Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
El mal olor empezó a sentirse el martes en la mañana, aunque con poca intensidad; primero era una soportable fetidez parecida a la gigantesca cloaca al aire libre en que se han convertido los ríos de Tegucigalpa y Comayagüela, pero, poco a poco, y conforme el sol iba subiendo en el cielo, el olor se hizo más penetrante, hasta volverse asqueroso e insoportable.
Los vecinos estaban alarmados, no se veía nada anormal alrededor de sus casas y nadie podía asegurar de donde venía aquel aroma pestilente. La verdad era que ahora se sentía más y parecía como si algún animal muerto se estuviera descomponiendo muy cerca.
A eso de las dos de la tarde, los vecinos salieron de sus casas, tapándose la nariz con pañuelos empapados en alcohol y agua de Florida, mientras otros, más selectivos, los rociaban de perfume. Pero aquel olor era más fuerte y penetrante que las esencias que empapaban los pañuelos y flotaba en el espacio como una nube invisible que lo infectaba todo.
El calor también era insoportable; el sol lanzaba sus rayos de fuego sobre la tierra como si quisiera incendiarla, aumentando aquella peste que hacía vomitar a los más débiles y que desesperaba a todos por igual. Hacia las tres, alguien notó algo extraño sobre uno de los techos.
Varios zopilotes habían sobrevolado el barrio desde antes del mediodía y ahora algunos de ellos caían directamente sobre el zinc, haciendo ruido con sus alas y sus garras, mientras otros saltaban sobre las copas de los árboles y unos más sobrevolaban el muro. Algo raro sucedía en aquella casa y a alguien le dio por tocar el portón.
LA CASA. Era la casa de Carlitos y seguramente él no estaba adentro; en realidad, casi nunca estaba, y menos después de que su madre, una anciana de noventa y dos años, muriera hacía un par de meses de un paro cardíaco.
Huérfano de padre y soltero vitalicio, Carlitos vivía una vida misteriosa que estaba marcada por su trabajo como contador y la abnegación por su madre. Su hermana, a la que apenas recordaba, se recluyó muy joven en un convento y se perdió en algún país de África, hacía ya mucho tiempo; nadie la había vuelto a ver y nunca se tuvieron noticias de ella.
Él se dedicó a cuidar a sus padres y, como buen hijo, los enterró juntos, para después quedarse solo, con escasos amigos y con una nueva pasión: el alcohol.
Su casa era pequeña, de cuatro habitaciones en línea, un patio grande, lleno de árboles frutales, una habitación para bodega, una letrina que nadie usaba y el área de lavandería, con un baño y un inodoro, que estaba junto al muro de la calle.
Este muro era alto, rodeaba todo el solar y aislaba a la familia del resto de los vecinos. Al frente tenía un portón de hierro, pintado de negro, con una puerta pequeña a un lado, a la que se llegaba por una grada que habían esculpido en una enorme piedra que encontraron cuando escarbaban los cimientos. Sobre el portón, enrolladas entre sí, se veían unas veraneras rojas y moradas que le daban un aspecto de impenetrabilidad a la casa.
Alguien recordaba que Carlitos estuvo allí el sábado en la mañana, que alguien vino a visitarlo en un carro azul, de cuatro puertas, pero no sabía nada más.
Otro recordó que la mamá de Carlitos tenía una perra, un animal pequeño, viejo y agresivo, y supuso que tal vez la perra había muerto y que ese era el olor que contaminaba el ambiente. Tal vez Carlitos aparecía en la tarde y los libraba a todos de aquella mortandad.
DESESPERADOS. El miércoles, los vecinos de Carlitos amanecieron luciendo enormes ojeras y dando rienda suelta a su mal humor. Los zopilotes durmieron en su patio y su escándalo era mayor, además, el olor ahora era mil veces peor.
Los vecinos tomaron una decisión: escogieron a un hombre delgado y voluntarioso, le amarraron un pañuelo empapado de perfume sobre la nariz y la boca y le sostuvieron la escalera para que pasara sobre la veranera. No tardó en poner los pies al otro lado.
En el patio todo parecía en orden, con excepción de los zopilotes que caminaban y revoloteaban por todos lados, la puerta principal estaba cerrada, la ventana de la sala también y lo mismo la puerta del último cuarto. Aquí el olor era intenso.
El hombre se acercó, casi abriéndose paso entre los zopilotes, trató de mirar por una rendija y una oleada putrefacta le provocó un mareo repentino. Había luz en el interior y volvió a acercarse, reteniendo la respiración.
Cuando sus ojos se habituaron a la luz del cuarto, el corazón le dio un vuelco en el pecho. En el suelo había algo que parecía un cuerpo humano y, un poco más allá, algo que parecía un perro, hinchado como un globo. Vio una nube de moscas que zumbaba sobre aquellas figuras asquerosas y soltó un grito. Dice que no sabe cómo salió del solar ni en qué momento lo hirieron las espinas de la veranera. Era hora de llamar a la Policía.
LA DNIC. Los detectives de Homicidios rompieron el portón con una barra, luego forzaron la puerta principal, abrieron la ventana y llegaron a la última puerta. Aquí, el espectáculo era aterrador. Dos mujeres salieron a vomitar y un agente estuvo a punto de desmayarse.
En el centro del cuarto, a un paso del ventilador y cerca de la cama unipersonal, estaba el cadáver de la perra, lleno de gusanos y moscas, a punto de explotar.
Tenía una herida de cuchillo en la base del cuello, y al parecer sangró mucho antes de morir, tenía las patas tiesas apuntando hacia el techo, el hocico abierto, la lengua enorme en el suelo y vacías las cuencas de los ojos.
A su lado, estaba el cadáver desnudo de un hombre de baja estatura, tirado boca abajo, con las manos en el cuello, hinchado, lleno de gusanos y sobre un charco de sangre coagulada y seca.
Tenía varios días de estarse pudriendo, la piel se le desprendía a pedazos y de su boca salían las moscas, las hormigas y los gusanos en una caravana interminable.
El forense dijo que tenía entre cuatro y cinco días de haber muerto y que la causa de muerte era una herida en la garganta, larga y profunda, por la que se le había escapado la vida en una agonía terriblemente larga. Ahora debían trabajar los detectives.
EL CASO. Carlitos vivía solo, la última vez que lo vieron con vida fue el sábado en la mañana, cuando le abrió la puerta a un hombre que vino a visitarlo en un carro azul de cuatro puertas. El hombre era alto, gordo, muy gordo, blanco y usaba anteojos; era la segunda vez que lo veían.
Ya había venido a visitar a Carlitos hacía unos cincuenta días, poco después de la muerte de la anciana. Ese día iban a irse juntos en el carro pero Carlitos olvidó las llaves dentro de la casa, cerró la puerta y tuvo que quedarse para recuperarlas. En esa ocasión, un vecino, un anciano, cruzó algunas palabras con el hombre. Él les dio una descripción a los detectives.
Mientras unos agentes entrevistaban a los vecinos, un grupo se encargaba de analizar la escena del crimen. Los técnicos de Inspecciones Oculares encontraron tres condones Vive, sin usar, en una división de metal, llena de polvo, que estaba apoyada en una pared, cerca de la cama.
Sobre la sábana descolorida había algunas gotas de sangre que describían un arco y terminaban en la pared y en el piso, cerca de la puerta del cuarto, estaba marcada con sangre la punta cuadrada de un zapato.
En la almohada, la única que estaba sobre la cama, los técnicos encontraron tres cabellos cortos y negros y en una sábana que estaba al pie de la cama, encontraron restos de semen seco. Además, cerca de la almohada había sangre, una mancha de unos cinco centímetros de ancha, rodeada por varios hilos delgados, con algunos coágulos. Eran todas las evidencias. Ahora debían estudiar la dinámica del crimen.
LA HIPÓTESIS. Los vecinos dijeron que la perra era agresiva y que nunca salía de la casa, que la mamá de Carlitos la adoraba y que él mismo la quería mucho, porque casi era su única compañía; el hombre visitaba a Carlitos por segunda y última vez, según los testigos, y un compañero de trabajo dijo que Carlitos era homosexual.
Varios vecinos corroboraron este detalle. Era una buena pista. Tal vez el hombre conocía a Carlitos desde hacía mucho tiempo, quizás se relacionaron íntimamente en otra época y ahora que la mamá de Carlitos ya no estaba, el hombre empezó a visitarlo.
El cadáver estaba desnudo, por lo que era lógico pensar que tuvieron relaciones sexuales, además, el semen seco en la sábana del suelo lo confirmaba; los condones eran nuevos pero no fueron usados. Era muy posible que tuvieran huellas digitales.
¿Qué había sucedido para que se diera el crimen? El detective empezó a especular. Para empezar, el hombre era gordo, muy gordo, decían los vecinos, y era alto; por lo general, este tipo de personas son haraganas o de movimientos lentos. Era de suponer que se desnudó, se tendió en la cama, Carlitos lo satisfizo y lo limpió con la sábana que puso en el suelo tal vez con la intención de lavarla después. Pero algo debió suceder en ese momento.
La sangre que estaba cerca de la almohada era una buena pista. Tal vez la perra, que no conocía al visitante, estaba cerca de ellos, quizás en un rincón o debajo de la cama, en algún momento el hombre sacó una mano, la perra la vio y quizás lo atacó. Esto explicaría la sangre que hay cerca de la almohada. La mordida fue grande y él hombre sangró mucho. Se enfureció, tal vez iba armado con un cuchillo, se levantó, atacó al animal, la hirió en el cuello y la mató, justo en el momento en que Carlitos la defendía.
Los dos estaban de pie, el hombre tal vez sintió que Carlitos lo atacaría, él era más alto, a lo mejor estaba de espaldas, en un acto reflejo se volvió con violencia e hirió a Carlitos en la garganta con una sola cuchillada; la sangre dibujó un arco sobre la cama y en la pared y ya no hubo nada más.
El hombre se vistió apresuradamente, en algún momento pisó la sangre y dejó la punta de su zapato debajo del arco de la puerta. Es posible que esto fuera lo que sucedió.
EL TELÉFONO. Ese mismo día, Hondutel, a una solicitud judicial, entregó un informe de las llamadas hechas y recibidas por el teléfono de Carlitos.
El sábado hubo una sola a las siete y diez de la mañana, que duró menos de un minuto. Era de un celular y la empresa no tardó en dar un informe a la Policía. La llamada la registró la antena de la colonia Rodríguez, en Comayagüela.
Ahora los detectives tenían un nombre, sacaron una fotografía del Registro Nacional de las Personas (RNP) y fueron a visitar a los vecinos de Carlitos.
Todos coincidieron en que se trataba del hombre que visitó a Carlitos el sábado en la mañana. Además, el anciano reconoció al hombre en el retrato hablado que elaboró un experto de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).
Era posible que estuvieran tras una buena pista.
EL CARRO. Los detectives siguieron trabajando. Dos días después del entierro de Carlitos localizaron al hombre y le tomaron fotografías.
Era, en efecto, un hombre alto, gordo, blanco y de aspecto agradable. Manejaba un Nissan Máxima azul, de cuatro puertas, modelo 89.
Los detectives fueron con las fotografías a donde los testigos y estos no dudaron al reconocer el vehículo. Era hora de hablar con el fiscal.
Sin embargo, los detectives esperaron un poco más. Los condones encontrados en la escena del crimen no tenían huellas digitales, pero sí tenían el número de serie de fabricación y el lote.
Dos detectives visitaron a los distribuidores y supieron al nombre de la farmacia donde fueron distribuidos.
Cuando los detectives llegaron a la farmacia, la dependienta les dijo que el sábado, a eso de las ocho y treinta de la mañana, cuando recién habían abierto el negocio, llegó a comprar condones un cliente que hacía mucho tiempo no los visitaba, pero que lo conocían bien porque en una ocasión tardó casi seis meses en pagarle una deuda a la dueña.
Lo conocían como un hombre educado, casado y con hijos, por eso le extrañó que llegara tan temprano a comprar condones, por los que pagó quince lempiras con un billete de cien. Un detective le enseñó una fotografía y los empleados reconocieron al hombre de inmediato.
EL ASESINO. Sobre la sexta avenida de Comayagüela está una tienda de baterías Yojoa, en la esquina opuesta está un edificio abandonado y en la otra un mercadito chino. Los detectives ocupaban las tres esquinas. Un vehículo de la DNIC estaba aparcado a un lado del edificio abandonado, con el motor encendido.
A eso de las siete y veinticinco de la mañana, alguien dio la alerta por un radio comunicador; cien metros atrás, cerca de las oficinas de transportes El Dandy, avanzaba un Nissan Máxima azul, despacio por el empedrado.
Cuando estaba a punto de tomar el pavimento, el carro de la DNIC se le cruzó al frente, los detectives salieron de todas partes y encañonaron al hombre que iba manejando. Este no se resistió al arresto.
LA CONFESIÓN. Parecía que al hombre le hubieran quitado un peso de encima. Aunque estaba pálido y nervioso, trataba de aparentar tranquilidad, contó paso a paso lo que había sucedido y su historia calzó exactamente con la hipótesis de los detectives.
Dijo que se deshizo del cuchillo en un basurero y que al ver que se había manchado los zapatos de sangre también los desechó.
Un detective le dijo que se levantara la manga izquierda de la camisa y sonrió al ver las heridas que dejaron los dientes de la perra en su brazo. En ese momento llegaron algunos vecinos de Carlitos y lo reconocieron.
Ahora vive en la Penitenciaría Nacional de Varones de Támara, Francisco Morazán. Cree que saldrá en libertad en 2017, por buena conducta.
Ha adelgazado bastante y dice que nunca se imaginó que esas inclinaciones extrañas que tiene desde niño se convirtieran en una pasión sangrienta. Su esposa lo abandonó un mes después de que lo capturaron. Sus hijos lo visitan de vez en cuando.
Causas
Dice el imputado que él no era así y que siempre luchó por reprimir aquellos “impulsos negativos”, impulsos que padece desde que su padrastro y un amigo de él lo violaran, poco antes de que cumpliera siete años.}
Dice que siempre quiso matar a su padrastro pero que alguien se le adelantó, hace ya muchos años. Al amigo no volvió a verlo jamás. Hay algo raro en este hombre: no muestra arrepentimiento alguno por su crimen y se refiere a él como algo que “tenía que pasar pero que él no buscó”.
