emitidos en la segunda vuelta. Éxito total.
DÉBIL IZQUIERDA
Como tercera consecuencia, y quizá más como fruto de sus propias contradicciones internas que de condiciones objetivas para desarrollarse, está la incapacidad mostrada por la izquierda para articular y vertebrar un proyecto político capaz de ser una alternativa creíble y viable.
Varios son los factores que explican el exiguo resultado electoral del candidato del Polo Democrático Alternativo (PDA), Gustavo Petro, en la primera vuelta, quien se situó por debajo del diez por ciento y muy lejos de lo conseguido por su anterior candidato, Carlos Gaviria, quien llegó hasta el 23% de los votos frente a Uribe.
La desafección de una buena parte del aparato del PDA, que consideraba a Petro un “blando”, la pésima gestión del alcalde de la capital, el izquierdista Samuel Moreno, y una mala dirección de una campaña errática y desordenada, sin mensajes ni contenidos claros, explican, en buena medida, el desastre.
La larga travesía del desierto que les espera les debería llevar a un análisis autocrítico, reflexivo y conclusivo acerca de las causas de su debacle y de las perspectivas de trabajo de la izquierda de cara al futuro.
A modo de conclusión final, hay que reseñar que Colombia sigue mostrando un sistema político caracterizado por un fuerte personalismo, donde ya casi las estructuras partidarias no cuentan, y por la pervivencia de ciertas prácticas del pasado, como el clientelismo, un cierto caudillismo y el prebendismo.
También tenemos que destacar el escaso o nulo papel que juegan los líderes de opinión, que casi mayoritariamente habían puesto toda su “artillería” a través de los medios de comunicación a favor de Mockus y en contra de Santos, y el valor que los colombianos le otorgan a la seguridad, que se convirtió en el centro de la campaña sin desearlo nadie y que benefició espectacularmente a Santos, a quien se le perdonaron sus posibles errores, como los denominados “falsos positivos”, en aras de continuar y seguir adelante con la política de seguridad democrática “diseñada” por Uribe.
Pese a todo, dados los perfiles y trayectorias tan diferentes de Santos y Uribe, es de esperar cambios en Bogotá, tanto en la forma como en el fondo. Luego, la historia demuestra siempre que estas transiciones no siempre son fáciles y que las relaciones entre el líder y su “retoño” suelen, a la larga, resultar complejas, por decirlo de una forma eufemística.
El tiempo dirá, el país tiene cuatro años largos por delante y numerosos retos y desafíos encima de la mesa. Apenas acaba de comenzar la era Santos, que se pronostica larga -algunos, bien informados hablan de dos mandatos- y quizá caracterizada por la continuidad, pero no por el continuismo, como aseguran sus partidarios.
