El secuestro de Pepito

Si bien hay muchas deficiencias que señalar en la investigación criminal en el país, la DNIC hace un trabajo difícil, muchas veces incomprendido
ElHeraldo.hn

Honduras

29.01.2011 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres

INTRODUCCIÓN. Decir, como Teodoro Bonilla, que la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) ha fracasado, es como querer tapar el sol con un dedo, cargando a otros la parte de responsabilidad que a ellos les toca en el aumento de la violencia y la criminalidad en Honduras.

Si bien hay muchas deficiencias que señalar en la investigación criminal en el país, la DNIC hace un trabajo difícil, muchas veces incomprendido, en medio de las limitaciones, la escasez de personal, la falta de apoyo logístico, los sueldos de hambre y la falta de capacitación constante de los detectives.

Por supuesto, cuando los intereses que nos mueven son egoístas, enterramos las virtudes ajenas y magnificamos los errores, pero basta con entrar al archivo de la DNIC para conocer el esfuerzo que desde hace quince años hace la institución contra la criminalidad, los casos resueltos, el sacrificio de los agentes y hasta las vidas que se han perdido a manos de los delincuentes.

Coincidimos en que la violencia es un grave problema para Honduras pero las causas no están en el buen o mal desempeño de la DNIC, sino que tienen raíces más profundas y están en los hogares violentos o desintegrados, en los educadores irresponsables y/o mercantilistas, en los abusos contra menores, en la paternidad irresponsable, en el desinterés del Estado de estimular los valores cívicos y morales que practicaron nuestros abuelos, en la olvidada lucha contra la pobreza, en la falta de oportunidades para las mayorías y en la corrupción y el mal ejemplo de líderes que se presentan ante el pueblo disfrazados de ángeles de luz, y contra estas causas, nada pueden hacer Óscar álvarez y Armando Calidonio, ni todos los generales del mundo, porque, ¿cómo podría controlar Álvarez la cólera del muchacho que asesinó a su madre en Copán después de discutir violentamente con ella? ¿Cómo podría el ministro evitar que un hombre celoso entrara a una iglesia evangélica y en pleno culto asesinara a su suegra, a su supuesto rival y terminara suicidándose? ¿Cómo podría controlar las pasiones humanas desenfrenadas?

Lo que sí puede hacerse es identificar a los delincuentes y mandarlos a la cárcel, pero confiando en que a los jueces no les tiemble la mano al momento de librar a los hondureños de tantas alimañas. ¡Fiat iustitia et pere at mundus!

NOCHE. La llamada cayó antes de las nueve de la noche, de esa noche pesada, húmeda y eterna de mayo de 1981. El timbre sonó larga y estruendosamente y don José casi arrebató el auricular de las manos de su esposa. Estaba desesperado, había envejecido de pronto aquellas horas de angustia y su voz sonaba débil y suplicante.

-¡Aló! -dijo, agarrando el auricular con las dos manos-. ¿Quién es? ¿Sabe algo de mi hijo? ¡Hable, por favor!

El subteniente Marco Tulio Palma Rivera, del Departamento de Investigación Nacional (DIN) acercó un oído para escuchar algo al otro lado de la línea mientras le hacía una seña a sus compañeros para que grabaran la conversación.

DENUNCIA. Pepito desapareció en la mañana (don José no estaba seguro de la hora); cuando su esposa le avisó que no encontraba al niño por ningún lado sintió que el mundo se abría a sus pies, y después de unirse a los familiares y vecinos que le habían dado vuelta a la ciudad buscándolo, decidió ir al DIN a denunciar la desaparición. Lo atendió un muchacho pelón, de baja estatura, delgado, tanto que parecía que el uniforme que llevaba puesto era prestado, pero que tenía un brillo raro en los ojos y se conducía con el carácter y la autoridad de un general.

-El niño desapareció desde la mañana, no ha recibido ninguna llamada pidiendo rescate, nadie le ha dicho si sabe algo de la criatura y no tenemos ningún reporte de algún cadáver…

Las palabras del teniente Palma eran frías como agujas de hielo, pero extrañamente tranquilizadoras. Don José se retorcía las manos.

-No tenemos reportes de bandas de roba niños en lo que va de este año y los secuestros que se están dando últimamente en Honduras tienen motivaciones políticas, y las víctimas por lo general son empresarios o gente rica. Y usted dice que ni tiene dinero ni se mete en política. Entonces debemos buscar por otro lado.
Don José no contestó. Lloraba por dentro. El teniente tenía los ojos brillantes y los cachetes encendidos. Así demostraba su cólera.

-Aunque es muy temprano para decir que se trata de un secuestro, creo que no me equivoco. Dígame una cosa…

Don José prestó atención, poniendo su mirada enrojecida en los ojos fríos del oficial.

-¿Tiene enemigos de los qué desconfiar?

-No.

-¿Tiene dinero ahorrado, o en un banco?

Don José dudó un instante.

-Tengo algo en el banco, el dinero de la venta de una finca en El Zamorano…

El teniente sonrió.

-¿Sabe alguien de esa venta? ¿Quiénes?

-Mi esposa, mi familia…

-¿Cuánto es de dinero?

-Ciento cincuenta mil lempiras…

-Creo que es suficiente… Me inclino a creer que la desaparición de su hijo es un secuestro… Alguien cercano a usted sabe de la venta de la finca, sabe que usted tiene el dinero y, si no me equivoco, en la primera llamada que le hagan los secuestradores le van a pedir de rescate precisamente esa cantidad… Eso nos demostrará que el secuestrador o los secuestradores están cerca de usted…

-Perdone, señor, pero yo no vine a que usted juegue al adivino con la desaparición de mi niño… Vine a pedir la ayuda de la policía para encontrarlo…

-Y lo encontraremos, don José; lo encontraremos. Vamos a su casa hasta que caiga la primera llamada.

LA VOZ. “Pelo de Gallo” manipuló las teclas de la grabadora mientras una voz daba instrucciones a don José. El teniente no escuchaba muy bien pero confiaba en que sus hombres lo grabaran todo. Don José movía la cabeza hacia delante de vez en cuando y, antes de colgar, miró fijamente y con miedo al policía.

-Tienen a mi hijo, teniente -dijo, poco después, y a media voz-; me pidieron que no avise a la policía o lo van a matar…

-Entiendo -dijo, el teniente-, trataremos de no hacernos notar… ¿Cuánto le pidieron?

Don José lloraba en silencio, miró con tristeza al oficial y luego abrazó a su esposa.

-Lo que usted, dijo, teniente. Me piden setenta y cinco mil dólares, o sea, ciento cincuenta mil lempiras… Todo lo que tengo en el banco.

-Bien. ¿Dónde debe entregar el rescate?

Don José dudó un momento.

-En la primera entrada de la Kennedy, en el cajón de la basura que está frente a Tránsito.

-¿A qué hora?

-Después de las nueve de la mañana…, pero tengo que ir primero al banco y hacer el pago yo solo…

-No se preocupe, usted irá solo…

EL DIN. La grabación era perfecta, la voz sonaba clara, fuerte y agresiva pero tenía una característica especial que llamó la atención del teniente. Aunque eran casi las once de la noche, mandó a Pelo de Gallo y a Salgado a traer a don José. Regresaron con él antes de las doce.

-Quiero que escuche esto -le dijo el teniente, apretando la tecla “Play” de la grabadora.

Primero se escuchó un zumbido, luego sonó el “¡Aló!” desesperado de don José. Después empezó a hablar el secuestrador.

-¿Qué pasó, esé? ¿Ahora ya sabés que tenemos al batío? Nos pagás setenta y cinco mil verdes y te lo devolvemos con vida, pero si le avisás a la chota te entregamos un muerto… ¿Entendido esé?

La grabación siguió medio minuto más.

-Ese acento es típico de los chicanos y mexicanos que viven en Texas y Nuevo México en Estados Unidos, don José; dígame, ¿puede reconocer la voz?

El hombre temblaba.

-Se parece a la de mi cuñado, teniente… Vino hace seis meses de Estados Unidos, deportado… Vivió ocho años en Nuevo México y estaba casado con una chicana… ¿Será posible?

El teniente no respondió..

-Usted me dijo que el secuestrador estaba cerca de nosotros, y que lo íbamos a comprobar si pedían exactamente la cantidad de dinero que me pagaron por la finca…

-Ahora ya tenemos un sospechoso, pero no podemos alertarlo hasta no recuperar al niño… Siga usted con las instrucciones, lleve el dinero al lugar que le dijeron y deje que nosotros hagamos nuestro trabajo…

LAS MONJAS. Eran tres monjas no muy agraciadas; una alta, demasiado alta, otra gordita y una chaparra, vestidas con el hábito negro que les llegaba hasta los tobillos. Caminaron por la primera entrada de la Kennedy con paso demasiado hombruno, aunque con las manos en actitud piadosa y el rostro envuelto en el velo. El borracho que pasó cerca de ellas las quedó viendo con cierta repulsión y dijo, con voz entrecortada y casi asquerosa:

-Menos mal que son monjas porque así como son de feas no hubieran conseguido marido, ni siquiera para que les hicieran el favor…

Palabras groseras y pesadas que, no obstante, tenían mucho de verdad, y que hirieron la dignidad de las hermanas. Pero guardaron silencio con paciencia franciscana y siguieron su camino. Poco después se detenían, una cerca de la otra, en la parada de bus. En aquel momento pasó por la calle un Toyota Starlet amarillo, con varios hombres adentro. Una de las monjas, la chaparra, se le quedó viendo hasta que se perdió por la escuela John Kennedy. Eran las nueve y veinticinco de la mañana. A las nueve y treinta, el Starlet apareció de nuevo. Las monjas se miraron entre ellas. El carro se perdió una cuadra más allá. La tercera vez que apareció, el chofer iba solo y muy despacio.

El hombre que se acercó al basurero llevaba un maletín en la mano y tenía el rostro desencajado. Miró en varias direcciones y tiró el maletín al cajón para alejarse después casi corriendo. Cinco minutos después, dos hombres se acercaron al basurero, sin prisa aparente pero mirando cautelosamente por la calle. Se acercaron al basurero y, justo en el momento en que iban a coger el maletín, una voz los hizo estremecerse:

-¡Alto! ¡Policía!

Los hombres dudaron un instante. No sabían de donde venía la voz pero por cualquier cosa sacaron las armas. Entonces vieron que las monjas se acercaban a ellos con pistolas en las manos. Los disparos estallaron de pronto, los secuestradores corrieron hacia la escuela mientras las monjas les gritaban que se detuvieran. Pero corrían más rápido y disparaban sus armas sin darse tregua. Las monjas, con los enormes hábitos, se enredaban al correr. Los hombres se perdieron a la vuelta de la esquina. La monja chaparra se acercó al basurero y sacó el maletín.

LA NOCHE. Don José estaba desesperado. El hombre de la voz de chicano lo amenazó con matar al niño por haberle avisado a la Policía. Don José suplicó, dijo que no sabía nada, que él hizo lo que le dijeron y que no vio policías cerca, solo unas monjas que esperaban bus.

-¡No eran monjas, eran policías, y nos estaban esperando porque tú les avisaste, esé!

-No, les juro que no. Yo les dejé el dinero y no sé qué pasó después… Deme otra oportunidad…

La siguiente cita sería cerca del estadio Nacional. Don José se subiría a un taxi y daría vueltas desde el estadio hasta la Universidad, esta vez se asegurarían que no los engañara.

Pero el teléfono de don José estaba intervenido y el teniente Palma puso veinte hombres en la ruta del estadio a la Universidad, con radios para que le avisaran de los movimientos del taxi y del Starlet.

La mañana era fresca pero aburrida, y los carros dieron vueltas por más de dos horas. Los hombres del Starlet se sintieron seguros y, al mediodía, se acercaron al taxi, don José pasó el maletín por una ventanilla y el Starlet se alejó. El DIN los dejó irse. Iban a esperar hasta que liberaran al niño.

EL CARRO. Esa tarde, un detective del DIN le entregó al teniente Palma el recibo de pago por el alquiler del Toyota Starlet en Molinari Rent a Car. Lo firmaba Fulano de Tal, el mismo nombre del cuñado de don José, el esposo de la chicana. El cerco sobre él se iba estrechando. Esa misma noche liberaron a Pepito.

EL HOMBRE. Setenta y cinco mil dólares de aquel tiempo son tres millones de lempiras hoy, una fortuna que don José puso en manos de los secuestradores sin ningún remordimiento, movido por el enorme amor a su hijo, pero el teniente Palma odiaba a los delincuentes y no pensaba como el señor.

-¿Dónde lo podemos localizar? -le preguntó a don José, con voz alterada.

-No sé…, él estaba trabajando de guardia de una casa en construcción a diez cuadras de aquí; tal vez esté allí… Pero yo no quiero problemas…

-No tendrá problemas; ahora déjenos hacer nuestro trabajo.

A las cinco de la mañana los primeros rayos del sol doraban el cielo con una luz difusa, hacía frío y todo estaba en silencio. La ciudad se levantaba tarde los domingos.

Los agentes del DIN iban armados hasta los dientes, el teniente Palma estaba al frente y llevaba en las manos un M-16. Había devuelto el hábito de monja a las Oblatas al Divino Amor.

La casa estaba rodeada pero no se escuchaba ruido en ella, un cerco de zinc la separaba de la calle y los ladrillos, la piedra y la arena bloqueaban parcialmente la entrada. Los policías entraron sin hacer ruido, llenaron la sala, los cuartos y el patio pero no encontraron nada.

Al fondo, detrás de unos barriles llenos de agua, estaba otro cuarto, techado provisionalmente con zinc y asbesto; el teniente se acercó despacio. En una esquina estaba un hombre, tendido sobre un colchón matrimonial, tirado en el suelo polvoso. Dormía como un recién nacido. El teniente le puso el cañón del fusil en la nariz. Cuando se despertó, habló con aquel acento que lo había delatado.

-¿Sabés por qué estamos aquí, verdad?, le preguntó el teniente? Te arrestamos por el secuestro de tu sobrino… ¿Dónde tenés el dinero del rescate?

-¿Cuál dinero, esé? No sé de qué me hablas…

El hombre estaba de pie. El teniente siguió hablando.

-Vamos a ver, ¿hablás aquí o te llevamos a conversar en la oficina? Vos decidís… Para ayudarte tenemos el recibo del alquiler del Starlet en Molinari, encontramos el carro a una cuadra de aquí y en este momento le están sacando las huellas digitales, y tenemos grabada tu voz cuando hacías las llamadas… Te vuelvo a preguntar: ¿hablás aquí o te damos el tratamiento especial en la oficina? ¿Qué decís?

Fulano de Tal se rindió, pero no dijo dónde estaba el dinero El teniente ordenó registrar la casa. No encontraron nada. A eso de las doce del día se le ocurrió levantar el colchón. Aunque era nuevo, tenía una costura hecha a mano y con hilo rojo en una orilla; con un cuchillo rompió la tela y encontró el dinero. Estaba ordenado en paquetes pequeños. Los detectives lo contaron. Ciento cincuenta mil lempiras exactos. Todavía no se repartían el botín los secuestradores. Fulano empezó a confesar. Dio tres nombres más y dijo que tuvieron al niño escondido en Güinope, El Paraíso.

Fueron condenados a veinte años de cárcel. El chicano salió en libertad en 2002. El teniente Palma guardó el caso en su archivo personal. Hoy son los casos del general Marco Tulio Palma Rivera, director de la DNIC.

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