LA ALDEA. Era una tarde fresca. El sol brillaba en el cielo y algunas nubes lejanas se movĂan sobre los pinos empujadas por el viento. A lo lejos, las montañas verdes resaltaban esa belleza especial con que Dios vistiĂł los alrededores de la aldea, y de la que tan orgullosos se sentĂan sus habitantes.
Las calles de tierra estaban hĂşmedas y despedĂan ese delicioso aroma a tierra mojada que invitaba a darle una mordida; las casas de bahareque y adobe, con techos de teja y paja, con largos corredores, parecĂa que posaban para el gran JosĂ© Antonio Velásquez, el más grande pintor que ha tenido Honduras, y que todo el mundo parece haber olvidado.
Columnas de humo gris salĂan de las chimeneas de latĂłn y el ambiente se llenaba con el delicioso olor del cafĂ© reciĂ©n hecho, de las tortillas tostadas y de los frijoles conservados que seguĂan hirviendo en las ollas de barro.
Era una tarde maravillosa del mes de mayo de mil novecientos ochenta y seis. (El gran José Antonio murió tres años antes).
Carmen caminaba despacio, hundiendo el tacón de sus zapatos en la arcilla, con los cuadernos en un brazo, el pelo recogido en un moño y una sonrisa agradable en los labios.
Eran las cuatro de la tarde, y aunque el sol estaba alto en el cielo, amenazaba lluvia.
La escuela en la que trabajaba no estaba lejos de la casa de sus padres, pero el camino era solitario y a aquellas horas, y en invierno, no sabĂa uno a quĂ© atenerse.
LA VISITA. Los padres eran dos ancianos sencillos que habĂan vivido toda su vida juntos y que criaron a sus tres hijos con el amor y el rigor que hace tanta falta en estos terribles tiempos, y Carmen los amaba, como corresponde a una buena hija.
No habĂa mañana ni tarde en que no llegara a visitarlos, y no es que su propia casa estuviera en el camino, es que le gustaba verlos, compartir aunque fueran unos minutos con ellos y demostrarles siempre el amor y el agradecimiento que les tenĂa.
Su otra hermana sentĂa lo mismo, y tambiĂ©n los visitaba con frecuencia. Casadas las dos, atendĂan sus propios hogares sin olvidarse de los que les dieron la vida.
Además, veĂan siempre a su Ăşnico hermano varĂłn, un muchacho de treinta años ya, el que, por designios de Dios, padecĂa retraso mental y seguĂa viviendo con los padres.
Cuando entró, le dio un beso a don Hipólito. Doña Fidelia estaba en la cocina.
“Te vas a mojar, mija –le dijo el anciano-, no tarda en caer la tormenta”.
“SĂ, papá, solo pasaba un rato”.
“¿No vas a tomar café, hijita?”
“Hoy no, mamá; guárdemelo para mañana… Voy a pasar temprano”.
Por desgracia, no habrĂa mañana. La muerte avanzaba sobre Manzaragua empujada por una mano misteriosa y terrible.
GRITOS. A las siete de la mañana del dĂa siguiente, Carmen se acercĂł a la casa de sus padres, y se extrañó que la puerta estuviera cerrada, es más, le pareciĂł raro que no saliera humo por la chimenea del fogĂłn y que todo estuviera en silencio. TambiĂ©n extrañó el olor a cafĂ© reciĂ©n hecho, y apurĂł el paso.
Pero se detuvo de pronto. El corazĂłn empezĂł a latirle con prisa en el pecho y sintiĂł que se desvanecĂa. Sin embargo, un grito saliĂł de su garganta y resonĂł a lo lejos, sobre las copas de los pinos.
“¡Papá! ¡Mamá! ¡Polito! ÂżQuĂ© les pasĂł? ¡No, Dios SantĂsimo; esto no puede ser!
LA ESCENA. Los gritos de Carmen retumbaron en las paredes. Como pudo se acercĂł a su papá y lo agitĂł como si quisiera despertarlo, pero ya estaba muerto, helado y tieso, bajo un charco de sangre seca y llena de moscas. Lo mirĂł con terror y se dio cuenta de que tenĂa la cabeza destrizada, el brazo derecho quebrado y la sorpresa pintada en los ojos.
Más atrás, casi en el centro de la sala, estaba el cadáver de su hermano, también con la cabeza destrozada, tirado sobre una costra de sangre, y en la cocina, estaba el cadáver de su madre, doblado sobre la parte baja del fogón, con el rostro desfigurado por los golpes y la cabeza colgando sobre los tiestos de una olla de barro. Carmen estuvo a punto de desmayarse pero se repuso y salió corriendo de la casa para pedir auxilio. En media hora, toda la aldea estaba alrededor de la casa de don Hipólito.
El auxiliar de policĂa de la aldea llamĂł a la PolicĂa de DanlĂ. A las nueve de la mañana, un viejo Toyota Land Cruiser y un Land Rover con capota de lona, lleno de agentes del Departamento de InvestigaciĂłn Nacional (DIN) y de varios soldados de la Fuerza de Seguridad PĂşblica (Fusep) invadieron la aldea.
El sargento se bajó de un salto y la gente se hizo a un lado, como cuando Moisés abrió las aguas del Mar Rojo.
EL DIN. El sargento era un hombre joven, de no más de treinta y un años, de estatura regular, fornido, piel blanca, quemada por el sol, y mirada de fiera. Entró a la casa sin decir nada, seguido por tres detectives, y se detuvo en la puerta. Lo que vio lo hizo estremecerse, a pesar de que era un hombre curtido en aquellos menesteres.
“Entrevisten a la gente –ordenó-; averigüen todo lo que puedan… Traigan al médico de la aldea para que levante los cadáveres”.
“A la orden, mi sargento”.
“Cabo, tome nota.”
“A la orden, señor”.
“A esta familia la mataron a garrotazos. ÂżVe esa tranca que está en aquella esquina? Tiene moscas y manchas de sangre; esa es el arma homicida. Y los mataron asĂ para no hacer ruido y que nadie se diera cuenta. Estoy seguro que el criminal, o los criminales, son gente conocida. A estos ancianos y al muchacho los mataron por enemistades…, es mi primera opiniĂłn. Si ve bien la escena, el o los asesinos entraron por la cocina, y atacaron primero a la señora. Seguramente la señora conocĂa al criminal porque lo dejĂł entrar hasta el punto en que agarrĂł la tranca, luego la golpeĂł por detrás. La señora gritĂł y en ese momento apareciĂł el señor, tal vez con una pistola en la mano, porque tiene el brazo derecho quebrado. AllĂ le dieron el primer garrotazo, para impedirle que disparara. Luego lo asesinaron. Al muchacho lo matan por detrás, cuando trataba de escapar por la puerta de enfrente. FĂjese bien que hay sangre cerca de la puerta y están claras las huellas de las piernas al ser arrastrado el cadáver hasta el sitio donde lo dejaron. Los asesinos salieron despuĂ©s por donde entraron, dejaron la tranca en esa esquina y se llevaron la pistola del señor, porque estoy seguro que tenĂa un arma… En estos lugares casi todos los ancianos tienen una, y no se despegan de ella ni para dormir… ÂżanotĂł todo?”
“SĂ, mi sargento.”
“Bien. Tráigame a la hija que descubrió los cuerpos”.
CARMEN. “¿Conoce este garrote?”
“Si, es la tranca de la puerta de la cocina”.
“Con eso asesinaron a sus padres. ¿Imagina usted quien pudiera tener razones para matarlos?”.
“No, señor.”
“Yo sĂ, sargento. Yo sĂ sĂ© quien querĂa matar a mis suegros”.
El sargento se volviĂł a un hombre joven y de baja estatura que se habĂa acercado a ellos con dos zancadas, seguido de su hermano.
“¿Usted quién es?”
“Es mi esposo –le dijo Carmen-; y el otro señor es mi cuñado, esposo de mi hermana Justina”.
“Y, ¿usted dice que sabe quien mató a sus suegros?”
“SĂ, sargento. Verá, usted. Desde hace años, mis suegros y los Herrera se enemistaron por la explotaciĂłn de una fuente de agua que nace en la propiedad de don HipĂłlito, el muerto, y que sirve para regar las plantaciones. Mi suegro aprovechaba el agua para sus plantĂos, que son más de cien manzanas de verduras, y como el agua estaba en su terreno, tenĂa derecho para explotarla, pero a los Herrera les pesaba que mi suegro tuviera mejores tierras y el agua, y se enemistaron por eso…”.
“Y, según usted, ¿ellos son los asesinos?”
“Todos ellos, no, mi sargento; solo Wilson, el hijo mayor de ellos, que acaba de salir del Ejército… Búsquenlo a él; él es el asesino”.
“¿Dónde lo encontramos?”
“Si usted quiere, nosotros les ayudamos”.
“Y yo puedo ayudarles con los gastos, sargento –dijo Carmen-; lo que quiero es que agarren al que mató a mis viejitos y a mi hermano…”.
La bĂşsqueda. La finca de los Herrera estaba lejos de la casa de don HipĂłlito, entre pinos y robles y frente a grandes plantaciones de repollo, tomates y lechugas. Don Juan estaba sentado en una mecedora, en el corredor, y no se molestĂł en levantarse cuando los agentes del DIN llegaron a su casa.
“Mi hijo es inocente, sargento –les dijo, cuando preguntaron por Wilson-; él vino a media noche de Tegucigalpa y se fue hace poco porque sabe que con el DIN no se puede entender uno… Mejor averigüen bien quien mató a los señores…”.
“¿Por qué se escapó su hijo?”
“Todos sabemos lo que es el DIN, sargento –respondiĂł el anciano-, y mi hijo es inocente. Si se entrega, ustedes lo van a torturar y Ă©l va a terminar aceptando un crimen que no cometió… Yo soy hombre de bien, tengo setenta y tres años y nunca he tenido que ver con la PolicĂa, y mi familia tampoco…”.
“Pero ustedes tenĂan una enemistad con don HipĂłlito”.
“No lo niego, pero no era para llegar a tanto… Problemas por el agua… Nada más”.
“¿Dónde está su hijo?”
“No se lo puedo decir, sargento”.
“Bien, está en su derecho, pero lo vamos a buscar y lo vamos a encontrar…”.
EL REGRESO. La mañana era frĂa y el sol, oculto detrás de un manto de nubes grises, iluminaba dĂ©bilmente la tierra.
Cuando los detectives regresaron a Manzaragua, estaban lavando los cuerpos. Tres ataĂşdes estaban en fila en el corredor y la casa se iba llenando de gente que lloraba, maldecĂa y se lamentaba. Don HipĂłlito y su familia eran muy queridos en la zona y empezaban a llegar sus viejos amigos y conocidos de DanlĂ, Yuscarán, Soledad, Jamastrán, OropolĂ y hasta de Patuca. Aquella tragedia conmovĂa a todo el mundo y el DIN estaba obligado a encontrar al asesino.
EL CAPITáN. David Abraham Mendoza era responsable de la Fusep en DanlĂ. Cuando el sargento le informĂł por radio cada uno de los detalles del crimen, se indignĂł y dio una orden:
“Sargento, encuentre al asesino, asĂ tenga que darle vuelta a todo el departamento… PĂdame lo que necesita y no se preocupe por nada… Quiero al asesino, y esa es su responsabilidad”.
“Entendido, señor”
Hacia las cuatro de la tarde empezĂł el velorio. El cafĂ© hervĂa en grandes ollas, el pan olĂa a fresco, el guaro pasaba de mano en mano y de boca en boca y el aroma de las flores con que adornaron los ataĂşdes, lejos de alegar el ánimo, entristecĂan el espĂritu.
A las cinco de la tarde, el esposo de Carmen, cansado y con grandes ojeras, le dijo al sargento:
“¡Mi sargento, ya sabemos donde se esconde Wilson!”
El sargento dio un salto.
“Está en una casa de la colonia Calpules, en Tegucigalpa… Es la casa de los Herrera en la ciudad…”
“¿Ustedes conocen?”
“No estamos seguros, señor, pero creo que podemos llegar…”
“Entonces vamos…”
El sol iba desapareciendo a lo lejos, las nubes grises fueron a descargar la lluvia sobre las montañas, como para no importunar a los muertos, y la noche cayĂł despacio, dejando que los candiles, las velas, las lámparas Coleman y las antorchas y las fogatas de pino fresco disiparan sus sombras. Dentro de la casa, los ataĂşdes estaban abiertos, guardando para siempre los cuerpos de don HipĂłlito, de su esposa y de su Ăşnico hijo varĂłn. La casa olĂa a muerto y la tristeza se hacĂa cada vez más profunda.
Carmen y su hermana lloraban cerca, la luz de las candelas se reflejaba en sus rostros pálidos y lanzaban amarillentos destellos sobre los rostros frĂos y sin vida de sus padres. A lo lejos, los focos de los jeeps de la PolicĂa iluminaban la calle de tierra que serpenteaba entre los pinos… Abajo, seguĂa oliendo a muerte.
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