Todavía me ronda fresco en la memoria el primer contacto con Mario Vargas Llosa: Fue hace unos 30 años, motivado por la necesidad de acumular 10 puntos para lograr una buena nota en mi clase de español.
La obra: una novela joco-seria, escrita en un inusitado estilo epistolar, que narraba la pasión desenfrenada surgida en medio de la selva amazónica, entre una prostituta y un remilgado oficial militar, quien curiosamente era su jefe.
A partir de entonces, he leído con desenfreno cuanta obra suya cae en mis manos, sea narrativa, crónica política o ensayo, siguiendo paso a paso su evolución intelectual e ideológica, convicto de su talento y su pasión por la libertad, por la cual “sangro, lucho y pervivo” como dijera el poeta español Miguel Hernández.
De ahí mi alegría y la del mundo libre al recibir por las manos del autor peruano, el Premio Nobel a la coherencia de pensamiento y a la razón como único medio para alcanzarla.
Con la independencia como fundamento de sus valores literarios, la figura de Vargas Llosa trasciende el ámbito populista que cierne hoy día a Latinoamérica, para convertirse en un referente de los principios de la sociedad abierta y democrática, sentando los valores de la libertad y de la tolerancia.
Su evolución intelectual e ideológica, es una manifestación clara de un criterio básico: el compromiso del escritor con la verdad.
Es por ello que seguramente dolerá a muchos este premio que insulta la doble moral y defiende con igual vehemencia la libertad sexual y económica; que exorna con lujosa corona las cabezas de quienes creemos que la libertad es el mejor camino al desarrollo.
Consecuente en sus principios y para sorpresa de muchos, se alejó de Pinochet tanto como de Castro y, aun hoy, condena la tortura en Cuba al igual que en la prisión de Guantánamo.
¿Quién puede alzar su voz ahora si calló mientras el escritor peruano la levantaba para defender el derecho a resistirse, tanto de cubanos como de hondureños frente a lo que considera abusos del estado?
Quien lo dude, que lea su último libro “Sables y Utopías”. Como muchos jóvenes latinoamericanos de los años cincuenta y sesenta se identificó con una ideología que prometía la liberación del ser humano, la búsqueda de una arcadia feliz representada por la izquierda revolucionaria.
Su proceso de reconciliación con la realidad, su búsqueda no dogmática de un ambiente de libertad e igualdad le llevó a convertirse en el primer hereje de la utopía colectivista en la América Latina.
A partir de ese momento, Vargas Llosa no se encerró en una torre de marfil literaria, sino que se convirtió en un verdadero paladín de la causa de la libertad.
Definió con una bella frase en final de las promesas de la izquierda revolucionaria: “La Utopía es una bellísima mujer con la cabeza en las nubes y los pies en un río de sangre”.
En el parnaso literario de los nobeles de literatura hay estetas, estilistas, personas que han sacrificado al arte, el compromiso intelectual del escritor, su interés por los problemas del mundo, por la causa de los afligidos, por las tiranías vestidas de esperanza. Pero buena parte de ellos han santificado los horrores del totalitarismo, eso sí, en nombre de un porvenir que nunca llega y está entre barrotes. Peor lo hicieron y siguen haciéndolo a pesar de que han visto y conocido el rostro del horror.
Por eso, Vargas Llosa estará sólo o casi solo, será una especie en extinción, en un escenario dominado hasta el momento por plumas bañadas de sangre totalitaria, eso sí, expresada en bellísimas palabras. Ojalá y los latinos, en cuenta nosotros los hondureños, podamos comprender algún día las claves de la razón como arma poderosa contra el subdesarrollo.
Quién sabe si por fin el merecido premio a este peruano que ha sabido resarcirnos frente al mundo, pueda servir de algo para descifrar esta cartografía de las estructuras del poder y nos libere al fin de nuestras cadenas de esclavitud y de ignorancia.
