Las horas se le pasan volando a Céleo Álvarez Casildo, el tiempo se le hace corto debido a los detalles que ultima sobre la Cumbre Mundial de Afrodescendientes que le toca organizar en agosto próximo.
Dentro de la comunidad garífuna, Casildo es un símbolo de superación, derrotó la pobreza para lograr el éxito profesional y, a la par, se enorgullece de haber sido pieza clave en la lucha por defender los derechos de los trabajadores y de la comunidad afrodescendiente.
A continuación una plática que sostuvo el coordinador de la Organización de Desarrollo Étnico Comunitario (Odeco) con EL HERALDO:
Cómo logra despuntar en lo académico con un título universitario en medio de las precariedades?
Bueno, soy todólogo, pero a nivel universitario soy licenciado en economía agrícola en Centro Universitario Regional del Litoral Atlántico (CURLA). Esto lo logré con muchos sacrificios, deseos de superación, los principios y valores que mi madre y mi padre me inculcaron, ya que si bien es cierto ellos no pudieron alcanzar una profesión universitaria, pero entendieron la importancia de la educación.
¿A qué se dedicaban sus padres?
Mi padre fue carpintero y mi madre ama de casa, se dedicaba a lavar, asear, planchar, los oficios domésticos para sobrevivir.
¿Aprendió carpintería usted?
Sí, aprendí un poco, pero también durante mi época escolar limpiaba zapatos en el parque central de La Ceiba, hasta que salí de sexto grado. A los trece años comencé a trabajar en la empresa privada.
¿Dónde trabajo?
En la Industria Vinícola Hondureña de la familia Godoy Castillo.
¿A qué se dedicaba ahí?
Al principio a la limpieza, luego a cortar toronjas porque hacíamos vino a base del sumo de la toronja, después me convertí en asistente de producción, era el que revisaba todo el proceso de fermentación y a los 16 años ya era jefe de producción de la empresa.
¿Y probó el vino que hacía?
No, uno aprende a catar y uno lo saca profesionalmente y eso no ha afectado mi vida. Yo trabajaba de día, salía a las cinco de la tarde, estudiaba de noche en el Instituto Augusto C. Coello, en el barrio Inglés, por lo que salía del trabajo a las cinco, me hacía el aseo, cambiaba mi ropa y me iba desde el barrio Inglés hasta el barrio La Julia, estamos hablando de extremo a extremo de la ciudad.
No había electricidad en el barrio La Julia, cuando llegaba al último lugar del alumbrado amarraba muy bien mis útiles y salía corriendo hasta llegar a mi casa.
Era un temor natural y así estuve cinco años consecutivos, me gradué de bachiller, y no perdí ningún año, a los 18 años.
¿Y cómo logra estudiar en la universidad?
Bueno, busco trabajo y encuentro en Salud Pública, en el programa de Control de Alimentos, inicio como conserje y ya siendo bachiller, pero a los dos meses se presentó la oportunidad de sacar un curso de laboratorista en análisis clínicos de alimentos.
Estaba el doctor Luis Munguía Guerrero, a quien recuerdo positivamente, él ya falleció, él me trajo para Tegucigalpa y me convertí en uno de sus favoritos, en términos de responsabilidad, de carácter. También trabajé como inspector de alimentos con Víctor Maradiaga, que todavía está ahí y con él construimos una buena amistad.
Una de las principales cosas que aprendí con el señor Munguía es la rectitud, la honestidad y luego que él me quería mandar para Olancho como laboratorista, pero le dije que yo tenía que seguir estudiando.
Me había matriculado en el CURLA en San Pedro Sula y luego en la Autónoma, eso fue en el 78-79.
Imagínese el cambio para un muchacho de 18-19 años. El equipo médico votó para que me enviaran como laboratorista en La Ceiba y así pude continuar mis estudios en el CURLA.
Fue un proceso bastante interrumpido porque también me vinculé al movimiento sindical; estando en Tegucigalpa fui parte de la primera movilización de los laboratoristas para reivindicar sus derechos. Me pusieron como representante de los laboratoristas del centro de salud Alonzo Suazo y eso permitió reivindicar algunos derechos.
¿Cómo le impactó dejar a su familia para ir a la capital?
Bastante, toda mi familia estaba en La Ceiba, nueve hermanos de padre y madre y yo soy el menor, han muerto cuatro de mis hermanos, quedamos cinco con vida: tres mujeres y dos varones.
Yo soy el único profesional universitario, entonces para que usted vea la carencia, el acceso a la educación. Tengo tres hijos profesionales universitarios, uno es médico sacando la especialidad, uno que es abogado y una que está por egresar de medicina este año. Yo tengo nueve hijos.
¿Qué parte de esa pobreza le marcó más?
Bueno, había pobreza, la falta de capacidad económica para responder a los retos de la educación formal en el nivel secundario y universitario. Tuve una muy bonita infancia, muy buenos amigos, pudimos desarrollar capacidades, nosotros construíamos nuestros propios juguetes, jugaba fútbol, pero también hacía lectura y me esforcé por formarme.
Mi padre, aunque no era un profesional, era un autodidacta, una persona que leía mucho y estuvo alrededor de la Iglesia, él fue evangelizador.
Eso influyó, mas esa paciencia que transmitía mi madre, una persona que siempre marcaba una actitud muy positiva hacia la vida y empujándome para ir al colegio, eso contribuyó a lo que soy ahora.
¿Cuándo comienza en los movimientos de organizaciones garífunas?
Desde los 13 años, en organización comunitaria para el mejoramiento de mi comunidad, entonces andaba ahí en medio de los grandes y ellos me incluían para varias cosas. Luego, por supuesto, entré al movimiento sindical y pasé a formar parte del Sindicato de Trabajadores de la Medicina y Similares de Honduras.
¿En cuántas huelgas estuvo?
No recuerdo, pero fueron muchas. Recuerdo las acciones de presión cuando el ministro era el doctor César Castellanos (QDDG). Fui presidente de la seccional de La Ceiba, de la junta de la directiva central, cargos en la Fesintranh y retorné a la capital e impulsamos la creación de la Organización Étnico Comunitario (Odeco).
¿Este bregar en gremios a cuántos países le ha llevado conocer?
Muchos, muchos países, en Europa, África, las Américas y mucha gente, muchas instituciones, muchas relaciones de amistad y de cooperación. El trabajo social organizativo ha sido valioso para contribuir a la visibilización de la comunidad afrohondureña.
¿Cree usted que el pueblo hondureño desconoce la cultura garífuna?
La mayoría de la ciudadanía no afrodescendiente ignora muchas cosas, hay particularidades de la cultura, por ejemplo la forma de alimentarse, la relación con Dios y los ancestros, las costumbres no son asimiladas por la ciudadanía en su mayoría.
¿Ha sufrido racismo?
Por supuesto, todo eso es falta de conocimiento que lleva a la gente a cometer estos actos
¿Por ejemplo?
El tema del no reconocimiento por su nombre por parte de algunas personas que en ves de decirle Luis, Carlos, Crisanto, le digan negro, por qué decirle negro y no decirle, joven, señor, licenciado. En ocasiones eso forma parte del subconsciente de la gente que cree que es correcto hacerlo.
¿Sufrió discriminación por ese racismo para lograr un puesto de trabajo?
He podido desarrollar una serie de trabajos y he contado con el inmenso respaldo de la gente; cuando fui presidente del Sitramedhys, la mayoría no era afrodescendiente, bueno, visiblemente afrodescendiente y gocé de mucho cariño y mucho respaldo. Creo que en lo que hay que insistir es en el reconocimiento de la multiculturalidad y generar una cultura de respeto y tolerancia.
¿Cree que hay garífunas que le avergüencen sus raíces?
Es posible, porque nadie quiere ser parte de lo negativo, si a usted le venden que la mejor imagen es ser persona blanca todo mundo quiere ser blanco y la gente puede atentar a renegar de sus raíces por ignorancia.
Esa es una de las cosas de mayor importancia de los medios de comunicación, cómo proyectar imágenes de la multiculturalidad hondureña en los medios. La belleza no tiene un sello particular de una raza o de una cultura, es un patrimonio de todas las razas, de todas las culturas.
¿Cuánta gente en Honduras será afrodescendiente y no tiene las características de un garífuna?
Mas del 80 por ciento de la población hondureña tiene descendencia africana. En estados Unidos hay una palabra, una frase que la dice muy seguido la doctora Sheila Walker en Estados Unidos: “la gota”.
Si una persona aparentemente blanca tiene una gota de sangre negra en Estados Unidos se considera afrodescendiente, no necesita tener el 25 o 30 por ciento.