El asesinato del vaso de agua

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

27.02.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Alubarén es un pueblo pequeño, pobre y pintoresco del sur de Francisco Morazán, situado entre montañas descombradas a poco más de cien kilómetros de la capital. Produce granos básicos, lácteos y gente noble y trabajadora. Es, además, un pueblo tranquilo donde casi nunca sucede nada espectacular, sin embargo, hace algún tiempo, en una aldea cercana y a pocos metros del río, se dio un crimen tan increíble como grotesco que escandalizó a la gente como nunca antes había sucedido en su historia.

Era temprano en la mañana, el sol subía rápidamente en el cielo y el calor poco a poco se hacía insoportable. Todavía cantaban los gallos en los árboles y el humo empezaba a salir de las chimeneas de los fogones. El cadáver estaba tirado boca arriba, sobre una cama de piedras y arena de río, bajo las ramas de un enorme guanacaste. Había sangre por todas partes, las hormigas y las moscas empezaban a cubrir el cuerpo y los curiosos iban acumulándose conforme pasaba el tiempo. Cuando Walter Doblado llegó a la escena, los vecinos ya sabían quién era la víctima y muchos especulaban sobre los motivos que tuvieron los asesinos para quitarle la vida a aquel hombre que nunca se metía con nadie.

DON TOÑO.

Tenía sesenta y dos años, era de baja estatura, delgado, casi flaco, algo calvo, sencillo, de pocas palabras y muy trabajador. Vivía con su esposa y sus dos últimas hijas en una aldea situada a menos de veinticinco minutos del pueblo, estaba lleno de canas y nietos y vivió toda su vida en una casa de adobe y bahareque que construyó con sus propias manos cuando Rafaela decidió irse a vivir con él, hacían ya cuarenta años. Era un hombre pacífico, jamás tuvo enemigos, nunca le gritó a su esposa, no castigó una tan sola vez a sus hijos y decía de sí mismo que era un hombre feliz. Además, era servicial y solidario y tenía un solo defecto: le gustaba tomar licor.

Iba siempre a la misma cantina los viernes y los sábados pero nunca perdía el camino, a pesar de que muchas veces apenas si podía mantenerse en pie de borracho y a pesar también de lo oscuro de las noches. Por cuarenta años Rafaela lo esperó despierta y le extrañó que a las doce de la noche de aquel viernes todavía no hubiera regresado. Lo esperó hasta las dos de la madrugada y entonces empezó a alarmarse. Toño jamás se tardaba tanto. A las cuatro de la mañana seguía despierta, las ojeras deformaban sus ojos y la angustia le apretaba el corazón. A las cinco estaba desesperada, desde los catorce años se había entregado a su marido en cuerpo y alma y era suya hasta la muerte. Aquel presentimiento que le oprimía el pecho no la dejaba respirar y, apenas aparecieron los primeros reflejos del sol a lo lejos, le dijo a una de sus hijas que la acompañara a buscar a su papá. El camino era uno solo y Toño se lo sabía de memoria. Era casi imposible que se hubiera perdido, aunque se hubiera bebido un barril de Yuscarán. A diez minutos de su casa lo encontró. Varios vecinos trataban de reconocerlo y ella se desmayó al verlo. Dice que no podrá olvidar jamás aquella escena horrorosa.

EL CRIMEN.

Lo mataron a machetazos. Las heridas eran largas y profundas y Doblado perdió la cuenta cuando iba por treinta y cinco. Tenía el rostro deformado, el cuello cortado casi hasta la decapitación, las manos y los brazos colgando de varios hilos de piel y las piernas enseñaban los huesos astillados a través de numerosas heridas. Entre unas piedras cercanas estaban varios dedos, nadando en un charco de sangre coagulada, y a un paso de la cabeza estaba una oreja casi partida en dos. Doblado se estremeció cuando terminó de reconocer el cadáver y le dijo a uno de sus compañeros: "A este hombre alguien lo odiaba a muerte, a pesar de lo que dicen los vecinos de que no se metía con nadie y que no tenía enemigos. La saña con que lo mataron es típica de un crimen de odio y no lo mató un solo hombre. Si vemos bien las heridas, podríamos reconocer al menos tres tipos de arma tipo machete, uno más filoso que los otros dos y uno de ellos pequeño".

Algunos vecinos protestaron por las palabras del detective. Para ellos, era más que imposible que alguien, quien quiera que fuese, tuviera un tan solo motivo para asesinar a don Toño, y menos de aquella forma. Estaba claro de que no lo mataron por robarle. En uno de los bolsillos del pantalón los Técnicos de Inspecciones Oculares encontraron sus documentos personales y varios papeles sin importancia, envueltos en una bolsita de plástico, y en una billetera antigua, en otro bolsillo, estaban doblados cuidadosamente trescientos diez lempiras. Su esposa dijo que había salido con quinientos lempiras de la casa y en la cantina confirmaron que gastó exactamente ciento noventa en licor y comida. Doblado estaba confundido.

CAUSAS.

El detective hizo que se alejaran de la escena los curiosos, caminó alrededor con los ojos fijos en el suelo y no tardó en identificar varias huellas de zapatos que se deformaban sobre las piedras, marcadas con la sangre del muerto. Esperó unos minutos, volvió al cadáver y rodeó una vez más la escena, despacio y casi sin parpadear. Poco a poco iba tomando forma en su cerebro la dinámica del crimen, y empezó a relajarse. Uno de sus peores defectos era que personalizaba sus casos y la atención y la angustia que ello le producía estaban agregando demasiados años a su vida en un trabajo que, a pesar de todo, lo llenaba de muchas satisfacciones.

Si don Toño era el vecino especial que decían quienes lo conocían, y lo conocía casi todo el pueblo, si nunca se metía con nadie y jamás se le conoció enemigo alguno, entonces, ¿por qué matarlo de aquella forma? Este era el primer paso para resolver el crimen. Encontrar un motivo lógico y, a partir de aquí, hacer el perfil psicológico del criminal.

ODIO.

Como el motivo del asesinato no era el robo, Doblado concluyó en que era el odio. La saña con que lo atacaron mostraba un odio irrefrenable, pero, ¿por qué podrían odiarlo? Estaba claro de que don Toño era un hombre honrado, y nadie en el pueblo podría decir lo contrario; como jamás le hizo daño a nadie, se descartaba la venganza, y como nadie jamás le conoció más mujer que Rafaela, Doblado desechó el motivo pasional. ¿Entonces, cómo encontrarle pies y cabeza al caso? El detective estaba en un callejón sin salida, sin embargo, la violencia del ataque y la cantidad de las heridas eran una buena pista. A don Toño lo mató alguien que lo odiaba, a pesar de todo. ¿Por qué llega a odiarse a alguien?

A juzgar por las heridas, los asesinos eran tres. Uno de los criminales era el más violento, las heridas con el machete más filoso se repetían en las manos, el pecho, la cara y la cabeza, y Doblado dedujo que este había atacado primero y que era el más interesado en quitarle la vida a don Toño. Las demás heridas eran menos violentas, aunque mortales, y se notaba que los machetes, o eran viejos o no estaban bien afilados. Era posible que los otros dos asesinos actuaran contra la víctima bajo presión o por simple solidaridad. Pero, ¿por qué?

Según el forense, cuando Rafaela encontró el cadáver, no habían pasado ni dos horas del crimen. Esto le daba al detective una hora aproximada: las cuatro de la mañana. Entonces, era posible que alguien hubiera visto o escuchado algo, la escena estaba cerca de la carretera hacia Tegucigalpa y, a menos de ciento cincuenta metros hacia la aldea, había una casa, frente a un árbol de ceiba cuyas raíces brotaban de la tierra como serpientes enormes. Doblado no podía regresar a su oficina sin una pista sólida qué seguir. Si era necesario, estaba dispuesto a quedarse en Alubarén hasta dar con los asesinos.

PISTAS. Doblado caminó hasta la casa y se sentó en una de las raíces del árbol de ceiba; estaba cansado, sudaba y tenía hambre. En la casa de enfrente alguien guisaba frijoles y tostaba tortillas. Cuando llamó a la puerta, una mujer alta, trigueña, guapa y joven todavía salió a recibirlo. Adentro gruñía un hombre, llena la boca de comida y malhumorado. La mujer entró a la casa casi corriendo y el hombre le dijo al detective que él no sabía nada de ningún asesinato y que se fuera a preguntar a otro lado. Un hombre joven se meció en una hamaca, en el corredor de enfrente, y murmuró algunas palabras que Doblado no alcanzó a entender. Después dijo que conocía a don Toño, que no sabía por qué lo habían matado pero que a lo mejor se había metido donde no cabía y los metidos terminaban siempre así. Doblado vio la mirada furiosa que salió de los ojos del dueño de la casa y el hablador cerró la boca como si se hubiera mordido la lengua. Miró hacia la puerta principal y vio que la mujer estaba escondida detrás de una cortina, viendo nerviosamente hacia afuera. Cuando sus ojos se toparon con los de ella, desapareció en la cocina. Doblado sonrió.

SOSPECHAS. "Creo que tengo un motivo y un sospechoso" -dijo Doblado a uno de sus compañeros-; "es solo una corazonada pero creo que es buena. El motivo son los celos. De los celos al odio solo hay un paso. El sospechoso es un ogro que mantiene a su mujer humillada, sin embargo, me parece imposible que don Toño haya sido capaz de sonsacar a la señora para provocar a esa bestia. Pero estoy seguro de que es una buena pista y el hombre que acabo de ver encaja en el perfil psicológico del criminal como un pie en un calcetín. Alto, fuerte, violento y con un motivo: los celos. Es casi veinte años mayor que la mujer. Vamos a esperar el velorio. Creo que algo vamos a encontrar. Estoy seguro de que alguien sabe algo que va a servirnos de mucho".

EL VELATORIO. Las noches en Alubarén son serenas y tranquilas, llenas de estrellas, algo calurosas y arrulladas por el canto de los grillos y los ladridos de los perros. Los velatorios son concurridos, amenizados con cuentos tristes, café caliente, nacatamales y mucho licor. Aunque había comido, Doblado sentía vacío el estómago, miraba con recelo a todas partes y seguía entrevistando gente con la esperanza de reforzar sus sospechas con alguna pista más. Ahora estaba seguro de que don Toño no mereció morir así y sabía que estaba cerca de los asesinos.

Era lógico suponer que los asesinos conocían a don Toño, que uno de ellos lo odió por algo que hirió su dignidad o su hombría, que la mujer de la casa frente al ceibón algo sabía y que la agresividad de su marido era un mecanismo de defensa para mantener alejado de él y de su casa a la Policía. Sin embargo, Doblado no podía dar un paso en falso hasta no tener un elemento más convincente que presentar al fiscal. Y este elemento no tardó en presentarse.

TESTIGO. La mujer se puso nerviosa cuando se le acercó el detective. Este no la quiso presionar y se alejó de ella por unos minutos, pero sin perderla de vista. A eso de las once de la noche, la detuvo en el corredor de la casa, cuando se preparaba para irse a dormir. Al principio, la mujer hizo como que no lo escuchó pero cuando sintió en su brazo la mano fría y de hierro del detective, se detuvo en seco.

"Sé que usted sabe algo de los asesinos de don Antonio -le dijo Doblado, soltando las palabras casi sin pensarlas-. Me dicen que usted viajó a Tegucigalpa en el bus de las cuatro de la mañana, y más o menos esa es la hora en que don Toño regresó a su casa de la cantina y la hora en que lo asesinaron". La mujer no dijo nada pero sus ojos hablaron más de la cuenta; miraron al detective con terror y este supo que estaba sobre una buena pista. Aunque sabía que sus palabras tal vez no tenían sentido, se dio cuenta de que habían impresionado a la mujer y entonces supo que hizo bien al creer que ella sabía algo del crimen, sobre todo cuando huyó de él dos horas antes. Y su estrategia dio buen resultado. "Creo que usted sabe quienes son los criminales". La mujer empezó a hablar, con voz que cortaba el llanto.

CONFESIÓN. Dijo que ella iba en el bus para Tegucigalpa, que el bus se detuvo en la carretera a cargar unos bultos y que ella le pidió a un amigo que la acompañara a buscar un lugar donde orinar. Caminaron varios metros hacia el río y le dijo al hombre que la esperara. Ella avanzó unos pasos y, justos cuando se agachaba, escuchó uno gritos, se levantó un poco y vio que tres hombres atacaban a machetazos a otro que solo metía las manos. Quiso gritar pero tuvo miedo de que los asesinos la mataran para no dejar testigos y salió del monte casi a la carrera. No le dijo nada a nadie y no entendía cómo el detective sabía que ella tenía algo que decir. Doblado sonrió. "¿Reconoció a los asesinos?" La mujer esperó antes de contestar. Tenía miedo. Doblado le dijo que nadie conocería su nombre.

LA DNIC.

Los Técnicos de Inspecciones Oculares invadieron la casa sin hacer caso de las protestas del dueño. Colgando de una pared y guardados en vainas de cuero estaban los machetes. En el laboratorio encontraron rastros de sangre, a pesar de que los lavaron muy bien. En las botas de don Teodoro también había sangre del mismo tipo que la de don Toño y también en los zapatos de su hermano. El fiscal ordenó que los detuvieran. Cuando Doblado entrevistó a la mujer, esta le dijo, llorando, que su esposo estaba celoso de don Toño solamente porque una vez don Toño se puso a descansar en la misma raíz del ceibón en que él se había sentado, que ese día ella le dio un vaso de agua y que su esposo lo supo; desde ese momento lo odió y juró que lo mataría. Su propio hermano y su cuñado eran sus cómplices. Ella no tenía nada qué ver. Ella era inocente. Los asesinos fueron capturados ese mismo día.

Guardan prisión en la Penitenciaría de Varones de Támara. Saldrán en libertad en 2028.

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Un hombre fue asesinado a machetazos.
Un hombre fue asesinado a machetazos.

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