Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
SILVIA YAMILETH. Eran casi las once de la noche del nueve de enero de 2010 cuando Silvia escuchó golpes en la puerta de su casa; se había acostado no hacía mucho y, cosa rara, no podía dormir, sin embargo, los golpes en la puerta le parecían lejanos, como si estuvieran en un sueño. Esperó un poco para comprobar si eran reales y, por un momento, todo estuvo en silencio, pero de repente, los golpes se repitieron con más fuerza y el corazón le dio un vuelco en el pecho. ¿Qué podría estar sucediendo? ¿Quién llamaba con tanta fuerza y con tanta insistencia a su puerta casi a media noche? Sintió miedo pero se levantó de la cama, buscó las sandalias en la oscuridad y salió del dormitorio, tratando de no hacer ruido, luego encendió la luz de la sala y preguntó, con voz entrecortada:
-¿Quién?
Una voz imperiosa le contestó del otro lado:
-¡Somos nosotros! ¡Abrí la puerta!
-Ya estaba acostada.
-¡Abrí o arrancamos la puerta a balazos!
Silvia dudó por un momento. Al otro lado se oían voces y su miedo la hizo estremecerse. Cuando abrió la puerta, los hombres entraron a la casa como un huracán, uno la agarró del pelo, le puso el cañón de una pistola en la cabeza y le dijo:
-Vas a venir con nosotros. Hace días te estamos esperando y vos te hacés la chanchita con el biyuyo… Y ya sabés lo que les pasa a los que le roban a la mara…
Silvia trató de resistirse, de gritar para pedir ayuda, pero el hombre la golpeó en la cabeza con la pistola.
-Si gritás otra vez te mato a tus hijos.
Eso fue suficiente para que Silvia guardara silencio.
Antes de las doce de la noche, el pickup toyota se detuvo a la orilla de un camino de tierra, rodeado por un abismo a un lado y por un solar baldío al otro; estaba oscuro y solo se escuchaba el canto de los grillos y el ladrido de los perros en la lejanía. Dos hombres bajaron a Silvia de la paila y la arrastraron varios metros, sobre el zacate. Ella lloraba y suplicaba pero a nadie conmovían sus palabras. Los hombres la tiraron boca abajo y uno de ellos le disparó tres veces en la espalda; Silvia murió a los pocos segundos. Allí encontraron su cuerpo helado unos niños que buscaban leña. Tenía seis horas de muerta.
LA ESPAÑOLA. Es una mujer sencilla, de baja estatura, piel canela, labios gruesos y sensuales, y realmente bonita; aunque lleva una tristeza permanente en el corazón, es una de las mejores agentes de la Sección de Muerte de Mujeres de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC). A ella le asignaron el caso de Silvia y empezó a trabajar de inmediato.
Un informante de la Policía le dijo que Silvia tenía algunas amistades indeseables, que se decía que vendía drogas, aunque él no podía asegurarlo, y que había escuchado que la mataron porque se tardó en pagar un dinero a sus asesinos. Dijo, además, que a ella la habían matado una hija a puñaladas solo porque se negó a ser la “jaina” (novia) de un pandillero de la 18 y que ella sí se relacionaba mucho con esta gente. Por último, le dio a la detective dos nombres para que se ayudara con la investigación. Pero las mujeres dijeron que no sabían nada del crimen y se negaron a colaborar con la Policía. Poco a poco el caso se fue enfriando.
CARMEN EDILIA. Tenía 38 años, tres hijos y una vida hermosa por delante, sin embargo, su vida terminó de repente la madrugada del primero de abril de 2010. A eso de la una de la madrugada se despertó sobresaltada cuando escuchó que alguien trataba de romper la puerta de la calle de su casa, encendió la luz, llamó a gritos a sus hijos y llegó corriendo a la sala, justo en el momento en que cinco hombres bien armados entraban en ella con violencia. Uno de ellos la agarró del pelo, la tiró al suelo, le puso una pistola en la boca y le gritó a uno de sus compinches:
-¡Metan a los niños en el baño! ¡Y apúrense que no tenemos toda la noche!
Luego se volvió hacia la mujer, que lloraba sin poder hacer nada, y le dijo: -Te vas a morir por “sapa”. Vos andás diciendo que nosotros matamos a Silvia y por eso la “jura” nos anda siguiendo.
Carmen movió la cabeza hacia los lados; había terror en sus ojos y trató de decir algo, pero el asesino le hundió la pistola en la boca y le disparó, luego se puso de pie y le disparó cinco veces más en el pecho. La Española entró en acción de nuevo. Esta vez habían testigos.
LOS CINCO. “El Frijol” era el jefe de la pandilla y era también el más despiadado de todos, tenía veintiún años, apenas pasó el sexto grado y trabajaba como albañil en el día. Con él estaba el “Smiling”, de veinte años, cruel y sanguinario, y albañil como su jefe; después venía “El 7”, de dieciocho años, delgado, pelón mal encarado y del mismo oficio que sus compañeros; a este le seguía el “Verruga”, de veinte años, albañil también, de pocas palabras, ojos desconfiados y obediente a su jefe, y por último estaba el “Zancudo”, de veintiocho años, albañil con más experiencia, asesino de profesión, drogadicto y despiadado. Los cinco tenían aterrorizados a los pobladores de las faldas de “El Pedregal” y con sus compañeros de pandilla, eran capaces de sacarle carrera hasta a la misma policía.
La Española hizo varias entrevistas, logró el testimonio de algunos vecinos y empezó a armar el caso contra los albañiles sangrientos. Sin embargo, estos también tenían informantes y desaparecieron por un tiempo.
REYNA ISABEL. La noche empezaba, era una noche calurosa y Reyna había bebido demasiado. Su padre le insistía en que se fuera con él para la casa pero ella quería tomarse un trago más. A eso de las siete, un pickup blanco se detuvo cerca de ella, de la paila bajaron cuatro hombre armados, con pasamontañas cubriéndoles el rostro y con chalecos de la DNIC en el pecho. Agarraron a Reyna y la subieron al carro a la fuerza, le dijeron al papá que eran de la policía y que se llevaban detenida a la mujer. Había mucho tráfico en la calle principal de “El Pedregal” y el pickup avanzaba despacio. Un hombre que vio cuando capturaron a Reyna entró en sospechas y siguió a los hombres a pie. El carro dobló a la derecha, cruzó varias calles y se detuvo al final de la colonia, en un solar baldío. El hombre se escondió detrás del basurero, a unos diez metros del toyota y vio cuando los hombres bajaron de la paila a la mujer. Uno a uno quitaron los pasamontañas y él empezó a reconocerlos.
-El “Smilling” le pegó un culatazo con la escopeta y la tiró al suelo -dice el testigo-, después la agarró a patadas. “El Frijol” le gritó que se apurara y él le puso la escopeta en la boca y le disparó una sola vez, después se subieron al carro y se fueron. Yo los vi bien. Andaban también el “Verruga”, “El 7” y el “Zancudo”.
-¿Los escuchó decir algo más?
-Sí; que la mataban por sapa, porque ella y Carmen andaban diciendo que ellos habían matado a Silvia, y así terminaban los que traicionaban a la mara.
-¿Está seguro de que eran ellos?
-Sí, seguro. Aquí todo el mundo los conoce.
OPERATIVO. La Española tenía más pruebas contra los asesinos y quería capturarlos antes de que siguieran cometiendo más crímenes, pero los cinco eran escurridizos y desaparecieron por un tiempo de la colonia. Pero el 6 de abril, una llamada al 199 dice que varios hombres andan en un pickup toyota blanco y que andan asaltando a la gente en “El Pedregal”; una patrulla está cerca y recibe la orden de comprobar la denuncia. Justo en la entrada a la colonia, el pick up blanco se encuentra de frente con la patrulla, los policías le ordenan al conductor detenerse y cinco hombres jóvenes se bajan del carro, con las manos arriba. En la cabina encuentran una escopeta y son detenidos. El carro lo llevan para investigación. Sin embargo, tardan en comprobar que el carro es robado y, antes de una hora, los cinco albañiles son liberados porque “no se les encuentra ningún delito”. Poco después, los policías de la Metro se dan cuenta que los angelitos tienen un rosario de antecedentes, pero ya es muy tarde. Nadie sabe dónde encontrarlos.
LA MILLONARIA. Bessy Yamileth tenía cuarenta y cinco años cuando fue asesinada a balazos en su propia casa de la colonia “Divanna”, poco después de la una de la tarde del 10 de abril de 2010. Era muy amiga de “El Frijol” y de sus compañeros y siempre les daba donde quedarse cuando necesitaban de un lugar tranquilo donde esconderse algunos días; les daba comida, les conseguía dinero y hasta hacía que su pariente en Estados Unidos le mandara ropa, tenis y perfumes para ellos, porque “eran sus buenos amigos”. Pero la amistad terminó de pronto, cuando “El Frijol” supo por uno de sus banderas de la 18 que un Comisionado de la Policía visitaba con frecuencia la casa de la “Millonaria”. “El Frijol” se puso furioso, acusó a su amiga de ser informante de la policía, la golpeó y la tiró al suelo, luego le disparó tres veces en la cabeza. Cuando La Española fue a la escena del crimen, no tardó en saber quiénes eran los asesinos, y se dijo que ya era suficiente que aquellas bestias sedientas de sangre anduvieran sueltas. Ahora tenía pruebas suficientes para presentarle al fiscal y se dedicó día y noche a buscar a los asesinos.
DOS MÁS. Pero aún faltaban más números en la lista de los criminales. Los informantes decían que los habían visto en las faldas de El Pedregal, luego que estaban asaltando en la calle principal de la colonia, después que estaban trabajando como hombres confiables y decentes en la construcción de una casa y de varias cunetas, pero la Policía siempre llegaba tarde. Los banderas de la 18 siempre les avisaban a tiempo.
A finales de abril, una mujer joven y bonita salía de su casa, en la colonia El Pedregal, para comprar leche para sus hijos en una pulpería cercana cuando tres hombres se acercaron a ella y sin decirle nada, le dispararon hasta matarla; esa misma tarde, en la colonia Campo Cielo, tres hombres mataron a balazos a otra mujer, esposa de un miembro de la 18 que quería desertar de la mara. Estaba advertido. Si se “peseteaba” (desertaba) le mataban a su esposa. Y ahora su mujer estaba muerta. Su amiga, la muchacha de El Pedregal, también había sido asesinada. Según la DNIC, la orden vino desde San Pedro Sula, de la Penitenciaría. El “Cabezón” no podía permitir que los desertores se rieran de él y desde su celda ordenó las ejecuciones. Y los cinco albañiles le debían obediencia ciega a pesar de que se dice que él jamás saldrá de la cárcel.
MAYO. Era la primera semana de mayo, llovía y parecía que el invierno sería bueno. La Española estaba de turno cuando recibió una llamada anónima. La banda de “El Frijol” estaba escondida en una casa de las faldas de El Pedregal, y estaban armados hasta los dientes. Un equipo de la Sección de Pandillas de la DNIC salió para allá de inmediato. Los banderas no reconocieron los carros esta vez y los pandilleros se rindieron sin oponer resistencia. Por fin los vecinos respiraban en paz. Pero “El Frijol” no estaba, y era el más peligroso. Pero ahora estaba solo y era cuestión de tiempo para capturarlo.
MADRUGÓN. Era una madrugada agradable de noviembre de 2010. Antes de las cuatro de la mañana, agentes de la DNIC, de la Policía Preventiva, del escuadrón “Cobras” y motorizados de la Policía de Tránsito llegaron a El Pedregal, dirigidos por Óscar Álvarez, en un madrugón que iba a darle tranquilidad a la población. Los policías invadieron la colonia y pronto empezaron a tener resultados. Drogas, traficantes, ladrones, violadores y golpeadores de mujeres iban cayendo uno tras otro, pero faltaba el trofeo mayor. Álvarez había dado órdenes estrictas para localizar y detener al “Frijol” y los policías no se irían de allí sin el asesino de mujeres. A eso de las seis de la mañana rodearon la casa en la que dormía a pierna suelta. Los “Cobras” rompieron la puerta y, en menos de tres segundos, el “Frijol” estaba boca abajo, con las manos “enchachadas” hacia atrás, rogándole a los policías que no lo mataran.
CÁRCEL. Hoy, los cinco albañiles sangrientos viven en la Penitenciaría de Varones de Támara, a la espera de juicio. Podrían ser condenados a treinta años de prisión por cada uno de sus crímenes comprobados, lo que significa que saldrían en libertad en el año 2190, más o menos. En palabras de Óscar Álvarez, “con la captura de estos cinco criminales se ha salvado la vida de muchas mujeres más, y el trabajo de la Policía no se detiene, hasta que las calles sean seguras y Honduras pueda vivir en paz”.
