El caso de la vendedora de chicles

Dicen que el crimen no paga y que tarde o temprano el criminal cae en manos de la justicia o es asesinado por sus propios compinches.
ElHeraldo.hn

Honduras

29.05.2010 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Alicia era una mujer sencilla, agradable, de piel trigueña, tostada por el sol, hermosa y trabajadora. Parte del día y casi toda la noche pasaba en el bulevar Morazán, vendiendo confites, chicles y galletas, soportando el sol, la lluvia y los insultos de los choferes que por poco la atropellaban.

Era su forma de ganarse la vida y le iba bien, aunque los agentes de la Dirección de Lucha Contra el Narcotráfico (DLCN) la vigilaban de cerca porque sospechaban que también vendía droga al menudeo.

Y ella lo sabía, sin embargo, como dijo una de sus amigas, “estaba en eso desde hacía mucho tiempo y ya no podría salirse jamás”. Y otro de los entrevistados dijo que “hubiera sido mejor que la Policía la capturara porque de la cárcel se sale, pero de la tumba no”.

Y ahora, Alicia está bajo tierra. La asesinaron a balazos después que tres hombres la secuestraron frente al Edificio Villatoro, en el bulevar Morazán, poco antes de las siete de la noche.

No llegaba todavía a los treinta años, tenía hijos, un esposo y algunos ahorros que le servirían para empezar una nueva vida “cuando la mafia la dejara salirse”. Por supuesto, eso no iba a suceder jamás.

EL CADÁVER

Era temprano en la mañana, una mañana cálida, ruidosa y pesada. A eso de las seis y media, alguien llamó al teléfono de Emergencias de la Policía para avisar que debajo del puente que está cerca del parque El Obelisco, a una orilla del río Guacerique, estaba el cuerpo de una mujer joven, bañado en sangre.

La mujer estaba muerta y parecía que la habían asesinado a balazos. Estaba llena de moscas y hormigas y algunos zopilotes estaban esperando en unas piedras cercanas a que se alejaran los curiosos para empezar a comérsela.

Del 199 llamaron a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).

El cuerpo estaba de lado, apoyado en unas piedras, a menos de un metro del agua, justo debajo del puente. Tenía una herida de bala en el cuello, que había sangrado mucho, otra en el centro del pecho y una más en la parte de atrás de la cabeza.

Esta era una herida grotesca. Una mancha rojiza destacaba entre el pelo enmarañado y un hueco de unas dos pulgadas de diámetro, un poco arriba del oído derecho, dejaba ver la masa encefálica deshecha, derramándose hacia el suelo en un hilillo sanguinolento cubierto de moscas.

Según el forense, tenía al menos doce horas de haber muerto. El jefe de la sección de Homicidios de la DNIC asignó el caso allí mismo. La detective, una mujer de pocas palabras, alta delgada, piel canela y mirada de hierro, empezó a hacer su trabajo.

LA INVESTIGACIÓN

Los curiosos eran demasiados. Arriba, sobre el puente, los carros avanzaban a vuelta de rueda, provocando un congestionamiento que empezaba poco antes del aeropuerto internacional Toncontín; los fotógrafos, muchos de ellos, expertos en contaminar la escena del crimen, se peleaban entre sí para sacar las mejores tomas, inclinándose casi sobre el cadáver.

La detective los detuvo con un gesto. Ella les recordó que en varias ocasiones habían recibido un seminario que les enseñaba a periodistas y fotógrafos a conducirse en la escena del crimen, a valorar las posibles evidencias y a apoyar a los detectives de Homicidios y a los técnicos de Inspecciones Oculares al hacer su trabajo.

Pero nadie parecía escucharla. Sin embargo, ella sí tenía el oído muy fino. Uno de los periodistas gráficos desalojados pasó cerca de ella murmurando, y cuando se alejó unos pasos, se volvió para decirle, con la mayor ironía: “Yo no sé por qué ustedes se exhiben tanto si nunca resuelven nada”.

Para ella, esas palabras fueron como plomo derretido cayéndole en la cara. Miró al hombre que se alejaba y apretó los dientes para no decirle nada. Estaba furiosa, y en ese momento se hizo la promesa que resolvería el caso fuera como fuera.

ALICIA

Su esposo, un vendedor del bulevar, reconoció el cadáver de Alicia allí mismo. Le dijo a la detective que él estaba en el otro extremo del bulevar, vendiendo también, cuando una amiga de su mujer llegó a avisarle que tres hombres la habían subido a la fuerza en un taxi y se la habían llevado.

Dijo que no sabía quiénes podrían ser y por qué la habían secuestrado. Su mujer se dedicaba a vender dulces como él y no tenía enemigos.

La detective miraba al hombre hablar con dificultad. Bajaba la cabeza, se estrujaba las manos y miraba para otro lado mientras soltaba las palabras cambiando frecuentemente de tono. Supo que el hombre mentía.

“Creo que usted sabe más de lo que nos está diciendo –le dijo–; me parece que nos está mintiendo por miedo y no creo que eso le convenga mucho. Será mejor que nos diga todo lo que sabe antes de que los que mataron a su esposa vengan también por usted”.

El hombre se estremeció y la detective supo que iba por buen camino. Vio que una mujer que estaba cerca de él lo miraba con insistencia y a veces le apretaba el brazo como para ayudarle a decidirse.

La detective fue directa al grano. “¿Qué era usted de Alicia?” –le preguntó. “Solo éramos amigas –respondió la mujer–. A veces vendíamos juntas”. “Usted vio cuando los hombres se llevaron a su amiga, ¿no es verdad?” “Sí”. “¿Cuántos eran?” “Tres; uno de ellos manejaba el taxi”. “¿Recuerda cómo eran?” “Solo me acuerdo de uno de ellos”.

OTRO TESTIGO

Era un muchacho delgado, alto y fácilmente impresionable; se movía demasiado al andar y no trataba de ocultar que era homosexual.

Le dijo a la detective que tenía miedo, pero que iba a hablar con ella. Él estaba en el segundo piso del edificio, atendiendo a un buen amigo, cuando por casualidad vio hacia la calle, justo en el momento en que los hombres se llevaban a Alicia.

Dijo, además, que podía reconocer a los secuestradores.

Otro homosexual se acercó a la detective. Le dijo que esos mismos hombres volvieron en el taxi en que se llevaron a la muchacha y que a punta de pistola lo obligaron a acompañarlos, que lo llevaron hasta El Obelisco, lo hicieron bajar al río y allí lo amenazaron con matarlo si decía algo de lo que había visto en el bulevar.

El juró que no había visto nada y que, además, él no se metía en lo que no le importaba y que no sabía de qué le estaban hablando.

Entonces, dos de los secuestradores quisieron abusar de él pero él les dijo que andaba sucio y que por favor no le hicieran daño.

En ese momento, uno de ellos dijo que se fueran, que nada hacían allí y que a lo mejor iban a pescar alguna enfermedad; otro dijo que mejor lo mataran, para no dejar testigos, pero el que parecía el jefe dijo que no era necesario, que “ese maricón no iba a decir nada”.

“Me dejaron debajo del puente y yo esperé hasta que no escuché más el motor del taxi –agregó el testigo–. Entonces me vine para el bulevar”. “¿Vio el cadáver de Alicia debajo del puente?” “No, no vi nada; todo estaba oscuro y fue hasta hoy en la mañana que me dijeron que estaba muerta. Esos malnacidos la mataron”.

LA PISTA

La mujer que agarraba al viudo del brazo empezó a hablar. La detective le aseguró que nada de lo que dijera se iba a usar en su contra, pero con la condición que le ayudara a encontrar a los asesinos de la muchacha.

“Mire –dijo la mujer–, desde hace más o menos un mes, un jefe de la 18 buscaba a Alicia para que vendiera coca para él, aquí en el bulevar, pero Alicia se negó siempre. Ella me contó que ese hombre la hostigaba, que ya la había amenazado a muerte, y que no sabía qué hacer. Usted sabe que ella vendía ‘piedra’ en el ‘bule’, pero lo hacía porque era muy pobre… y como no hallaba trabajo…”

La detective la interrumpió. “¿Le dijo quien era el jefe de la 18 que la estaba hostigando?” “Sí, un ‘men’ al que le dicen el Lunático”. “¿Está segura?” “Sí; yo lo vi dos veces cuando venía a buscar a Alicia en ese mismo taxi, con dos hombres más, y también lo vi cuando la agarró del pelo y la metió al carro. Él es el asesino.”

EL LUNÁTICO

Los testigos lo reconocieron en varias fotografías en la DNIC. Era un hombre no mayor de veintinueve años, tenía varias denuncias por diferentes delitos, entraba y salía de la cárcel como Pedro por su casa y dominaba la distribución de crack y cocaína en Villa Adela y los alrededores.

Como le iba tan bien en el negocio, como tenía algunos amigos en la Policía, como tenía buenos abogados a su servicio y como se sentía poderoso, le pidió permiso al Gato Negro para expandir su territorio, y don Juan lo autorizó a trabajar en la zona del bulevar Morazán.

Una “jaina” del Lunático le dijo que Alicia vendía para una clica de la mara pero que podía convencerla de trabajar para él. El Lunático le hizo la primera visita. Alicia se negó.

Traicionar a sus “amigos” era firmar su sentencia de muerte, y ella estaba harta de aquella vida en la que lo arriesgaba todo por casi nada.

En la segunda visita, el Lunático la amenazó a muerte. Alicia no durmió toda la noche. La tercera vez fue la vencida. El Lunático fue por ella al bulevar, la subió al taxi y la asesinó a balazos debajo del puente, cerca del parque El Obelisco.

Era la hipótesis más lógica, el Lunático era un viejo conocido de la DNIC y sabían cómo operaba. Además, sabían que era bueno evadiendo la justicia, pero esta vez había demasiados testigos en su contra y la detective pensó que nunca más saldría de la cárcel.

Satisfecha de haber resuelto el caso, a pesar de lo que le dijo el periodista fotográfico, le entregó el caso a la Fiscalía, el juez firmó la orden de captura y, menos de una semana después, el Lunático estaba tras las rejas.

El crimen de Alicia no quedaría en la impunidad. El operativo para capturarlo fue espectacular. Alguno de sus amigos en la DNIC le avisó que iban por él pero ya era demasiado tarde. Sus guardaespaldas huyeron, las “jainas” que dormían con él salieron corriendo desnudas y el Lunático se rindió.

LIBERTAD

¿Qué había en la cabeza de aquel hombre? Inspiraba terror al verlo. Su mirada era la de un asesino, sus palabras parecían puñales y la sonrisa cínica que le separaba los labios decía mucho del desprecio que sentía por la Policía y por las leyes.

Estuvo un año en la Penitenciaría. Los testigos no fueron a declarar y salió en libertad amparándose en la Ley del Reo sin Condena.

Estaba más gordo, se veía más peligroso y lucía más cínico. La detective lo miró de lejos, cuando se subía a la camioneta Pathfinder que lo fue a recoger a la cárcel; estaba feliz.

LA DETECTIVE

Era imposible creer que los jueces lo hubieran liberado. Estaba claro que él era el asesino de Alicia, que era el mayor traficante de drogas de la zona de Villa Adela, que tenía muchos delitos pendientes y que no tardaría en volver a las andadas.

Pero la ley decía que debía quedar en libertad y el juez obedecía a la ley. Era responsabilidad de la DNIC probarle sus delitos y devolverlo a la cárcel.

EL FIN

Era de noche, hacía frío y la lluvia empezaba a anunciarse con una brisa fina y helada que llegaba hasta los huesos. La detective estaba ante otra escena del crimen, preparándose para tomar notas alumbrada por los focos de los vehículos.

Cuando se acercó al cadáver, el corazón le dio un vuelco en el pecho. El hombre estaba amarrado de pies y manos, lo habían golpeado muy fuerte y después lo habían asesinado, disparándole tres balazos a quemarropa. Y ella conocía aquella cara de piedra, aquellos rasgos temibles. Era el Lunático.

Cinco hombres vestidos como policías, cubiertos los rostros con pasamontañas y armados hasta los dientes lo habían sacado de su casa apenas unas horas antes.

Un testigo dijo que escuchó que el Lunático lloraba suplicando que no lo mataran. Alguien lo golpeó en la cabeza con la culata de un fusil y el muchacho soltó un alarido, gritó pidiendo auxilio y un segundo golpe lo hizo callar. Después lo metieron a un carro doble cabina y se lo llevaron rumbo al barrio Lempira.

Cuando lo encontraron, tenía al menos una hora de haber sido asesinado. Lo dejaron tirado en una calle, en la salida del norte, sobre un charco de su propia sangre.

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