Con sus pantalones anchos y largos, camisetas amplias y zapatillas de deporte, Samantha Wright está bien lejos de cumplir el manido estereotipo de "fulana", que se viste y actúa de forma provocativa.
Y aun así esta joven de 23 años es el cerebro del SlutwalkDC, la "marcha de las fulanas" en Washington que, bajo el lema "Para acabar con la cultura de las violaciones", aspira el 13 de agosto a convertirse en una manifestación de carácter nacional en la capital estadounidense.
Ese mismo día, más "fulanas" marcharán por Berlín, mientras que sólo 24 horas antes está convocada "La Marcha de las Putas" junto al Obelisco de Buenos Aires.
Estas capitales se unirán así a las decenas de ciudades que en los últimos meses han visto cómo un tradicional calificativo peyorativo para la mujer era convertido en un nuevo grito de guerra en contra de la violencia sexual y en rechazo de la práctica aún muy extendida de echar la culpa a las víctimas de agresiones por su forma de ser o de vestir.
Porque, precisamente, esa es la idea fundamental que defienden los organizadores de los Slutwalks, más allá del éxito comunicacional que ha tenido el hecho de que a estas concentraciones muchas de las mujeres que participan, junto a numerosos hombres, acudan vestidas como "fulanas" con estrechas minifaldas, corsés, medias de rejillas o tacones imposibles.
Los Slutwalks "son una manera muy directa de decir que, independientemente de cualquier argumento que se pueda dar, una violación es una violación, y que cuando cruzas esa línea eso es violación y no existe excusa alguna para ello", explicó Wright, estudiante de Educación Física en entrevista con DPA.
Aviso.
Un mensaje que, pese a años de lucha, todavía sigue sin calar en muchos. Quizás es por eso que el Slutwalk, que comenzó como una airada pero minoritaria respuesta de un puñado de jóvenes en Toronto al comentario de un agente de policía que, durante una charla universitaria sobre seguridad personal, aconsejó a las mujeres "evitar vestirse como ‘sluts’ (fulanas)" para no ser víctimas de una agresión sexual, se ha convertido en apenas cuatro meses en un auténtico fenómeno social ciudadano que está teniendo sonadas réplicas en ciudades de Europa, América Latina, Australia e incluso Asia.
Heather Jarvis asegura que nunca imaginó el efecto mundial de su protesta cuando junto unas amigas decidió convocar vía Facebook y otras redes sociales en abril al primer Slutwalk en Toronto, para protestar por lo que consideraban una "perpetuación del mito y estereotipo de la ‘fulana’" como un "término peyorativo que trata de racionalizar un comportamiento inexcusable, creando un ambiente en el que es correcto echarle la culpa a la víctima".
"Jamás nos esperamos esto. Incluso recuerdo decir cuando comenzamos, ¿no sería genial que vinieran cien personas? Realmente creíamos que iba a ser un evento sólo en Toronto, así que saber que ahora tantas ciudades -ya he perdido la cuenta- en todo el mundo están celebrando Slutwalks es algo absolutamente increíble", dijo Jarvis en conversación telefónica desde Canadá a DPA.
Para esta universitaria de 25 años, el éxito de los Slutwalks puede atribuirse a la "sencillez" de su mensaje.
"Echarle la culpa a la víctima de un asalto sexual no está bien y es realmente dañino, tenemos que ser cuidadosos con el lenguaje utilizado en torno a las víctimas", resume.
Londres, Ciudad de México, Tegucigalpa, Sydney, Boston, Los Ángeles, Houston, Amsterdam, Estocolmo o Sao Paolo ya han tenido sus Slutwalks o "marcha de las putas", las "puercas" o las "fulanas", que para eso los calificativos peyorativos no tienen fin.
En la lista de ciudades que se han apuntado al movimiento figuran también Nueva Delhi y hasta hay planes para celebrar otra marcha en Teherán en 2012.
Pero, pese al éxito de estas convocatorias, los Slutwalks también han provocado un fuerte debate y hasta controversia en el seno del feminismo.
En un reciente artículo en The New York Times, la escritora especializada en mujeres y política, medios y entretenimiento, Rebecca Traister, reflexionaba sobre su rechazo a los Slutwalks tras un inicial momento de entusiasmo.
"Comprendo que las Slutwalkers quieran quitarle a la palabra "fulana" su veneno misógino (...), combatir esas feas caracterizaciones es algo correcto y justificado", señaló. Pero, a su juicio, "hacerlo vestidas en lo que parecen disfraces sexies de Halloween, parece menos una victoria que una capitulación hacia lo que la sociedad ya espera de sus mujeres jóvenes".
"Aunque la misión de los Slutwalks es crucial, la presentación resulta confusa y deja a jóvenes feministas expuestas al mismo tipo de ataques que están combatiendo", alertó.
Desde las páginas de The Guardian, otras reconocidas autoras sobre temas de mujeres y violencia sexual, Gail Dines y Wendy Murphy, tachaban como una "pérdida de los valiosos recursos feministas" las marchas de las fulanas.
"Ya le echemos la culpa a las víctimas llamándolas ‘fulanas’ o ‘frígidas’, el problema es que les estamos echando la culpa por su propia victimización, hagan lo que hagan. Alentar a las mujeres a ser más ‘fulanas’ no cambiará esta fea realidad", sostuvieron.
Para la cofundadora de los Slutwalks, Heather Jarvis, recibir críticas -y hasta amenazas- es algo a lo que ya se ha acostumbrado, aunque afirma estar convencida de la función social que tiene el movimiento que ayudó a generar.
"Las críticas y la reflexión crítica y el debate son algo bueno, tratamos de escucharlas y ver si podemos mejorar", aseguró.