En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús, y uno de ellos le preguntó, para ponerlo a prueba: Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Dos mil años después, estas palabras suenan con toda la fuerza en los oídos y se remarcan cada día en el corazón de Laura Elena Sánchez Sarmiento, esa enfermera jubilada que dejó atrás todas sus comodidades para servir a los enfermos de VIH-sida.
El HERALDO la encontró en Casa Zulema, ubicada en el sector de El Retiro, un rincón de Valle de Ángeles, sirviendo a una veintena de pacientes, despreciados por la sociedad y hasta por sus familiares.
¿Cómo entró a este servicio? El modelo de personas que muchas veces buscamos a veces los tenemos en los abuelos o padres. Llegué a la capital, procedente de Esquías Comayagua, cuando tenía 12 años. Viví con unos tíos y estudié enfermería. Poco a poco me incorporé a los grupos de la iglesia y mi fe se fue fortaleciendo.
Me involucré en varios grupos de liturgia, en los carismáticos, en los talleres de oración y vida, en las charlas del Neocatecumenado, ahí buscaba un crecimiento doctrinal, no con el fin de sentirme involucrada con algún grupo de iglesia, porque siempre mi deseo era servir directamente a los más necesitados.
¿O sea que usted buscaba saber de Dios, para después tratarlo cara a cara? Sí, son dos cosas mancomunadas, Dios se me presenta a través de la palabra y a través de los hechos, yo soy una persona que he leído La Biblia, no retengo las citas bíblicas, porque a mí eso no me interesa. Me interesa lo que él me quiere decir a través de la palabra, yo no voy a predicar el Evangelio, yo quiero practicarlo. Lo que leo en La Biblia quiero hacerlo vida en mí para los demás.
¿Cómo llega a Casa Zulema? En un retiro con el padre Ramón Martínez (español) la prédica redundó en el pasaje que dice: Todo aquello que hicieres a los más necesitados a mí me lo haces. Ese día el Padre comentó que iba abrir un proyecto para enfermos de sida, abandonados, maltratados y rechazados.
Fue así que yo me enganché en el proyecto de Casa Zulema y venía los fines de semana, mi tiempo libre o vacaciones y me sentía muy contenta de apoyar a estas personas.
Cada día me sentía más involucrada y sentía que en cada persona que fallecía también se iba algo de mí, un ser que había amado.
Cuando uno ama al Señor y sabe que en cada ser humano, en cada necesitado, está Dios, se identifica con las personas como si fueran un familiar o la misma carne.
¿Qué concepto tiene del amor? El amor es servicio, porque quien ama es capaz de servir, quien no ama es difícil que sirva.
¿Y de la solidaridad? Para mí el ser solidario no es precisamente meter la mano a la bolsa, sacar un billete y aportar. La solidaridad no debe encerrarse solamente en ese hecho. La solidaridad va más allá, en darse. En saber que podemos abrazar, en saber que podemos darle una palabra de aliento a alguien que está muy enfermo, alguien que está muy necesitado ya sea de un familiar o de que alguien le escuche.
¿Cuánta alegría encuentra en servir al prójimo? Estoy convencida de que amar a Dios sirviéndole a los demás es lo mejor que puede pasar en la vida. Las mayores alegrías que he vivido, aparte de compartir muchas con mis hijos es ver transformarse un rostro doloroso en un rostro alegre que puede sonreír, que puede platicar con alegría y con gozo en medio del sufrimiento y el dolor.
¿Usted ve a Dios en cada uno de los enfermos? Cuando yo estoy curando a un enfermo, mi corazón le está diciendo al Señor.
¿Cuánto tiempo tiene de llevar el proyecto? Seis años, pero el proyecto lo fundó hace unos 13 años el padre Ramón Martínez.
¿Qué dijeron sus hijos cuando usted les dijo que se dedicaría de lleno a cuidar a los enfermos de sida? Los dos mayores no lo miraron bien, el primero decía si es que yo ya no me llevaba con su papá, pues que mejor me buscara otro pues era una mujer joven y que no era justo que me quedara sin una pareja, luego mi hija me decía, usted ya no nos quiere y quiere morirse. Pero el tercero dijo, mire, mami usted haga lo que quiera, que yo le apoyo.
¿Una anécdota en este servicio? Una vez yo iba en el carro a enterrar a una joven que había muerto en esta casa, cuando llegué al cementerio Divino Paraíso, me salieron varios pandilleros y me dijeron que les diera lo que llevaba. Yo les expliqué que iba a enterrar a una joven y que solo llevaba un recibo de 600 lempiras. Llévense lo que quieran pero ayúdenme a enterrar el cuerpo les dije. -Esta vieja cree que nosotros somos tontos, murmuró el marero más bravo y se dirigió a abrir el ataúd. -
¿Cuántas personas ha atendido en esta casa desde sus inicios? Unas 480 personas -entre adultos y niños- han pasado por esta casa en los 13 años. Anualmente ingresan unas 20 ó 25 personas. Entre 14 y 15 mueren cada año.
¿Al momento de morir, le dicen algo? Mucho. Antes de cerrar para siempre sus ojos me han dicho: Usted es buena, muchas gracias, la quiero mucho, usted es un ángel, qué bueno fue encontrarla a usted al final de mi vida, qué bueno que usted se hizo mi familia. Muchas cosas que me motivan a seguir sirviendo y dándome a los demás cada día.
¿Es más difícil aceptar la partida de un niño a la de un adulto? Los niños a uno le parten el corazón, los niños son seres que han sido infectados verticalmente a través de su madre y es doloroso porque ellos nacen con la alegría y con el derecho de ser niños, con el derecho de jugar, de estudiar, de vivir su niñez, y son niños que nacen únicamente para sufrir de una enfermedad y de otra, de estar siempre en los hospitales, en la consulta y con medicamentos. Es tan doloroso porque son ángeles que están ahí envueltos en esos niños y duele tanto verlos partir, pero también da alegría porque son un ángel más en el cielo.
¿Qué mensaje está implícito en el recuerdo anual de la crucifixión y resurrección de Jesús? Se nos recuerda que el Señor murió y resucitó por cada uno de nosotros, él dio su vida por mí ¿y nosotros, qué le damos? El tiempo de cuaresma debe ser un tiempo fuerte de meditación, no de desenfreno, como ocurre hoy. Si meditáramos un poco y pudiéramos retribuirle a Dios algo de los que nos da, como la salud, el bienestar de nuestros hijos, la vida... eso sería grandioso a los ojos del creador. San Ignacio de Loyola decía: Podemos, pero no debemos de viajar en el tren de la vida en primera clase, si las personas que amamos van en tercera.
¡Cómo estás! ¡Cómo olés!. Esa pequeñita que está ahí cuando yo le estoy dando la comida le digo, caramba, Señor, cómo te cuesta tragar. Yo puedo estar cansada, porque me levanto a las cuatro de la mañana a preparar medicamentos, voy con mis pacientes a Tegucigalpa, vengo a curar, hay que dar suero, hay que dar de comer en la boca, me siento cansadísima y cuándo voy a dormir le digo, ves, Señor, cuántas cosas hicimos este día.¡hermanita!, exclamó al ver el cadáver y comenzó a sollozar… Al final no hubo robo, sino ayuda.